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miércoles, 7 de febrero de 2018

Lecturas para la humanización (V)


         Sesión fotográfica de Spencer Tunick. Plaza del Zócalo (Ciudad de México), 6 mayo 2007. AP Photo/Darío López-Mills
«Hace tiempo estaba indeciso, pero ahora ya no estoy tan seguro.»
Boscoe Pertwee
(citado por Umberto Eco en su libro ‘Kant y el ornitorrinco’)
Volvemos a refugiarnos en los libros…

He aquí unas nuevas sugerencias y propuestas de lectura que hacen bueno ese listado de razones por las que leer, recibido hace unas semanas a través de Twitter (vía @ValaAfshar):

Por qué leemos:

                                               1. Para aprender
                                               2. Para ‘escapar’
                                               3. Para confirmar [nuestras] creencias
                                               4. Para saber que no estamos solos
                                               5. Para encontrar nuevas ideas
                                               6. Para inspirarnos
                                               7. Para aprender a pensar
                                               8. Para permanecer abiertos al conocimiento
                                               9. Para atrevernos a soñar
       10. Para ganar coraje
       11. Para tener esperanza
       12. Para fortalecer convicciones
       13. Para aprender a escribir
       14. Para enamorarnos
                                             (...)

Cuatro libros de un autor fascinante: Guido Ceronetti

EL SILENCIO DEL CUERPO (1979)

Creo que fue un médico urólogo [Joaquín Fernández @joaquinuro] quien me habló en el SESCAM hace unos años de Guido Ceronetti, un escritor italiano entonces desconocido para mí, y me recomendó uno de sus libros: un texto deslumbrante aparecido originalmente en 1979 titulado El silencio del cuerpo, repleto de citas, pensamientos como relámpagos, aforismos que son auténticos latigazos y ácidas reflexiones sobre la práctica de la medicina. Sugerente y provocador, compuesto de manera desordenada y fragmentaria, el propio autor afirma (LOTE,nº 88 nov. 2004):

«La Medicina, que me ha intrigado por tantos años, frecuentándola las más de las veces en los libros y en temores obsesivos de salud, ahora escapa (tengo una percepción muy neta de esto) al control historiográfico y al especulativo; ¡imaginemos al ético! Todo aquello que puede hacer ahora el pensamiento agresivo, volcado a la comprensión, en la imposibilidad de hacer reentrar, de comprimir dentro de confines morales a su aterrorizante objeto, verdadero Leviatán, es fotografiar desde puntos diversos la sombra de funesto cometa sobre la tierra, distinto de los otros, nuestros Halley cotidianos, los Halley de toda hora, pero también confundido con ellos, a veces, en nudos de entrecruzamientos fatales en este globo silencioso.

Me espanta la pasividad de los cuerpos, de nuestras vidas infelices, de nuestros cuerpos mortales, bajo el azote de su deseo, de su omnipotencia jamás saciada, de su deseo de hacer todo aquello que ha decidido hacer por nuestro bien, sancionado como integral dependencia en pijama de campo de concentración.

No se cuentan sus roturas, sus violencias a la carne, sus demoliciones, sus quebrantamientos, sus destrozos de goznes, sus secuestros, sus extorsiones, sus captaciones de consenso, sus ríos de sangre blanca, negra y roja, sus devastaciones y su rapiña cósmica de dinero privado y público. El pensamiento no sabe en qué categoría del mal ni cómo digerir especulativamente tantos rescates pediátricos, tantos rescates oncológicos, geriátricos, obstétricos, cardiológicos, sembrados a ciegas dondequiera haya médicos, servicios sanitarios, hospitales, laboratorios de análisis, albergues para crónicos. A cada rescate médico (quizás atractivamente afectuoso, pero en el fondo brutal, siempre) corresponde una genuflexión de los omóplatos y de las vértebras mentales del cuerpo, la rendición inmediata del conjunto a la orden de ceder impartida a un punto, agredido, o supuestamente dispuesto a ser agredido en breve, por el dolor.»

A medida que se adentra en el libro uno va captando la descarnada lucidez y la enorme erudición del autor, auténtica revelación intemporal con una prosa incisiva que provoca auténticas sacudidas y fogonazos en la conciencia: «En estos orificios y cuchitriles que somos vive un rostro oculto que no se nos parece.»

