Powered By Blogger

domingo, 5 de noviembre de 2017

De entre los muertos…

               Lázaro. Francisco Leiro

«Lo primero que hace falta es la rectificación de los nombres. Si los nombres no son correctos, las palabras no se ajustarán a lo que representan, y si las palabras no se ajustan a lo que representan, las tareas no se llevarán a cabo, y el pueblo no sabrá como obrar.»
Confucio (s.VI a.de C.)
     [Sobre las medidas que habrían de tomarse para ordenar el Estado].

Para cinéfilos(as) en general debo comenzar diciendo que el título de esta entrada no hace referencia –como alguien podría suponer erróneamente- a la película Vértigo (De entre los muertos), que la crítica especializada considera como la obra maestra de Alfred Hitchcock, (y una de las mejores películas de todos los tiempos), y cuyo guión estaba basado en una novela con ese mismo nombre. Ni siquiera tiene que ver con otra película más reciente llamada Proyecto Lázaro del director español Mateo Gil…

Hace algunos años, durante una de las clases de un máster de Bioética en la Escuela Nacional de Sanidad, el profesor Javier Sánchez Caro, notable jurista y académico correspondiente de la Real Academia Nacional de Medicina, haciendo gala de un gran sentido del humor (derivado de la sabia ironía y la enorme erudición que le caracterizan), comentaba lo inapropiado y poco riguroso que resulta denominar indistintamente con el término resucitación cardiopulmonar a lo que en realidad son meras maniobras de reanimación cardiopulmonar (por su acrónimo: RCP).  Atribuía esta denominación a la perniciosa influencia de los anglicismos en medicina (cardiopulmonary resuscitation) y bromeaba con el hecho de que se consideraran equiparables o casi sinónimos, en la medida en que resucitar significa devolver la vida a un muerto y hasta ahora la medicina no ha conseguido que nadie resucite. 

La propia Real Academia Española contribuye a esta supuesta confusión entre resucitar y reanimar. Veamos los términos tal como los define la última edición del diccionario:
diccionario:  

Del lat. redanimāre.
1. tr. Confortar, dar vigor, restablecer las fuerzas.
2. tr. Hacer que recobre el conocimiento alguien que lo ha perdido.
3. tr. Infundir ánimo y valor a quien está abatido.

Del lat. tardío resuscitāre, y este del lat. re- 're-' y suscitāre 'levantar', 'avivar'.
1. tr. Devolver la vida a un muerto.
2. tr. coloq. Restablecer, renovar, dar nuevo ser a algo.
3. intr. Dicho de una persona: Volver a la vida.

Sin embargo, la cosa cambia cuando define reanimación y resucitación. Veamos:

1. f. Acción y efecto de reanimar.
2. f. Med. Conjunto de medidas terapéuticas que se aplican para recuperar o mantener las constantes vitales del organismo.

Del lat. tardío resuscitatio, -ōnis.
1. f. Med. Acción de volver a la vida, con maniobras y medios adecuados, a los seres vivos en estado de muerte aparente.

Nótese que, a diferencia del término anterior, aquí no existe la que sería primera acepción o significado de acción y efecto de resucitar (o sea, lo que sería exactamente devolver la vida a un muerto), y además, “curándose en salud”, por decirlo con una expresión bastante afortunada en este caso, la RAE añade después esa frase algo tramposa de en estado de muerte aparente para evitar el imposible metafísico.

En este hilo del Foro del español del Centro Virtual Cervantes aparece una aparente  explicación del asunto.
  Lázaro. Francisco Leiro

El profesor Sánchez Caro continuaba con su disertación: «Que sepamos, –decía- y según los Evangelios, solo resucitaron Lázaro, la hija de Jairo y el propio Jesucristo…»

Sin embargo, en una revisión algo más detallada de los textos bíblicos, (versión de la Biblia de Jerusalén), encontramos varios casos más de personas resucitadas, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento:

·         El hijo de la viuda de Sarepta, resucitado por Elías (en I Reyes 17:17-23):

