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jueves, 22 de agosto de 2019

Medicina narrativa. «La voz del dolor»…


   Joan Didion 
«El arte del que cura y el del escritor deben ir de la mano: Cada uno derrama luz sobre el otro y ambos se benefician de su mutua proximidad. Un médico que posea el arte del escritor sabrá consolar mejor a aquél que se revuelca en la agonía: A la inversa, un escritor que conoce la vida del cuerpo, sus jugos y fuerzas, venenos y facultades, posee una gran ventaja sobre el que nada entiende de estas cosas.»
(Thomas Mann. «José y sus hermanos»)

«Reconocer que vivimos dentro de narraciones -aún las de la ciencia- puede hacer que, tanto pacientes como médicos, consideremos hasta qué punto relatos diferentes pueden producir significados y realidades diferentes.»
(Silvia Carrió. «Medicina Narrativa.
Relaciones entre el lenguaje, pensamiento y práctica profesional médica»)

Como (casi) todo está conectado o relacionado con todo, como diría –pero no solo– algún epígono de Leibniz, en una especie de retícula en la que cada sistema, hipótesis, explicación o argumento contiene una parte de verdad, encuentro una cita de Joan Didion en el libro de Helen Garner, la autora de la que hablábamos en un post anterior y con cuya escritura precisamente se le ha comparado (–esas tontas simplificaciones tipo: la Joan Didion australiana… etc.): «Nos contamos historias para poder vivir…» decía la cita en cuestión («We tell ourselves stories in order to live.»), una frase que en realidad es el comienzo de un ensayo incluido en uno de sus libros más conocidos: The White Album (1979), titulado como el famoso doble álbum de The Beatles.

Reconocida de manera unánime como icono cultural femenino representante de lo que en su día se llamó “Nuevo Periodismo”, (eso de contar historias reales, o escribir perfiles o narrar crónicas, en el mismo estilo literario de la ficción), Joan Didion está considerada como una cronista fundamental de la segunda mitad del siglo XX, al menos en EE.UU.

Hace algunos años conocí a Joan Didion gracias a un breve ensayo escrito en 1968 en el que describe con absoluta precisión sus dolorosas migrañas: En cama, que es un extraordinario ejemplo de lo que desde hace algún tiempo se viene denominando como medicina narrativa, en este caso a través del escrito de una ilustre paciente.

La medicina narrativa puede entenderse como un movimiento de profesionales del ámbito sanitario que pretenden revisar sus modelos de atención, tomando en cuenta tanto su práctica asistencial como sus propias experiencias personales como pacientes. La introducción de relatos en la formación sanitaria, pone en cuestión el modelo biomédico tradicional, al valorar tanto el conocimiento subjetivo como el objetivo, el razonamiento inductivo como el deductivo, y la experiencia humana y la emoción tanto como la información científica.

Las personas enfermas pueden así ser entendidas como un texto, como un libro abierto, del que los profesionales pueden y necesitan mucho aprender… [vid. Medicina narrativa: el paciente como “texto”, objeto y sujeto de la compasión, (Acta bioeth. vol.23(2) Santiago 351-359 jul. 2017), o también: Medicina narrativa (An.Fac.Med. vol.80(1), Lima 109-113,  en. 2019)]. 

La doctora Rita Charon, médica, graduada en literatura y fundadora y directora ejecutiva del programa de medicina narrativa de la Universidad de Columbia, es una de las figuras más relevantes de este movimiento que va más allá del campo de las llamadas humanidades médicas. En este video, que resulta entrañable por el enorme entusiasmo y la humanidad que desprende, ella misma explica desde su despacho en qué consiste este enfoque, cómo empezó a aplicarlo y cómo se pueden conseguir beneficios del uso de relatos en el tránsito desde un paradigma de conocimiento disciplinar -que alguna vez pretendió ser completo, verdadero, objetivo y universal-, hacia un modelo complejo que reconozca el contexto, el perspectivismo y la imposibilidad de separar de manera tajante al observador de lo observado.


Algunas referencias bibliográficas para quien desee profundizar en el tema:

Charon R. Narrative medicine: form, function, and ethics. Ann Intern Med. 2001; 134(1):83–87.
 Charon R. Narrative and Medicine. N Engl J Med 2004; 350:862-864

Desde el año 2010 la Facultad de Ciencias de la Salud de la Pontificia Universidad Javeriana de Cali (Colombia), edita semestralmente la muy reseñable Revista Medicina Narrativa, como producto de los ejercicios de escritura creativa propuestos en la metodología de las asignaturas de Humanidades Médicas. En los diferentes artículos publicados hasta hoy se destaca la importancia de las competencias narrativas para el ejercicio (no solo médico) profesional.

Finalmente, una completa e interesante tesis presentada en 2007 cuyo título es suficientemente ilustrativo: Medicina narrativa. Relaciones entre el lenguaje, pensamiento y práctica profesional médica.
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Pero volviendo a Joan Didion y a su ensayo sobre la migraña, conviene señalar que esta dolencia se considera como la tercera enfermedad más prevalente y la sexta más incapacitante en todo el planeta, la migraña es una de las enfermedades neurológicas más comunes y afecta a una de cada siete personas (!). Se calcula que en 2016 casi tres mil millones de personas presentaban algún trastorno acompañado de dolor de cabeza. La migraña fue responsable de 45,12 millones de años de vida con discapacidad; más frecuente en mujeres de entre 15 y 49 años.

A pesar de la notable carga de salud pública que supone, la migraña sigue siendo una de las afecciones médicas más estigmatizadas, subfinanciadas y poco reconocidas. Muchas personas afectadas por la migraña no pueden acceder o no reciben atención adecuada, incluso en países con alto nivel de ingresos. La falta de investigación, de programas de formación y de servicios clínicos dedicados a la migraña en países de bajos y medianos ingresos es alarmante. Estas son algunas de las razones por las que el Día Mundial del Cerebro 2019, celebrado el pasado 22 de julio, se dedicó a la migraña.

