viernes, 17 de enero de 2014

Tiempo, espacio, movimiento… cambio (en Thomas Mann)

Comedor del Real Sanatorio del Guadarrama, inaugurado por el Rey Alfonso XIII en febrero de 1917. Una imagen que bien podría corresponder al comedor del Sanatorio Internacional Berghof en el que transcurre “La montaña mágica”...

Hace unos meses dábamos cuenta en el blog de la creación de una tertulia y un club de lectura de novela clásica donde nos propusimos leer algunas de las novelas más “emblemáticas” de la historia de la literatura. Iniciamos nuestra andadura con la propuesta de leer La montaña mágica (Der Zauberberg) de Thomas Mann.

Como seguramente es conocido, la historia se desarrolla poco antes del inicio de la Primera Guerra Mundial en un lujoso sanatorio antituberculoso de la localidad suiza de Davos, en el que ingresa el joven ingeniero Hans Castorp. Se trata de una bildungsroman o novela de aprendizaje, de marcado carácter filosófico, que constituye una aguda y penetrante exploración de la condición humana. Un clásico indiscutible de la literatura universal, una obra excesiva, brillante, erudita, absorbente y total, narrada con una escrupulosa y minuciosa meticulosidad…

En el libro “Historia cultura de la enfermedad”, el médico y escritor Marcel Sendrail incluye la tuberculosis (término que se emplea por vez primera en 1834), entre las denominadas “fiebres románticas”, en una época en la que se descubre un “nuevo tipo de belleza” fundada en la debilidad fisiológica, que es a la vez signo de excepcionales cualidades espirituales: “…se arregló de una manera deliciosa apropiada a su aire de sufrimiento, a la enfermiza morbidez de su rostro. Su piel pálida le daba la expresión distinguida y sus cabellos negros en bandós realzaban esta palidez” (Honoré de Balzac, La Muse du département). Durante mucho tiempo la salud frágil es considerada como una muestra de elegancia que permite evadirse de la realidad y liberarse del presente; estar enfermo se convierte así en sinónimo de gracia y delicadeza.

La tuberculosis “atacaba a los jóvenes, los exaltaba para mejor abatirlos; porque exigía para aplacarse los glaciares y las nieves, esta enfermedad tenía un estilo de un raro vigor que se imponía a la estética, una altura comparable a la de las cimas donde se cuidaba. Aísla, liberándolos de toda preocupación material, de todo nexo con la historia, de toda responsabilidad familiar y social, a un grupo de jóvenes, que acaban por parecer una élite y cuyos largos ocios se consagraban a la espera favorable del desarrollo de un pensamiento y de una ética idealista”.

Transcribo aquí los párrafos iniciales del Capítulo VI de la obra [Cambios] en traducción de Isabel García Adánez:

«¿Qué es el tiempo? Uh misterio omnipotente y sin realidad propia. Es una condición del mundo de los fenómenos, un movimiento mezclado y unido a la existencia de los cuerpos en el espacio ya su movimiento. Pero ¿acaso no habría tiempo si no hubiese movimiento? ¿Habría movimiento si no hubiese tiempo? ¡Es inútil preguntar! ¿Es el tiempo una función del espacio? ¿O es lo contrario? ¿Son ambos una misma cosa? ¡Es inútil continuar preguntando! El tiempo es activo, posee una naturaleza verbal, es “productivo”. ¿Y qué produce? Produce el cambio. El ahora no es el entonces, el aquí no es el allí, pues entre ambas cosas existe siempre el movimiento. Pero como el movimiento por el cual se mide el tiempo es circular y se cierra sobre sí mismo, ese movimiento y ese cambio se podrían calificar perfectamente de reposo e inmovilidad. El entonces se repite sin cesar en el ahora, y el allá se repite en el aquí. Y como, por otra parte, a pesar de los más desesperados esfuerzos, no se ha podido representar un tiempo finito ni un espacio limitado, se ha decidido “imaginar” que el tiempo y el espacio son eternos e infinitos, pensando –al parecer- que, dentro de la imposibilidad de hacerse una idea, esto es un poco más fácil. Sin embargo, al establecer el postulado de lo eterno y lo infinito, ¿no se destruye lógica y matemáticamente todo lo limitado y finito? ¿No queda todo reducido a cero? ¿Puede haber sucesión en lo eterno? ¿Puede haber coexistencia en lo finito? ¿Cómo armonizar esta “solución de compromiso” respecto a lo eterno y lo infinito con conceptos tales como distancia, movimiento y cambio… e incluso con la mera presencia de cuerpos limitados en el universo? ¡Es inútil preguntar!»

«Estas cuestiones y otras semejantes rondaban la cabeza de Hans Castorp, que desde su llegada allá arriba, se había mostrado más que dispuesto a tales disquisiciones y sutilezas, movido por un ansia peligrosa pero inmensa, que había pagado muy cara desde entonces y que tal vez había sido lo que le había sensibilizado y animado a lanzarse a tan temerarias elucubraciones.»
(...)

2 comentarios:

  1. Un grato descubrimiento el de esta tertulia literaria, con su club de lectura. Las obras clásicas son, salvando las distancias, como los estándares del jazz: su divina intemporalidad nos hacen retornar una y otra vez a ellas. Y buena antología de inicio, a pesar de preferencias particulares y lógicas discrepancias entre lectores, y sin despreciar obras posteriores (seguramente no muchas) que algún días se convertirán en clásicos.
    Un literario saludo.

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    Respuestas
    1. Gracias, José Manuel. Una buena comparación: los "clásicos" lo son siempre, en todos los ámbitos, géneros y estilos; por supuesto en la música, y en el arte en general... Clásicos permanentes, siempre renovados y actuales, que siempre tienen algo que decir y de los que siempre aprendemos algo.

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