17. Después de esto, el hijo de la dueña de la casa cayó enfermo; la enfermedad se agravó hasta el punto de que no le quedaba ya aliento.
18. Entonces ella dijo a Elías: "¿Se acabó todo entre tú y yo, hombre de Dios? ¡Has venido a recordarme mis faltas y a causar la muerte de mi hijo!"
19. Elías respondió: "Entrégame a tu hijo." Él lo tomó de su regazo y lo subió a la habitación de arriba, donde él vivía, y lo acostó en su lecho.
20. Luego clamó a Yahvé, diciendo: "Yahvé, Dios mío, ¿vas a hacer mal también a la viuda que me hospeda, causando la muerte de su hijo?"
21. Se tendió tres veces sobre el niño, y gritó a Yahvé: "Yahvé, Dios mío, que vuelva la vida de este niño a su cuerpo."
22. Yahvé escuchó el grito de Elías, y volvió la vida del niño a su cuerpo y revivió.
23. Elías tomó al niño, lo bajó de la habitación de arriba al interior de la casa y lo entregó a su madre. Dijo Elías: "Mira, tu hijo está vivo."

·         El hijo de la mujer sunamita, resucitado por Eliseo (en II Reyes 4:32-37):

32. Eliseo entró en la casa; allí estaba el niño, muerto, acostado en su lecho.
33. Entró, cerró la puerta con ellos dos dentro, y oró a Yahvé.
34. Se subió (a la cama) y se tumbó sobre el niño, boca con boca, ojos con ojos, manos con manos. Se mantuvo recostado sobre él y la carne del niño iba entrando en calor.
35. Se bajó y se puso a caminar por la casa de acá para allá. Se subió y se recostó insuflando sobre él hasta siete veces. El niño estornudó y abrió sus ojos.
36. Llamó a Guejazí y le dijo: "Llama a la sunamita." Y la llamó. Cuando llegó, él le dijo: "Toma tu hijo."
37. Ella entró y se echó a sus pies, postrada en tierra. Luego tomó a su hijo y salió.

·         La hija de Jairo, resucitada por Jesucristo (en Lucas 8:49-55 y Mateo 9:18-25):

18. Así les estaba hablando, cuando se acercó un magistrado y se postraba ante él diciendo: "Mi hija acaba de morir, pero ven, impón tu mano sobre ella y vivirá."
19. Jesús se levantó y le siguió junto con sus discípulos.
20. En esto, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años se acercó por detrás y tocó la orla de su manto.
21. Pues se decía para sí: "Con sólo tocar su manto, me salvaré."
22. Jesús se volvió, y al verla le dijo: "¡Ánimo!, hija, tu fe te ha salvado." Y se salvó la mujer desde aquel momento.
23. Al llegar Jesús a casa del magistrado y ver a los flautistas y la gente alborotando,
24. decía: "¡Retiraos! La muchacha no ha muerto; está dormida." Y se burlaban de él.
25. Mas, echada fuera la gente, entró él, la tomó de la mano, y la muchacha se levantó.

·         El hijo de la viuda de Naín, resucitado por Jesucristo (en Lucas 7:12-15):

12. Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; la acompañaba mucha gente de la ciudad.
13. Al verla, el Señor tuvo compasión de ella y le dijo: "No llores."
14. Y, acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon, y él dijo: "Joven, a ti te digo: Levántate."
15. El muerto se incorporó y se puso a hablar, y él se lo dio a su madre.

·         Lázaro, resucitado por Jesucristo (en Juan 11:38-44):

38. Entonces Jesús se conmovió de nuevo en su interior y fue al sepulcro. Era una cueva, y tenía puesta encima una piedra.
39. Dice Jesús: "Quitad la piedra." Le responde Marta, la hermana del muerto: "Señor, ya huele; es el cuarto día."
40. Le dice Jesús: "¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?"
41. Quitaron, pues, la piedra. Entonces Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: "Padre, te doy gracias por haberme escuchado.
42. Ya sabía yo que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho por estos que me rodean, para que crean que tú me has enviado."
43. Dicho esto, gritó con fuerte voz: "¡Lázaro, sal afuera!"
44. Y salió el muerto, atado de pies y manos con vendas y envuelto el rostro en un sudario. Jesús les dice: "Desatadlo y dejadle andar."