Aunque puede encontrarse fácilmente a través de Internet, transcribimos aquí el ensayo En cama (1968):

«Tres, cuatro, a veces hasta cinco veces por mes me paso el día en cama con dolores de cabeza, insensible al mundo a mi alrededor. Casi todos los días de todos los meses, entre estos ataques, siento una súbita irritación irracional y el flujo de sangre hacia las arterias cerebrales que me anuncian que la migraña está en camino, y tomo ciertas drogas para impedir su llegada. Si no tomara estas drogas, sólo sería capaz de funcionar un día de cada cuatro. El error fisiológico llamado migraña es, en síntesis, algo central en mi vida. Cuando tenía 15 o 16, incluso 25 años, pensaba que podía librarme de este error simplemente negándolo, carácter por encima de la química. “¿Sufre migrañas? ¿A veces, con frecuencia, nunca?”, demandaban los formularios de aplicación. “Elija uno”. Atenta a la trampa, deseando lo que fuera que la cumplimentación exitosa de ese formulario particular pudiera traer (un trabajo, una beca, el respeto de la Humanidad y la gracia de Dios), yo elegía una. “A veces”, mentía. El hecho de que pasara uno o dos días por semana casi inconsciente por el dolor parecía un secreto humillante, evidencia no sólo de una inferioridad química sino también de mi mala actitud, mis humores desagradables, mis ideas incorrectas.»

«Porque yo no tenía un tumor cerebral, o problemas de la vista, o presión alta, no tenía nada malo: sólo sufría de migrañas, y las migrañas eran, como sabe todo aquel que no las sufre, imaginarias. Combatí entonces contra las migrañas, ignoré las advertencias que enviaban, fui a la universidad y después a trabajar a pesar de ellas, asistí a charlas sobre inglés medieval y presentaciones a anunciantes con lágrimas involuntarias rodando por el lado derecho de mi cara, vomité en baños, llegaba a casa tropezando por instinto, vaciaba cubiteras de hielo sobre mi cama y trataba de congelar el dolor en mi sien derecha, deseando que un neurocirujano pudiera venir a hacerme una lobotomía a domicilio. Maldecía mi imaginación. Esto fue mucho antes de que empezara a pensar seriamente en aceptar las migrañas por lo que eran: algo con lo que tendría que vivir, igual que otras personas viven con diabetes.»

«Las migrañas son algo más que el capricho de una imaginación neurótica. Son una multiplicidad de síntomas, esencialmente hereditarios, el más frecuente de los cuales (pero en absoluto el más desagradable) es una jaqueca vascular de una severidad cegadora, sufrida por un sorprendente número de mujeres, un buen número de hombres (Thomas Jefferson sufría migrañas, y también Ulysses S. Grant, el día que aceptó la rendición del General Lee) y también por unos pocos niños desafortunados, a veces de sólo dos años de edad. (Yo tuve la primera cuando tenía ocho años. Me llegó durante un ejercicio contra incendios en la Escuela Columbia de Colorado Springs, Colorado. Me llevaron primero a casa y después a la sala de guardia de Peterson Field, donde mi padre estaba destinado. El médico de la Fuerza Aérea me prescribió un enema.) Casi cualquier cosa puede disparar un ataque específico de migraña: stress, alergia, un cambio abrupto en la presión atmosférica, un contratiempo con una multa de tránsito, una luz intermitente, un ejercicio contra incendios. Uno hereda, obviamente, sólo la predisposición. En otras palabras, ayer pasé todo el día en cama con dolor de cabeza no sólo por mi mala actitud, malos humores e ideas incorrectas, sino también porque mis dos abuelas tenían migrañas, mi padre tiene migrañas y mi madre tiene migrañas.»

«Nadie sabe bien todavía qué es lo que se hereda. La química de la migraña, sin embargo, parece tener alguna conexión con la hormona llamada serotonina, presente naturalmente en el cerebro. La cantidad de serotonina en el cerebro baja abruptamente ante la llegada de un dolor de cabeza, y una droga contra la migraña, la metisergida, parece tener algún efecto sobre la serotonina. La metisergida es un derivado del ácido lisérgico (de hecho el laboratorio Sandoz sintetizó el LSD mientras buscaba una cura contra la migraña), y su uso está rodeado de tantas contraindicaciones y efectos colaterales que la mayoría de los médicos sólo la recetan en casos realmente graves. Cuando se prescribe, la metisergida debe tomarse a diario, de forma preventiva; otra droga preventiva que le funciona a algunas personas es el viejo tartrato de ergotamina, que ayuda a contraer los vasos capilares durante el “aura”, el período que casi siempre precede a la jaqueca real.»

«Una vez que el ataque está en camino, sin embargo, ninguna droga puede detenerlo. Las migrañas le producen a alguna gente alucinaciones leves, a otras les ciega momentáneamente, puede presentarse no sólo como un dolor de cabeza sino también como un problema gastrointestinal, o una dolorosa sensibilidad a cualquier estímulo sensorial, una fatiga devastadora y abrupta, una afasia parecida a tener un ACV, y una incapacidad brutal para hacer las conexiones más sencillas. Cuando estoy en el aura de una jaqueca (para algunas personas el aura dura 15 minutos, para otras varias horas), paso los semáforos en rojo, pierdo las llaves de casa, vuelco lo que tengo en la mano, pierdo la capacidad de enfocar los ojos o decir frases coherentes, y en general doy la impresión de estar drogada o borracha. La verdadera migraña, cuando llega, viene con escalofríos, sudor, náuseas y una debilidad que parece poner a prueba los límites de la resistencia. Que nadie se muera de migrañas parece, a alguien que está sufriendo un ataque, una ambigua bendición.»

«Mi marido también sufre dolores de cabeza, lo que es muy desafortunado para él pero afortunado para mí: quizás no haya nada que aumente más la duración de un ataque que el ojo acusador de alguien que nunca ha sufrido un dolor de cabeza. “¿Por qué no te tomas un par de aspirinas?”, pregunta el sano desde la puerta. O: “Yo también debería tener dolor de cabeza y pasarme un día hermoso como éste aquí adentro con las persianas cerradas”. Los que padecemos migrañas sufrimos no sólo los ataques en sí mismos sino también de esta idea generalizada de que estamos negándonos perversamente a curarnos con dos aspirinas, que nos enfermamos a propósito, que nos hacemos esto “nosotras mismas”.»

«Y en el sentido más inmediato, el sentido de por qué nos duele la cabeza este martes pero no el jueves pasado, por supuesto que a menudo lo hacemos. Existe ciertamente lo que los médicos llaman “personalidad de migraña”, y esa personalidad tiende a ser ambiciosa, introspectiva, intolerante al error, bastante estructurada, perfeccionista. “No pareces tener una personalidad de migrañas”, me dijo un médico una vez. “Tienes el cabello hecho un desastre, pero sospecho que eres una ama de casa obsesiva”. En realidad mi casa está organizada con más negligencia aún que mi cabello, pero el médico igual tenía razón: el perfeccionismo también puede tomar la forma de pasar una semana escribiendo y reescribiendo sin escribir un sólo párrafo.»

