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viernes, 14 de mayo de 2021

La derrota de la inteligencia

                       La Stultifera Navis de viaje al País de los Tontos. Grabado en madera de 1549

Para los fines que nos ocupan, este post también podría haberse llamado “La nave de los necios”, “Elogio de la necedad” o “Apología de la ignorancia”, que para el caso viene a ser lo mismo... y aunque en democracia la razón solo la da o la quita el electorado, bien puede ser este un buen resumen del resultado de las elecciones autonómicas celebradas hace unos días en Madrid. También el libro póstumo de Umberto Eco “De la estupidez a la locura”, subtitulado como “Crónicas para el futuro que nos espera” o “Cómo vivir en un mundo sin rumbo” constituye, sin duda, una excelente referencia.

Es indudable que la tontería es una de las cosas más democráticas y mejor distribuidas que existen en el mundo: nadie se queja de tener poca. Hace ya más de quinientos años que Erasmo de Rotterdam en su “Elogio de la locura” (1511) hacía una detallada relación de las "ventajas" de la Estulticia sobre la Razón, indicando lo felices que son los hombres cuando viven arropados por la necedad, situación de la que no escapan ni siquiera los filósofos, los teólogos, los Obispos y los Papas, los Reyes ni los Príncipes. 

En el libro, la Locura (Necedad o Estulticia) enumera sus cualidades, da cuenta de sus orígenes y del cortejo que la acompaña para hacer más fácil y agradable la vida del género humano (entre otras la adulación, el narcisismo, la demencia, la pereza, la molicie, la indolencia, el olvido y la voluptuosidad). Se lamenta de quienes reniegan de su nombre, pese a ser grandes beneficiarios de sus dones y efectúa una sátira de los leguleyos, de los médicos y del clero, vanagloriándose impúdica y orgullosamente de su ignorancia y despreciando a los estudiosos y sus saberes.

Que la estupidez y la tontería son un problema transversal e independiente de cualquier otra circunstancia, (como señalara muy acertadamente Carlo M. Cipolla en su indispensable obrita “Las leyes fundamentales de la estupidez humana”), viene poniéndose de manifiesto (casi) a diario en este mundo de nuestras desdichas. De hecho, la formulación de la segunda ley es bastante clara: “La probabilidad de que una persona cualquiera sea estúpida es independiente de cualquier otra característica propia de dicha persona”. Para más detalles véase un post anterior: De la estupidez (y su abundancia).

Entre los antecedentes más notables del asunto que nos ocupa se encuentra una obra satírica y moralista escrita por el teólogo, jurista y humanista Sebastian Brant: “La nave de los necios” o “La nave de los locos” (en latín, Stultifera navis). Publicada originalmente en Basilea en 1494, hasta el s. XVII tuvo una amplia difusión en la Europa de la época, siendo traducida a varios idiomas.  Se trata de una sucesión de 112 cuadros críticos acompañados cada uno de un grabado, en los que el autor critica los vicios de su época a partir de la denuncia de distintos tipos de necedad o estupidez.

Michel Foucault dedicó a esta obra el primer capítulo de su “Historia de la locura en la época clásica” y lo relacionó con auténticos barcos de dementes que navegaban por los canales de una ciudad a otra. El Bosco recreó en un cuadro su propia nave de los locos.

En fin, como señalábamos al principio, todo esto recuerda mucho a algunos de los recientes acontecimientos sobrevenidos. Se ha dicho que, tras los recientes comicios, parece que en Madrid ya son libres para ir a misa y a los toros. El terracismo aparece como una gran conquista conseguida tras arduas batallas frente al totalitarismo prohibicionista del gobierno central. En este contexto, ha sido bastante bochornoso ver las manifestaciones de algunos significados intelectuales (obviamente habrá que reconsiderar este calificativo a partir de ahora), apoyando las posiciones más retrógradas y retardatarias del espectro político. Un fenómeno solo explicable en el contexto de la fatiga pandémica que nos asola debido sin duda a una repentina dolencia que haya alterado su percepción de la realidad afectando a su capacidad de juicio y razonamiento.

Acaba el toque de queda y, como dicen algunas voces interesadas, la confusión legal y la chapuza se han vuelto una costumbre entre la irresponsabilidad y la indolencia de los deplorables (según calificara en su día Hillary Clinton a la mitad de los votantes de Trump). 

La cosa no queda aquí. Hay un enorme muestrario de idioteces para elegir. Basta abrir la prensa para darse cuenta por ejemplo de que al frente de algunos ilustres colegios profesionales se encuentran personajes majaderos, gaznápiros y cenutrios que no tienen nada que envidiar a los pasajeros de la nave de los necios…

Así, por ejemplo, hace unos meses, poco antes de la aprobación de la Ley de regulación de la eutanasia, el Presidente del Colegio de Médicos de Madrid se despachaba afirmando que «La nueva ley de eutanasia obliga a los médicos a matar a los pacientes» y también: «…la pandemia hubiera sido más grave si la ley de eutanasia estuviera en vigor». La verdad es que se queda uno sin palabras ante semejante desvarío, pero estas declaraciones apenas si merecieron un leve reproche del anterior presidente de la Organización Médica Colegial, que se limitó a decir que eran «un comentario desafortunado» (sic).

