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lunes, 26 de agosto de 2024

 Las corbatas de mi padre

«La muerte del padre opera vitalmente como tremendo sacramento existencial. Tras la desoladora aflicción inicial, presidiendo el duelo, va emergiendo poco a poco, como gracia del nuevo estadio, un coraje inesperado que transforma la pena originaria en definitiva inteligencia de nuestra condición mortal movilizando nuestra voluntad de vivir».

Javier Gomá Lanzón. ‘Inconsolable’. 2017

«Y aunque la vida murió/, nos dejó harto consuelo/ su memoria».

Jorge Manrique. ‘Coplas a la muerte de su padre’. 1476

 «…(aunque millares de personas orientan eficazmente su vida alrededor de sus corbatas…)»

  Georges Perec. ‘La vida instrucciones de uso’. 1978

Hace justamente ahora diez años en su blog «MEDICOACUADROS» Mónica Lalanda publicaba el post «Los botones de mi madre».  En estos días he recordado y releído esta emotiva entrada en la que explicaba algunas de las emociones y sentimientos experimentados mientras desmontaba la casa familiar tras el fallecimiento de su madre. El hallazgo de su caja/bolsa de botones le sirve para hacer un elogioso recuerdo como homenaje a las mujeres de su generación, al enorme papel que desempeñaron y a su trabajo abnegado e imprescindible aunque apenas reconocido en un tiempo gris y de obligado silencio.

El pasado 14 de agosto murió Paulino, mi padre. Como un aerolito, un golpe inesperado, una zanja oscura cavada por los heraldos negros, una pérdida irreparable, en suma... Fue una persona trabajadora y entusiasta, generosa, divertida y muy vitalista. Noventa y dos años (1931-2024) dan para mucho: con una escasísima educación reglada, (aprendió a leer en una finca mientras cuidaba cerdos), ejerció de albañil, chófer, asistente, mayordomo y ayuda de cámara, (¡de un marqués!), encargado y guarda (¡nada menos que de un castillo!) y, finalmente, fue un brillante y exitoso anticuario autodidacta, experto en cerámica y muebles de época, cuyas restauraciones fueron además ampliamente valoradas y reconocidas por una amplia clientela y por otros profesionales del oficio.

La primera foto con mi padre (1958)

Mientras acompañábamos a mi madre, revisando también viejas fotos, entre recuerdos y anécdotas familiares, resultaba inevitable que cualquiera de los cuatro hermanos o de los nietos mayores, sacara(mos) a relucir sus bromas, viejos chistes o chascarrillos, o formulase alguno de los escasos refranes que le oímos en alguna que otra ocasión, pero que constituían todo un compendio de filosofía práctica para la vida: «Dios aprieta pero no ahoga»; «El dinero no cae por la chimenea» y «No todo es soplar y hacer botellas»…

En su cuarto, primorosamente colocadas y en orden, guardaba 131 (!) corbatas, un complemento que hasta pocos días antes de su fallecimiento utilizó durante toda su vida, siempre con indiscutible elegancia, desde que aquel marqués a cuyo servicio trabajó le enseñara a hacer el nudo Windsor. Le gustaban las corbatas y presumía de su colección. Muchas de ellas se las habíamos regalado nosotros, claro.

Con mis hermanos -y con corbata- (h.1970)

Clasificadas y ordenadas por mis hermanas la relación era la siguiente:

 -     40 de ‘topitos’

-      38 de rayas

-       23 con animalitos y/o motivos de caza

-      12 de estampados ‘artísticos’ (incluyendo diseños de cachemir y otros)

-      10 de colores lisos

-         8 de cuadros escoceses

Confeccionadas en seda, lana o poliéster, había elegantes corbatas italianas, francesas, o inglesas informales de sport, de pala clásica (ancha), regular (standard) o estrecha (slim), correspondientes a distintas épocas y modas.

Se hicieron cuatro lotes para repartir entre los hermanos. (Siempre me había gustado una corbata verde con un estampado de vaquitas; la suerte quiso que estuviera en mi lote, con lo que podré lucirla recordando a mi padre).

Uno intenta buscar consuelo en asideros, referencias, ejemplos compartidos, señales, signos: pocos días más tarde del fatal acontecimiento volví a escuchar la lectura de un conmovedor monólogo dramático escrito y publicado por Javier Gomá Lanzón en 2017, en el que transmite su experiencia directa del duelo tras la muerte de su padre, ocurrida dos años antes. En ese monólogo («Inconsolable») explica el itinerario personal de la pérdida, desde la conmoción inicial hasta la aceptación y el duro aprendizaje de que «somos huérfanos condenados a producir huérfanos. La visión del ESPANTO. El tiempo no cura, solo distrae». (…) «El paso del tiempo, el acostumbramiento y el olvido. En suma: una pomada psicosocial para sanar una herida metafísica» (…) haciendo evidente en este caso «la falta de proporción entre enfermedad y remedio».

«Quizás el duelo no sea otra cosa que aprender a pensar en la pérdida de la persona amada sin pena y sin culpa».

Solo podremos salvarnos recuperando la cotidianeidad y la necesidad de vivir cada momento intensamente para recomponernos de un golpe de esta magnitud. Al final solo queda el ejemplo: «La muerte del padre es una experiencia personalísima en la biografía de cada cual, y al mismo tiempo –qué paradoja– la más común que existe».

Nuestro padre ha tenido una buena muerte. Una muerte plácida y tranquila, en su casa, en familia, con los hermanos acompañando a mi madre en tan difícil trance. Ha muerto con 92 años, tras una larga decadencia y un progresivo deterioro cognitivo que no le impidió relacionarse con nosotros y reconocernos en todo momento. Y es que, como bien recuerda Javier Gomá: «la figura paterna conserva el colosalismo de antaño. Ese señor con el que el niño ha compartido casa y vivencias durante los primeros años de su biografía nunca deja de ser del todo una figura legendaria». En este sentido «los padres no son simplemente personas amadas, son [como] el último animal mitológico».