«Pero no todos los perfeccionistas sufren de migrañas, ni todos los que sufren dolores de cabeza tienen personalidad de migraña. Nadie puede escapar a la herencia. He tratado de todas las maneras posibles de huir de mi propia herencia de migrañas (en algún momento aprendí a inyectarme dos dosis de histamínicos con una aguja hipodérmica, a pesar de que la aguja me asustaba tanto que tenía que cerrar los ojos para hacerlo), pero aun así tenía migrañas.»

«Ahora he aprendido a vivir con ella, a saber cuándo esperarla, cómo engañarla, y cómo tratarla, cuando llega, más como una amiga que como una visitante. Hemos alcanzado una especie de entendimiento, mis migrañas y yo. Nunca aparecen cuando estoy realmente con problemas. Decidme que se incendió mi casa, que mi marido me ha dejado, que hay un tiroteo en la calle o pánico en los bancos, y yo no voy a responder con una jaqueca. Vienen en cambio cuando estoy peleando no una guerra abierta sino de guerrillas con mi propia vida, en semanas de pequeñas confusiones domésticas, de ropa perdida en la lavandería, citas canceladas, en días sin ayuda en que el teléfono suena demasiado y no puedo trabajar y el viento se está levantando. En días así mi amiga llega sin avisar.»

«Y una vez que llega, ahora que la conozco bien, ya no lucho contra él. Me acuesto y dejo que ocurra. Al principio cada pequeña aprensión es magnificada, cada ansiedad es un terror latente. Después viene el dolor, y sólo me concentro en ello. Ahí mismo está la utilidad de la migraña, en esa yoga obligatoria, esa concentración en el dolor. Porque cuando el dolor se va, diez o doce horas más tarde, todo se va con él, todos los resentimientos ocultos, todas las vanas ansiedades. La migraña ha actuado como un cortocircuito, y los fusibles han emergido intactos. Hay una agradable euforia convaleciente. Abro las ventanas y siento el aire, como y bebo con gratitud, duermo bien. Noto el aroma particular de una flor en un vaso al pie de la escalera. Me siento afortunada.»
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En 2004, Joan Didion escribió El año del pensamiento mágico, unas conmovedoras memorias sobre la enfermedad y la pérdida en las que narra la repentina muerte de John Gregory Dunne, escritor y pareja de la autora, tras visitar a su hija Quintana Roo que se encuentra en coma en el hospital. Es una honda reflexión sobre la experiencia del dolor, el duelo y la crónica de una supervivencia.

Pero la vida, trágica y catastrófica, siguió asestando golpes: la madre espera que la hija salga de ese coma profundo producido por complicaciones de una neumonía, para así poder decirle que su padre ha muerto. La hija, ya recuperada, vuela hacia California para el aplazado servicio fúnebre de su padre y, en el mismo aeropuerto, recién llegada, sufre una caída y se golpea la cabeza, lo que le provoca un ACV que lleva a practicarle una neurocirugía de varias horas en el UCLA Medical Center. Fallece por pancreatitis poco después.

En Noches azules, publicado cinco años más tarde, Joan Didion reemprende su particular crónica del dolor y de la pena y narra también cómo fue vivir la muerte de Quintana. El texto es doloroso a la vez que bello, “como uno de esos cuadros que al contemplarlos colapsa el entendimiento.

Joan Didion, la ballena blanca del ensayo norteamericano es hoy una distinguida anciana de 84 años, de aspecto frágil y quebradizo, que sigue siendo objeto de atención e incluso controvertida imagen de marca (!).

En 2017 Netflix estrenó un documental, dirigido por su sobrino Griffin Dunne, que repasa toda su trayectoria personal.

Algunas reseñas:


Un último consejo. Si encuentran ahora una librería abierta, corran a comprar “El año del pensamiento mágico“ y “Noches azules” o la magnífica selección de artículos y ensayos “Los que sueñan el sueño dorado”, (en la que se incluye “En cama”).

En fin, sucede que

El tiempo no es una línea recta, es más bien un laberinto,
y si te pegas al lugar correcto
escuchas pasos acelerados y voces,
te escuchas caminando del otro lado…

                                                                         Thomas Tranströmer

miércoles, 14 de agosto de 2019

Una «historia real»: El señor Tiarapu

           Textbook example (1940). Foto: SHORPY

Helen Garner es una de las más prestigiosas e importantes escritoras australianas contemporáneas. Reputada y reconocida autora de reportajes periodísticos y de piezas cortas, escribe sobre los más variados y diversos temas con una mirada precisa y sin artificios, que resulta enormemente atractiva y, por así decirlo, verdadera. He leído recientemente una excelente recopilación de algunos de sus principales artículos y reportajes en el volumen Historias reales, que vienen a ser algo así como un conjunto de breves relatos o narraciones de no ficción (algunos pueden encuadrarse en lo que se ha venido denominando como autoficción, esa ¿moda? que, como especie en expansión o fórmula literaria de indudable éxito en los últimos años, viene a ser una amalgama entre lo novelesco y lo autobiográfico, y a la que sin embargo no le faltan detractores y detractoras Por resumir, podríamos hablar del “relato que una persona real hace de su propia existencia” Se trata de una cierta literatura mestiza, en el sentido en que la define Javier Cercas al referirse precisamente a uno de sus libros de crónicas:

«…toda buena crónica aspira a participar de una triple condición: la del poema, la del ensayo y la del relato. Más humildes—o más incapaces—, las mías renuncian de antemano a las dos primeras categorías; en sus mejores momentos, propenden tal vez a la última. De hecho, acaso puedan leerse, una a una, como relatos. Como relatos reales

Volviendo a Helen Garner, el prólogo del libro citado es en realidad una historia, una dura y hermosa historia (al parecer escrita en 1980), que bien podríamos añadir a la serie de sugerencias y propuestas de lectura incluidas en varias entradas anteriores de este blog:
En Google books podemos leer este prólogo, que lleva el título de “El señor Tiarapu”. [No obstante, por si el enlace fuera eliminado, transcribo este breve relato real en el que la autora es protagonista, vive y observa, y luego lo cuenta con inteligencia y compasión].

