miércoles, 23 de noviembre de 2016

A favor de la humanización® de la asistencia sanitaria (y II)

     Clown Hospital. Washington, 1923. Foto: Shorpy
Para ver no basta con mirar. Sólo podemos ver cuando tenemos una idea de lo que busca la mirada. Cuando el dedo que señala tiene éxito en la tarea de indicar una presencia, es porque comparte la idea de aquello que hay que ver.”
Leslie Jamison (Sobre la empatía y el dolor de los demás)
El desafío de la dignidad y su significado

Unos servicios de alta calidad que respeten la dignidad de las personas, y presten una asistencia más humanizada, deben:

1.     Tener tolerancia cero frente a cualquier forma de abuso
2.     Apoyar a las personas con el mismo respeto que quisiera para usted o cualquier miembro de su familia
3.     Tratar a cada persona como un individuo ofreciendo un servicio personalizado
4.     Procurar mantener el máximo nivel posible de independencia, capacidad de elección y control
5.     Escuchar y apoyar a las personas a expresar sus necesidades y deseos
6.     Respetar el derecho a la privacidad de las personas
7.     Asegurar que las personas se sienten capaces de quejarse sin temor a represalias
8.     Implicar a los miembros de la familia y cuidadores como socios (partners) en los cuidados
9.     Ayudar a las personas a mantener su confianza y la autoestima positiva
10.  Actuar para aliviar la soledad y el aislamiento de personas

En Canadá, Dignity in care, propone tres valores clave que deben ser protegidos y tenidos en cuenta en la asistencia sanitaria: Amabilidad, humanidad y respeto. ‘Dignity in care’ facilita ideas prácticas y herramientas para apoyar una cultura de la compasión y el respeto en todo el sistema sanitario. Sus resultados y recomendaciones se basan en 15 años de estudio de la unidad de investigación en cuidados paliativos de Manitoba, en colaboración con investigadores progresistas de Australia, Inglaterra y Estados Unidos.

Estos investigadores han constatado que las personas (profesionales) que trabajan en la asistencia sanitaria pueden tener una enorme influencia sobre la dignidad de los usuarios de los servicios de salud, lo que a su vez puede mejorar la experiencia del paciente y aumentar la satisfacción con la atención sanitaria recibida. Como es sabido, la buena comunicación es, de hecho, un ingrediente esencial para proporcionar la mejor calidad y seguridad en la atención al paciente.

Otros investigadores han encontrado que la mejora de las interacciones entre quienes ofrecen y reciben asistencia sanitaria puede producir mejores resultados de salud para los pacientes y una mayor satisfacción en su desempeño profesional para quienes trabajan en la asistencia sanitaria.

Estos resultados demuestran la importancia de hacer de la dignidad una meta consciente de la asistencia sanitaria, particularmente en la cabecera del enfermo.

Sobre la empatía y el agradecimiento

En su maravillosa autobiografía No hacer daño, el neurocirujano inglés Henry Marsh en relación con la capacidad de mostrar empatía por parte de los profesionales, afirma con rotundidad que “…los médicos no sufren lo suficiente”. Y confiesa:

“…poco a poco me fui endureciendo, de ese modo tan peculiar en que deben hacerlo los médicos, y llegué a considerar a los pacientes como una raza completamente distinta a la de los profesionales de la medicina como yo, importantísimos e invulnerables. Ahora que me acerco al final de mi carrera, esa distancia ha empezado a desdibujarse. Tengo nuevos miedos al fracaso: he llegado a aceptarlo y a sentirme menos amenazado por él, y confío en haber aprendido algo de los errores cometidos en el pasado. De modo que puedo arriesgarme a ser un poco menos objetivo. Además, cuanto mayor me hago, menos capaz me siento de negar que estoy hecho de la misma carne y de la misma sangre que mis pacientes, y que soy igual de vulnerable que ellos. Así que ahora puedo volver a sentir compasión por ellos, una compasión más profunda que la que sentí en el pasado, cuando empezaba. Sé que también yo, tarde o temprano, acabaré postrado en una cama en una abarrotada sala de hospital, temiendo por mi vida, como hoy lo hacen ellos.”