 Claro que la cosa viene de lejos… cabe recordar que, pocos meses antes, en octubre de 2020, nada menos que el propio Comité de Bioética de España, órgano que cree uno que debiera caracterizarse por la ecuanimidad, solvencia, neutralidad e imparcialidad, por el respeto y el rigor en sus dictámenes, en las conclusiones de un Informe sobre el final de la vida y laatención en el proceso de morir, en el marco del debate sobre la regulación dela eutanasia, emitido de oficio (o sea, gratis et amore y sin que nadie se lo hubiera solicitado) afirmaba lo siguiente: «(…) tras los terribles acontecimientos que hemos vivido pocos meses atrás, cuando miles de nuestros mayores han fallecido en circunstancias muy alejadas de lo que no solo es una vida digna, sino también de una muerte mínimamente digna. Responder con la eutanasia (sic) a la ‘deuda’ que nuestra sociedad ha contraído con nuestros mayores tras tales acontecimientos no parece el auténtico camino al que nos llama una ética del cuidado, de la responsabilidad y la reciprocidad y solidaridad intergeneracional.»

A todas luces una desmesura, que viene a confirmar que la ética no puede estar alejada de la realidad. No está de más recordar aquí las palabras de Mary Parker Follet que hace más de cien años ya afirmaba: «La ética no es estática; avanza mientras la vida avanza… La verdadera prueba de nuestra moralidad no está en la rigidez con la que cumplimos lo correcto, sino en la lealtad hacia la vida que crea y construye lo correcto.»

La última de las tontunas a las que nos referiremos no tiene desperdicio: “Un negacionista al frente de los biólogos de Euskadi”. Otro pintoresco personaje que sostiene que los países con mayor porcentaje de vacunación contra la gripe son los que más mortalidad registran y asegura que la gripe mata más que la COVID.

El negacionismo del decano del Colegio de Biólogos de Euskadi le hace mostrar su ignorancia confundiendo correlación con causalidad: A más confinamiento, más tasa de mortalidad. Que la asociación no es causalidad es quizás la lección más importante que uno aprende en una clase de estadística, así que ¡a estudiar, señor decano!

En fin, resulta todo tan cansado…

domingo, 26 de julio de 2020

Construir un avión en el aire (In ictu oculi)

                B-24 bomber assembly hall. (April 1943). Foto: SHORPY.

«Una misma realidad se transmite de diferente manera en funcion de los vocablos que la nombren. Podemos censurar al perseverante por su “obstinación” o alabarlo por su “tenacidad”. Solo el punto de vista distingue entre el oportuno y el oportunista, entre el halago y la adulación, entre la dulzura y el empalago, entre el generoso y el manirroto…» 
Alex Grijelmo

Seguramente una de las metáforas y expresiones más certeras, precisas y sugerentes para describir cómo se ha desarrollado (cómo se desarrolla aún, en gran medida), y cuál ha sido el trabajo llevado a cabo por miles de profesionales del SNS durante las (largas) semanas en que hemos tenido (tenemos) que hacer frente a los efectos de la pandemia de la COVID-19, sea precisamente la que da título a esta entrada: “construir un avión en el aire…”

La frase transmite una idea bastante aproximada de la gran complejidad, del esfuerzo y de la (enorme) dificultad de llevar a cabo y realizar una tarea dura, inédita, desconocida -en tanto en cuanto no existían experiencias anteriores semejantes-, sin contar con instrucciones, manuales o guías de ayuda a las que recurrir; sin planos, brújulas ni cartografías previas (si acaso, -por encontrar algún símil semejante- con algunos esquemas parecidos a esos antiguos mapas romanos y medievales en cuyos bordes aparecía dibujada la imagen de terribles monstruos con una leyenda de advertencia: hic sunt leones -para señalar las tierras inexploradas- o hic sunt dracones, para los océanos sin límites). Mapas que reflejaban el temor y la atracción de los territorios incógnitos, (que muy a menudo son mentales). Sin embargo, esta terrible situación ha venido a demostrar la enorme capacidad de improvisación (a pesar de las connotaciones negativas del término), innovación y aprendizaje del sistema sanitario y, fundamentalmente, de su capital humano, un enorme ejemplo de compromiso, altruismo y dedicación entusiasta en su desempeño.

El científico y periodista Javier Sampedro, empleaba ya esta frase en un artículo publicado el pasado mes de marzo (Arreglar un avión en pleno vuelo): «La forma atropellada en que los investigadores están forzados a responder a esta crisis es como tratar de arreglar un avión en pleno vuelo, o peor aún: ‘Como arreglar en pleno vuelo un avión del que todavía están dibujando los planos’ (sic)».