Y (nos) advierte:

«(…) Quien desee convertirse en médico debe reflexionar antes de entrar en la profesión; ingrese sólo si está determinado a ser diferente y a adoptar diferentes principios y enseñanzas. De lo contrario, no lo haga.»

Enrique Vila-Matas, (vid. Ceronetti en persona, El País, 23 de febrero de 2010), lo considera como «experto en mundos borrados y creador cercano a Gadda, Manganelli y otros grandes raros de la escritura italiana del siglo pasado.» En este libro azaroso y poliédrico encuentro ecos y destellos que por su pesimismo recuerdan a E. M. Cioran, quien, en uno de sus Ejercicios de admiración y otros textos afirma sobre El silencio del cuerpo:

«...es indiscutiblemente el producto de una exigencia de pureza, prueba un innegable gusto por el horror: Guido Ceronetti parece un ermitaño seducido por el infierno. Por el infierno del cuerpo. Uno de los signos evidentes de que la salud falla es sentir nuestros órganos, ser consciente de ellos hasta la obsesión. La maldición de arrastrar un cadáver es el tema mismo de su libro.»

 A propósito del mismo libro, un auténtico rastreo por humores, digestiones, heces, úlceras, viscosidades, cavidades y contaminaciones del cuerpo, señala también Juan Malpartida (Nostalgia del cuerpo, ABC de las artes y las letras, 11 de noviembre de 2006): «A Ceronetti le hubiera gustado ser un médico de mediados del siglo XIX, cuando se descubrió la aspirina y aún era una profesión que atendía a la familia desde el parto al deceso; y por otro lado, también sueña con ser un consolador antroposófico (la verdad cura, ayuda).»

De la solapa de la edición italiana original:

En Il silenzio del corpo. Materiali per studio di medicina  Ceronetti recoge las observaciones que ha acumulado durante años alrededor de un tema que le fascina: el cuerpo. Atacado, seducido, descifrado, socavado, auscultado por doctores y poetas, por los chamanes y la pornografía, por filósofos y políticos, el cuerpo es quizás uno de los últimos enigmas que despiertan en todos una curiosidad invencible. Pero la dificultad surge del "silencio del cuerpo": un silencio que habla en otros idiomas distintos a los nuestros, y que sin embargo, tampoco son menos nuestros. Ceronetti es un maestro en escucharlos, explorando como un hábil flâneur los meandros de la historia de la medicina, impactando con aforismos definitivos, recortando imágenes de civilizaciones lejanas y cercanas, anotando las maravillas y los engaños de la filosofía. Así nació un libro aventurero, en conjunto enciclopédico y personal, que se puede abrir en cualquier punto encontrando una frase, un párrafo en particular, una historia que nos haga reflexionar y fantasear. De la Biblia a la sífilis, del lenguaje erótico a Jack el destripador, de los asilos a China, de los vampiros a los médicos del seguro: Ceronetti presenta sus temas como si tocara los pliegues de un gran abanico que no termina de abrirse. Y no estará seguro de querer cerrarlo en una serie de "explicaciones". De hecho, se declara inmediatamente "tan feliz de hurgar en el microcosmos humano (y gritarlo divino y trágico ante la estupidez y el silencio) como de no poder tomarlo con sus manos y definirlo, con absoluta certeza, salvar la divinidad-tragedia fundamental, nada».

Inevitablemente, tras la lectura  de este libro singular e imprescindible nos lanzamos a la búsqueda de otras obras del autor, encontrando otras tres joyas:

EL CANTAR DE LOS CANTARES (1975)

Considerado como un versátil y moderno polígrafo, filósofo, escritor, periodista, poeta, traductor y “sagaz cronista de hechos culturales y sociales”, Ceronetti se nos muestra como un sabio y lúcido exégeta capaz de traducir e interpretar tanto clásicos latinos como textos bíblicos y poetas modernos. Averiguamos que una de sus obras más celebradas es una versión del Cantar de los Cantares a la que añadió un ensayo en el que explica la gran variedad de resonancias que el texto bíblico propone y (le) sugiere.