«Un verano fui a Sidney a visitar a un amigo hospitalizado. Acababan de extirparle un tumor cerebral y convalecía, un día borrascoso, en una sala donde las persianas golpeaban y no había aire acondicionado. Mi amigo, dadas las circunstancias, se recuperaba bien. Le habían rasurado y vendado media cabeza.
           Cuando llegué estaba apoyado en las almohadas, comiendo ostras de una caja de cartón gris. Me ofreció una y dijo: «Es una pena que no hayas llegado diez minutos antes. Porque ¿a qué no sabes quién me ha traído las ostras? Patrick White. Confiaba en que llegaras antes de que se marchara; pero ha venido otra amiga mía y cuando los he presentado se ha emocionado muchísimo y ha dicho: “¡No serás Patrick White!”, a lo que él le ha respondido: “No, soy otro Patrick White».
            Nos comimos las ostras. Cuando terminamos, mi amigo dijo: «Pero me gustaría presentarte al tipo de la otra cama. Porque es de Tahití y vive en Numea y no sabe inglés… Quizá podrías hablar con él en francés». Se incorporó con la cabeza vendada y llamó al otro hombre, que parecía dormido. «Eh, M’sieu.»
            El hombre giró lentamente el cuerpo hacia nosotros. Era un individuo muy alto con la cabeza grande, de unos cuarenta y cinco años, y claramente dolorido: tenía la piel morena isleña de color ceniciento y las mejillas hundidas. Mi amigo, pronunciando con atención su francés de cuarto curso, le explicó que yo hablaba francés mejor que él. El tahitiano alargó una mano y estrechó la mía.
            -Enchanté, madame –saludó. 
            Intercambiamos las cortesías de rigor y tópicos sobre nuestras experiencias entre los franceses.
          -Les Francaises sont des racistes, des hypocrites –afirmó-. Te hablan con educación, pero te machacan por la espalda.
            Me contó que vivía en Numea y que tenía mujer y seis hijos. No sabía lo que le pasaba, salvo que no podía andar y que hacía ya varios meses que estaba así. Me contó que lo habían llevado al hospital de Numea por esa debilidad sin explicación de las piernas y que, de pronto, los médicos del hospital le habían dicho que tenían que mandarlo a Sidney «para hacerle unas pruebas». Desde que había llegado al Royal Prince Albert no había entendido nada de lo que le había ocurrido, ninuna palabra de lo que le habían dicho hasta que lo habían trasladado a la cama contigua a la de mi amigo de la cabeza abierta. «Su amigo –me dijo. Mirándome con intensidad-, es muy buena persona.»
          Le pregunté si quería que me quedara hasta que vinieran los médicos e intentara traducirle lo que dijeran. Respondió que le gustaría muchísimo, pero que no debía molestarme si tenía otros asuntos que atender. Me explicó que en Numea no le habían dado tiempo para ver a su mujer y sus hijos antes de meterlo en el avión. Dijo que le gustaría escribir a su mujer para decirle que estaba bien y contarle dónde se encontraba y que estaba esperando a que le hicieran unas pruebas. Que no había podido escribirle porque no podía pedir papel.
             Le pedí papel a una enfermera y tajo un bloc, además de un sobre y un bolígrafo. El hombre se sentó lo más erguido que pudo, se apoyó en una revista y escribió, en una letra formal y grande, una carta larga. Mientras él escribía, yo charlé con mi amigo. Hacía muchísimo calor y como había huelga de enfermeras, las que querían secundar la huelga sin desatender a los pacientes más enfermos vestían de calle en lugar de uniforme, lo cual les daba una apariencia menos intimidatoria, menos enérgica, pero no ayudaba en nada al tahitiano con su problema idiomático. Una de las enfermeras me comentó: «Llegan aviones enteros desde el hospital de Numea».
          Le pregunté cuando pasarían los médicos y me contestó que estaban al caer. El hombre, que se llamaba Tiarapu, terminó la carta, anotó la dirección en el sobre, lo cerró y luego permaneció echado con el sobre pegado al pecho, como si no supiera qué hacer a continuación. Miraba de un lado para otro.
               -¿Quiere que me la lleve y la eche al buzón? –le pregunté.
               Me dijo que sí, si no era demasiada molestia.
          Entraron dos médicos. Eran dos chicos muy jóvenes, mucho más que yo, uno australiano y otro tailandés. Se acercaron a la cama del señor Tiarapu con timidez, como si fueran ellos los visitantes y no yo. Consultaron la tablilla colgada a los pies de la cama. Dije:
              -Hablo francés y pensaba que tal vez podría explicarle al señor Tiarapu lo que le ocurre, porque no lo sabe.
              Los médicos se miraron como dos colegiales, esperando a que contestara el otro. El tailandés habló:
             -Bueno, vamos a hacerle unas pruebas.
-Quizá podrían explicarle algo más –sugerí-, seguro que está inquieto porque no sabe lo que tiene.
-¿Tiene alguna pregunta concreta que pueda traducirnos? –preguntó el australiano.
Le traduje la pregunta al señor Tiarapu, acostado con la cabeza levantada en tensión, como si tratara de comprender a fuerza de voluntad. Dijo:
-Me gustaría saber si volveré a andar. Son las piernas, es horrible no poder caminar. ¿Podría preguntarles a los médicos por qué no puedo andar y si pueden hacer algo?
Los médicos, a dúo, respondieron que tenía un bloqueo en algún punto de la espina dorsal y que las pruebas que realizarían determinarían las posibilidades de curación.
-Si solo es un bloqueo –aseguró uno de ellos, con aire algo desvalido-, podrá volver a andar si hace los ejercicios que le recomendaremos. Si hace los ejercicios, mejorará, si es que solo tiene un bloqueo.
Lo traduje. El señor Tiarapu pareció tranquilizarse. Por lo visto no tenía más preguntas y los médicos dijeron que regresarían a una hora concreta del día siguiente y que me agradecerían si pudiera estar presente para volver a traducir. Dije que allí estaría.
El señor Tiarapu me estrechó la mano y me dio las gracias. Me miró de un modo que me hizo sentir muy mal, y muy triste, como si yo fuera una especie de salvavidas. Me hubiera gustado darle un beso en la mejilla, pero temí sobrepasar alguna línea del protocolo que tal vez existiera entre blancos y negros, o sanos y enfermos.
Me despedí de mi amigo y del señor Tiarapu, y recogí la caja de cartón con las conchas de las ostras y la tiré en la papelera al salir de la sala. En medio de un viento descarnado, llevé la carta del señor Tiarapu al otro lado de la calle, a la oficina de correos, donde pedí que la franquearan, y la eché al buzón.
A la mañana siguiente regresé al hospital. El tiempo aguantaba. Cuando entré en la sala vi que el aspecto del señor Tiarapu había sufrido un cambio impresionante. Ya no tenía la cara morena; no tenía color, las mejillas habían terminado de hundirse y se diría que le costaba abrir los ojos. Pero me vio y me cogió la mano y no la soltó.
-Parece cansado –le dije-. ¿No ha dormido bien? –No sabía si hablarle de usted o tutearlo, así que elegí el usted.
-No mucho. Estaba preocupado pensando en mi mujer.
Antes de que pasaran los médicos a hacer la ronda, la puerta de la sala se abrió de golpe y aparecieron dos alegres enfermeras. Se acercaron a la cama del señor Tiarapu y cogieron la tablilla. «Sí, es este», dijo una. Dirigió una sonrisa feliz y poderosa al señor Tiarapu: «¡Vamos a trasladarlo! –anunció-. ¡A otra sala!». Agarró la esquina de la manta de algodón azul del señor Tiarapu.
Esta vez el rostro del señor Tiarapu palideció de miedo.
-No entiende lo que le dicen –expliqué-. No sabe nada de inglés.
-Oh –dijo la enfermera retrocediendo.
En ese momento entraron dos médicos en la sala. Dieron los buenos días a todos los presentes. El señor Tiarapu pasó de mirar mi cara a la de ellos, a la espera.
-¿Podrían explicarle por qué lo trasladan? –pedí-. Porque acaba de acostumbrarse a este lugar y justo empezaba a charlar con el enfermo de al lado.
Los médicos se miraron. Uno de ellos, tras una breve pausa, explicó:
-Tenemos que trasladarlo a otra sala para proseguir con las pruebas.
Le traduje al señor Tiarapu que lo trasladaban a otra sala para hacerle más pruebas. Esta información no alteró su expresión.
-¿A qué sala? –pregunté a los médicos.
-Oncología –dijo uno de ellos, y me miró directamente a los ojos con una expresión a la vez vacía y retadora.
Dijo oncología. No dijo cáncer. Y yo no estaba segura, no estaba segura al cien por cien, de que oncología significara cáncer. Y no podía preguntar porque el señor Tiarapu me cogía la mano y no nos quitaba ojo a los médicos y a mí con su cara cenicienta, y la palabra francesa para cáncer es tan parecida a la inglesa que habría resultado imposible disimularla.
-¿Quieren que le explique lo que quiere decir? –pregunté a los médicos.
Parecieron incomodarse, movieron los pies por el linóleo mullido y se miraron.
-Si quiere –respondió uno.
-Pero ¿creen que debería?
Ambos se encogieron de hombros, no porque les importara, sino porque eran muy jóvenes y probablemente no sabían mejor que yo si el paciente viviría o moriría. Cuanto más hablamos y gesticulamos así, sin traducción, más claro le quedó al señor Tiarapu que ocurría algo que alguien no quería que supiera. La responsabilidad de la transmisión de información se me había transferido directamente y yo no era la persona adecuada.
Le dije al señor Tiarapu:
-Van a trasladarlo a otra sala porque tienen que hacerle más pruebas, todavía no están seguros de lo que le pasa y aquí no pueden hacerlas.
El señor Tiarapu asintió y se recostó.
Les dije a los médicos:
-¿No tienen intérpretes? Porque yo tengo que volver  a Melbourne esta noche. No puedo quedarme más.
-Sí, creo que sí –dijo uno de ellos-. Se supone que hay una intérprete, pero es famosa por su falta de tacto.
Las enfermeras prepararon al señor Tiarapu para el traslado. Yo me quedé de pie entre su cama y la de mi amigo, que había observado todo sin hablar. Cuando el señor Tiarapu estuvo en la camilla y llegó el momento de marcharse, volvió a cogerme la mano y me dijo:
-Ha sido muy amable conmigo. Siempre recordaré su amabilidad.
Mi amigo también se despidió, y se llevaron al señor Tiarapu.
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En el relato queda bien a las claras que el paternalismo, el trato inadecuado, los problemas de (in)comunicación y la falta de empatía suelen estar muy generalizados y, como se ve, parece que han sido y son bastante comunes y universales en los servicios sanitarios. Los y las profesionales sanitarias aparecen aquí con una actitud muy distante, altiva, poco respetuosa, displicente y nada compasiva con el paciente de la historia, (desvalido, inerme y vulnerable)… ¿Es esta la actitud y la imagen que realmente debieran mantener y transmitir? ¿Es la que de verdad esperan las personas enfermas a las que atienden?