A esto mismo se refería Juan Fernando Muñoz, subdirector general de Tecnologías de la Información del Ministerio de Sanidad, durante la presentación de los resultados del estudio nacional de seroprevalencia del SARS-CoV-2 (ver aquí el artículo publicado en The Lancet con material complementario adicional), cuando manifestó: «Tuvimos que hacer el avión mientras volaba”, aludiendo a la dificultad (crónica) de contar con los medios, los recursos y la disponibilidad de perfiles profesionales adecuados para enfrentar este tipo de situaciones imprevistas…

En el año 2000 una prestigiosa y reconocida agencia estadounidense de publicidad realizó un videoclip con un extraordinario anuncio para la empresa de tecnologías de la información EDS, en el que hacían realidad la metáfora de construir un avión en el aire:


 [Por cierto, esta misma agencia, Fallon ganó también en ese mismo año el premio al mejor anuncio emitido durante la SuperBowl con otro brillante videoclip: Cats Herder que se convirtió en un icono en el mundo de la publicidad.]
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Hablando sobre alguna de sus obras, la novelista Margaret Atwood señalaba con perspicacia: “en determinadas circunstancias, puede pasar cualquier cosa en cualquier lugar”. En cierta forma, algo así es lo que nos ha ocurrido de una manera repentina, casi sin darnos cuenta, en un abrir y cerrar de ojos. 

A ello se refiere la locución latina In raptu, in transitu, in ictu oculi… (‘en un instante, en un abrir y cerrar de ojos’), que alude al modo abrupto en que la muerte llega para reclamarnos y cuyo origen puede rastrearse en el pasaje bíblico:


«Ocurrirá en un abrir y cerrar de ojos, cuando suene la trompeta final, (…) los que hayan muerto resucitarán con cuerpos nuevos que jamás morirán; y los que estemos vivos seremos transformados» (I Corintios 15:52).

Una cita esta, [“In momento, in ictu oculi, in novissima tuba.”]  de la que hizo uso el poeta británico John Donne en su Sermón XVII para el día de Pascua (1624): «…que será encontrado vivo sobre la tierra, decimos que habrá una muerte súbita, y una resurrección repentina; In raptu, in transitu, in ictu oculi» con el que viene a recordarnos la fugacidad y lo efímero de nuestras vanas presunciones.


Enlaza esta idea con las obras del género artístico denominado vanitasque resalta la vacuidad de la vida y la relevancia de la muerte como fin de los placeres mundanos a través de representaciones que pretendían «ponderar la brevedad de la vida, la muerte cierta y que todo se acaba; pintar el riguroso trance de la muerte y que la mayor grandeza para en gusanos; alentarnos en la santa limosna, y ejercicios de la Caridad para conseguir buena muerte», en palabras de Miguel de Mañara, aristócrata sevillano que hacia 1672 encargó al pintor Juan Valdés Leal una serie de obras para la iglesia y el Hospital de la Caridad de Sevilla, curiosamente pocos años después de la epidemia de peste bubónica que asoló la ciudad en 1649. Destaca sobre todo el díptico denominado Jeroglíficos de las Postrimerías, conformado por dos inquietantes pinturas situadas bajo el coro: In ictu oculi y Finis gloriae mundi. Con intención moralizante, estas obras debían servir a modo de prevención, instando a quien las contemplaba a priorizar la salvación de su alma, evitando con ello la condenación eterna.

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 Hace unas semanas el periódico nos regalaba un brillante artículo (otro) de John Gray (¿Otro apocalipsis?en el que –por si no lo habíamos comprendido aún- viene a dejar claro que gran parte de nuestra forma de vida anterior a la crisis sanitaria provocada por el coronavirus SARS-CoV-2 es ya irrecuperable. Nada volverá a ser como antes. Cambiarán muchas cosas, y cuanto antes lo entendamos y consigamos adaptarnos a esa “nueva normalidad” que conlleva este último apocalipsis, las consecuencias serán menos gravosas.

Llegué a los libros de John Gray gracias a un artículo (Descrédito de la profecía), de Antonio Muñoz Molina, que me descubrió a un autor fascinante cuya lectura resulta tan adictiva como desasosegante:

«Gray escribe de filosofía, de ciencia, de política internacional, pero la erudición histórica que sostiene sus argumentos tiene el filo cortante y visionario de la poesía. Su tema central son los variados espejismos de la modernidad y el progreso; el modo en que la superstición cristiana sobre el fin de los tiempos se transmutó desde finales del siglo XVIII en el sueño reiterado de una revolución que estableciera el paraíso terrenal, culminando la historia y aboliéndola; la funesta arrogancia humana de creer que el mundo fue creado para nuestro servicio y de que podemos controlar las consecuencias de nuestros actos y de nuestras invenciones tecnológicas.»

«…su mérito no está en ofrecer recetas sino en animarnos a ejercer la inteligencia en la vida práctica y a buscar formas decentes de vivir y de mejorar algo las cosas procurando no hacer daño con nuestro aturdimiento, teniendo una conciencia clara de nuestros límites.»


Muñoz Molina ha seguido recomendando fervientemente cada una de las obras posteriores de este controvertido, brillante (e indispensable) profesor de la London School of Economics, teórico y filósofo del pensamiento político.