 Atribuido a Salomón, el Cantar de los Cantares es probablemente el más importante y bello poema de amor de la historia, como dice la contracubierta de la edición en español de este libro: 

«Y sea cual sea el amor que celebre—el de Yahveh por su pueblo, como quiere la tradición hebrea; el del alma y su Dios, como quiso san Juan de la Cruz y la tradición mística; el carnal entre hombre y mujer, como parece imponerse en una lectura inmediata del texto—, jamás han sido encontradas palabras más bellas y más profundas, palabras que parecen adecuarse milagrosamente a cada una de sus diversas interpretaciones, incluso a aquellas incompatibles.»

En una reseña del libro, J. Antonio González Iglesias recomienda:
«Deben leer este libro los que todavía distinguen sexo y amor. Los que hablan de amor reproductivo o no reproductivo. Los que se plantean si Dios es masculino o femenino. Los que se angustian por tener que elegir entre Dios o la nada.»

EL MONÓCULO MELANCÓLICO (1988)

Un libro hermoso, brillante e inteligente, en el que Ceronetti, en una serie de breves y variados ensayos, explora aspectos esenciales de la experiencia humana a partir de obras de arte o acontecimientos históricos muy diversos.

La contracubierta dice que se trata de una suerte de De profundis melancólico lanzado por uno de los más singulares pensadores europeos. Nos hable—entre otras cosas—del Cristo de Grünewald, de un gerifalte maoísta ante la Maja desnuda de Goya, de Chagall, de los corrimientos de tierras de la Valtelina o del valor de la oración; ataque a Pedro Abelardo por su dureza y sequedad hacia Eloísa, rememore a Teresa de Jesús o recuerde la inhumanidad de la guerra civil española; observe a una mujer y a su hijo hambrientos en Biafra o la plenitud de un Rembrandt; se escandalice por la bomba atómica o por la dictadura de la Razón; su voz es siempre profética, resonante y esencial


Índice:
Grünewald, viaje al abismo
·        - Las manos y la catedral
·         - Dolor-Tiempo-Tánatos: La mujer en tres imágenes
·         - Sobre un desnudo fotográfico de 1930
·        -  A propósito de una pregunta de Yasunari Kawabata
(Esbozo interrumpido de una respuesta)
·        - El chino y la “desnuda”
·        - Leopardi y el gallo cósmico 
·        - Teresa de Jesús entre cielo y tierra
      (En el cuarto centenario de su tránsito: 1582-1982)
·         - La paz de Abelardo y el infierno de Eloísa
· Muerte de la plegaria 
(Reflexiones sobre el olivo expoliado)
·         - Poesía clara poesía oscura
·       - Memorándum por el cincuentenario de la Guerra Civil de España: 1936-1986 
       (Notas desparramadas, jamás utilizadas)
      - Valtelina 1987
Apoteosis (Recuerdo del 6 de agosto de 1945)


LA LINTERNA DEL FILÓSOFO (2005)

 Dice el editor a propósito de este libro:

«Es más fácil aceptar el crimen esporádico que la torpeza intelectual permanente», escribió una vez Guido Ceronetti. Y precisamente para luchar contra la torpeza intelectual, mantiene una batalla sin cuartel, combatiendo con las frágiles y potentísimas armas del pensamiento. Luchar contra la torpeza será, en este libro, interrogarse de nuevo sobre las Escrituras y los automóviles, recorrer las páginas vertiginosas de Schopenhauer y los amantes de Mayerling y su leyenda romántica, observar la filosofía de Spinoza desde un punto de vista heterodoxo y después definir el tango como «el más primitivo y el más refinado de todos los bailes», para terminar con Blake y la gnosis del tigre. Porque, si la condición humana puede simbolizarse perfectamente en el ojo del perro de Goya semihundido en la arena, solamente la lucidez dolorosa de una mirada que sea capaz de recoger hasta el fondo lo insensato y lo grotesco, la belleza y el humor, podrá iluminarnos.

