domingo, 10 de marzo de 2013

Revoluciones sanitarias y 'Zeitgeist'

                                                                         El Dr. John Snow rompiendo la palanca de la bomba de Broad Street

Sir J.A. Muir Gray suele referirse a la existencia de tres revoluciones en la sanidad. La primera revolución sanitaria ocurrió en la salud pública a finales del siglo XIX, gracias a la mejora en el abastecimiento de agua potable, la recogida de aguas residuales, la vivienda y la nutrición. Unos avances que consiguieron la prevención de muchas de las epidemias de enfermedades infecciosas que siguieron al crecimiento y desarrollo urbano de las ciudades. Estos planteamientos coinciden con la conocida tesis de Thomas McKeown -que en su día fuera tan controvertida-, atribuyendo a esas mismas causas el crecimiento demográfico en los últimos siglos.

Para ilustrar la primera de estas revoluciones emplea el famoso mapa del Dr. John Snow en el que señalaba las muertes ocurridas por un brote de cólera ocurrido en el Golden Square de Londres en 1854.

El mapa le permitió confirmar su hipótesis de que el contagio de los enfermos de cólera se producía a través de la ingestión de aguas contaminadas provenientes de una fuente (bomba) de uso público ubicada en Broad Street.

La historia, que ha adquirido dimensiones míticas, casi heroicas, es también conocida: el Dr. Snow consiguió que las autoridades locales clausuraran la fuente, evitando así la propagación y expansión de la enfermedad. Hoy en día es considerado por la comunidad científica como uno de los “padres” de la epidemiología moderna.
El siglo XX ha sido testigo de la segunda revolución en la atención sanitaria, en la que los médicos se convirtieron en carismáticos e influyentes profesionales, reemplazando el papel de los sacerdotes en muchas sociedades. El desarrollo de la profesión médica y el crecimiento de la burocracia para prestar asistencia sanitaria, especialmente en la segunda mitad del siglo XX, fueron consecuencia inevitable de la revolución científica, que ha tenido un impacto sobre la longevidad tan grande como el de la primera revolución sanitaria.

Esta revolución, impulsada por científicos trabajando junto a los clínicos nos ha llevado a espectaculares aumentos en la esperanza de vida y ha conseguido evitar muchas discapacidades.

Sin embargo, a finales del  siglo XX, es evidente que todavía podían encontrarse una serie de graves problemas, comunes a todos los servicios de asistencia sanitaria, relacionados con:

• Seguridad (errores y eventos adversos)
• Calidad (variabilidad, práctica clínica poco estandarizada y pobre calidad percibida)
• Despilfarro (adopción demasiado entusiasta de las intervenciones de escaso valor y no incorporación de la evidencia científica a la práctica)
• Desigualdades e inequidades
• Prevención (no evitar lo evitable)

A estos cinco problemas principales se les han unido otros nuevos retos, como una mayor necesidad y demanda de servicios sanitarios (con expectativas crecientes), la falta de recursos financieros con las consiguientes restricciones presupuestarias y… el cambio climático (“Climate change is the cholera of our era”). Son desafíos y problemas que serán más graves y urgentes a medida que pase el tiempo.

Estos problemas -sostiene Muir Gray- no pueden ya resolverse (sólo) mediante nuevos avances científicos ni reorganizando las burocracias asistenciales existentes o modificando la financiación sanitaria. Estén basados en impuestos o en pólizas de seguros, haya o no copago, estén dirigidos desde el ámbito local o administrados desde el nivel nacional, estos problemas son ubicuos y están presentes en todos los sistemas sanitarios. Son demasiado complejos para ser resueltos con ‘simples’ soluciones estructurales. Para hacer frente a los nuevos desafíos necesitamos una tercera revolución sanitaria, que en realidad ya ha comenzado, y está teniendo lugar impulsada por tres fuerzas interrelacionadas: el conocimiento, las tecnologías de la información, especialmente Internet, y los ciudadanos…

Sin embargo, aunque sea cierto que algunos profesionales están a la vanguardia de esta revolución, buena parte de las profesiones sanitarias y de las propias organizaciones, no están (todavía) en sintonía y van por detrás de lo que los eruditos denominarían el espíritu de nuestra época o Zeitgeist.

¿Estamos profesionalmente alineados con el espíritu de nuestro tiempo?

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