En todo caso, a la luz de los acuerdos alcanzados por la UE hace apenas una semana, resulta sumamente instructivo leer este otro artículo suyo, aparecido originalmente en la revista New Statesman: Adiós globalización, empieza un mundo nuevo. O por qué esta crisis es un punto de inflexión en la historia, en el que afirma:

«Para salir del agujero vamos a necesitar más intervención estatal, no menos, y además muy creativa. Los Gobiernos tendrán que incrementar considerablemente su respaldo a la investigación científica y a la innovación tecnológica. Aunque es posible que el tamaño del Estado no aumente en todos los casos, su influencia será omnipresente y, de acuerdo con los criterios del viejo mundo, más intrusiva. El gobierno posliberal será la norma en el futuro próximo.»
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jueves, 22 de agosto de 2019

Medicina narrativa. «La voz del dolor»…


   Joan Didion 
«El arte del que cura y el del escritor deben ir de la mano: Cada uno derrama luz sobre el otro y ambos se benefician de su mutua proximidad. Un médico que posea el arte del escritor sabrá consolar mejor a aquél que se revuelca en la agonía: A la inversa, un escritor que conoce la vida del cuerpo, sus jugos y fuerzas, venenos y facultades, posee una gran ventaja sobre el que nada entiende de estas cosas.»
(Thomas Mann. «José y sus hermanos»)

«Reconocer que vivimos dentro de narraciones -aún las de la ciencia- puede hacer que, tanto pacientes como médicos, consideremos hasta qué punto relatos diferentes pueden producir significados y realidades diferentes.»
(Silvia Carrió. «Medicina Narrativa.
Relaciones entre el lenguaje, pensamiento y práctica profesional médica»)

Como (casi) todo está conectado o relacionado con todo, como diría –pero no solo– algún epígono de Leibniz, en una especie de retícula en la que cada sistema, hipótesis, explicación o argumento contiene una parte de verdad, encuentro una cita de Joan Didion en el libro de Helen Garner, la autora de la que hablábamos en un post anterior y con cuya escritura precisamente se le ha comparado (–esas tontas simplificaciones tipo: la Joan Didion australiana… etc.): «Nos contamos historias para poder vivir…» decía la cita en cuestión («We tell ourselves stories in order to live.»), una frase que en realidad es el comienzo de un ensayo incluido en uno de sus libros más conocidos: The White Album (1979), titulado como el famoso doble álbum de The Beatles.

Reconocida de manera unánime como icono cultural femenino representante de lo que en su día se llamó “Nuevo Periodismo”, (eso de contar historias reales, o escribir perfiles o narrar crónicas, en el mismo estilo literario de la ficción), Joan Didion está considerada como una cronista fundamental de la segunda mitad del siglo XX, al menos en EE.UU.

Hace algunos años conocí a Joan Didion gracias a un breve ensayo escrito en 1968 en el que describe con absoluta precisión sus dolorosas migrañas: En cama, que es un extraordinario ejemplo de lo que desde hace algún tiempo se viene denominando como medicina narrativa, en este caso a través del escrito de una ilustre paciente.

La medicina narrativa puede entenderse como un movimiento de profesionales del ámbito sanitario que pretenden revisar sus modelos de atención, tomando en cuenta tanto su práctica asistencial como sus propias experiencias personales como pacientes. La introducción de relatos en la formación sanitaria, pone en cuestión el modelo biomédico tradicional, al valorar tanto el conocimiento subjetivo como el objetivo, el razonamiento inductivo como el deductivo, y la experiencia humana y la emoción tanto como la información científica.

Las personas enfermas pueden así ser entendidas como un texto, como un libro abierto, del que los profesionales pueden y necesitan mucho aprender… [vid. Medicina narrativa: el paciente como “texto”, objeto y sujeto de la compasión, (Acta bioeth. vol.23(2) Santiago 351-359 jul. 2017), o también: Medicina narrativa (An.Fac.Med. vol.80(1), Lima 109-113,  en. 2019)]. 

La doctora Rita Charon, médica, graduada en literatura y fundadora y directora ejecutiva del programa de medicina narrativa de la Universidad de Columbia, es una de las figuras más relevantes de este movimiento que va más allá del campo de las llamadas humanidades médicas. En este video, que resulta entrañable por el enorme entusiasmo y la humanidad que desprende, ella misma explica desde su despacho en qué consiste este enfoque, cómo empezó a aplicarlo y cómo se pueden conseguir beneficios del uso de relatos en el tránsito desde un paradigma de conocimiento disciplinar -que alguna vez pretendió ser completo, verdadero, objetivo y universal-, hacia un modelo complejo que reconozca el contexto, el perspectivismo y la imposibilidad de separar de manera tajante al observador de lo observado.


Algunas referencias bibliográficas para quien desee profundizar en el tema:

Charon R. Narrative medicine: form, function, and ethics. Ann Intern Med. 2001; 134(1):83–87.
 Charon R. Narrative and Medicine. N Engl J Med 2004; 350:862-864

Desde el año 2010 la Facultad de Ciencias de la Salud de la Pontificia Universidad Javeriana de Cali (Colombia), edita semestralmente la muy reseñable Revista Medicina Narrativa, como producto de los ejercicios de escritura creativa propuestos en la metodología de las asignaturas de Humanidades Médicas. En los diferentes artículos publicados hasta hoy se destaca la importancia de las competencias narrativas para el ejercicio (no solo médico) profesional.