Nuevamente el libro recopila una serie de ensayos breves en los que, con su clásico y habitual estilo erudito, profundo y provocador, Ceronetti aborda una gran variedad de temas:

- Acuérdate de nosotros, filosofía
- Último Spinoza mío 
Nota a “Último Spinoza mío”
- De Lev Šestov, “A propósito de la balanza de Job”
- Spinoza y el amor
- Un perro de Goya
- Sobre un pensamiento de Hugo
- Antipoesía del ego
- El automóvil y la carne
- Susurros ecofilosóficos
- Piovene y “Las Furias”
- Salmo 8 y Génesis 9 –Prospecciones
- Hombre pareja tango
- Juvenal y las mujeres
- Lutero y el lobo
- Mayerling develado- Sátira y la vida
- Ni Buda ni Satanás: Schopenhauer
Nota a “Ni Buda ni Satanás”
- “Pestis venérea”
- Gnosis del tigre: Blake y la revolución
      William Blake, “La tigre” 

En definitiva, un autor necesario, de quien algunos de sus compatriotas han dicho:

«Como es un sabio, Ceronetti es también un hombre libre».
(Pietro Citati, Il Corriere della Sera)

«La escritura de Guido Ceronetti es como la mano que agarra los mejores frutos de la vida».
(Antonio Gnoli, La Repubblica)
(Continuará…)

domingo, 5 de noviembre de 2017

De entre los muertos…

               Lázaro. Francisco Leiro

«Lo primero que hace falta es la rectificación de los nombres. Si los nombres no son correctos, las palabras no se ajustarán a lo que representan, y si las palabras no se ajustan a lo que representan, las tareas no se llevarán a cabo, y el pueblo no sabrá como obrar.»
Confucio (s.VI a.de C.)
     [Sobre las medidas que habrían de tomarse para ordenar el Estado].

Para cinéfilos(as) en general debo comenzar diciendo que el título de esta entrada no hace referencia –como alguien podría suponer erróneamente- a la película Vértigo (De entre los muertos), que la crítica especializada considera como la obra maestra de Alfred Hitchcock, (y una de las mejores películas de todos los tiempos), y cuyo guión estaba basado en una novela con ese mismo nombre. Ni siquiera tiene que ver con otra película más reciente llamada Proyecto Lázaro del director español Mateo Gil

Hace algunos años, durante una de las clases de un máster de Bioética en la Escuela Nacional de Sanidad, el profesor Javier Sánchez Caro, notable jurista y académico correspondiente de la Real Academia Nacional de Medicina, haciendo gala de un gran sentido del humor (derivado de la sabia ironía y la enorme erudición que le caracterizan), comentaba lo inapropiado y poco riguroso que resulta denominar indistintamente con el término resucitación cardiopulmonar a lo que en realidad son meras maniobras de reanimación cardiopulmonar (por su acrónimo: RCP).  Atribuía esta denominación a la perniciosa influencia de los anglicismos en medicina (cardiopulmonary resuscitation) y bromeaba con el hecho de que se consideraran equiparables o casi sinónimos, en la medida en que resucitar significa devolver la vida a un muerto y hasta ahora la medicina no ha conseguido que nadie resucite. 

La propia Real Academia Española contribuye a esta supuesta confusión entre resucitar y reanimar. Veamos los términos tal como los define la última edición del diccionario:
diccionario:  

Del lat. redanimāre.
1. tr. Confortar, dar vigor, restablecer las fuerzas.
2. tr. Hacer que recobre el conocimiento alguien que lo ha perdido.
3. tr. Infundir ánimo y valor a quien está abatido.

Del lat. tardío resuscitāre, y este del lat. re- 're-' y suscitāre 'levantar', 'avivar'.
1. tr. Devolver la vida a un muerto.
2. tr. coloq. Restablecer, renovar, dar nuevo ser a algo.
3. intr. Dicho de una persona: Volver a la vida.

Sin embargo, la cosa cambia cuando define reanimación y resucitación. Veamos:

1. f. Acción y efecto de reanimar.
2. f. Med. Conjunto de medidas terapéuticas que se aplican para recuperar o mantener las constantes vitales del organismo.

Del lat. tardío resuscitatio, -ōnis.
1. f. Med. Acción de volver a la vida, con maniobras y medios adecuados, a los seres vivos en estado de muerte aparente.