Concluye el monólogo recordando que, en última instancia, la vida no es sino «LA LENTA GESTACIÓN DE UN EJEMPLO PÓSTUMO. Toda nuestra vida se resume en una demorada preparación de la verdad que entregamos a quienes nos sobreviven. La palabra griega para designar ‘verdad’ es “aletheia” y significa literalmente no-olvido, “a-lethos”, es decir, recuerdo».

Finalmente, alcanzar una vida plena, colmada, ‘cumplida’, significa «aspirar a algún grado de excelencia personal para así cumplir con la máxima moral que dice: “vive de tal manera que tu muerte sea escandalosamente injusta”, en la medida en que esa muerte sea percibida «como un atropello, como un empobrecimiento estúpido del mundo». Así la de mi padre

Volviendo a las corbatas, apenas se produjo su fallecimiento, cuando le colocamos el traje que había de vestir como difunto, con la elegancia y el porte que le habría gustado en vida, tras ponerle una impecable camisa blanca, tuve muchas dificultades, me equivoqué  y tuve que repetir varias veces el nudo de la corbata que él mismo me enseñó a hacer un día, tal vez porque en ese momento yo tenía uno en la garganta…

In memoriam Paulino Gutiérrez Pérez.

Guadamur, 31 de diciembre de 1931-Guadamur, 14 de agosto de 2024

viernes, 14 de mayo de 2021

La derrota de la inteligencia

                       La Stultifera Navis de viaje al País de los Tontos. Grabado en madera de 1549

Para los fines que nos ocupan, este post también podría haberse llamado “La nave de los necios”, “Elogio de la necedad” o “Apología de la ignorancia”, que para el caso viene a ser lo mismo... y aunque en democracia la razón solo la da o la quita el electorado, bien puede ser este un buen resumen del resultado de las elecciones autonómicas celebradas hace unos días en Madrid. También el libro póstumo de Umberto Eco “De la estupidez a la locura”, subtitulado como “Crónicas para el futuro que nos espera” o “Cómo vivir en un mundo sin rumbo” constituye, sin duda, una excelente referencia.

Es indudable que la tontería es una de las cosas más democráticas y mejor distribuidas que existen en el mundo: nadie se queja de tener poca. Hace ya más de quinientos años que Erasmo de Rotterdam en su “Elogio de la locura” (1511) hacía una detallada relación de las "ventajas" de la Estulticia sobre la Razón, indicando lo felices que son los hombres cuando viven arropados por la necedad, situación de la que no escapan ni siquiera los filósofos, los teólogos, los Obispos y los Papas, los Reyes ni los Príncipes. 

En el libro, la Locura (Necedad o Estulticia) enumera sus cualidades, da cuenta de sus orígenes y del cortejo que la acompaña para hacer más fácil y agradable la vida del género humano (entre otras la adulación, el narcisismo, la demencia, la pereza, la molicie, la indolencia, el olvido y la voluptuosidad). Se lamenta de quienes reniegan de su nombre, pese a ser grandes beneficiarios de sus dones y efectúa una sátira de los leguleyos, de los médicos y del clero, vanagloriándose impúdica y orgullosamente de su ignorancia y despreciando a los estudiosos y sus saberes.

Que la estupidez y la tontería son un problema transversal e independiente de cualquier otra circunstancia, (como señalara muy acertadamente Carlo M. Cipolla en su indispensable obrita “Las leyes fundamentales de la estupidez humana”), viene poniéndose de manifiesto (casi) a diario en este mundo de nuestras desdichas. De hecho, la formulación de la segunda ley es bastante clara: “La probabilidad de que una persona cualquiera sea estúpida es independiente de cualquier otra característica propia de dicha persona”. Para más detalles véase un post anterior: De la estupidez (y su abundancia).

Entre los antecedentes más notables del asunto que nos ocupa se encuentra una obra satírica y moralista escrita por el teólogo, jurista y humanista Sebastian Brant: “La nave de los necios” o “La nave de los locos” (en latín, Stultifera navis). Publicada originalmente en Basilea en 1494, hasta el s. XVII tuvo una amplia difusión en la Europa de la época, siendo traducida a varios idiomas.  Se trata de una sucesión de 112 cuadros críticos acompañados cada uno de un grabado, en los que el autor critica los vicios de su época a partir de la denuncia de distintos tipos de necedad o estupidez.

Michel Foucault dedicó a esta obra el primer capítulo de su “Historia de la locura en la época clásica” y lo relacionó con auténticos barcos de dementes que navegaban por los canales de una ciudad a otra. El Bosco recreó en un cuadro su propia nave de los locos.

En fin, como señalábamos al principio, todo esto recuerda mucho a algunos de los recientes acontecimientos sobrevenidos. Se ha dicho que, tras los recientes comicios, parece que en Madrid ya son libres para ir a misa y a los toros. El terracismo aparece como una gran conquista conseguida tras arduas batallas frente al totalitarismo prohibicionista del gobierno central. En este contexto, ha sido bastante bochornoso ver las manifestaciones de algunos significados intelectuales (obviamente habrá que reconsiderar este calificativo a partir de ahora), apoyando las posiciones más retrógradas y retardatarias del espectro político. Un fenómeno solo explicable en el contexto de la fatiga pandémica que nos asola debido sin duda a una repentina dolencia que haya alterado su percepción de la realidad afectando a su capacidad de juicio y razonamiento.

Acaba el toque de queda y, como dicen algunas voces interesadas, la confusión legal y la chapuza se han vuelto una costumbre entre la irresponsabilidad y la indolencia de los deplorables (según calificara en su día Hillary Clinton a la mitad de los votantes de Trump). 