Finalmente, una completa e interesante tesis presentada en 2007 cuyo título es suficientemente ilustrativo: Medicina narrativa. Relaciones entre el lenguaje, pensamiento y práctica profesional médica.
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Pero volviendo a Joan Didion y a su ensayo sobre la migraña, conviene señalar que esta dolencia se considera como la tercera enfermedad más prevalente y la sexta más incapacitante en todo el planeta, la migraña es una de las enfermedades neurológicas más comunes y afecta a una de cada siete personas (!). Se calcula que en 2016 casi tres mil millones de personas presentaban algún trastorno acompañado de dolor de cabeza. La migraña fue responsable de 45,12 millones de años de vida con discapacidad; más frecuente en mujeres de entre 15 y 49 años.

A pesar de la notable carga de salud pública que supone, la migraña sigue siendo una de las afecciones médicas más estigmatizadas, subfinanciadas y poco reconocidas. Muchas personas afectadas por la migraña no pueden acceder o no reciben atención adecuada, incluso en países con alto nivel de ingresos. La falta de investigación, de programas de formación y de servicios clínicos dedicados a la migraña en países de bajos y medianos ingresos es alarmante. Estas son algunas de las razones por las que el Día Mundial del Cerebro 2019, celebrado el pasado 22 de julio, se dedicó a la migraña.

Aunque puede encontrarse fácilmente a través de Internet, transcribimos aquí el ensayo En cama (1968):

«Tres, cuatro, a veces hasta cinco veces por mes me paso el día en cama con dolores de cabeza, insensible al mundo a mi alrededor. Casi todos los días de todos los meses, entre estos ataques, siento una súbita irritación irracional y el flujo de sangre hacia las arterias cerebrales que me anuncian que la migraña está en camino, y tomo ciertas drogas para impedir su llegada. Si no tomara estas drogas, sólo sería capaz de funcionar un día de cada cuatro. El error fisiológico llamado migraña es, en síntesis, algo central en mi vida. Cuando tenía 15 o 16, incluso 25 años, pensaba que podía librarme de este error simplemente negándolo, carácter por encima de la química. “¿Sufre migrañas? ¿A veces, con frecuencia, nunca?”, demandaban los formularios de aplicación. “Elija uno”. Atenta a la trampa, deseando lo que fuera que la cumplimentación exitosa de ese formulario particular pudiera traer (un trabajo, una beca, el respeto de la Humanidad y la gracia de Dios), yo elegía una. “A veces”, mentía. El hecho de que pasara uno o dos días por semana casi inconsciente por el dolor parecía un secreto humillante, evidencia no sólo de una inferioridad química sino también de mi mala actitud, mis humores desagradables, mis ideas incorrectas.»

«Porque yo no tenía un tumor cerebral, o problemas de la vista, o presión alta, no tenía nada malo: sólo sufría de migrañas, y las migrañas eran, como sabe todo aquel que no las sufre, imaginarias. Combatí entonces contra las migrañas, ignoré las advertencias que enviaban, fui a la universidad y después a trabajar a pesar de ellas, asistí a charlas sobre inglés medieval y presentaciones a anunciantes con lágrimas involuntarias rodando por el lado derecho de mi cara, vomité en baños, llegaba a casa tropezando por instinto, vaciaba cubiteras de hielo sobre mi cama y trataba de congelar el dolor en mi sien derecha, deseando que un neurocirujano pudiera venir a hacerme una lobotomía a domicilio. Maldecía mi imaginación. Esto fue mucho antes de que empezara a pensar seriamente en aceptar las migrañas por lo que eran: algo con lo que tendría que vivir, igual que otras personas viven con diabetes.»

«Las migrañas son algo más que el capricho de una imaginación neurótica. Son una multiplicidad de síntomas, esencialmente hereditarios, el más frecuente de los cuales (pero en absoluto el más desagradable) es una jaqueca vascular de una severidad cegadora, sufrida por un sorprendente número de mujeres, un buen número de hombres (Thomas Jefferson sufría migrañas, y también Ulysses S. Grant, el día que aceptó la rendición del General Lee) y también por unos pocos niños desafortunados, a veces de sólo dos años de edad. (Yo tuve la primera cuando tenía ocho años. Me llegó durante un ejercicio contra incendios en la Escuela Columbia de Colorado Springs, Colorado. Me llevaron primero a casa y después a la sala de guardia de Peterson Field, donde mi padre estaba destinado. El médico de la Fuerza Aérea me prescribió un enema.) Casi cualquier cosa puede disparar un ataque específico de migraña: stress, alergia, un cambio abrupto en la presión atmosférica, un contratiempo con una multa de tránsito, una luz intermitente, un ejercicio contra incendios. Uno hereda, obviamente, sólo la predisposición. En otras palabras, ayer pasé todo el día en cama con dolor de cabeza no sólo por mi mala actitud, malos humores e ideas incorrectas, sino también porque mis dos abuelas tenían migrañas, mi padre tiene migrañas y mi madre tiene migrañas.»