Sabemos, no obstante, que la empatía no lo es todo y que (casi) nunca es suficiente. Como recuerda la escritora norteamericana Leslie Jamison en su libro El anzuelo del diablo. Sobre la empatía y el dolor de los otros:

“…la empatía no consiste sólo en acordarse de decir: «debe ser muy duro», sino también en una forma de sacar los problemas a la luz para que no pasen desapercibidos. La empatía no consiste sólo en escuchar, sino en formular las preguntas cuyas respuestas deben ser escuchadas. La empatía requiere saber que no se sabe nada. La empatía equivale a reconocer un horizonte contextual que se extiende perpetuamente más allá de lo que uno alcanza a ver. La empatía equivale a percatarse de que ningún trauma posee contornos discretos, El trauma sangra. Por las heridas y más allá de las fronteras. La tristeza se convierte en un ataque convulsivo (…). La empatía es una forma de velar por alguien, pero no es la única, y no siempre es suficiente”.

Indudablemente, la empatía no consiste en predicar un cierto buenismo ingenuo y sentimental, posiblemente bienintencionado, pero carente de autocrítica (a este respecto tal vez no esté de más aquí recordar que con frecuencia “el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones”), ni en proclamar de los profesionales sanitarios la obligación de ser justos y benéficos, (como declaraba en su día de los españoles el art. 6 de la Constitución Española de 1812).

Por tanto, y concluyendo, los planes, actuaciones y medidas sobre humanización de la asistencia sanitaria no consisten sólo en –digamos- colocar almohadas en forma de corazón en las habitaciones de los pacientes, ni desde luego en disimular recortes ni suplantar o sustituir las necesarias e imprescindibles inversiones en recursos, equipamientos y dotación de personal, a modo de excusa o cortina de humo. Tampoco se trata de elaborar y difundir por las redes videos bonitos que oculten la realidad de unas condiciones de trabajo precarias derivadas de lo anterior.

No se trata desde luego de una deificación de las cosas pequeñas, aunque no está de más recordar que ideas tan sencillas como el agradecimiento son marcas inequívocas de humanidad, y en el mundo acelerado y ajetreado de hoy, practicarlas nos convierte en mejores personas... Pero es que además, como han reconocido algunos respetados y conspicuos gurús del management, (véase: Peters T. Las pequeñas grandes cosas. 2010) el impacto de las actitudes y de las cosas pequeñas hace tiempo que se puso de manifiesto (es la idea que subyace en la filosofía nudge: sembrar, orientar, motivar, reforzar, sugerir, incitar, iniciar… en lugar de imponer). 

En este sentido, lo básico suele ser mejor que lo brillante, y lo aparentemente blando suele ser lo más duro… estos gestos incrementan la efectividad organizacional y facilitan el logro de objetivos, sean estos lucrativos o no, como es el caso de los servicios que proveen las ONG o los servicios públicos en general. El agradecimiento es un medio insuperable, y hasta podríamos decir que único, para fomentar el entusiasmo entre los empleados, los compañeros y los pacientes, y por ello mismo la mejor forma de preparar el camino para implementar casi cualquier idea que se le pueda ocurrir.

Hace ya unos años, el Dr. Michael Kahn publicó un conocido editorial en el NEJM, que hemos citado en repetidas ocasiones (Etiquette-Based Medicine N Engl J Med 2008; 358:1988-1989May 8, 2008)
en el que recomendaba una serie de medidas -que en realidad podrían considerarse de mera cortesía y de buena educación- para mejorar la calidad percibida y la satisfacción del paciente hospitalizado. Aquella propuesta tuvo un enorme impacto y repercusión y fue posteriormente ampliada para posteriores encuentros (5 years after the Kahn's etiquette-based medicine: a briefchecklist proposal for a functional second meeting with the patient).

Más recientemente, algunos estudios han analizado la aplicación real de estas recomendaciones, (Appraising the Practice of Etiquette-Based Medicine in the Inpatient Setting J Gen Intern Med. 2013 Jul; 28(7): 908–913), con no muy buenos resultados, todo hay que decirlo.

Señalemos aquí que algunas de las actuaciones propuestas (llamar a la puerta antes de entrar en la habitación, saludar, presentarse, sonreír…), se incluyen entre las medidas recogidas en algunos planes de humanización, lo que obviamente resulta algo hiperbólico, por insólito. Pero sin duda no deja de ser un síntoma (preocupante) de esta frágil época posverdad (post-truth) en que nos encontramos.