miércoles, 10 de abril de 2019

Capital humano

«Ni todo está dicho, ni todo está por decir. Todo está dicho a medias.»
Eugenio D’Ors
«Los clientes no son lo primero. Lo primero son los empleados. Si cuidas de tus empleados, ellos cuidarán de tus clientes.»
Richard Branson

En general, el debate en torno a los y las profesionales de la salud (en lo referente a la planificación, formación, número, necesidades, demanda, cualificación, regulación, etc.) suele moverse en medio de excesivas simplificaciones que, en la mayoría de los casos, no se corresponden con la realidad. Como señala el conocido informe Right Jobs, Right Skills, Right Places, publicado en 2016 por la OCDE, los y las profesionales sanitarios/as constituyen la piedra angular de los sistemas de salud, desempeñando un papel central en la prestación de servicios y cuidados a la población y en la mejora de los resultados en salud. Los y las profesionales, empleados/as y trabajadores/as de las organizaciones sanitarias conforman y constituyen el capital humano, el principal activo y el corazón del sistema; son ellos/ellas quienes hacen posible la base cultural de unas organizaciones complejas, basadas en el conocimiento, que deben crecer mediante la innovación y el aprendizaje continuo.

El informe citado, con un título bastante significativo, (empleos, competencias y lugares adecuados), describe una serie de orientaciones estratégicas generales para el diseño y elaboración de políticas sobre personal sanitario, con el propósito de lograr el objetivo de tener el número y la combinación adecuada de personas proveedoras de atención sanitaria, con las competencias y aptitudes adecuadas, proporcionando servicios en los lugares adecuados, para responder mejor a las siempre cambiantes necesidades de salud de la población. Incide, además, en la necesidad de rediseñar los programas iniciales de educación y formación y el desarrollo profesional continuo.

