viernes, 11 de octubre de 2013

Interludio literario

Merton College library. Foto: Tom Murphy VII (Wikipedia)

“No leáis para contradecir o impugnar, ni para creer o dar por sentado, ni para hallar tema de conversación o de disertación, sino para sopesar y reflexionar”.
Sir Francis Bacon

Hace unas semanas un grupo de amigos decidimos constituir una tertulia y club de lectura (1) de novela ”clásica”, para acercarnos a algunas de las consideradas (de forma más o menos unánime) como las obras maestras de todos los tiempos de este complejo (sub)género narrativo. Conscientes de la enorme dificultad y de lo imposible (por inabarcable) del empeño, empezamos dejando de lado otros posibles objetivos como la poesía (el género lírico), el teatro (género dramático) y el cuento o la narración breve (que pertenecería al mismo género que la novela, aunque con menor extensión). Ello supone abandonar ya de entrada a obras y autores tales como La Biblia (si la consideramos como un solo libro), La Iliada y la Odisea (Homero), La Divina Comedia (Dante), Borges con todos sus cuentos y poemas o, sin ir más lejos, todas las tragedias de Shakespeare, a quienes cualquier lector o cualquier sencillo manual sitúan sin duda entre los más grandes de toda la historia de la literatura. Evidentemente con este criterio de selección no están todos los que son, pero sí es seguro que son todos los que están…

Hemos redactado un a modo de Manifiesto para una tertulia literaria que transcribo a continuación:

«En un libro de título sugerente publicado hace ya unos años (“Cómo leer y por qué”), el controvertido y polémico crítico y teórico literario Harold Bloom realizaba una hermosa y exaltada declaración de amor por la lectura, a la que consideraba como una “verdadera bendición”, entendida en el más puro sentido de la tradición judía como una manera de vivir una “vida más plena en un tiempo sin límites”.

Se refería, claro está, a la lectura de esos grandes autores y de esos enormes títulos que forman parte de ese intangible legado universal a los que consideramos clásicos, es decir, eternos, perennes, inabarcables e inagotables cuando volvemos sobre ellos.

Llega un momento de nuestra existencia, tal vez superado el “mezzo del cammin di nostra vita”, como reza el primer verso de la Divina Comedia, en que resulta casi inevitable no hacer recuento de aquellas grandes obras por las que aún no hemos transitado. Y nos asalta la incómoda sospecha –que progresivamente se va transformando en molesta inquietud, para convertirse más tarde en evidente certeza- de que tal vez no tengamos ya tiempo de recorrer o al menos acercarnos a muchas de las páginas inmortales que todavía no hemos visitado…

Nos hemos permitido utilizar y transcribir varios párrafos de algunos capítulos del libro de Bloom para confeccionar esta declaración de intenciones sobre lo que pretende ser la Tertulia literaria o Club de Novela Clásica [que hemos llamado “La Montaña mágica” por ser ésta la primera  obra que leeremos y comentaremos]. Estoy seguro de que obtendríamos su benevolente aprobación, y hasta estaría encantado con ello.

En ningún caso el objetivo de esta tertulia es pasar el tiempo, sino recuperarlo, recobrar en parte esa gran tradición cultural y esa gran herencia literaria que a todos pertenece. Subsanar o corregir errores, rellenar omisiones o carencias y disfrutar del goce estético e intelectual que proporcionan estas grandes obras: “Toda la mala literatura es parecida, pero la que merece el calificativo de grande es de una diversidad pasmosa”, dice Bloom.

Leer bien –continúa el autor de “El Canon occidental”-es, sin duda, “uno de los mayores placeres que puede proporcionar la soledad, porque es el más saludable desde el punto de vista espiritual. Hace que uno se relacione con la alteridad, ya sea la propia, la de los amigos o la de quienes pueden llegar a serlo. La invención literaria es alteridad, y por eso alivia la soledad. Leemos no solo porque nos es imposible conocer a toda la gente que quisiéramos, sino porque la amistad es vulnerable y puede menguar o desaparecer, vencida por el espacio, el tiempo, la falta de comprensión y todas las aflicciones de la vida familiar y pasional”.

Nuestras lecturas serán (habrán de ser), al mismo tiempo, un intento de recobrar el pasado y una carrera (ya sabemos que perdida de antemano), contra relojes y calendarios. Porque por las grandes novelas (obras) que seleccionaremos para su lectura no pasan los años, solo las sucesivas generaciones de sus lectores. Sobre ellas cabe afirmar con Bloom: “No sé si Dios o la naturaleza tienen derecho a exigir nuestra muerte, aunque es ley de vida que llegue nuestra hora, pero estoy seguro de que nada ni nadie, cualquiera que sea la colectividad que pretenda representar o a la que intente promocionar, puede exigir de nosotros la mediocridad”.»