·         Varios difuntos resucitan cuando muere Jesús (en Mateo 27:50-53):

50. Pero Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, exhaló el espíritu.
51. En esto, el velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo; tembló la tierra y las rocas se hendieron.
52. Se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos difuntos resucitaron.
53. Y, saliendo de los sepulcros después de la resurrección de él, entraron en la Ciudad Santa y se aparecieron a muchos.

·         La resurrección de Jesucristo aparece narrada en los cuatro Evangelios (Mateo 28, Marcos 16, Lucas 24 y Juan 20).

·         La resurrección de Tabita (o Dorcas) por Pedro (Hechos 9:36-41):

36. Había en Jope una discípula llamada Tabitá, que quiere decir Dorkás. Era rica en buenas obras y en limosnas que hacía.
37. Por aquellos días enfermó y murió. La lavaron y la pusieron en la estancia superior.
38. Lida está cerca de Jope, y los discípulos, al enterarse que Pedro estaba allí, enviaron dos hombres con este ruego: "No tardes en venir a nosotros."
39. Pedro partió inmediatamente con ellos. Así que llegó le hicieron subir a la estancia superior y se le presentaron todas las viudas llorando y mostrando las túnicas y los mantos que Dorkás hacía mientras estuvo con ellas.
40. Pedro hizo salir a todos, se puso de rodillas y oró; después se volvió al cadáver y dijo: "Tabitá, levántate." Ella abrió sus ojos y al ver a Pedro se incorporó.
41. Pedro le dio la mano y la levantó. Llamó a los santos y a las viudas y se la presentó viva.

·         La resurrección de Eutico por Pablo (Hechos 20:9-12):

9. Un joven, llamado Eutico, estaba sentado en el borde de la ventana; un profundo sueño le iba dominando a medida que Pablo alargaba su discurso. Vencido por el sueño se cayó del piso tercero abajo. Lo levantaron ya muerto.
10. Bajó Pablo, se echó sobre él y tomándole en sus brazos dijo: "No os inquietéis, pues su alma está en él."
11. Subió luego; partió el pan y comió; después conversó largo tiempo, hasta el amanecer. Entonces se marchó.
12. Trajeron al muchacho vivo y se consolaron no poco.

A partir del siguiente fragmento (en Hechos 14:19-20), algunos exégetas han llegado a interpretar que también el apóstol Pablo murió y resucitó:

(…) 19. Vinieron entonces de Antioquía e Iconio algunos judíos y, habiendo persuadido a la gente, lapidaron a Pablo y le arrastraron fuera de la ciudad, dándole por muerto.
20. Pero él se levantó y, rodeado de los discípulos, entró en la ciudad. Al día siguiente marchó con Bernabé a Derbe.

Y también Jonás, tragado por un gran pez, habría muerto y resucitado (Jonás 2:6-7):

(…) 6. Las aguas me asfixiaban el aliento, el abismo me envolvía, las algas enredaban mi cabeza.
7. Bajé hasta los cimientos de los montes, la tierra se cerró para siempre sobre mí. Pero tú sacaste mi vida de la tumba, Yahvé, Dios mío.

En fin, (y nunca mejor dicho lo del fin) no dejan de ser demasiadas resurrecciones…

domingo, 29 de octubre de 2017

Lecturas para la humanización (IV)

     El hombre y el  macrocosmos. Robert Fludd (1574-1637).