¿Tendremos que llamar humanización a lo que debieran ser simples muestras de educación, cortesía y respeto? ¿Es necesario recordar las más elementales normas de civismo, buenos modales y urbanidad? ¿Hace falta apelar constantemente a la ética y a la profesionalidad sanitaria? ¿Hay que traer siempre a colación frases o citas de autoridad, como aquella del ilustre clínico Ernest Von Leyden, cuando decía  que “El primer acto del tratamiento es el acto de dar la mano al enfermo.”?

En fin, no debiera ser necesario decir que independientemente del presupuesto, de los recortes, de las carencias y de la precariedad, resulta inadmisible y nada justifica tratar con displicencia, indiferencia, indolencia o de forma descortés y desconsiderada, a un/a paciente. Pero al parecer es preciso insistir en lo que alguien denominó como “el absolutamente necesario impacto de lo evidente”…

Así las cosas, aunque en ocasiones sea necesario ser más rigurosos, no parece que sobren planes ni que exista una burbuja de actuaciones en este sentido… (y sí, estimada comentarista del blog, claro que todas ellas tienen que ver y están relacionadas con la comunicación interna, la seguridad del paciente, la coordinación interasistencial, la atención al profesional, el reconocimiento y la motivación, etc., etc., en una indisoluble amalgama de causas concatenadas).

Post Scriptum anti-recortes:
  • En 2016 el gobierno de Castilla-La Mancha incrementó un 9% los presupuestos destinados a la Sanidad Pública, lo que supone un total de 2.635 millones de euros, siendo el gasto sanitario de 1.358 € / habitante /año, 3.5 puntos por encima de la media nacional.
  • En marzo de 2016 entró en vigor la Orden de 9/02/2016 de la Consejería de Sanidad, de acceso universal a la atención sanitaria en la Comunidad Autónoma de Castilla-La Mancha, para extender la cobertura de la asistencia sanitaria pública a cargo del Servicio de Salud de Castilla-La Mancha (SESCAM) a las personas extranjeras que residan irregularmente en cualquiera de los municipios de esta Comunidad Autónoma. Para acceder a esta cobertura se crea la Tarjeta para la Atención Sanitaria del SESCAM en las mismas condiciones que el resto de los ciudadanos de Castilla-La Mancha.
  • El gobierno de Castilla-La Mancha ha creado ya 3.000 nuevos empleos en el sector sanitario, pasando de 27.336 profesionales sanitarios en junio de 2015 a los 30.322 con los que cuenta el SESCAM en la actualidad (noviembre 2016).

lunes, 21 de noviembre de 2016

A favor de la humanización® de la asistencia sanitaria (I)

         «Sigue con tu canto, y no te metas en contrapuntos, que se suelen quebrar de sutiles.»
«Llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala.»
Don Quijote de la Mancha. 2ª parte, Cap.XXVI

[En mi (ya larga y dilatada) experiencia profesional no he tenido nunca la ocasión de asistir a ningún pentecostés laico para recibir la sabiduría del Paráclito en forma de lenguas de fuego o algo parecido. Por tanto, un saludo a santos y gilipollas por igual, tanto los unos como los otros animan el proceso de aprendizaje…]

En un reciente post de su -por otra parte muy recomendable blog- Médico crítico, sostiene @javierpadillab que existe una cierta burbuja inflacionista del discurso en torno a la humanización de la asistencia sanitaria y señala algunos de los problemas que, a su juicio, se presentan ante la proliferación de iniciativas relacionadas con este tema:

-   La humanización como la cortina de humo delante de los recortes de los servicios públicos.
-   La humanización como visión institucional de la psicología positiva
-   La humanización como enmienda a la totalidad de los funcionamientos previos.

Sobre el primer aserto afirma que la implantación de planes de humanización de la asistencia sanitaria son prácticamente incompatibles con la política de recortes llevada a cabo en el sistema sanitario a partir de 2009, que ha conducido a la precarización de los profesionales sanitarios, la disminución de los presupuestos para los servicios de salud y el empeoramiento de la coordinación inter-niveles. Al mismo tiempo, denuncia que sean las mismas personas que efectúan dichos recortes quienes encabecen o promuevan ahora estas iniciativas.

