sábado, 30 de septiembre de 2017

Lecturas para la humanización (III)

 «En última instancia nadie puede escuchar en las cosas, incluidos los libros, más de lo que ya sabe. Se carece de oídos para escuchar aquello a que no se tiene acceso desde la vivencia. Imaginémonos el caso extremo de un libro que no hable más que de vivencias que, en su totalidad, se encuentran más allá de la posibilidad de una experiencia frecuente o, también, poco frecuente, de que sea el primer lenguaje para expresar una serie nueva de experiencias. En este caso sencillamente, no se oye nada, lo cual produce la ilusión acústica de creer que donde no se oye nada, no hay tampoco nada.»

Ecce Homo. Friedrich Nietzsche
Seguimos con algunas recomendaciones de lectura(s)…

Una muerte muy dulce (1964)
Simone de Beauvoir (1908-1986) 

Reconocido como uno de los libros autobiográficos más importantes de la autora por su técnica apegada a la literalidad al presentar la enfermedad y muerte de su madre como una experiencia verídica cargada de momentos que sorprenden por su crudeza.

A través de una visión retrospectiva y reflexiva de sus últimas semanas de vida, De Beauvoir hace una crónica del deterioro progresivo a medida que la paciente está siendo consumida por el cáncer, incorporando a modo de flashbacks de episodios clave de su relación con la madre y con el resto de la familia. A medida que la enfermedad avanza, podemos visualizar algunos de los problemas más habituales en las relaciones profesional-paciente, enfermera-paciente y madre-hija. Desde su experiencia de primera mano, la narradora construye imágenes muy duras y realistas de su estancia en el hospital:

«No se muere de haber nacido, ni de haber vivido, ni de vejez. Se muere de algo. Saber que mi madre por su edad estaba condenada a un fin próximo no atenuó la horrible sorpresa: tenía un sarcoma. Un cáncer, una embolia, una congestión pulmonar: es algo tan brutal e imprevisto como un motor que se detiene en el aire. Mi madre alentaba al optimismo cuando impedida y moribunda afirmaba el precio infinito de cada instante; asimismo, su vano encarnizamiento desgarraba el velo tranquilizador de la superficialidad cotidiana. No existe muerte natural: nada de lo que sucede al hombre es natural puesto que «su sola presencia cuestiona al mundo. Todos los hombres son mortales: pero para todos los hombres la muerte es un accidente y, aun si la conoce y la acepta, es una violencia indebida.»

El hospital de la transfiguración (1956)

Conocido sobre todo como autor de ciencia-ficción, Stanislaw Lem nació en Lvov (hoy Ucrania, aunque hasta 1939 formó parte de Polonia). Pasó los años de la ocupación alemana en su ciudad natal, donde inicia los estudios de Medicina siguiendo los pasos de su padre, un prominente otorrinolaringólogo de la ciudad. En 1944, cuando el ejército soviético ocupó Lvov, abandonó la universidad trasladándose a Cracovia, donde retomaría su carrera, que abandonaría definitivamente en 1948 debido a las discrepancias con las ideas científico-biológicas imperantes de Trofim Lysenko, y el dogma oficial acerca de la supuesta herederabilidad de los rasgos adquiridos.

El hospital de la transfiguración, es la primera novela de Stanislaw Lem. Aunque escrita en 1948 bajo la férrea censura comunista soviética instalada en el bloque oriental europeo tras la derrota del nazismo, no fue publicada hasta el año 1956, y después de haber sufrido varias reescrituras. Como explica el propio autor: 

«Cada varias semanas iba en tren nocturno a Varsovia, en el asiento en la clase más barata -en aquella época era pobre- a las interminables conferencias en la editorial "Książka i Wiedza", donde machacaban mi Hospital de la Transfiguración con ideas y preguntas, donde adquiría todo tipo de crítica interna que revelaba su carácter decadente y contrarrevolucionario. Eran toneladas de papel y un montón de tiempo perdido. Pero cuando uno tiene veinte años y una disposición serena, puede aguantar bastante.»

«Me explicaban que había que cambiar algo, añadir, cortar, etc. Me seguían dando esperanzas, de modo que la iba reescribiendo, modificando continuamente. Tengo que decir que aunque poseo esta propiedad rara de escribir en innumerables variantes, nadie nunca me ha llevado a un estado comparable con lo que consiguieron estos señores y señoras en aquel tiempo. Pensando que el libro todavía se podía salvar, lo reescribí infinitamente, hasta que sacaron de mí algo que no tenía la menor intención de escribir. Por supuesto, esto no surtió efecto alguno, porque el libro al final salió gracias al Octubre (de 1956).»