UTOPÍA

Una isla en la que todo se aclara.
 Ahí se llega a la tierra firme de las pruebas.
 Hay un solo camino, el de la llegada.
 Los arbustos se pliegan bajo el peso de las respuestas.
 Ahí crece el árbol de la Hipótesis correcta
con las ramas perpetuamente desenredadas.
 Y el árbol de la Comprensión, llamativamente recto,
junto al manantial de nombre Ah, Entonces Es Así.
 Cuanto más espeso se hace el bosque, más se abre.
el Valle de la Obviedad.
 Si surge una duda, la desvanece el viento.
 El eco, sin que nadie se lo pida, toma la palabra.
Y con ganas aclara los misterios del mundo.
 A la derecha, una cueva donde habita el sentido.
 A la izquierda, el Lago de la Convicción Profunda.
La verdad se desprende del fondo y sale a la
  superficie.
 La Seguridad Irrevocable domina el Valle.
Desde su cima se contempla la Esencia de las Cosas.
 A pesar de tantos atractivos la isla está desierta,
y las pequeñas huellas de pasos, visibles en la orilla,
se dirigen todas, sin excepción, hacia el mar.
Como si solo de allí se saliera
para sumergirse irremediablemente en el abismo.
 En una vida inconcebible.
de “El gran número” (1976), traducción de Elzbieta Bortklewic

Siguiendo con el mapa de lecturas trazado en el blog, reseñamos en esta entrada dos libros (también) imprescindibles o, como comentaba Rafael Argullol de una forma algo más áspera: “…obligatorios para todos aquellos médicos que no se conforman con ser únicamente especialistas o curanderos”.

Sobre su autor, el médico polaco Andrzej Szczeklik (1938-2012) afirma su ilustre compatriota Adam Zagajewski,  (Premio Princesa de Asturias de las Letras 2017): «Szczeklik lo sabe todo sobre el genoma y los últimos descubrimientos en el terreno de la biología molecular, y posee un profundo conocimiento de la historia de la medicina en la que conviven los destinos de genios y charlatanes, el robo de cadáveres necesarios para los patólogos y los fabulosos estudios que han conducido a distintas resoluciones de la ciencia.»

Andrzej Szczkeklik se graduó en 1961 en la Facultad de Medicina de la Universidad Jagellónica (Collegium Medicum), en Cracovia, donde posteriormente fue profesor y presidente del Departamento de Medicina. Completó sus estudios en Estados Unidos y Suecia y realizó importantes investigaciones en enfermedades cardiopulmonares, sobre el asma inducida por la aspirina y los mediadores químicos en enfermedades del sistema circulatorio y respiratorio. A lo largo de su vida publicó más de 600 artículos en revistas científicas y fue premiado por The Lancet. Humanista, músico, (se hizo famoso por sus improvisados conciertos al piano en el cabaret literario Piwnica pod Baranamid de Cracovia), mecenas y amigo de artistas, dirigente del sindicato Solidaridad, opositor al régimen comunista, católico y amigo personal de Juan Pablo II…
  
Además de los textos y publicaciones de carácter (más) técnico, fue autor de dos libros de gran éxito, muy bien recibidos por la crítica, que son los que aquí comentamos. Básicamente, ambos libros proponen que sabemos más del alma humana desde la historia de la literatura y el arte que desde los estudios médicos:

El primero es Catarsis. Sobre el poder curativo de la naturaleza y del arte (2002 [castellano, 2010]), un libro que, como afirmaba la reseña del diario El País, sostiene que la literatura es (puede ser) un arma para curar:

“...[una] joya exquisita donde se reflexiona y une medicina, naturaleza, literatura y arte. Y hasta pintura y música y magia. «Hay una estrecha relación entre el estado psíquico del paciente y la enfermedad, pero desconocemos cuál. Por eso, del alma humana sabemos más desde la historia de la literatura que desde los estudios médicos», expone para justificar su inmensa erudición. La que le lleva a escribir: «La medicina y el arte parten del mismo tronco. Ambos tiene origen en la magia, sistema basado en la omnipotencia de la palabra». Fórmulas mágicas, debidamente pronunciadas, que sanan, traen la lluvia o evocan espíritus.”
Sobre Catarsis… (Ed. Acantilado, 2010) el propio autor explica: «He escrito este libro para mirar de cerca la profesión a la que me dedico y tal vez con la esperanza de despertar el interés del lector, ya que trato temas como la enfermedad y el sufrimiento que, tarde o temprano, nos afectarán a todos. El libro habla del arte de la medicina, es decir, de la capacidad de reconocer las enfermedades y del don de prever o pronosticar su desarrollo. A menudo, el texto hace incursiones en el terreno de la poesía y de la música, lo que obedece a la convicción del autor de que la medicina y el arte tienen un origen común en la magia, puesto que las principales preguntas de ambas derivan de los mitos—esos sueños eternos—, sobre todo de los mitos griegos, y la misteriosa purificación a la que alude el título está presente tanto en la historia de la medicina como en la de la estética, cuyos fundamentos crearon Pitágoras y Aristóteles».

