sábado, 21 de septiembre de 2013

Lo que cuesta una apendicitis

Foto: Luca Rossato vía flickr
 En un gesto que solo puede ser calificado como un brutal y despiadado chantaje económico, la mayoría republicana de la Cámara de Representantes estadounidense ha exigido la retirada de la reforma sanitaria promovida por la administración Obama, eliminando la financiación pública de la misma.
Justamente en estos días el newsletter de FierceHealthcare recoge una interesante historia que ilustra muy bien lo que supone para mucha gente asumir el coste de la asistencia sanitaria en los Estados Unidos: "Why pricing transparency does matter. A first-hand account of the true cost of care".
 
El artículo resume la ‘dolorosa’ experiencia que Andrew T. Gray, un asociado médico (o physician assistant) de una clínica que atiende a enfermos de VIH en Beverly Hills, explicaba en un relato de primera mano: Saving My Appendix.
 
Cuando apenas llevaba seis meses en su trabajo, Gray presentó un repentino cuadro de apendicitis aguda. Aunque tenía cubierto el seguro médico, había descuidado rellenar el papeleo necesario para activarlo. Con grandes dolores, y asustado por el previsible alcance económico que le supondría el tratamiento, remitió por fax la documentación del seguro y esperó hasta el día siguiente para solicitar ayuda en las urgencias del hospital local. Mientras esperaba, con su smartphone encontró un estudio sueco que daba cuenta del éxito del tratamiento de la apendicitis con antibióticos ("Antibiotics as first-line therapy for acute appendicitis:evidence for a change in clinical practice").
 
Ni los resultados del estudio ni las dudas de Gray sobre los costes de la cirugía impresionaron al médico residente y al adjunto del servicio de urgencias que le atendieron. “Esto no es Suecia”, vinieron a decirle. Ordenaron un TAC y programaron la cirugía para más tarde ese mismo día.
 
Poco después, cuando la enfermera llegó a su habitación con una encuesta del hospital, Gray expresó de nuevo su preocupación sobre el coste que le iba a suponer su asistencia. Ella le dijo que no se preocupara y que ya lo resolvería cuando se recuperase.
 
"Cuántas veces me había escuchado a mí mismo decir estas palabras cuando un paciente manifestaba su preocupación por los gastos del tratamiento. Pero ahora me daba cuenta de la verdad: nadie involucrado en mi asistencia sabía en realidad el coste de cualquiera de los tratamientos que proponían."
 
Una vez más con su smartphone encontró un artículo de la Harvard Medical School que apoyaba el uso de antibióticos en (para) la apendicitis aguda. También encontró una revisión Cochrane sobre el tema.

A pesar de todo, explica Gray, “cuando eres un asociado médico, es difícil hacer frente a un ejército de MD’s diciéndote que necesitas cirugía. Aunque temía que mi seguro no lo cubriría, me resigné a pasar ‘bajo el cuchillo”.
 
Cuando el supervisor de su trabajo le llamó para ver cómo se encontraba, y Gray le comentó que el dolor había cedido, su jefe le dijo que dejara el hospital y le propuso programar una apendicectomía de forma ambulatoria para el día siguiente. Así se ahorraría mucho dinero, le dijo el supervisor.
 
Gray firmó el alta voluntaria en contra del consejo de los médicos y pidió a su supervisor que le prescribiera los antibióticos utilizados en el estudio. Esa misma noche empezó a tomarlos. Al día siguiente tenía menos dolores, se sintió mejor y canceló la cirugía ambulatoria.
 
Las facturas por la asistencia en el servicio de urgencias, el TAC, una dosis de antibióticos intravenosos y el ingreso hospitalario sumaron más de $30.000 sin la apendicectomía. El coste de un tratamiento de dos semanas de antibióticos orales fue de $50.
 
Con posterioridad Gray supo que su seguro médico podría haberse hecho cargo del tratamiento, de forma retroactiva. Es bastante probable que, de haberlo sabido antes, no se habría salvado de que le realizaran la apendicetomía.
 
Es relativamente fácil decirle a un paciente: “No te preocupes por el coste del tratamiento, ya te ocuparás de ello cuando estés sano”, pero ahora, habiendo sido paciente por un día él mismo, Gray considera que el miedo a las facturas médicas puede borrar cualquier preocupación por la salud y la curación.
 
Así que ahora, cuando un paciente pregunta sobre los costes del tratamiento, Gray procura averiguarlo.
 
Mientras tanto, la pugna política por la reforma sanitaria en EE.UU. sigue su curso…
 
En nuestro país, tras la puesta en marcha de la contrarreforma iniciada con el RDL16/2012 de 24 de abril, que supone la pérdida de la universalidad y gratuidad del SNS, seguimos una aplicada senda de supresión de derechos y prestaciones. Puntual e inexorablemente se actualiza la cuantía de las tasas y precios públicos (aquí las del SESCAM), que deben abonar las personas (ciudadanos) que no tienen la condición de “asegurado”, pasando a ser simples terceros obligados al pago o usuarios sin derecho a asistencia sanitaria.
 
También en esta semana el Gobierno acaba de dar otra vuelta de tuerca en las medidas de recorte de la sanidad pública al aprobar una resolución que modifica las condiciones de financiación de determinados medicamentos incluidos en la prestación farmacéutica del SNS. Llueve sobre mojado: la medida supone el establecimiento de un nuevo copago en un grupo de fármacos de dispensación hospitalaria, que constituye un auténtico impuesto a la enfermedad.
 
Como era de esperar el anuncio ha cosechado el rechazo general de comunidades autónomas, pacientes, profesionales y partidos políticos.
 
Pero así estamos, un sistema sanitario que ya no es universal ni gratuito, y cada vez es menos público, (como en EE.UU.)...
 

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