 Ambientada en los primeros tiempos de la ocupación alemana de Polonia, la obra narra las experiencias de un joven médico que acepta un empleo en un hospital psiquiátrico perdido en medio de un bosque, en pleno inicio de la Segunda Guerra Mundial. Sus reflexiones sobre el estado de sus pacientes se entrelazan con las que hace sobre el carácter, las manías y las obsesiones de sus colegas, que a veces parecen más enfermos que los propios internos.

Combina unas descripciones llenas de sencillez y belleza con el retrato más descarnado del horror y la brutalidad del hospital:

«-Verás, la terapia no es nada del otro mundo: hasta los cuarenta, los locos padecen ‘dementia praecox’: baños fríos, bromuro y escopolamina. Pasados los cuarenta. Padecen ‘dementia senilis’: escopolamina, bromuro y duchas frías. Y electroshocks para todos, por supuesto. Y a eso se limita toda la psiquiatría…» 

Una crítica de la novela del escritor Francisco Casavella aquí.
Y otra buena recensión de José Luis Peset, en la revista Asclepio, aquí.

Ebrio de enfermedad (1991)

Con un prólogo de Oliver Sacksque elogia la entereza, inteligencia y calidad literaria con que Anatole Broyard, crítico y editor del New York Times Book Review, afrontó y enfrentó sus 14 meses de enfermedad (un cáncer de próstata) hasta su fallecimiento en octubre de 1990. Destaca la [dura y fría] profundidad de su análisis y la sensibilidad de una persona frente al horizonte inminente de la muerte:

«Broyard habla –como ya hiciera Auden en sus últimos poemas– de la clase de médico que desea tener, con quien hablar, y con el cual estar, cuando lo ha abatido el Destino y se le echan encima sus últimos días. Lo que menos desea es un médico que sea insulso, que no parezca «no ser suficientemente intenso ni voluntarioso para imponerse a algo poderoso y demoníaco, como es la enfermedad». Lo que busca en un médico es «alguien que sepa leer a fondo la enfermedad y que sea un buen crítico de la medicina… que no sólo fuese un médico de talento, sino que fuese por añadidura un poco metafísico… [uno que sea] capaz de ir más allá de la ciencia y llegar a la persona… capaz de imaginar la soledad en que viven los enfermos críticos. Quiero que sea él mi Virgilio, que me guíe por mi purgatorio o mi infierno, señalando todo lo que haya que ver por el camino».

Un auténtico puñetazo en el rostro, una mirada de frente al cáncer y a la muerte…

Un hombre afortunado (1967)

«Los paisajes pueden ser engañosos. A veces da la impresión de que no fueran el escenario en el que transcurre la vida de sus pobladores, sino un telón detrás del cual tienen lugar sus afanes, sus logros y los accidentes que sufren.»

Salpicado con citas de Gramsci, Conrad, Piaget o Sartre, que acompañan a unas hermosas fotos de Jean Mohr, mezcla de periodismo, ensayo y poesía, y escrito con una prosa exquisita, John Berger narra en este libro varias historias del trabajo de John Sassall, un médico inglés que ejercía su profesión en una comunidad rural. Publicado por primera vez hace cincuenta años, sigue siendo un relato de absoluta vigencia, una lúcida y brillante reflexión sobre el valor que le asignamos a la vida humana, sobre cuál es el verdadero rostro de la medicina y sobre el papel que desempeñan quienes la ejercen, advirtiendo también frente a los riesgos del desencanto profesional:

«…me atrevería a sugerir que una de las razones fundamentales de que tantos médicos terminen decepcionándose con la profesión y convirtiéndose en unos cínicos es precisamente que, pasado el primer momento de idealismo abstracto, no están seguros del valor de las vidas reales de los pacientes que tratan. No se trata de que sean insensibles o inhumanos personalmente: se debe a que la sociedad en la que viven y aceptan es incapaz de saber cuánto vale una vida humana.»

A este respecto Berger concluye:

«...no afirmo saber cuánto vale la vida de una persona: no se puede responder con palabras a esta cuestión, sino solo con obras, con la creación de una sociedad más humana.»

Como recordaba Vicente Baos @vbaos una obra “…de obligada lectura para todos los médicos jóvenes que empiezan su andadura laboral, y sobre todo a los médicos de familia…”

Una buena reseña aquí.
(Continuará…)

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