Y añade más adelante: «Hubo una vez un tiempo, del que nos separan doscientos años, en que la biología, la ciencia y el arte –al igual que las observaciones y especulaciones sobre la naturaleza– estaban entretejidas con hilos tan fuertes que resultaba difícil distinguir unas de otras.»

El médico mexicano Arnoldo Kraus hace un elogioso comentario en la revista Letras Libres: “Catarsis amalgama experiencia e historia de la medicina; filosofía, música, literatura y mitología enriquecen la lectura. El libro trata del “arte de la medicina”, no de la ciencia de la medicina. Enfermos y acompañantes, médicos e interlocutores saben que el dolor y la enfermedad requieren ciencia y arte. Catarsis sugiere que el galeno debería, para tener mayor éxito, recetar arte y fármacos.”

Dos últimas referencias y recomendaciones provenientes de dos Premio Nobel de Literatura (!): Su compatriota Czeslaw Milosz escribe en el prólogo del libro: «El doctor Szczeklik es un médico humanista, por lo que los poetas y los artistas intuyen en él un alma gemela, aunque reforzada con unos conocimientos de microbiología, química y genética que ellos no poseen. Hoy, cuando los progresos de la ciencia han avivado tanto el debate acerca de los límites de la moral, un libro de un médico humanista sensible a estas cuestiones es muy oportuno y responde a una verdadera necesidad.»

Por su parte, el irlandés Seamus Heaney escribe: 

“Catarsis es una restitución brillante de la relación etimológica entre lo sano y lo santo, entre la salud y lo sagrado. Andrzej Szczeklik es catedrático de la facultad de medicina pero es también un experto en ‘la ciencia de los sentimientos’, para retomar la definición que William Wordsworth dio de la poesía. Su libro es erudito, personal y creativo: genera autoridad. Se remonta a los inicios de la medicina y se interroga sobre su oficio. Recuerda oportunamente como el campo de la salud deber estar más relacionado con la caritas que con la economía.”

El segundo libro es Core. Sobre enfermos, enfermedades y la búsqueda del alma de la medicina (2007 [castellano, Ed. Acantilado, 2012]). Como en Catarsis, Szczeklik sostiene que el principio fundamental que tiene que regir en toda la actividad médica es el humanismo.

El libro no es solo un estudio, prodigioso e imaginativo, sobre el ejercicio de la medicina, sino que también ofrece un excepcional panorama literario ya que en sus páginas pueden encontrarse a S. Mrozek, C. Milosz, M. Proust, S. Lem, Homero, Z. Herbert, F. Hölderlin, Safo, F. Kafka, T. Hardy, Ovidio y J.Brodsky, entre otros. A este respecto, comenta Fermín Herrero en El Norte de Castilla: «En Core comparecen multitud de escritores e investigadores, conviven, se avecinan en sus páginas la clonación y la eutanasia, los meteoritos y el origen de las pandemias, los cuidados paliativos y las transfusiones de sangre, la naturaleza del amor como enfermedad y virus como el sida, las células madre y Frankenstein o el Golem, la experiencia mística y las alergias, la revelación de Pascal y el estado vegetativo. Nada que sirva a la argumentación, que ayude a apuntalarla y profundizarla hasta la última frontera científica, le es ajeno a este médico ejemplar. Szczeklik se acerca a todo con una curiosidad insaciable, pero, al mismo tiempo, con una delicadeza exquisita y con un afecto contagioso.»