En este sentido, a pesar del renovado interés por la responsabilidad en el autocuidado y el creciente papel de la e-health y la m-health, los trabajadores sanitarios siguen siendo –de forma abrumadora– quienes de forma directa prestan servicios de salud a la población. La demanda y el suministro de trabajadores/as sanitarios/as han aumentado con el tiempo en todos los países de la OCDE, y los puestos de trabajo en el sector sanitario y social representaban en 2014 a más del 10 por ciento del empleo total en la mayoría de los países de la OCDE.

Una gran parte de los debates sobre las cuestiones laborales y profesionales en los países de la OCDE se refieren con frecuencia –y desde hace tiempo- a la escasez de trabajadores/as sanitarios/as, (sobre todo profesionales de la medicina) con una persistente preocupación acerca de la futura jubilación de la generación de médicas/os y enfermeras del baby-boom, que podría exacerbar dicha escasez. Se trata de un problema al que nuestro Sistema Nacional de Salud (SNS) no es ajeno pero, para situarlo en su justa medida, conviene señalar también que, a pesar de las reiteradas reclamaciones y noticias —con frecuencia alarmantes— en los medios de comunicación y en las discusiones públicas sobre la “escasez creciente”, lo cierto es que el número de médicos/as y enfermeras nunca ha sido mayor en los países de la OCDE. Obviamente, como ponen de manifiesto los numerosos estudios llevados a cabo, la situación viene en gran medida condicionada y determinada por el modelo sanitario existente en cada país, por la estructura y distribución de los y las profesionales y sus condiciones laborales, por las grandes transformaciones tecnológicas, con la incorporación de nuevos recursos diagnósticos y terapéuticos, y por la complejidad creciente y progresiva que se vienen produciendo en las ciencias de la salud y en la asistencia sanitaria.

Reconocer la existencia de una determinada realidad no implica en modo alguno aceptarla acríticamente y, menos aún, renunciar a modificarla en el sentido que consideremos adecuado. El estudio más reciente (referido a profesionales médicos/as y elaborado a instancias del Consejo Interterritorial del SNS) explica las dificultades existentes y describe algunas experiencias de planificación de recursos humanos para la salud en diferentes países. Entre sus conclusiones, las autoras señalan: «Es evidente que las condiciones de los trabajos que se ofertan están detrás de los déficit en algunas especialidades: plazas poco atractivas en lugares remotos o alejados de grandes núcleos poblacionales y contratos temporales precarios explicarían las causas del problema, que no se solucionaría aumentando números, sino yendo a la raíz de aquellas causas fundamentales. Queda en el aire el problema de que las CCAA tienen fuertes incentivos a dotar plazas MIR que garanticen una cierta reserva de profesionales a la que acudir en cualquier momento para cubrir puestos eventuales sin gran atractivo para los profesionales y con el casi único aliciente de acumular puntos de curriculum que se puedan rentabilizar más adelante.»

Son numerosos los retos planteados, pero más allá de cuestiones de número o cantidad, más o menos coyunturales, y por lo que se refiere fundamentalmente a la calidad y a la formación, importa sobre todo destacar que el sistema de formación sanitaria especializada (FSE) de nuestro país está suficientemente reconocido y valorado, y goza de un elevado prestigio y reputación. No obstante, transcurridos cuarenta años de la puesta en marcha del sistema, consideramos que es necesario llevar a cabo algunos ajustes que permitan su mejor adaptación y adecuación a las nuevas demandas y necesidades asistenciales. Y precisamente porque el modelo de FSE en el SNS ha sido un modelo de éxito, se impone, alcanzados los objetivos primordiales diseñados hace décadas, examinar con criterios profesionales y no ideológicos, en qué se puede mejorar. Para ello, es preciso actualizar muchos de los programas formativos de las diferentes especialidades, sobre todo teniendo en cuenta los cambios sociales y la realidad sociodemográfica actual, condicionada por el envejecimiento de la población, la pluripatología y la cronicidad. Al mismo tiempo, también debemos intentar ajustar la oferta de plazas de formación de especialistas en ciencias de la salud al número de egresados de las distintas facultades, siendo conscientes de la necesidad de mantener siempre la máxima cooperación, colaboración y diálogo con la Universidad y con las comunidades autónomas, que finalmente serán los empleadores de estos profesionales en los diferentes Servicios Regionales de Salud. En este sentido, es preciso también recuperar e incrementar la oferta docente, que se había visto reducida sustancialmente en los últimos años.


Obviamente no podemos quedarnos varados en una mera gestualidad reformista. Es (muy) importante saber escuchar (no solo oír), ver (no solo mirar), valorar y tener en cuenta la opinión informada de todos los agentes implicados, Administraciones Públicas, colectivos profesionales, corporaciones, sociedades científicas y otros grupos de interés del SNS. Ello debiera permitirnos poder contribuir a la sostenibilidad del mismo, recuperar derechos y prestaciones y mejorar la calidad de los servicios a la ciudadanía, trascendiendo en muchos casos debates miopes, interesados o cortoplacistas, centrados más en la inmediatez y el tacticismo que en las necesidades reales de pacientes y de la población en general.

Aunque vivimos tiempos (muy) complejos, difíciles e inciertos, quienes trabajamos en este ámbito tenemos la obligación de superar el pesimismo, la resignación y esa desafortunada y confusa combinación de abúlica pasividad, indolencia e improvisación irresponsable que, con demasiada frecuencia, hemos visto cómo han puesto en práctica algunos gobiernos. De aquí que tengamos que seguir empeñados en esa gran empresa ética de seguir construyendo y creando —al menos manteniendo— día a día, un sistema sanitario público más justo, más equitativo, más seguro, más eficiente, de mayor calidad y, en definitiva, más humano. Se trata de una (hermosa) tarea, conjunta y compartida, a la que todas y todos estamos convocados.
_________________

miércoles, 7 de febrero de 2018

Lecturas para la humanización (V)


         Sesión fotográfica de Spencer Tunick. Plaza del Zócalo (Ciudad de México), 6 mayo 2007. AP Photo/Darío López-Mills
«Hace tiempo estaba indeciso, pero ahora ya no estoy tan seguro.»
Boscoe Pertwee
(citado por Umberto Eco en su libro ‘Kant y el ornitorrinco’)
Volvemos a refugiarnos en los libros…

He aquí unas nuevas sugerencias y propuestas de lectura que hacen bueno ese listado de razones por las que leer, recibido hace unas semanas a través de Twitter (vía @ValaAfshar):

Por qué leemos:

                                               1. Para aprender
                                               2. Para ‘escapar’
                                               3. Para confirmar [nuestras] creencias
                                               4. Para saber que no estamos solos
                                               5. Para encontrar nuevas ideas
                                               6. Para inspirarnos
                                               7. Para aprender a pensar
                                               8. Para permanecer abiertos al conocimiento
                                               9. Para atrevernos a soñar
       10. Para ganar coraje
       11. Para tener esperanza
       12. Para fortalecer convicciones
       13. Para aprender a escribir
       14. Para enamorarnos
                                             (...)