Con respecto al segundo aspecto, señala lo improcedente que resulta esta hipertrofia de la humanización -que revelaría una especie de ceguera selectiva- para hacer frente al deterioro producido por las causas antes señaladas, comparando estas iniciativas con la expansión de la psicología positiva y, suponemos, el auge del buenismo y de los manuales de autoayuda…

Finalmente, critica el hecho de que se pongan en marcha estas medidas ahora, preguntándose por qué antes no fueron una prioridad, o si ello no supone una cierta búsqueda de autoculpabilización por parte de los profesionales que no respondan o actúen de una forma humana o intenten justificar no hacerlo en función de las carencias estructurales existentes, es decir, de la falta de recursos, los recortes presupuestarios, el deterioro de las condiciones de trabajo, etc.

Aún aplaudiendo y celebrando la tirita post-post que incluye, el post de @javierpadillab dirige y limita su mirada exclusivamente al sistema sanitario público en España, ignorando u olvidando que, más allá de los arbitrarios e injustificables recortes domésticos y de la inicua austeridad impuesta por unas determinadas políticas gubernamentales que afectan a los servicios públicos, el problema de la humanización/deshumanización de la asistencia sanitaria no es un asunto coyuntural o exclusivo de estas latitudes. Un artículo publicado hace ya unos años (The humanization of healthcare: A value framework for qualitative research. International Journal of Qualitative Studies on Health and Well-being. 2009; 4: 68-77) establecía un marco de estudio con una serie de dimensiones para evaluar el grado del continuum humanización/deshumanización de los cuidados en cada una de esas dimensiones:


Como se ve, la ‘cosificación’ o despersonalización, la pasividad, la homogeneización, el aislamiento, la pérdida de sentido y de la experiencia o del viaje personal (como paciente), la sensación de deslocalización y una perspectiva reduccionista de lo orgánico y corporal, serían las (principales) dimensiones a tener en cuenta para valorar en qué medida se está prestando una asistencia ‘humanizada’. Estos serían también algunos de los perniciosos efectos de lo que ha dado en llamarse deshumanización de/en la asistencia sanitaria, que se ha venido atribuyendo a la enorme tecnificación de la medicina moderna, a la elevada presión asistencial, a la masificación o a la falta de tiempo para poder prestar una atención adecuada.

¿A qué llamamos humanización de la asistencia sanitaria?

La historia viene de lejos. Lo primero en este punto, para hablar de humanización, y como diría Oliver Sacks, deberíamos empezar por dar relieve a la persona que hay debajo de los síntomas, es decir, el cometido final de la medicina, que no es otro que «el sujeto humano que sufre y lucha». Como explicaba muy bien en uno de sus libros más conocidos, (El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, publicado en 1985):

“En el historial clínico riguroso no hay sujeto; los historiales clínicos modernos aluden al sujeto con una frase rápida (‘hembra albina trisómica de 21’) que podría aplicarse por igual a una rata que a un ser humano. Para situar de nuevo en el centro al sujeto (el ser humano que se aflige, lucha y padece) hemos de profundizar en un historial clínico hasta hacerlo narración o cuento; sólo así tenemos un ‘quien’ además de un ‘qué’, un individuo real, un paciente, en relación con la enfermedad”

Desde nuestro punto de vista, la humanización pasa por mejorar las relaciones clínico-asistenciales, la comunicación entre profesionales y pacientes (o mejor, personas enfermas), la necesidad de incrementar la empatía y, sobre todo y fundamentalmente, proporcionar un trato digno a quienes son atendidos en los servicios sanitarios. La dignidad se refiere al mérito y al valor inherente a/de una persona y está estrechamente vinculada con el respeto, el reconocimiento, la autoestima y la autonomía personal. Supone, ante todo, el derecho de todas las personas, como individuos y como parte de sus comunidades, a ser tratadas con justicia (equidad), amor, compasión y respeto…

El respeto de/por la dignidad de los pacientes y su consideración como personas en su totalidad, [y no como una (simple) agregación de órganos, funciones y procesos], resulta fundamental en la asistencia sanitaria moderna y ha venido siendo objeto de atención en otros lugares (véase por ejemplo: Respect for patients' dignity in primary health care: a critical appraisal. Scand J Prim Health Care. 2002 Jun;20(2):88-91).