La cosa no queda aquí. Hay un enorme muestrario de idioteces para elegir. Basta abrir la prensa para darse cuenta por ejemplo de que al frente de algunos ilustres colegios profesionales se encuentran personajes majaderos, gaznápiros y cenutrios que no tienen nada que envidiar a los pasajeros de la nave de los necios…

Así, por ejemplo, hace unos meses, poco antes de la aprobación de la Ley de regulación de la eutanasia, el Presidente del Colegio de Médicos de Madrid se despachaba afirmando que «La nueva ley de eutanasia obliga a los médicos a matar a los pacientes» y también: «…la pandemia hubiera sido más grave si la ley de eutanasia estuviera en vigor». La verdad es que se queda uno sin palabras ante semejante desvarío, pero estas declaraciones apenas si merecieron un leve reproche del anterior presidente de la Organización Médica Colegial, que se limitó a decir que eran «un comentario desafortunado» (sic).

 Claro que la cosa viene de lejos… cabe recordar que, pocos meses antes, en octubre de 2020, nada menos que el propio Comité de Bioética de España, órgano que cree uno que debiera caracterizarse por la ecuanimidad, solvencia, neutralidad e imparcialidad, por el respeto y el rigor en sus dictámenes, en las conclusiones de un Informe sobre el final de la vida y laatención en el proceso de morir, en el marco del debate sobre la regulación dela eutanasia, emitido de oficio (o sea, gratis et amore y sin que nadie se lo hubiera solicitado) afirmaba lo siguiente: «(…) tras los terribles acontecimientos que hemos vivido pocos meses atrás, cuando miles de nuestros mayores han fallecido en circunstancias muy alejadas de lo que no solo es una vida digna, sino también de una muerte mínimamente digna. Responder con la eutanasia (sic) a la ‘deuda’ que nuestra sociedad ha contraído con nuestros mayores tras tales acontecimientos no parece el auténtico camino al que nos llama una ética del cuidado, de la responsabilidad y la reciprocidad y solidaridad intergeneracional.»

A todas luces una desmesura, que viene a confirmar que la ética no puede estar alejada de la realidad. No está de más recordar aquí las palabras de Mary Parker Follet que hace más de cien años ya afirmaba: «La ética no es estática; avanza mientras la vida avanza… La verdadera prueba de nuestra moralidad no está en la rigidez con la que cumplimos lo correcto, sino en la lealtad hacia la vida que crea y construye lo correcto.»

La última de las tontunas a las que nos referiremos no tiene desperdicio: “Un negacionista al frente de los biólogos de Euskadi”. Otro pintoresco personaje que sostiene que los países con mayor porcentaje de vacunación contra la gripe son los que más mortalidad registran y asegura que la gripe mata más que la COVID.

El negacionismo del decano del Colegio de Biólogos de Euskadi le hace mostrar su ignorancia confundiendo correlación con causalidad: A más confinamiento, más tasa de mortalidad. Que la asociación no es causalidad es quizás la lección más importante que uno aprende en una clase de estadística, así que ¡a estudiar, señor decano!

En fin, resulta todo tan cansado…

viernes, 9 de agosto de 2019

Ejercicios de estío…


    Monumento a Eugenio D’Ors. Madrid
“No hay hechos sino interpretaciones… y esto es una interpretación.”
Friedrich Nietzsche
                                                                                                                                          
En estos días en que se habla tanto de cómo contar relatos, historias y metanarrativas, (o sea, el famoso y conocido storytelling aplicado al ámbito de la política, encuentro la oportuna cita de Nietsche de manera casual ojeando al azar un libro divulgativo sobre los llamados filósofos de la postmodernidad Gianni Vattimo, (de quien el diario EL PAÍS publicaba recientemente una interesante entrevista), y Jean-François Lyotard:

"A pesar de la nostalgia, ni el marxismo ni el liberalismo pueden explicar la actual sociedad posmoderna. Debemos acostumbrarnos a pensar sin moldes ni criterios. Eso es el posmodernismo", explicaba hace ya unos años el pensador francés, caracterizando la postmodernidad como la incredulidad ante los metarrelatos de la humanidad, entendiendo por metarrelatos «aquellas filosofías que pretenden abarcar la totalidad de la historia» e identificando cuatro grandes metarrelatos a lo largo de los siglos: el cristiano, el iluminista, el marxista y el capitalista…


Dicho esto, en busca de mayores síntesis y certidumbres (siempre revestidos de un saludable escepticismo, en tanto que virtud conducente a mayor conocimiento fiable, todo hay que decirlo), consulto el divertido glosario recopilado y ‘dedicado al intrépido lector’ por Salvador Giner con el acertado título de Ideas cabalesal que ya nos referíamos en esta entrada de hace aproximadamente un año.

El término Postmodernidad que aparece descrito en Wikipedia con tanta enjundia, es aquí definido como sigue:

«Apelativo híbrido dado sin ton ni son a la época de la modernidad avanzada, frecuentemente para indicar la presunta defunción de las ideologías clásicas (liberalismo, comunismo, anarquismo). Mentecatez de aquellos que no se han enterado de la vitalidad de la ideología en el mundo contemporáneo y de deshonestidad en quienes la conocen. El ‘postmodernismo’ es una charlatanería compuesta por la emisión de despropósitos sobre nuestro tiempo, definido éste como modernidad. No se sabe lo que es, salvo que con él se ha perpetrado una industria de habladores, escribidores y tertulianos mediáticos que dicen estar al día en cualquier cosa. Postverdad, o posverdad.»

Sobre el término Modernidad (en un tono algo más gamberro) Salvador Giner se limita a escribir: «La modernidad ha venido, nadie sabe cómo ha sido.»
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En fin, al hilo del paso de los días ha transcurrido ya algo más de un año desde que me incorporé en Madrid a este viejo caserón de la llamada Casa Sindical, hoy sede del Ministerio de Sanidad. [Por si alguien pudiera estar interesado, en este viejo noticiario de diciembre de 1952 (NODO 520 B min. 0:30 a 1:23) aparecen las obras de construcción de este singular (y feo) edificio].