Cuatro libros de un autor fascinante: Guido Ceronetti

EL SILENCIO DEL CUERPO (1979)

Creo que fue un médico urólogo [Joaquín Fernández @joaquinuro] quien me habló en el SESCAM hace unos años de Guido Ceronetti, un escritor italiano entonces desconocido para mí, y me recomendó uno de sus libros: un texto deslumbrante aparecido originalmente en 1979 titulado El silencio del cuerpo, repleto de citas, pensamientos como relámpagos, aforismos que son auténticos latigazos y ácidas reflexiones sobre la práctica de la medicina. Sugerente y provocador, compuesto de manera desordenada y fragmentaria, el propio autor afirma (LOTE,nº 88 nov. 2004):

«La Medicina, que me ha intrigado por tantos años, frecuentándola las más de las veces en los libros y en temores obsesivos de salud, ahora escapa (tengo una percepción muy neta de esto) al control historiográfico y al especulativo; ¡imaginemos al ético! Todo aquello que puede hacer ahora el pensamiento agresivo, volcado a la comprensión, en la imposibilidad de hacer reentrar, de comprimir dentro de confines morales a su aterrorizante objeto, verdadero Leviatán, es fotografiar desde puntos diversos la sombra de funesto cometa sobre la tierra, distinto de los otros, nuestros Halley cotidianos, los Halley de toda hora, pero también confundido con ellos, a veces, en nudos de entrecruzamientos fatales en este globo silencioso.

Me espanta la pasividad de los cuerpos, de nuestras vidas infelices, de nuestros cuerpos mortales, bajo el azote de su deseo, de su omnipotencia jamás saciada, de su deseo de hacer todo aquello que ha decidido hacer por nuestro bien, sancionado como integral dependencia en pijama de campo de concentración.

No se cuentan sus roturas, sus violencias a la carne, sus demoliciones, sus quebrantamientos, sus destrozos de goznes, sus secuestros, sus extorsiones, sus captaciones de consenso, sus ríos de sangre blanca, negra y roja, sus devastaciones y su rapiña cósmica de dinero privado y público. El pensamiento no sabe en qué categoría del mal ni cómo digerir especulativamente tantos rescates pediátricos, tantos rescates oncológicos, geriátricos, obstétricos, cardiológicos, sembrados a ciegas dondequiera haya médicos, servicios sanitarios, hospitales, laboratorios de análisis, albergues para crónicos. A cada rescate médico (quizás atractivamente afectuoso, pero en el fondo brutal, siempre) corresponde una genuflexión de los omóplatos y de las vértebras mentales del cuerpo, la rendición inmediata del conjunto a la orden de ceder impartida a un punto, agredido, o supuestamente dispuesto a ser agredido en breve, por el dolor.»

A medida que se adentra en el libro uno va captando la descarnada lucidez y la enorme erudición del autor, auténtica revelación intemporal con una prosa incisiva que provoca auténticas sacudidas y fogonazos en la conciencia: «En estos orificios y cuchitriles que somos vive un rostro oculto que no se nos parece.»

Y (nos) advierte:

«(…) Quien desee convertirse en médico debe reflexionar antes de entrar en la profesión; ingrese sólo si está determinado a ser diferente y a adoptar diferentes principios y enseñanzas. De lo contrario, no lo haga.»

Enrique Vila-Matas, (vid. Ceronetti en persona, El País, 23 de febrero de 2010), lo considera como «experto en mundos borrados y creador cercano a Gadda, Manganelli y otros grandes raros de la escritura italiana del siglo pasado.» En este libro azaroso y poliédrico encuentro ecos y destellos que por su pesimismo recuerdan a E. M. Cioran, quien, en uno de sus Ejercicios de admiración y otros textos afirma sobre El silencio del cuerpo:

«...es indiscutiblemente el producto de una exigencia de pureza, prueba un innegable gusto por el horror: Guido Ceronetti parece un ermitaño seducido por el infierno. Por el infierno del cuerpo. Uno de los signos evidentes de que la salud falla es sentir nuestros órganos, ser consciente de ellos hasta la obsesión. La maldición de arrastrar un cadáver es el tema mismo de su libro.»

 A propósito del mismo libro, un auténtico rastreo por humores, digestiones, heces, úlceras, viscosidades, cavidades y contaminaciones del cuerpo, señala también Juan Malpartida (Nostalgia del cuerpo, ABC de las artes y las letras, 11 de noviembre de 2006): «A Ceronetti le hubiera gustado ser un médico de mediados del siglo XIX, cuando se descubrió la aspirina y aún era una profesión que atendía a la familia desde el parto al deceso; y por otro lado, también sueña con ser un consolador antroposófico (la verdad cura, ayuda).»

De la solapa de la edición italiana original:

En Il silenzio del corpo. Materiali per studio di medicina  Ceronetti recoge las observaciones que ha acumulado durante años alrededor de un tema que le fascina: el cuerpo. Atacado, seducido, descifrado, socavado, auscultado por doctores y poetas, por los chamanes y la pornografía, por filósofos y políticos, el cuerpo es quizás uno de los últimos enigmas que despiertan en todos una curiosidad invencible. Pero la dificultad surge del "silencio del cuerpo": un silencio que habla en otros idiomas distintos a los nuestros, y que sin embargo, tampoco son menos nuestros. Ceronetti es un maestro en escucharlos, explorando como un hábil flâneur los meandros de la historia de la medicina, impactando con aforismos definitivos, recortando imágenes de civilizaciones lejanas y cercanas, anotando las maravillas y los engaños de la filosofía. Así nació un libro aventurero, en conjunto enciclopédico y personal, que se puede abrir en cualquier punto encontrando una frase, un párrafo en particular, una historia que nos haga reflexionar y fantasear. De la Biblia a la sífilis, del lenguaje erótico a Jack el destripador, de los asilos a China, de los vampiros a los médicos del seguro: Ceronetti presenta sus temas como si tocara los pliegues de un gran abanico que no termina de abrirse. Y no estará seguro de querer cerrarlo en una serie de "explicaciones". De hecho, se declara inmediatamente "tan feliz de hurgar en el microcosmos humano (y gritarlo divino y trágico ante la estupidez y el silencio) como de no poder tomarlo con sus manos y definirlo, con absoluta certeza, salvar la divinidad-tragedia fundamental, nada».