«Nadie sabe bien todavía qué es lo que se hereda. La química de la migraña, sin embargo, parece tener alguna conexión con la hormona llamada serotonina, presente naturalmente en el cerebro. La cantidad de serotonina en el cerebro baja abruptamente ante la llegada de un dolor de cabeza, y una droga contra la migraña, la metisergida, parece tener algún efecto sobre la serotonina. La metisergida es un derivado del ácido lisérgico (de hecho el laboratorio Sandoz sintetizó el LSD mientras buscaba una cura contra la migraña), y su uso está rodeado de tantas contraindicaciones y efectos colaterales que la mayoría de los médicos sólo la recetan en casos realmente graves. Cuando se prescribe, la metisergida debe tomarse a diario, de forma preventiva; otra droga preventiva que le funciona a algunas personas es el viejo tartrato de ergotamina, que ayuda a contraer los vasos capilares durante el “aura”, el período que casi siempre precede a la jaqueca real.»

«Una vez que el ataque está en camino, sin embargo, ninguna droga puede detenerlo. Las migrañas le producen a alguna gente alucinaciones leves, a otras les ciega momentáneamente, puede presentarse no sólo como un dolor de cabeza sino también como un problema gastrointestinal, o una dolorosa sensibilidad a cualquier estímulo sensorial, una fatiga devastadora y abrupta, una afasia parecida a tener un ACV, y una incapacidad brutal para hacer las conexiones más sencillas. Cuando estoy en el aura de una jaqueca (para algunas personas el aura dura 15 minutos, para otras varias horas), paso los semáforos en rojo, pierdo las llaves de casa, vuelco lo que tengo en la mano, pierdo la capacidad de enfocar los ojos o decir frases coherentes, y en general doy la impresión de estar drogada o borracha. La verdadera migraña, cuando llega, viene con escalofríos, sudor, náuseas y una debilidad que parece poner a prueba los límites de la resistencia. Que nadie se muera de migrañas parece, a alguien que está sufriendo un ataque, una ambigua bendición.»

«Mi marido también sufre dolores de cabeza, lo que es muy desafortunado para él pero afortunado para mí: quizás no haya nada que aumente más la duración de un ataque que el ojo acusador de alguien que nunca ha sufrido un dolor de cabeza. “¿Por qué no te tomas un par de aspirinas?”, pregunta el sano desde la puerta. O: “Yo también debería tener dolor de cabeza y pasarme un día hermoso como éste aquí adentro con las persianas cerradas”. Los que padecemos migrañas sufrimos no sólo los ataques en sí mismos sino también de esta idea generalizada de que estamos negándonos perversamente a curarnos con dos aspirinas, que nos enfermamos a propósito, que nos hacemos esto “nosotras mismas”.»

«Y en el sentido más inmediato, el sentido de por qué nos duele la cabeza este martes pero no el jueves pasado, por supuesto que a menudo lo hacemos. Existe ciertamente lo que los médicos llaman “personalidad de migraña”, y esa personalidad tiende a ser ambiciosa, introspectiva, intolerante al error, bastante estructurada, perfeccionista. “No pareces tener una personalidad de migrañas”, me dijo un médico una vez. “Tienes el cabello hecho un desastre, pero sospecho que eres una ama de casa obsesiva”. En realidad mi casa está organizada con más negligencia aún que mi cabello, pero el médico igual tenía razón: el perfeccionismo también puede tomar la forma de pasar una semana escribiendo y reescribiendo sin escribir un sólo párrafo.»

«Pero no todos los perfeccionistas sufren de migrañas, ni todos los que sufren dolores de cabeza tienen personalidad de migraña. Nadie puede escapar a la herencia. He tratado de todas las maneras posibles de huir de mi propia herencia de migrañas (en algún momento aprendí a inyectarme dos dosis de histamínicos con una aguja hipodérmica, a pesar de que la aguja me asustaba tanto que tenía que cerrar los ojos para hacerlo), pero aun así tenía migrañas.»

«Ahora he aprendido a vivir con ella, a saber cuándo esperarla, cómo engañarla, y cómo tratarla, cuando llega, más como una amiga que como una visitante. Hemos alcanzado una especie de entendimiento, mis migrañas y yo. Nunca aparecen cuando estoy realmente con problemas. Decidme que se incendió mi casa, que mi marido me ha dejado, que hay un tiroteo en la calle o pánico en los bancos, y yo no voy a responder con una jaqueca. Vienen en cambio cuando estoy peleando no una guerra abierta sino de guerrillas con mi propia vida, en semanas de pequeñas confusiones domésticas, de ropa perdida en la lavandería, citas canceladas, en días sin ayuda en que el teléfono suena demasiado y no puedo trabajar y el viento se está levantando. En días así mi amiga llega sin avisar.»

«Y una vez que llega, ahora que la conozco bien, ya no lucho contra él. Me acuesto y dejo que ocurra. Al principio cada pequeña aprensión es magnificada, cada ansiedad es un terror latente. Después viene el dolor, y sólo me concentro en ello. Ahí mismo está la utilidad de la migraña, en esa yoga obligatoria, esa concentración en el dolor. Porque cuando el dolor se va, diez o doce horas más tarde, todo se va con él, todos los resentimientos ocultos, todas las vanas ansiedades. La migraña ha actuado como un cortocircuito, y los fusibles han emergido intactos. Hay una agradable euforia convaleciente. Abro las ventanas y siento el aire, como y bebo con gratitud, duermo bien. Noto el aroma particular de una flor en un vaso al pie de la escalera. Me siento afortunada.»
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En 2004, Joan Didion escribió El año del pensamiento mágico, unas conmovedoras memorias sobre la enfermedad y la pérdida en las que narra la repentina muerte de John Gregory Dunne, escritor y pareja de la autora, tras visitar a su hija Quintana Roo que se encuentra en coma en el hospital. Es una honda reflexión sobre la experiencia del dolor, el duelo y la crónica de una supervivencia.