Recién llegado al Paseo del Prado (en virtud de lo que algunos incluirían en el marco de la denominada “teoría del cisne negro”, esos sucesos extremadamente raros, atípicos, fortuitos e imprevisibles) me vi (casi) retratado en un viejo texto de Juan Benet que alguien me hizo llegar. Escrito en enero de 1981 y recogido en el libro “Páginas impares”, una memorable selección de artículos de prensa publicada en 1996, Benet definía a los Directores Generales como «esos hombres anfibios y fronterizos, con los brazos en la política y los pies en la ruda técnica». (Entre paréntesis: aunque siempre he considerado que la hibridación y los enfoques eclécticos, multidisciplinares y diversos son imprescindibles para intentar conocer mejor la realidad, debo reconocer que lo de anfibio y fronterizo me llegó al alma…). Observador agudo, de sutil ironía y caustica mordacidad, en ese mismo texto Benet se despachaba también a gusto con algunos otros personajes, como los periodistas, «que saben de todo un poco y  de nada mucho», y de los que llega a afirmar que, estando oscuramente relacionados con los políticos, vivían «al amparo de uno de los grandes fraudes sociomorales de nuestra época, el [supuesto] ‘deber’ de informar.»

Desde la sexta planta del edificio de la antigua Casa Sindical sigo asomándome cada mañana hacia el Museo del Prado y contemplo desde la ventana del despacho el curioso y enigmático monumento a Eugeni D'Ors, obra de su hijo, el arquitecto Víctor D’Ors, y de los escultores Cristino Mallo y Frederic Marès. Inaugurado el 17de julio de 1963, su estructura consta de un muro chapado de granito al que se encuentra adosado un lienzo de piedra blanca de Colmenar con una larga inscripción que resume el pensamiento filosófico de D'Ors. En la parte de atrás, un medallón, obra de Marès, con el perfil del ilustre prócer, su nombre y las fechas de su nacimiento y muerte (1882-1954). Este medallón va colocado sobre un tapiz de ladrillo y sobre aquél en piedra de Colmenar se dice: «En memoria del Magisterio Orsiano dedica en 1963 Madrid esta fuente siendo alcalde el XVI conde de Mayalde».

Delante, la parte principal del monumento con un breve estanque, y en él dos figuras de bronce, obras de Mallo: una mujer con el brazo en alto, que representa el clasicismo, lo angélico, la cultura y la norma, apacigua o exorciza a un pequeño dragón o basilisco, que representa lo espontáneo, lo natural y lo demoníaco. El conjunto simboliza así la Sabiduría frente a la Ignorancia.

Dando fondo al estanque sobre el lienzo de piedra caliza se lee la citada inscripción orsiana a modo de resumen de su doctrina moral:



«Todo pasa: una sola cosa te será contada, y es tu obra bien hecha. Noble es el que se exige, y hombre tan sólo, quien cada día renueva su entusiasmo, sabio al descubrir el orden del mundo: que incluye la ironía. Padre es el responsable, y patricia misión de servicio, la política debe ser católica, que es decir universal; apostólica, es decir, escogida; romana, es decir, una. Una también la cultura: Estado libre de solidaridad en el espacio y de continuidad en el tiempo. Que todo lo que no es tradición es plagio. Peca la naturaleza; son enfermizos ocio y soledad. Que cada cual cultive lo que de angélico le agracia, en amistad y diálogo.»


El texto es lo suficientemente elocuente y representativo de los valores tradicionales de una cultura alineada con el rancio nacional-catolicismo entonces imperante, que establece una relación muy sólida entre el Bien, la Verdad y la Belleza. D’Ors condena la innovación y la transgresión, reivindicando el clasicismo, entendido como expresión de habilidad y orden, con matices de ironía, como única concesión a lo moderno.


Es significativo destacar el lugar elegido para emplazar el monumento, en el marco espacial que une la puerta de Velázquez del Museo del Prado (sobre el que precisamente Eugenio D’Ors escribió en 1922 una apasionada guía –de lectura muy recomendable- que es toda una teoría estética: Tres horas en el museo del Prado) con uno de los edificios de manifiesta orientación fascista que aún perviven en Madrid: este antiguo "edificio de Sindicatos", reconvertido actualmente en sede del Ministerio de Sanidad, en el que me encuentro. Para enfatizar los objetivos retóricos de Víctor D'Ors y las autoridades municipales franquistas de la época, el medallón con el perfil de Eugeni d'Ors da la cara al edificio de sindicatos, mientras la lápida mira hacia el Museo del Prado.

Así recogió el evento la prensa de la época: refiriéndose al interesado como maestro de la filosofía y de la crítica de arte...

En fin, para ampliar la información sobre este singular personaje, que «pasó de ser un nacionalista catalán radical en su brillante juventud a un falangista imperial en su decadente vejez», y de quien el pintor José Moreno Villa llegó a decir que era un espectáculo de farsantería y ejemplaridad” conviene acercarse a la excelente y minuciosa biografía de Javier Varela publicada en 2016 y ganadora del premio Gaziel de Biografías y Memorias.




En fin... y mientras tanto, aquí seguimos, convencidos de que conviene no rendirse al inmediatismo (suelo recordar con frecuencia aquello de que la inmediatez aplasta la visión estratégica) ni a una cierta política distraída

viernes, 14 de junio de 2019

Puentes para la humanización®


             New York,1908. Manhattan Bridge in progress. Fuente: Shorpy









Con el lema «EL PUENTE DE LO AFECTIVO A LO EFECTIVO» en una emotiva y brillante ceremonia se celebró el pasado 11 de junio el acto de entrega de los premios de la Quinta Edición del Foro Premios Albert J. Jovell.
Transcribo a continuación las palabras de mi intervención enla Mesa inaugural de la gala (minutos 19:20 a 27:20):

«Muy buenos días señoras y señores, amigas y amigos.