«Ser humano –aclara Adam Zagajewski en el prólogo de este libro– significa estar insatisfecho eternamente. Y significa, por tanto, buscar libros que conviertan esa insatisfacción filosófica en tema de reflexión y en material para construir pensamiento y que, precisamente por eso, pueden aliviarla.»

Desde el punto de vista del análisis del discurso, el libro en su conjunto constituiría un discurso retórico que hibridaría dos géneros, el homilético y el ensayo erudito: Core (…) Un caso de hibridación de géneros. A. Szczeklik sostiene que el trabajo médico es, sobre todo, un arte muy complejo que consiste, básicamente, en hacer que la enfermedad, que se esconde en el interior del paciente y que no deja de enviar señales se manifieste: «…la mayor parte de las veces la enfermedad nos asusta mientras, escondida en nuestro interior, permanece invisible. El médico intenta, a corto plazo, obligarla a que se manifieste. Con las señales que le da va construyendo un diagnóstico, es decir, define y nombra a su adversario. El arte de la medicina consiste, entre otras cosas, en el descubrimiento de los síntomas de la enfermedad. Como un espiritista en una mesa giratoria, así el médico despierta los síntomas de la enfermedad», afirma.

Despertar esos síntomas, sin embargo, no es una tarea nada fácil. «Para el médico, todo enfermo constituye un acertijo. El acertijo se resuelve en el momento de establecer el diagnóstico. Hay que escuchar al enfermo y guiarlo con la conversación para extraer de ella los síntomas más importantes de la enfermedad. Hay que saber explorar y dar con sus características y, por último, el médico debe acompañar», asegura.

En definitiva, un libro fascinante, ameno, cargado de erudición humanista, cuyo autor es muy consciente de que la medicina y la atención sanitaria exceden los límites de hospitales, farmacias y centros de salud, entendiendo que su práctica debe rebasar esas fronteras en la misma medida, prescribiendo un tratamiento humanista tanto a profesionales como a pacientes.
________________________________________________________________
  
Comenzábamos esta entrada (desde Polonia) con un deslumbrante poema de la Premio Nobel de literatura Wisława Szymborska. Para finalizar, nada mejor que un vídeo de otro músico polaco, asiduo visitante del citado cabaret literario Piwnica pod Baranamid: Zbigniew Preisner compositor de numerosas bandas sonoras para películas tan conocidas como la trilogía Azul, Blanco y Rojo, de Krzysztof Kieślowski: Lament, un tema con la hermosísima voz de Lisa Gerrard:

(Continuará…)

sábado, 30 de septiembre de 2017

Lecturas para la humanización (III)

 «En última instancia nadie puede escuchar en las cosas, incluidos los libros, más de lo que ya sabe. Se carece de oídos para escuchar aquello a que no se tiene acceso desde la vivencia. Imaginémonos el caso extremo de un libro que no hable más que de vivencias que, en su totalidad, se encuentran más allá de la posibilidad de una experiencia frecuente o, también, poco frecuente, de que sea el primer lenguaje para expresar una serie nueva de experiencias. En este caso sencillamente, no se oye nada, lo cual produce la ilusión acústica de creer que donde no se oye nada, no hay tampoco nada.»

Ecce Homo. Friedrich Nietzsche
Seguimos con algunas recomendaciones de lectura(s)…

Una muerte muy dulce (1964)
Simone de Beauvoir (1908-1986) 

Reconocido como uno de los libros autobiográficos más importantes de la autora por su técnica apegada a la literalidad al presentar la enfermedad y muerte de su madre como una experiencia verídica cargada de momentos que sorprenden por su crudeza.