Nótese que, a diferencia del término anterior, aquí no existe la que sería primera acepción o significado de acción y efecto de resucitar (o sea, lo que sería exactamente devolver la vida a un muerto), y además, “curándose en salud”, por decirlo con una expresión bastante afortunada en este caso, la RAE añade después esa frase algo tramposa de en estado de muerte aparente para evitar el imposible metafísico.

En este hilo del Foro del español del Centro Virtual Cervantes aparece una aparente  explicación del asunto.
  Lázaro. Francisco Leiro

El profesor Sánchez Caro continuaba con su disertación: «Que sepamos, –decía- y según los Evangelios, solo resucitaron Lázaro, la hija de Jairo y el propio Jesucristo…»

Sin embargo, en una revisión algo más detallada de los textos bíblicos, (versión de la Biblia de Jerusalén), encontramos varios casos más de personas resucitadas, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento:

·         El hijo de la viuda de Sarepta, resucitado por Elías (en I Reyes 17:17-23):

17. Después de esto, el hijo de la dueña de la casa cayó enfermo; la enfermedad se agravó hasta el punto de que no le quedaba ya aliento.
18. Entonces ella dijo a Elías: "¿Se acabó todo entre tú y yo, hombre de Dios? ¡Has venido a recordarme mis faltas y a causar la muerte de mi hijo!"
19. Elías respondió: "Entrégame a tu hijo." Él lo tomó de su regazo y lo subió a la habitación de arriba, donde él vivía, y lo acostó en su lecho.
20. Luego clamó a Yahvé, diciendo: "Yahvé, Dios mío, ¿vas a hacer mal también a la viuda que me hospeda, causando la muerte de su hijo?"
21. Se tendió tres veces sobre el niño, y gritó a Yahvé: "Yahvé, Dios mío, que vuelva la vida de este niño a su cuerpo."
22. Yahvé escuchó el grito de Elías, y volvió la vida del niño a su cuerpo y revivió.
23. Elías tomó al niño, lo bajó de la habitación de arriba al interior de la casa y lo entregó a su madre. Dijo Elías: "Mira, tu hijo está vivo."

·         El hijo de la mujer sunamita, resucitado por Eliseo (en II Reyes 4:32-37):

32. Eliseo entró en la casa; allí estaba el niño, muerto, acostado en su lecho.
33. Entró, cerró la puerta con ellos dos dentro, y oró a Yahvé.
34. Se subió (a la cama) y se tumbó sobre el niño, boca con boca, ojos con ojos, manos con manos. Se mantuvo recostado sobre él y la carne del niño iba entrando en calor.
35. Se bajó y se puso a caminar por la casa de acá para allá. Se subió y se recostó insuflando sobre él hasta siete veces. El niño estornudó y abrió sus ojos.
36. Llamó a Guejazí y le dijo: "Llama a la sunamita." Y la llamó. Cuando llegó, él le dijo: "Toma tu hijo."
37. Ella entró y se echó a sus pies, postrada en tierra. Luego tomó a su hijo y salió.

·         La hija de Jairo, resucitada por Jesucristo (en Lucas 8:49-55 y Mateo 9:18-25):

18. Así les estaba hablando, cuando se acercó un magistrado y se postraba ante él diciendo: "Mi hija acaba de morir, pero ven, impón tu mano sobre ella y vivirá."
19. Jesús se levantó y le siguió junto con sus discípulos.
20. En esto, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años se acercó por detrás y tocó la orla de su manto.
21. Pues se decía para sí: "Con sólo tocar su manto, me salvaré."
22. Jesús se volvió, y al verla le dijo: "¡Ánimo!, hija, tu fe te ha salvado." Y se salvó la mujer desde aquel momento.
23. Al llegar Jesús a casa del magistrado y ver a los flautistas y la gente alborotando,
24. decía: "¡Retiraos! La muchacha no ha muerto; está dormida." Y se burlaban de él.
25. Mas, echada fuera la gente, entró él, la tomó de la mano, y la muchacha se levantó.

·         El hijo de la viuda de Naín, resucitado por Jesucristo (en Lucas 7:12-15):

12. Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; la acompañaba mucha gente de la ciudad.
13. Al verla, el Señor tuvo compasión de ella y le dijo: "No llores."
14. Y, acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon, y él dijo: "Joven, a ti te digo: Levántate."
15. El muerto se incorporó y se puso a hablar, y él se lo dio a su madre.