En cualquier caso, “leemos de manera personal por razones variadas, la mayoría de ellas familiares: (…) porque necesitamos conocernos mejor; porque sentimos necesidad de conocer cómo somos, cómo son los demás y cómo son las cosas. Sin embargo, el motivo más profundo y auténtico para la lectura personal [de estas grandes obras] es la búsqueda de un placer difícil. Yo no patrocino precisamente una erótica de la lectura, y pienso que “dificultad placentera” es una definición plausible de lo sublime; pero depende de cada lector que encuentre un placer todavía mayor. Hay una versión de los sublime para cada lector, la cual es, en mi opinión, la única trascendencia que nos es posible alcanzar en esta vida…” (…)

”Hacemos un llamamiento a que descubramos aquello que nos es realmente cercano y podemos utilizar para sopesar y reflexionar. A leer profundamente, no para creer, no para contradecir, sino para aprender a participar de esa naturaleza única que escribe y lee. A limpiarnos la mente de tópicos, no importa qué idealismo afirmen representar. Solo se puede leer para iluminarse a uno mismo: no es posible encender la vela que ilumine a nadie más”.

Enumeremos por último, siguiendo a Harold Bloom, los cinco principios para renovar nuestra manera de leer y acercarnos a estas imperecederas novelas clásicas:

1.      Límpiate la mente de tópicos [pseudointelectuales].
2.      No trates de mejorar a tu vecino ni a tu ciudad con lo que lees ni por el modo en que lo lees.
3.      El intelectual [el lector] es una vela que iluminará la voluntad y los anhelos de todos los hombres.
4.      Para leer bien hay que ser inventor [reivindicación de una lectura creativa].
5.      Es [absolutamente] necesario recuperar la ironía.

¿Por dónde empezar? No se nos ocurre una manera más irónica de terminar este Manifiesto que recordar aquella graciosa advertencia de Virginia Woolf: “…el único consejo que una persona puede darle a otra sobre la lectura es que no acepte consejos”.
_________________________________

Hemos confeccionado un primer listado de obras de lectura obligatoria, (algunos de los que podrían considerarse “ocho miles” de la literatura), que por orden cronológico son:

- Rojo y Negro (1830). Stendhal

- Tiempos difíciles (1854). Charles Dickens

- Madame Bovary (1857). Gustave Flaubert

- Crimen y castigo (1866). Fiodor Dostoievsky

- Retrato de una dama (1881). Henry James

- La Regenta (1884-1885). Leopoldo Alas "Clarín"

- La montaña mágica (1924). Thomas Mann

- Al faro (1927). Virginia Woolf

- El ruido y la furia (1929). William Faulkner

- El hombre sin atributos (1930-1943). Robert Musil

Sí, ya sabemos que resulta a todas luces imperdonable que en este listado (que inevitablemente siempre debería estar encabezado por El Quijote, pero eso va de suyo), no aparezcan Dumas o Balzac, BrontëTolstoi, Melville, Stevenson, Conrad, Kafka, Joyce, Proust, Austen, Galdós, Unamuno… etc., por no citar a otros ilustres contemporáneos cuya lectura sería también (casi) imprescindible.

Surgen muchas preguntas, claro, algunas de ellas sin respuesta posible: ¿Por qué esas novelas de esos autores y no otras? ¿No está algo sobrerrepresentado el siglo XIX? ¿Por qué no alguna obra anterior del siglo XVIII, como Los viajes de Gulliver de Swift o La vida y opiniones del caballero Tristram Shandy de Sterne? ¿No faltan más autores franceses o españoles? ¿O más mujeres? ¿O algunos más "modernos"?

Imagen de un sanatorio antituberculoso (c.1930)

En fin, no perdamos el tiempo. Empezaremos nuestra (inmensa) tarea por  La montaña mágica (Der Zauberberg) tal vez la mejor novela de Thomas Mann que, como es bien conocido, transcurre en un sanatorio antituberculoso enclavado en Davos, en los Alpes suizos, en la época inmediatamente anterior a la Gran Guerra.

Tiempo habrá de volver algún día sobre la novela...

(1) El Club, que se presentará formalmente el día 17 de octubre a las 7 de la tarde, tiene su sede en la Librería Taiga en la ciudad de Toledo (Trav. Gregorio Ramirez, 2) e-mail: taiga@libreriataiga.com

4 comentarios:

  1. De vez en cuando me invade un pensamiento agobiante relacionado con lo que comentas sobre la imposibilidad de abarcar todas las lecturas. Es cierto que los que sois más mayores podéis tener esa sensación de finitud que los más jóvenes vemos lejos. Sin embargo, desde mi punto de vista, nosotros lo tenemos peor al ir acumulando novelas de obligada lectura que en los últimos cuarenta años (por ejemplo) se han unido a la lista de imprescindibles. Es cierto que no es un número que te "eche para atrás", pero hay que tenerlo en cuenta. Y a medida que avanzamos, peor.
    Vuestras razones tendréis para haber seleccionado una lista que abarca mediados del siglo XIX y primera mitad del XX. Aún así, me parecen escritores relevantes, aunque yo hubiera escogido otros títulos de Dickens (David Copperfield) y Henry James (Otra vuelta de tuerca). Pero vamos, que para gustos los colores.
    Suerte (y paciencia) con la Montaña mágica. Ya me contarás qué tal las vistas desde allí :)