Una cuestión de ética, dignidad y valores

En última instancia por tanto, la humanización es -tanto en el fondo como en la forma- una cuestión ética, que tiene que ver sobre todo con los valores y con la búsqueda del bien de la persona a la que se atiende (beneficencia). Humanizar las relaciones clínico-asistenciales consiste en utilizar la técnica para hacer frente a las adversidades de la vida, impregnándolas de los valores y actitudes genuinamente humanos, es decir, acordes con la dignidad humana. No es casual que el Plan de Humanización de la Asistencia sanitaria en Castilla-La Mancha se haya denominado “Plan Dignifica”, aludiendo a la formulación del imperativo categórico kantiano:

«Obra de tal modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, no como un mero medio, sino siempre y al mismo tiempo como un fin en sí mismos.»

Poder vivir -y morir- con dignidad emana del respeto a los derechos fundamentales de todo ser humano y tiene que ver por tanto con todos los aspectos de la vida diaria, incluyendo la privacidad, la autonomía y la autoestima (ver a este respecto: Respecting dignity). Aunque puede ser difícil de definir, la gente nota (sabe) cuando no ha sido tratada con dignidad y respeto. La dignidad tiene que ver tanto con procesos y sistemas como con los comportamientos interpersonales. En este sentido, los profesionales tienen que comprometerse en la búsqueda de sus propias actitudes hacia los pacientes, su propia vulnerabilidad, sus propios temores y todo lo que conforma su forma de cuidar y atender. (Dignity in Care: Time to Take Action. J Pain Symptom Manage. 2013 Nov;46(5):756-9)

Algunos ejemplos de personas que sintieron que su dignidad no fue respetada serían:

- Tener la sensación de estar desatendidos/as o de ser ignorados/as al recibir cuidados.
- Cuando se les hace sentir inútiles o que son una molestia
- Cuando son tratados/as más como un objeto que como una persona
- Cuando sienten que su intimidad no se respeta durante el aseo o los cuidados íntimos, por ejemplo, -en el hospital- obligarles a usar una silla o cuña para orinar, en lugar de facilitarles un andador o una silla de ruedas y prestarle ayuda para ir al baño.
- Cuando perciben una actitud poco respetuosa del personal al dirigirse a ellos/as de una manera poco amable, por ejemplo, al llamarle con un nombre excesivamente familiar o con diminutivos supuestamente cariñosos
- Cuando tienen que usar baberos para bebés, en vez de una servilleta y recibir ayuda para comer.
- Tener que comer con los dedos en lugar de tener ayuda para comer con cubiertos.
- Ser tratados/as de manera apresurada y no sentirse escuchados/as.

Sin embargo, incluso una atención sanitaria que se centre (exclusivamente) en la dignidad puede resultar paternalista e indigna. Por tanto, la dignidad es un concepto que constituye un reto básico en la asistencia sanitaria, pero que puede ser ‘peligrosa’ si no se respetan sus limitaciones.

(Continuará)…

martes, 8 de noviembre de 2016

El médico ‘perfecto’

       Enrique Jorge Enríquez. Retrato del perfecto médico. Salamanca. Juan y Andrés Renaut, 1595

En su Historia General de la Medicina Española (Ed. Universidad de Salamanca, 1980), el profesor Luis Sánchez Granjel explica que los médicos renacentistas tuvieron siempre una conciencia clara de la importancia de los conocimientos que poseían y en los que apoyaban su cometido profesional. Buena parte de ellos tuvieron una firme convicción sobre la alta dignidad del saber y la profesión que era su oficio...

Son numerosas, en este sentido, las alabanzas de la Medicina que realizaron en sus escritos los médicos españoles del siglo XVI, comparándola con los fundamentos de otras profesiones liberales. Esta dignidad de la Medicina justifica el detalle con el que se definieron las cualidades morales y los conocimientos que debía poseer el médico.

Las excelencias de la Medicina, ligando siempre su mención a una enumeración de preceptos de ética profesional fueron expuestas por varios autores de la época. Sobresale entre otros Enrique Jorge Enríquez, (c.1530 - ¿?) médico de origen portugués, que estudió en Coimbra y Salamanca, fue médico del duque de Alba y desarrolló su labor docente en estas dos universidades. Enríquez es autor de dos obras, ambas impresas en Salamanca, un tratado de dietética e higiene: «De regimine cibi atque potu et de caeterarum rerum no naturalium usu nova enarratio» (1594), y un auténtico tratado de ética profesional editado en 1595, pero que consta estaba ya escrito en 1582: «Retrato del perfecto médico».