A través de una visión retrospectiva y reflexiva de sus últimas semanas de vida, De Beauvoir hace una crónica del deterioro progresivo a medida que la paciente está siendo consumida por el cáncer, incorporando a modo de flashbacks de episodios clave de su relación con la madre y con el resto de la familia. A medida que la enfermedad avanza, podemos visualizar algunos de los problemas más habituales en las relaciones profesional-paciente, enfermera-paciente y madre-hija. Desde su experiencia de primera mano, la narradora construye imágenes muy duras y realistas de su estancia en el hospital:

«No se muere de haber nacido, ni de haber vivido, ni de vejez. Se muere de algo. Saber que mi madre por su edad estaba condenada a un fin próximo no atenuó la horrible sorpresa: tenía un sarcoma. Un cáncer, una embolia, una congestión pulmonar: es algo tan brutal e imprevisto como un motor que se detiene en el aire. Mi madre alentaba al optimismo cuando impedida y moribunda afirmaba el precio infinito de cada instante; asimismo, su vano encarnizamiento desgarraba el velo tranquilizador de la superficialidad cotidiana. No existe muerte natural: nada de lo que sucede al hombre es natural puesto que «su sola presencia cuestiona al mundo. Todos los hombres son mortales: pero para todos los hombres la muerte es un accidente y, aun si la conoce y la acepta, es una violencia indebida.»

El hospital de la transfiguración (1956)

Conocido sobre todo como autor de ciencia-ficción, Stanislaw Lem nació en Lvov (hoy Ucrania, aunque hasta 1939 formó parte de Polonia). Pasó los años de la ocupación alemana en su ciudad natal, donde inicia los estudios de Medicina siguiendo los pasos de su padre, un prominente otorrinolaringólogo de la ciudad. En 1944, cuando el ejército soviético ocupó Lvov, abandonó la universidad trasladándose a Cracovia, donde retomaría su carrera, que abandonaría definitivamente en 1948 debido a las discrepancias con las ideas científico-biológicas imperantes de Trofim Lysenko, y el dogma oficial acerca de la supuesta herederabilidad de los rasgos adquiridos.

El hospital de la transfiguración, es la primera novela de Stanislaw Lem. Aunque escrita en 1948 bajo la férrea censura comunista soviética instalada en el bloque oriental europeo tras la derrota del nazismo, no fue publicada hasta el año 1956, y después de haber sufrido varias reescrituras. Como explica el propio autor: 

«Cada varias semanas iba en tren nocturno a Varsovia, en el asiento en la clase más barata -en aquella época era pobre- a las interminables conferencias en la editorial "Książka i Wiedza", donde machacaban mi Hospital de la Transfiguración con ideas y preguntas, donde adquiría todo tipo de crítica interna que revelaba su carácter decadente y contrarrevolucionario. Eran toneladas de papel y un montón de tiempo perdido. Pero cuando uno tiene veinte años y una disposición serena, puede aguantar bastante.»

«Me explicaban que había que cambiar algo, añadir, cortar, etc. Me seguían dando esperanzas, de modo que la iba reescribiendo, modificando continuamente. Tengo que decir que aunque poseo esta propiedad rara de escribir en innumerables variantes, nadie nunca me ha llevado a un estado comparable con lo que consiguieron estos señores y señoras en aquel tiempo. Pensando que el libro todavía se podía salvar, lo reescribí infinitamente, hasta que sacaron de mí algo que no tenía la menor intención de escribir. Por supuesto, esto no surtió efecto alguno, porque el libro al final salió gracias al Octubre (de 1956).»

 Ambientada en los primeros tiempos de la ocupación alemana de Polonia, la obra narra las experiencias de un joven médico que acepta un empleo en un hospital psiquiátrico perdido en medio de un bosque, en pleno inicio de la Segunda Guerra Mundial. Sus reflexiones sobre el estado de sus pacientes se entrelazan con las que hace sobre el carácter, las manías y las obsesiones de sus colegas, que a veces parecen más enfermos que los propios internos.