Quiero ante todo agradecer al Foro Premios Albert Jovell, al grupo de compañías farmacéuticas Janssen y a Cátedras en Red, su amable invitación para intervenir en esta Mesa inaugural en un lugar tan emblemático como este edificio Jean Nouvel, ampliación del hoy Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía  que en su día fuera sede del Hospital General y Hospital Provincial de Madrid, también denominado antes como Hospital General y de la Pasión, que estuvo en uso desde principios del S.XVII hasta el año 1965, en diseños y obras sucesivas en las que intervinieron arquitectos tan prestigiosos como José de HermosillaFrancisco Sabatini o el propio Juan de Villanueva, arquitecto del Museo del Prado y máximo exponente de la arquitectura neoclásica en España. [Y permítanme también trasladarles un cordial y afectuoso saludo en nombre de la Ministra de Sanidad, Consumo y Bienestar Social, Mª Luisa Carcedo Roces y del Secretario General de Sanidad y Consumo, Faustino Blanco González].»

«He tenido la gran suerte y el inmenso privilegio de haber participado desde sus inicios (ver aquí y también aquí) en las sucesivas ediciones de estos galardones, así como de haber podido colaborar y contribuir humildemente, en la medida de mis posibilidades, en la construcción y desarrollo del denominado modelo “afectivo-efectivo” en la atención sanitaria, como ejemplo singular y paradigmático de lo que en los últimos años ha venido en llamarse humanización de la asistencia sanitaria
«Recordaba Albert Jovell en uno de sus libros una serie de virtudes que, de acuerdo con la ética aristotélica, regularían la conversión de las emociones en afectos, lo que permitiría mejorar la convivencia y las relaciones interpersonales.»

«Señalaba singularmente la CONFIANZA como una virtud esencial a la hora de establecer y consolidar un círculo de confiabilidad a partir del reconocimiento en otras personas y en instituciones concretas de una serie de virtudes específicas que, a su vez, formarían parte de ella:
  • Competencia
  • Compromiso
  • Responsabilidad
  • Justicia
  • Humildad
  • Resiliencia
  • Honestidad
  • Integridad… y
  • RESPETO
«En conjunto, constituirían una serie de atributos que modelan, conforman y refuerzan las relaciones de confianza en que se fundamenta la convivencia.» 

«Como recuerda el sociólogo Richard Sennett en un excelente ensayo, el significado del respeto incorpora y lleva implícito todo un “vocabulario social” que la sociología ha nombrado con muchos sinónimos para denominar diferentes aspectos del respeto. Entre ellos encontramos los de “estatus”, “prestigio”, “honor” y “dignidad”.»

«El respeto implica y significa también, en gran medida, “el hecho de aceptar en los otros lo que uno no entiende”, es decir, aceptar a los demás sin cuestionarse cómo son. Esta aceptación es muy importante puesto que esta forma de respeto hacia la otra persona es precisamente lo que permite establecer un vínculo de confianza y dotar de confiabilidad a la relación.»

«El filósofo Josep María Esquirol explica también que la palabra respeto tiene que ver con el comportamiento moral y, en este sentido, es posible referirse al respeto como un tipo de actitud: “una actitud respetuosa” o también un “lenguaje respetuoso”: hablar respetuosamente de alguien significa tener cuidado con las palabras que respecto a él o a ella se usan; palabras que, en definitiva, son capaces de guardar siempre una distancia respetuosa.»

«‘Las palabras son nuestra gafas. Equivocar la palabra es equivocar la cosa’, decía hace ya unos años el politólogo Giovanni Santori.‘Muchos creen que la palabra no tiene importancia y, por tanto, que cada uno puede denominar lo que ocurre como quiera. Sin embargo -afirmaba- la elección de la palabra es importante’.»

«Pues bien, en el lenguaje de las actitudes, (en el lenguaje moral), tratar a alguien con respeto equivale a tratarlo con atención y aquí encontramos toda una constelación de significados equivalentes: consideración, deferencia, atención, miramiento: tratar a alguien con miramiento es tener hacia él una atención, un respeto. En alemán, la palabra Achtung significa tanto respeto como atención.»

«Con frecuencia la etimología orienta y nos pone sobre la pista del sentido último de las palabras: el latín respectus deriva del verbo respicere, que significa “mirar atrás”, “mirar atentamente” o “volver a mirar”. Respicere tiene la misma raíz que spectare, ver, mirar, contemplar. Nos encontramos pues, en pleno universo de la mirada: spectaculum es lo que se mira; respicio es lo que miro atentamente; y “respectus” es entonces el resultado de esa mirada atenta».

«No hace falta decir que la mirada se emplea aquí en sentido amplio y que se refiere no solo a los ojos del rostro sino también a los ojos y a la “mirada de la mente”. Conviene citar aquí a Baltasar Gracián y su célebre “Oráculo manual y arte de la prudencia”, cuando afirma que “no todos los que ven han abierto los ojos, ni todos lo que miran ven”, lo que de paso nos informa de que, en última instancia, la más lúcida de las miradas no es la de los ojos. Ver es lo difícil. Vemos a veces, raramente, con frecuencia miramos sin ver...»

«Hasta aquí alguna de las claves para una atención sanitaria más humana, es decir más digna. Y, si me permiten, si tuviera que sintetizar o condensar en una única expresión, o destacar algún aspecto concreto acerca de en qué consiste precisamente la humanización de la atención sanitaria, lo resumiría básicamente en una atención respetuosa y compasiva con la persona enferma.»

«Por ello, frente al vértigo deshumanizador de una práctica clínico-asistencial apresurada, desprovista en ocasiones de esa mirada atenta, no está de más recordar al profesor Jerome Groopman cuando afirma que: «Aunque la medicina moderna cuente con la ayuda de un deslumbrante despliegue de tecnologías, como resonancias magnéticas de alta resolución y análisis de ADN de gran precisión, el lenguaje, [es decir, la comunicación], sigue siendo la piedra angular de la práctica clínica.»

«Finalmente, el modelo afectivo-efectivo pretende ser un modelo de referencia a imitar para contribuir a la humanización de la asistencia sanitaria en el conjunto del SNS, basado en la evidencia científica pero que, al mismo tiempo debe tener en cuenta la dimensión y los valores de dignidad y humanidad de los pacientes para conseguir su bienestar y los mejores resultados en salud. En esa hermosa tarea, conjunta y compartida, y cada uno desde su propia responsabilidad personal, profesional o institucional, indudablemente todos tenemos algo que aportar.»