Se trata de una obra redactada con dos finalidades: la primera, para defender a los médicos con estudios universitarios de la competencia de cirujanos, parteras, curanderos, etc.; y la segunda, para proponer a estos médicos una serie de normas intelectuales, morales, religiosas y de comportamiento, encaminadas a conservar y acrecentar la buena fama. La lectura de los clásicos, la práctica de las virtudes estoico-cristianas y la moderación son los principios que dirigen su discurso. Confluyen en la obra la necesidad de una literatura técnica que mostrase tanto los saberes y conocimientos, como el comportamiento del médico ante los cambios que la ciencia médica experimentaba en aquellos momentos.

Denuncia el autor a los que «son médicos sólo en el vestido», a quienes «más lo quieren parecer, que serlo», y a esta falsa realidad de apariencias, que rechaza, contrapone el ideal del ‘perfecto médico’. Las cualidades que, en su opinión, debe poseer el médico para merecer el calificativo de perfecto, pueden agruparse en tres categorías. Las primeras se refieren a su condición humana y a los principios que deben regir su comportamiento social; en segundo lugar se refiere a las prendas personales que el médico debe tener y vestir, (a este respecto le recrimina y advierte por el uso «de muy costosos y superfluos ornamentos, porque cierto es muy gran locura todo su caudal echarlo en paños y sedas»; por último, alude a cualidades que tienen relación con el modo de cumplir el médico el quehacer profesional…

Sentencia Jorge Enríquez:

«El Médico ha de ser temeroso del Señor y muy humilde, y no soberbio, vanaglorioso, y que sea caritativo con los pobres, manso, benigno, afable y no vengativo. Que guarde el secreto, que no sea lenguaraz, ni murmurador, ni lisonjero, ni envidioso. Que sea prudente, templado, que no sea demasiado osado… Que sea continente, y dado a la honestidad, y recogido; que sea el Médico dado a las letras y curioso; que trabaje en su arte y que huya de la ociosidad. Que sea el Médico muy leído y que sepa dar razón de todo.»

Y añade: «ande con el cabello y barba bien compuesta»; vigile su aseo; en las diversiones sea precavido; guarde en el vivir cotidiano la compostura que la nobleza de su profesión exige. Debe sentir el médico amor al saber y disponer de las condiciones intelectuales para poder saciar aquel afán; «no basta que sea de suyo dado a la sabiduría, sino [que] es muy necesario que tenga el ingenio que ella pide». La formación a partir de los libros la adquirirá en los años de formación universitaria; a esta educación doctrinal, erudita, ha de sumar una conveniente experiencia en la práctica; «después [que] el médico tenga alcanzado los teoremas y proposiciones universales se ejercite en los particulares ejemplos, porque no puede ser que salga perfecto sin el ejercicio. La razón y experiencia son los pies con los que anda la medicina». A través de esta imagen del buen médico, el autor transmite y explica el modo de entablar y sostener la relación profesional con el enfermo y las obligaciones de toda índole que con él contrae. Al final, resume su criterio en la siguiente frase:

(...) «abrácese nuestro médico con el conocimiento de sí mismo, y viva de tal manera como si cada hora se hubiera de morir».

En realidad, desde el punto de vista del profesionalismo, aunque hayan transcurrido más de cuatro siglos, y a pesar de los enormes cambios ocurridos en el ejercicio y en la práctica médica, existen una serie de valores y principios cuyo núcleo fundamental puede rastrearse en esas líneas y que sin duda se mantiene inalterable. La base fundamental del profesionalismo médico es la obligación de atender al paciente, procurar su recuperación y bienestar y evitar los posibles daños derivados de la asistencia. Los pacientes esperan que los médicos sean técnicamente competentes, francos o abiertos, y honestos o veraces, y que muestren respeto en el trato personal. Estas cualidades constituyen la base del contrato social que otorga autoridad moral al médico, haciéndole acreedor y determinando la confianza de los pacientes en particular y de la sociedad en general.

Los principios y valores que constituyen o representan el mínimo común denominador de la práctica médica y del desempeño profesional -en cualquier época-, suponen hoy que todo médico (digamos que cualquier sanitario) tiene(n) una serie de obligaciones y una responsabilidad individual con respecto al ejercicio de su profesión y al mantenimiento de esos valores, (búsqueda de la mejora continua, eficiencia, equidad…) pero también una responsabilidad colectiva, debiendo participar en la (auto)regulación de la profesión y en el mantenimiento de la (buena) imagen de la misma.

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