Inevitablemente, tras la lectura  de este libro singular e imprescindible nos lanzamos a la búsqueda de otras obras del autor, encontrando otras tres joyas:

EL CANTAR DE LOS CANTARES (1975)

Considerado como un versátil y moderno polígrafo, filósofo, escritor, periodista, poeta, traductor y “sagaz cronista de hechos culturales y sociales”, Ceronetti se nos muestra como un sabio y lúcido exégeta capaz de traducir e interpretar tanto clásicos latinos como textos bíblicos y poetas modernos. Averiguamos que una de sus obras más celebradas es una versión del Cantar de los Cantares a la que añadió un ensayo en el que explica la gran variedad de resonancias que el texto bíblico propone y (le) sugiere.

 Atribuido a Salomón, el Cantar de los Cantares es probablemente el más importante y bello poema de amor de la historia, como dice la contracubierta de la edición en español de este libro: 

«Y sea cual sea el amor que celebre—el de Yahveh por su pueblo, como quiere la tradición hebrea; el del alma y su Dios, como quiso san Juan de la Cruz y la tradición mística; el carnal entre hombre y mujer, como parece imponerse en una lectura inmediata del texto—, jamás han sido encontradas palabras más bellas y más profundas, palabras que parecen adecuarse milagrosamente a cada una de sus diversas interpretaciones, incluso a aquellas incompatibles.»

En una reseña del libro, J. Antonio González Iglesias recomienda:
«Deben leer este libro los que todavía distinguen sexo y amor. Los que hablan de amor reproductivo o no reproductivo. Los que se plantean si Dios es masculino o femenino. Los que se angustian por tener que elegir entre Dios o la nada.»

EL MONÓCULO MELANCÓLICO (1988)

Un libro hermoso, brillante e inteligente, en el que Ceronetti, en una serie de breves y variados ensayos, explora aspectos esenciales de la experiencia humana a partir de obras de arte o acontecimientos históricos muy diversos.

La contracubierta dice que se trata de una suerte de De profundis melancólico lanzado por uno de los más singulares pensadores europeos. Nos hable—entre otras cosas—del Cristo de Grünewald, de un gerifalte maoísta ante la Maja desnuda de Goya, de Chagall, de los corrimientos de tierras de la Valtelina o del valor de la oración; ataque a Pedro Abelardo por su dureza y sequedad hacia Eloísa, rememore a Teresa de Jesús o recuerde la inhumanidad de la guerra civil española; observe a una mujer y a su hijo hambrientos en Biafra o la plenitud de un Rembrandt; se escandalice por la bomba atómica o por la dictadura de la Razón; su voz es siempre profética, resonante y esencial


Índice:
Grünewald, viaje al abismo
·        - Las manos y la catedral
·         - Dolor-Tiempo-Tánatos: La mujer en tres imágenes
·         - Sobre un desnudo fotográfico de 1930
·        -  A propósito de una pregunta de Yasunari Kawabata
(Esbozo interrumpido de una respuesta)
·        - El chino y la “desnuda”
·        - Leopardi y el gallo cósmico 
·        - Teresa de Jesús entre cielo y tierra
      (En el cuarto centenario de su tránsito: 1582-1982)
·         - La paz de Abelardo y el infierno de Eloísa
· Muerte de la plegaria 
(Reflexiones sobre el olivo expoliado)
·         - Poesía clara poesía oscura
·       - Memorándum por el cincuentenario de la Guerra Civil de España: 1936-1986 
       (Notas desparramadas, jamás utilizadas)
      - Valtelina 1987
Apoteosis (Recuerdo del 6 de agosto de 1945)


LA LINTERNA DEL FILÓSOFO (2005)

 Dice el editor a propósito de este libro:

«Es más fácil aceptar el crimen esporádico que la torpeza intelectual permanente», escribió una vez Guido Ceronetti. Y precisamente para luchar contra la torpeza intelectual, mantiene una batalla sin cuartel, combatiendo con las frágiles y potentísimas armas del pensamiento. Luchar contra la torpeza será, en este libro, interrogarse de nuevo sobre las Escrituras y los automóviles, recorrer las páginas vertiginosas de Schopenhauer y los amantes de Mayerling y su leyenda romántica, observar la filosofía de Spinoza desde un punto de vista heterodoxo y después definir el tango como «el más primitivo y el más refinado de todos los bailes», para terminar con Blake y la gnosis del tigre. Porque, si la condición humana puede simbolizarse perfectamente en el ojo del perro de Goya semihundido en la arena, solamente la lucidez dolorosa de una mirada que sea capaz de recoger hasta el fondo lo insensato y lo grotesco, la belleza y el humor, podrá iluminarnos.

Nuevamente el libro recopila una serie de ensayos breves en los que, con su clásico y habitual estilo erudito, profundo y provocador, Ceronetti aborda una gran variedad de temas:

- Acuérdate de nosotros, filosofía
- Último Spinoza mío 
Nota a “Último Spinoza mío”
- De Lev Šestov, “A propósito de la balanza de Job”
- Spinoza y el amor
- Un perro de Goya
- Sobre un pensamiento de Hugo
- Antipoesía del ego
- El automóvil y la carne
- Susurros ecofilosóficos
- Piovene y “Las Furias”
- Salmo 8 y Génesis 9 –Prospecciones
- Hombre pareja tango
- Juvenal y las mujeres
- Lutero y el lobo
- Mayerling develado- Sátira y la vida
- Ni Buda ni Satanás: Schopenhauer
Nota a “Ni Buda ni Satanás”
- “Pestis venérea”
- Gnosis del tigre: Blake y la revolución
      William Blake, “La tigre” 

En definitiva, un autor necesario, de quien algunos de sus compatriotas han dicho:

«Como es un sabio, Ceronetti es también un hombre libre».
(Pietro Citati, Il Corriere della Sera)

«La escritura de Guido Ceronetti es como la mano que agarra los mejores frutos de la vida».
(Antonio Gnoli, La Repubblica)
(Continuará…)

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