«En este sentido, hoy tenemos que felicitar a quienes han sido reconocidos en esta V edición de los premios, que muy merecidamente valoran y destacan su trabajo, su esfuerzo y dedicación a ese objetivo.»

Muchas gracias por contribuir hacerlo posible.»

miércoles, 9 de enero de 2019

Guardabosques, jardineros y cazadores


 Un zorro pasa por delante del 10 de Downing Street. Londres, 16 de junio de 2018. Foto: Hannah McKay (REUTERS)
«¿Tan inconcebible nos resulta que el objetivo de la vida sea sencillamente ver?»
    John Gray (Perros de paja. Reflexiones sobre los humanos y otros animales. Paidos, 2008)
 «…la imposibilidad de establecer líneas fronterizas inequívocas, de ningún modo niega las diferencias.»
«Frente a quienes se empeñan en construir un pensamiento único, se trata de afirmar la voluntad de que la crítica avance a través del diálogo, convirtiendo la pluralidad en ocasión para que la inteligencia no se detenga.»
Manuel Cruz (Ser sin tiempo. Herder, 2016)

Como suele ser generalmente (re)conocido por la mayoría de directivos, gestores y/o responsables en cualquier ámbito de actividad -también los sanitarios-, en la articulación contemporánea del tiempo coexisten una dimensión «fría» (que se resiste al cambio) y una dimensión «caliente» (orientada a la continua innovación). Esta simultánea y contradictoria orientación conlleva importantes dificultades añadidas en el diseño y elaboración de las posibles alternativas que den respuesta a los retos y demandas a los que deben enfrentarse cotidianamente.  

De cómo la inmediatez aplasta la visión estratégica

Hace ya algunos años que Zygmunt Bauman nos explicaba, advertía y anticipaba  -a través de brillantes y acertadas metáforas-, cómo el tiempo líquido de la (post)modernidad refleja con precisión el tránsito desde una sociedad “sólida”, estable, repetitiva y previsible, a una “líquida”, flexible, voluble, inestable e insegura. Una situación en la que las estructuras sociales ya no perduran el tiempo necesario para solidificarse y permanecer estables. Fugaces, transitorias y volátiles, inservibles como marcos de referencia para la acción humana y para las estrategias a largo plazo, cristalizan en una suerte de permanente precariedad.

Pero esta era de dudas e incertidumbre en la que (con)vivimos se debe también a otras transformaciones, entre las que Bauman identifica y señala la crisis (separación) del poder y la política, el debilitamiento de los sistemas de seguridad que protegían al individuo (lo que priva a la acción colectiva de gran parte de su atractivo, socavando lo fundamental de la social), o la renuncia al pensamiento y a la planificación a largo plazo. Finalmente, la responsabilidad de aclarar las dudas derivadas de esta pérdida de referencias y de esta ausencia de perspectivas recae sobre el propio individuo, abandonado a sus propios miedos, desvinculado, víctima del cortoplacismo y de una atomización del tiempo que lo sumerge en un inmediatismo ramplón y atemporal. Como acertadamente señala Manuel Cruz (vid. ‘Ser sin tiempo. El ocaso de la temporalidad en el mundo contemporáneo’. Herder, 2016):

«Hemos perdido la experiencia de la duración, de la demora, que ha sido sustituida por la sucesión ininterrumpida de intensidades puntuales.»

«Esta destrucción de toda posible experiencia de continuidad [temporal] queda reflejada en el ámbito psicológico en términos de angustia e inquietud; la angustia y la inquietud de un ser humano que constata que el mundo se ha quedado sin tiempo».

De la ‘sociedad del riesgo’ a la ‘era de la perplejidad’

En su primer libro de poemas, publicado en 1918, el ‘cholo Vallejo’ se refería -con una gran intensidad dramática- a esos duros golpes de(en) la vida asestados por losheraldos negros que, «como potros de bárbaros Atilas, […] abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte».

La indescifrable imprevisibilidad del presente nos deja solos e indefensos a merced de los «golpes del destino», advierte también Bauman: «Mientras que los peligros permanecen libres para moverse a su antojo, caprichosos y frívolos, nosotros somos sus objetivos fáciles: poco o nada podemos hacer para prevenirlos». Recordemos que, con anterioridad, el sociólogo alemán Ulrich Beck había postulado ya la idea y el concepto de «sociedad del riesgo» como una «fase de desarrollo de la sociedad moderna donde los riesgos sociales, políticos, económicos e industriales tienden cada vez más a escapar a las instituciones de control y protección de la sociedad industrial», convirtiéndose así en una característica de la nueva modernidad en la estructura y organización de las sociedades postindustriales.

La vieja e ilusoria creencia en el progreso (ese “brocado musical apolillado” en afortunada y poética expresión de John N.Gray, quien sostiene incluso que “la fe en el progreso es el Prozac® de las clases pensantes”) y en el poder de la razón, en su capacidad para proyectar y llevar a cabo (!) la utopía de un mundo seguro, libre de miedos incontrolados y de amenazas imprevistas, se ha visto superada por el retorno de la incertidumbre, del riesgo como reconocimiento de lo impredecible y de las innumerables amenazas de la sociedad industrial (desregulación, crisis financieras, catástrofes ecológicas, terrorismo, guerras preventivas, etc.).

Desembocamos finalmente en la 'era de la perplejidad' (como la denomina una interesante publicación patrocinada por una entidad financiera hace unos meses), con cambios para los que aún no disponemos de recetas para actuar, ni siquiera de guías, brújulas o mapas con los que orientarnos:

«La revolución tecnológica que estamos viviendo —la más acelerada de la historia— está generando transformaciones que afectan no solo a nuestras vidas, sino también al futuro de la humanidad; no solo cambian la economía, la política, la sociedad y la vida diaria, sino incluso las que parecían constantes fundamentales de la especie humana: sus capacidades físicas y mentales, su longevidad y su posición como especie dominante en nuestro mundo, cuestionada por la coexistencia y, eventualmente, la fusión con máquinas cada vez más inteligentes. El impacto de la globalización, del avance tecnológico y de la inseguridad que estos generan se refleja en las decisiones de las personas y en el rumbo que está tomando nuestra sociedad. Un rumbo que va a determinar nuestro futuro, en el sentido de hacernos más o menos capaces de afrontar los retos y aprovechar las oportunidades que nos ofrece el avance científico y tecnológico.»