Pero la vida, trágica y catastrófica, siguió asestando golpes: la madre espera que la hija salga de ese coma profundo producido por complicaciones de una neumonía, para así poder decirle que su padre ha muerto. La hija, ya recuperada, vuela hacia California para el aplazado servicio fúnebre de su padre y, en el mismo aeropuerto, recién llegada, sufre una caída y se golpea la cabeza, lo que le provoca un ACV que lleva a practicarle una neurocirugía de varias horas en el UCLA Medical Center. Fallece por pancreatitis poco después.

En Noches azules, publicado cinco años más tarde, Joan Didion reemprende su particular crónica del dolor y de la pena y narra también cómo fue vivir la muerte de Quintana. El texto es doloroso a la vez que bello, “como uno de esos cuadros que al contemplarlos colapsa el entendimiento.

Joan Didion, la ballena blanca del ensayo norteamericano es hoy una distinguida anciana de 84 años, de aspecto frágil y quebradizo, que sigue siendo objeto de atención e incluso controvertida imagen de marca (!).

En 2017 Netflix estrenó un documental, dirigido por su sobrino Griffin Dunne, que repasa toda su trayectoria personal.

Algunas reseñas:


Un último consejo. Si encuentran ahora una librería abierta, corran a comprar “El año del pensamiento mágico“ y “Noches azules” o la magnífica selección de artículos y ensayos “Los que sueñan el sueño dorado”, (en la que se incluye “En cama”).

En fin, sucede que

El tiempo no es una línea recta, es más bien un laberinto,
y si te pegas al lugar correcto
escuchas pasos acelerados y voces,
te escuchas caminando del otro lado…

                                                                         Thomas Tranströmer

viernes, 9 de agosto de 2019

Ejercicios de estío…


    Monumento a Eugenio D’Ors. Madrid
“No hay hechos sino interpretaciones… y esto es una interpretación.”
Friedrich Nietzsche
                                                                                                                                          
En estos días en que se habla tanto de cómo contar relatos, historias y metanarrativas, (o sea, el famoso y conocido storytelling aplicado al ámbito de la política, encuentro la oportuna cita de Nietsche de manera casual ojeando al azar un libro divulgativo sobre los llamados filósofos de la postmodernidad Gianni Vattimo, (de quien el diario EL PAÍS publicaba recientemente una interesante entrevista), y Jean-François Lyotard:

"A pesar de la nostalgia, ni el marxismo ni el liberalismo pueden explicar la actual sociedad posmoderna. Debemos acostumbrarnos a pensar sin moldes ni criterios. Eso es el posmodernismo", explicaba hace ya unos años el pensador francés, caracterizando la postmodernidad como la incredulidad ante los metarrelatos de la humanidad, entendiendo por metarrelatos «aquellas filosofías que pretenden abarcar la totalidad de la historia» e identificando cuatro grandes metarrelatos a lo largo de los siglos: el cristiano, el iluminista, el marxista y el capitalista…


Dicho esto, en busca de mayores síntesis y certidumbres (siempre revestidos de un saludable escepticismo, en tanto que virtud conducente a mayor conocimiento fiable, todo hay que decirlo), consulto el divertido glosario recopilado y ‘dedicado al intrépido lector’ por Salvador Giner con el acertado título de Ideas cabalesal que ya nos referíamos en esta entrada de hace aproximadamente un año.

El término Postmodernidad que aparece descrito en Wikipedia con tanta enjundia, es aquí definido como sigue:

«Apelativo híbrido dado sin ton ni son a la época de la modernidad avanzada, frecuentemente para indicar la presunta defunción de las ideologías clásicas (liberalismo, comunismo, anarquismo). Mentecatez de aquellos que no se han enterado de la vitalidad de la ideología en el mundo contemporáneo y de deshonestidad en quienes la conocen. El ‘postmodernismo’ es una charlatanería compuesta por la emisión de despropósitos sobre nuestro tiempo, definido éste como modernidad. No se sabe lo que es, salvo que con él se ha perpetrado una industria de habladores, escribidores y tertulianos mediáticos que dicen estar al día en cualquier cosa. Postverdad, o posverdad.»

Sobre el término Modernidad (en un tono algo más gamberro) Salvador Giner se limita a escribir: «La modernidad ha venido, nadie sabe cómo ha sido.»
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En fin, al hilo del paso de los días ha transcurrido ya algo más de un año desde que me incorporé en Madrid a este viejo caserón de la llamada Casa Sindical, hoy sede del Ministerio de Sanidad. [Por si alguien pudiera estar interesado, en este viejo noticiario de diciembre de 1952 (NODO 520 B min. 0:30 a 1:23) aparecen las obras de construcción de este singular (y feo) edificio].