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    1. El problema está en esa maligna palabreja: “imprescindible” y en dónde poner la vara de medir. Habrá que seguir preguntándose por qué algunas obras son 'de obligada lectura'. Porque también los mayores deberíamos leer a esos 'nuevos' imprescindibles que han ido apareciendo: ¿Qué pasa con Nabokov, Roth, Coetzee, Murakami, De Lillo, Foster Wallace, Jonathan Franzen o Cormac MacCarthy? ¿O con todo el universo sudamericano: Carpentier, Rulfo, Cortázar, Roa Bastos, Onetti, Fuentes, García Márquez, Vargas Llosa, Sergio Pitol, Bolaño et al? ¿Qué decir de los españoles Martín Santos, Benet, Goytisolo (Juan y Luis), Mendoza, Marías, Muñoz Molina, Vila Matas, Trapiello...? ¿Y Saramago, Robertson Davies, McEwan, Martín Amis, Auster, Richard Ford, Lessing, Grass...(por citar algunos sueltos)? Bastante inabarcable... siempre nos faltará tiempo.
      Difícil ejercicio elegir una única novela de Dickens, con esos magníficos títulos que parecen describir lo que (nos) está pasando: "Tiempos difíciles" y "Casa desolada", que ojalá sean el preludio de unas "Grandes esperanzas". En cuanto a Henry James, "Otra vuelta de tuerca" tiene una gran calidad, pero creo que tiene menos alcance literario que otras de sus grandes obras.
      Por lo demás, no me gusta mucho eso de "para gustos los colores". Creo que hay unos criterios más o menos objetivos de excelencia y calidad literaria. ¿Por qué si no algunas obras pueden considerarse clásicas -siempre nos dicen algo nuevo, no "pasan de moda"- y otras son pasajeras, como productos perecederos? Por desgracia, el desparpajo imperante y cierto relativismo cultural vigente pueden empujarnos a sestear en nuestros prejuicios o ser víctimas de las consignas publicitarias. Como si diera igual leer "50 sombras de Grey" que "Lolita". Siempre cabe preguntarse si las cosas (ciertas novelas en este caso) son valiosas porque así nos lo parecen, o nos lo parecen por ser valiosas.
      Muchas gracias por tus observaciones Diego. Seguiremos hablando de esto, estoy seguro.
      Por cierto, me parece que los paisajes y la fauna humana de Davos eran bastante mejores hace un siglo. Desde que allí se celebran las cumbres del Foro Económico Mundial el clima es bastante más irrespirable... http://es.wikipedia.org/wiki/Foro_Económico_Mundial

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  2. Enhorabuena Rodrigo. Este verano también he optado por los clásicos, pero tengo que reconocer que he dejado a la mitad la matemática bélica de Guerra y Paz (Tolstoi), he completado el segundo volumen de En busca del tiempo pérdido (Proust) y el tercero lo veo muy en lontananza, actualmente sesteo con Ulises (Joyce) esforzándome con sus "terriblias meditans".
    Así que cuando les soy infiel, elevo a clásicos a Murakami (lástima que se ha quedado a las puertas de Estocolmo un año más) y a Pinilla (enorme en sus relatos y en su trilogía Verdes valles, colinas rojas).
    Otra vez enhorabuena y larga vida a vuestro Club.

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    1. Muchas gracias por tu amabilidad y tus buenos deseos, Juan. Los 'clásicos' siempre estarán ahí y, paradójicamente, siempre serán nuevos porque tendrán algo que decirnos. Da igual que no acabes de leer una de estas novelas, seguro que tendrás ocasión de volver a ella, o a otra que es de su mismo nivel y categoría. Sí no es 'Guerra y Paz' será 'Anna Karenina' o si no es 'Crimen y castigo' será 'Los hermanos Karamazov'. Tengo también pendientes los cuatro últimos volúmenes de 'En busca del tiempo perdido', ya sabes que son palabras mayores. Leí (mal) el "Ulises" en mi época universitaria y volveré a él algún día (espero).
      Y efectivamente, es de suponer que un año de estos Murakami reciba el Nobel, como Roth... este año Munro, una cuentista, aunque del nivel de Chéjov.
      Pinilla fue un gran descubrimiento, casi un escritor "secreto" durante mucho tiempo, del que leímos y comentamos "Sólo un muerto más" en el "otro" Club (de Novela Negra).
      En fin, por suerte hay magníficas lecturas sin tener que recurrir a "descubrimientos" y bestsellers de temporada que acaban siendo pasto de saldo.
      Un saludo.

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