·         Lázaro, resucitado por Jesucristo (en Juan 11:38-44):

38. Entonces Jesús se conmovió de nuevo en su interior y fue al sepulcro. Era una cueva, y tenía puesta encima una piedra.
39. Dice Jesús: "Quitad la piedra." Le responde Marta, la hermana del muerto: "Señor, ya huele; es el cuarto día."
40. Le dice Jesús: "¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?"
41. Quitaron, pues, la piedra. Entonces Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: "Padre, te doy gracias por haberme escuchado.
42. Ya sabía yo que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho por estos que me rodean, para que crean que tú me has enviado."
43. Dicho esto, gritó con fuerte voz: "¡Lázaro, sal afuera!"
44. Y salió el muerto, atado de pies y manos con vendas y envuelto el rostro en un sudario. Jesús les dice: "Desatadlo y dejadle andar."

·         Varios difuntos resucitan cuando muere Jesús (en Mateo 27:50-53):

50. Pero Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, exhaló el espíritu.
51. En esto, el velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo; tembló la tierra y las rocas se hendieron.
52. Se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos difuntos resucitaron.
53. Y, saliendo de los sepulcros después de la resurrección de él, entraron en la Ciudad Santa y se aparecieron a muchos.

·         La resurrección de Jesucristo aparece narrada en los cuatro Evangelios (Mateo 28, Marcos 16, Lucas 24 y Juan 20).

·         La resurrección de Tabita (o Dorcas) por Pedro (Hechos 9:36-41):

36. Había en Jope una discípula llamada Tabitá, que quiere decir Dorkás. Era rica en buenas obras y en limosnas que hacía.
37. Por aquellos días enfermó y murió. La lavaron y la pusieron en la estancia superior.
38. Lida está cerca de Jope, y los discípulos, al enterarse que Pedro estaba allí, enviaron dos hombres con este ruego: "No tardes en venir a nosotros."
39. Pedro partió inmediatamente con ellos. Así que llegó le hicieron subir a la estancia superior y se le presentaron todas las viudas llorando y mostrando las túnicas y los mantos que Dorkás hacía mientras estuvo con ellas.
40. Pedro hizo salir a todos, se puso de rodillas y oró; después se volvió al cadáver y dijo: "Tabitá, levántate." Ella abrió sus ojos y al ver a Pedro se incorporó.
41. Pedro le dio la mano y la levantó. Llamó a los santos y a las viudas y se la presentó viva.

·         La resurrección de Eutico por Pablo (Hechos 20:9-12):

9. Un joven, llamado Eutico, estaba sentado en el borde de la ventana; un profundo sueño le iba dominando a medida que Pablo alargaba su discurso. Vencido por el sueño se cayó del piso tercero abajo. Lo levantaron ya muerto.
10. Bajó Pablo, se echó sobre él y tomándole en sus brazos dijo: "No os inquietéis, pues su alma está en él."
11. Subió luego; partió el pan y comió; después conversó largo tiempo, hasta el amanecer. Entonces se marchó.
12. Trajeron al muchacho vivo y se consolaron no poco.

A partir del siguiente fragmento (en Hechos 14:19-20), algunos exégetas han llegado a interpretar que también el apóstol Pablo murió y resucitó:

(…) 19. Vinieron entonces de Antioquía e Iconio algunos judíos y, habiendo persuadido a la gente, lapidaron a Pablo y le arrastraron fuera de la ciudad, dándole por muerto.
20. Pero él se levantó y, rodeado de los discípulos, entró en la ciudad. Al día siguiente marchó con Bernabé a Derbe.

Y también Jonás, tragado por un gran pez, habría muerto y resucitado (Jonás 2:6-7):

(…) 6. Las aguas me asfixiaban el aliento, el abismo me envolvía, las algas enredaban mi cabeza.
7. Bajé hasta los cimientos de los montes, la tierra se cerró para siempre sobre mí. Pero tú sacaste mi vida de la tumba, Yahvé, Dios mío.

En fin, (y nunca mejor dicho lo del fin) no dejan de ser demasiadas resurrecciones
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