Recién llegado al Paseo del Prado (en virtud de lo que algunos incluirían en el marco de la denominada “teoría del cisne negro”, esos sucesos extremadamente raros, atípicos, fortuitos e imprevisibles) me vi (casi) retratado en un viejo texto de Juan Benet que alguien me hizo llegar. Escrito en enero de 1981 y recogido en el libro “Páginas impares”, una memorable selección de artículos de prensa publicada en 1996, Benet definía a los Directores Generales como «esos hombres anfibios y fronterizos, con los brazos en la política y los pies en la ruda técnica». (Entre paréntesis: aunque siempre he considerado que la hibridación y los enfoques eclécticos, multidisciplinares y diversos son imprescindibles para intentar conocer mejor la realidad, debo reconocer que lo de anfibio y fronterizo me llegó al alma…). Observador agudo, de sutil ironía y caustica mordacidad, en ese mismo texto Benet se despachaba también a gusto con algunos otros personajes, como los periodistas, «que saben de todo un poco y  de nada mucho», y de los que llega a afirmar que, estando oscuramente relacionados con los políticos, vivían «al amparo de uno de los grandes fraudes sociomorales de nuestra época, el [supuesto] ‘deber’ de informar.»

Desde la sexta planta del edificio de la antigua Casa Sindical sigo asomándome cada mañana hacia el Museo del Prado y contemplo desde la ventana del despacho el curioso y enigmático monumento a Eugeni D'Ors, obra de su hijo, el arquitecto Víctor D’Ors, y de los escultores Cristino Mallo y Frederic Marès. Inaugurado el 17de julio de 1963, su estructura consta de un muro chapado de granito al que se encuentra adosado un lienzo de piedra blanca de Colmenar con una larga inscripción que resume el pensamiento filosófico de D'Ors. En la parte de atrás, un medallón, obra de Marès, con el perfil del ilustre prócer, su nombre y las fechas de su nacimiento y muerte (1882-1954). Este medallón va colocado sobre un tapiz de ladrillo y sobre aquél en piedra de Colmenar se dice: «En memoria del Magisterio Orsiano dedica en 1963 Madrid esta fuente siendo alcalde el XVI conde de Mayalde».

Delante, la parte principal del monumento con un breve estanque, y en él dos figuras de bronce, obras de Mallo: una mujer con el brazo en alto, que representa el clasicismo, lo angélico, la cultura y la norma, apacigua o exorciza a un pequeño dragón o basilisco, que representa lo espontáneo, lo natural y lo demoníaco. El conjunto simboliza así la Sabiduría frente a la Ignorancia.

Dando fondo al estanque sobre el lienzo de piedra caliza se lee la citada inscripción orsiana a modo de resumen de su doctrina moral:



«Todo pasa: una sola cosa te será contada, y es tu obra bien hecha. Noble es el que se exige, y hombre tan sólo, quien cada día renueva su entusiasmo, sabio al descubrir el orden del mundo: que incluye la ironía. Padre es el responsable, y patricia misión de servicio, la política debe ser católica, que es decir universal; apostólica, es decir, escogida; romana, es decir, una. Una también la cultura: Estado libre de solidaridad en el espacio y de continuidad en el tiempo. Que todo lo que no es tradición es plagio. Peca la naturaleza; son enfermizos ocio y soledad. Que cada cual cultive lo que de angélico le agracia, en amistad y diálogo.»


El texto es lo suficientemente elocuente y representativo de los valores tradicionales de una cultura alineada con el rancio nacional-catolicismo entonces imperante, que establece una relación muy sólida entre el Bien, la Verdad y la Belleza. D’Ors condena la innovación y la transgresión, reivindicando el clasicismo, entendido como expresión de habilidad y orden, con matices de ironía, como única concesión a lo moderno.


Es significativo destacar el lugar elegido para emplazar el monumento, en el marco espacial que une la puerta de Velázquez del Museo del Prado (sobre el que precisamente Eugenio D’Ors escribió en 1922 una apasionada guía –de lectura muy recomendable- que es toda una teoría estética: Tres horas en el museo del Prado) con uno de los edificios de manifiesta orientación fascista que aún perviven en Madrid: este antiguo "edificio de Sindicatos", reconvertido actualmente en sede del Ministerio de Sanidad, en el que me encuentro. Para enfatizar los objetivos retóricos de Víctor D'Ors y las autoridades municipales franquistas de la época, el medallón con el perfil de Eugeni d'Ors da la cara al edificio de sindicatos, mientras la lápida mira hacia el Museo del Prado.

Así recogió el evento la prensa de la época: refiriéndose al interesado como maestro de la filosofía y de la crítica de arte...

En fin, para ampliar la información sobre este singular personaje, que «pasó de ser un nacionalista catalán radical en su brillante juventud a un falangista imperial en su decadente vejez», y de quien el pintor José Moreno Villa llegó a decir que era un espectáculo de farsantería y ejemplaridad” conviene acercarse a la excelente y minuciosa biografía de Javier Varela publicada en 2016 y ganadora del premio Gaziel de Biografías y Memorias.




En fin... y mientras tanto, aquí seguimos, convencidos de que conviene no rendirse al inmediatismo (suelo recordar con frecuencia aquello de que la inmediatez aplasta la visión estratégica) ni a una cierta política distraída
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