Metáforas de la acción humana para una época de incertidumbre

Para explicar la evolución de la actitud y de la posición del ser humano ante el mundo Bauman recurre a unas curiosas analogías:

La postura premoderna hacia el mundo era semejante a la figura de un guardabosques, mientras que la imagen más adecuada para expresar la concepción y la práctica del(frente al) mundo (pos)moderno es la de un jardinero.

La tarea principal del guardabosques es vigilar, proteger y conservar el territorio a su cargo de cualquier interferencia humana, defender y preservar, por así decirlo, su “equilibrio natural”, encarnación de la infinita sabiduría de Dios o de la Naturaleza. El guardabosques tiene que descubrir las trampas que hayan colocado los cazadores furtivos, inutilizarlas y evitar el acceso a los cazadores furtivos, no autorizados, para no poner en peligro la perpetuación de ese “equilibrio natural”. La función del guardabosques se basa en la creencia de que las cosas están mejor cuando no se tocan; en la época premoderna se concebía el mundo como una cadena divina del ser, una cadena en la que cada criatura ocupaba su lugar adecuado y cumplía su función según un orden determinado y preestablecido.

Sin embargo, la actitud del jardinero es diferente, dando por sentado que no habría orden en el mundo (o al menos en esa pequeña parte del mundo a su cargo) si no fuese por sus desvelos, por sus cuidados y esfuerzos continuados. El jardinero sabe qué tipos de plantas crecerán y cuáles no en la parcela de la que se encarga; proyecta la disposición más adecuada para después realizar el diseño concebido. Impone al terreno el proyecto previamente elaborado, propiciando el crecimiento de las plantas más apropiadas (generalmente seleccionadas y cultivadas por él mismo) y arrancando y destruyendo las “malas hierbas” que no encajan con la armonía general del diseño.

Los más entusiastas y expertos (vale decir profesionales) creadores de utopías son los jardineros. Está en el mismo origen del designio ideal que tienen grabado en sus mapas mentales, la forma y el modo en que deben hacerse las cosas, el prototipo del desarrollo armónico que, gracias al progreso, debe conducir al resultado deseado.

Pero el advenimiento del mundo moderno ha traído consigo el fin de la imaginación utópica y la muerte de las utopías. Siguiendo con sus agudas y certeras metáforas, Bauman sostiene que la actitud del jardinero ha dado paso ahora a la del cazador.

Lo único que interesa al cazador es cobrar una nueva pieza, sin importarle el equilibrio de las cosas, sea este natural, premeditado o artificial:

«La mayoría de ellos no considera que la disponibilidad de nuevas presas corriendo por el bosque –a pesar de sus cacerías– sea algo de su incumbencia. Si los bosques quedan vacíos tras una partida de caza especialmente provechosa, los cazadores se trasladarán a otra zona boscosa aún sin explotar, que todavía contenga futuros trofeos de caza. Tal vez especulen que quizás en algún momento, en un futuro distante y sin definir, el planeta puede quedarse sin nuevos bosques que explotar, pero ello no sería un motivo de preocupación inmediata, no al menos para la mayoría de los cazadores…».

«Hoy en día todos somos cazadores, o se nos dice que lo somos, y se nos incita a que actuemos como tales, bajo amenaza de quedar excluidos de la cacería, si es que no de vernos relegados al rango de animal. Y lo más seguro es que cada vez que miremos a nuestro alrededor veamos a otros cazadores solitarios como nosotros, o a cazadores que se agrupan del modo en que los cazadores suelen hacerlo. Y deberíamos esforzarnos mucho para lograr avistar a un jardinero que se halle divisando algún tipo de armonía preestablecida más allá de la valla de su jardín privado, y que luego salga a crearla (los ‘científicos sociales’ (sic) discuten acerca de la relativa carencia de jardineros y la creciente profusión de cazadores bajo el término acuñado de “individualización”). Con seguridad no encontraremos gran número de guardabosques, ni siquiera cazadores que compartan los principios de los guardabosques, y esta es la razón primordial por la que la gente con “conciencia ecológica” se alarma y procura alertarnos por todos los medios (esa lenta aunque reiterada extinción de la filosofía del guardabosques, sumada a la carencia de su variante ‘jardinera’ es lo que los políticos ensalzan sirviéndose del término «liberalización»).

Es conocido cómo, en el ámbito de la gestión, de los negocios y de la empresa, se ha recurrido frecuentemente al empleo de crueles metáforas cinegéticas que muestran ese espíritu depredador propio del feroz capitalismo de nuestra época (vid. v.gr. «la estrategia del océano azul» en la búsqueda de nuevos mercados a través de la innovación y la creatividad).

Este «nuevo capitalismo» que, según Richard Sennett, ha terminado con la idea «añeja» de que el trabajo estable o de largo plazo era el principal medio para acceder a una vida familiar con prosperidad. En cambio, ahora se ha generalizado, la incertidumbre, que termina por disolver la acción planificada y los vínculos de confianza y compromiso, provocando lo que denomina «corrosión del carácter»:

«Lo que hoy tiene de particular la incertidumbre es que existe sin la amenaza de un desastre histórico; y en cambio, está integrada en las prácticas cotidianas de un capitalismo vigoroso (…). La consigna “nada a largo plazo” desorienta la acción planificada, disuelve los vínculos de confianza y compromiso y separa la voluntad del comportamiento.»

En última instancia, lo incurable, afirma John N.Gray, no es nuestra ignorancia del futuro, sino nuestra incapacidad (crónica) para comprender el presente. Nuestra fe en el progreso no está en absoluto justificada; no hay designios, nada está (siempre) asegurado y todo es ahora (más) imprevisible. Es probable que en esta época incierta hagan falta menos cazadores y más jardineros (i.e. profesionales) con espíritu de guardabosques: motivados, con recelo autocrítico, buen humor, pragmáticos y sin embargo escépticos; pesimistas, pero al mismo tiempo irónicos…


viernes, 5 de enero de 2018

De variis revolutionibus…

     Affiche, mai 68
“Lo que la historia nos hurta (…) lo conquista y nos lo otorga la literatura.”
Lorenzo Silva

Si hemos de ser sinceros, y hablando en términos generales, tiene uno la sensación de que la revolución, como la melancolía o el pesimismo de algunos poetas, está algo mitificada y sobrevalorada.

Desde hace ya unos cuantos años (exactamente desde 2011 en adelante),  Miguel Ángel Máñez escribe y publica la primera entrada del mes de enero de su conocido blog Salud con cosas, hablando de/sobre la revolución, (en el sentido de innovación, evolución, transformación y/o cambio en la manera de hacer las cosas en el ámbito sanitario)…

Leyendo el post correspondiente a este año 2018, (Una revolución improvisada) recordaba yo aquel libro publicado en su día por un ya maduro Daniel Cohn-Bendit (que tituló con el acertado nombre de La revolución y nosotros que la quisimos tanto), justamente cuando dentro de pocos meses se cumplirán precisamente los 50 años de aquella otra revolución de mayo de 1968 y acaban también de conmemorarse los 100 años de la revolución bolchevique de 1917.

Tal vez no esté de más recordar que, en su origen, la palabra “revolución” tuvo un significado físico y no político, histórico, sociológico o cultural; era un término y un concepto relacionado con la astronomía y se refería precisamente a los movimientos recurrentes y cíclicos que realizan los astros en el espacio, verbigracia el giro que efectúa un planeta para volver al sitio de donde partió… Utilizado metafóricamente en la política a partir del siglo XVII, significó la vuelta o retorno a una fase histórica anterior, casi exactamente lo contrario a lo que hoy denota el término. En algún caso, como la revolución americana o la revolución francesa, se justificaron como restauraciones de un orden de cosas tradicional violentado por los abusos del gobierno colonial o los excesos del despotismo de la monarquía absoluta. Hoy las vemos, sin embargo, como una ruptura radical con lo existente y el inicio de una nueva etapa histórica.

Por lo general, y con mucha frecuencia coloquialmente, suele hablarse de revolución en los ámbitos político,  en el social,  o en el económico,  pero también solemos referirnos a otro tipo de revoluciones, como la científica, la tecnológica o la industrial, o bien podemos hablar de las que se refieren a determinados aspectos artísticos, culturales, sociológicos, o filosóficos (incluso de la revolución sexual).

En fin, uno de los tipos que más nos interesan es el que describió de manera crítica Thomas S. Kuhn en su conocida obra “La estructura de las revoluciones científicas” (ver texto completo aquí) al enfrentarse a la visión positivista de la ciencia dominante en la década de 1960 en los Estados Unidos. El libro fue decisivo para la filosofía de la ciencia, introduciendo conceptos como los de comunidad científica (cuerpo total de científicos de una determinada disciplina, junto a sus relaciones e interacciones), paradigma (conjunto de prácticas, saberes y realizaciones que definen una disciplina científica durante un período determinado y es compartido por los miembros de la comunidad científica; esta denominación fue sustituida después por la de matriz disciplinaria), o tensión esencial (aquella que está implícita en la investigación científica y se establece entre ortodoxia e innovación, entre conservadores y revolucionarios).

Para Kuhn una revolución científica se produce cuando los científicos encuentran anomalías que no pueden ser explicadas por el paradigma universalmente aceptado dentro del cual ha progresado la ciencia hasta ese momento. Cuando un número suficiente de anomalías significativas se han acumulado en contra de un paradigma vigente, la disciplina científica entra en un estado de crisis, durante la cual se ensayan nuevas ideas, incluso algunas que antes se descartaron. Finalmente, emerge un nuevo paradigma con sus propios adeptos, y ocurre una 'batalla' intelectual entre los seguidores del nuevo paradigma y los que resisten con el viejo paradigma. Cuando una determinada disciplina pasa de un paradigma a otro, -con la introducción de un nuevo sistema conceptual, en definitiva- esto se denomina revolución científica o cambio de paradigma. Ello supone un cambio (a menudo radical) de la visión del mundo. 

Bueno, pues tras esta larga digresión, cabe añadir que, como es obvio, el concepto de innovación tiene también mucho que ver con esta idea de revolución en el sentido de transformación, cambio o mejora, pudiéndose hablar de innovación evolutiva, revolucionaria y disruptiva.

Y de todo esto es de lo que nos habla @manyez, de no conformarnos, de explorar y caminar en otras direcciones, de mirar de otra manera, de incorporar e introducir cambios en las organizaciones, de utilizar brújulas en vez de mapas, de no tener miedo (ni pereza) y atrevernos a salir de la zona de confort, mantener nuestros valores, compartir siempre y buscar nuevas (otras) formas de (para) hacer mejor las cosas (incluso improvisando)…

He aquí la serie de primeras entradas del mes de enero publicadas en Salud con cosas, desde aquella inicial de 2011:

·         2011: “La revolución del folio en blanco
·         2012: “La revolución de las ideas
·         2013: “La revolución del fondo y de la forma 
·         2014: “Ni un paso atrás: la revolución de 2014
·         2015: “Escape: la revolución de 2015
·         2016: “La revolución de los valores
·         2017: “Una revolución sin miedo

Por todo ello, hoy día, en que la idea misma de revolución parece haber desertado de la imaginación de nuestros contemporáneos, es muy de agradecer que nos recuerden que -de alguna manera- puede seguir siendo posible…
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