Combina unas descripciones llenas de sencillez y belleza con el retrato más descarnado del horror y la brutalidad del hospital:

«-Verás, la terapia no es nada del otro mundo: hasta los cuarenta, los locos padecen ‘dementia praecox’: baños fríos, bromuro y escopolamina. Pasados los cuarenta. Padecen ‘dementia senilis’: escopolamina, bromuro y duchas frías. Y electroshocks para todos, por supuesto. Y a eso se limita toda la psiquiatría…» 

Una crítica de la novela del escritor Francisco Casavella aquí.
Y otra buena recensión de José Luis Peset, en la revista Asclepio, aquí.

Ebrio de enfermedad (1991)

Con un prólogo de Oliver Sacks, que elogia la entereza, inteligencia y calidad literaria con que Anatole Broyard, crítico y editor del New York Times Book Review, afrontó y enfrentó sus 14 meses de enfermedad (un cáncer de próstata) hasta su fallecimiento en octubre de 1990. Destaca la [dura y fría] profundidad de su análisis y la sensibilidad de una persona frente al horizonte inminente de la muerte:

«Broyard habla –como ya hiciera Auden en sus últimos poemas– de la clase de médico que desea tener, con quien hablar, y con el cual estar, cuando lo ha abatido el Destino y se le echan encima sus últimos días. Lo que menos desea es un médico que sea insulso, que no parezca «no ser suficientemente intenso ni voluntarioso para imponerse a algo poderoso y demoníaco, como es la enfermedad». Lo que busca en un médico es «alguien que sepa leer a fondo la enfermedad y que sea un buen crítico de la medicina… que no sólo fuese un médico de talento, sino que fuese por añadidura un poco metafísico… [uno que sea] capaz de ir más allá de la ciencia y llegar a la persona… capaz de imaginar la soledad en que viven los enfermos críticos. Quiero que sea él mi Virgilio, que me guíe por mi purgatorio o mi infierno, señalando todo lo que haya que ver por el camino».

Un auténtico puñetazo en el rostro, una mirada de frente al cáncer y a la muerte…

Un hombre afortunado (1967)

«Los paisajes pueden ser engañosos. A veces da la impresión de que no fueran el escenario en el que transcurre la vida de sus pobladores, sino un telón detrás del cual tienen lugar sus afanes, sus logros y los accidentes que sufren.»

Salpicado con citas de Gramsci, Conrad, Piaget o Sartre, que acompañan a unas hermosas fotos de Jean Mohr, mezcla de periodismo, ensayo y poesía, y escrito con una prosa exquisita, John Berger narra en este libro varias historias del trabajo de John Sassall, un médico inglés que ejercía su profesión en una comunidad rural. Publicado por primera vez hace cincuenta años, sigue siendo un relato de absoluta vigencia, una lúcida y brillante reflexión sobre el valor que le asignamos a la vida humana, sobre cuál es el verdadero rostro de la medicina y sobre el papel que desempeñan quienes la ejercen, advirtiendo también frente a los riesgos del desencanto profesional:

«…me atrevería a sugerir que una de las razones fundamentales de que tantos médicos terminen decepcionándose con la profesión y convirtiéndose en unos cínicos es precisamente que, pasado el primer momento de idealismo abstracto, no están seguros del valor de las vidas reales de los pacientes que tratan. No se trata de que sean insensibles o inhumanos personalmente: se debe a que la sociedad en la que viven y aceptan es incapaz de saber cuánto vale una vida humana.»

A este respecto Berger concluye:

«...no afirmo saber cuánto vale la vida de una persona: no se puede responder con palabras a esta cuestión, sino solo con obras, con la creación de una sociedad más humana.»

Como recordaba Vicente Baos @vbaos una obra “…de obligada lectura para todos los médicos jóvenes que empiezan su andadura laboral, y sobre todo a los médicos de familia…”

Una buena reseña aquí.
(Continuará…)

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Lecturas para la humanización (II)


“Instalados en un vértigo tecnológico que apunta a la inmortalidad como el próximo reto cuando todavía la instalación de fibra telefónica es una chapuza de cables, taladros y postes torcidos en las esquinas de las calles, parecemos imbuidos de una seguridad en nosotros mismos que solo se apabulla cuando llega puntual la enfermedad terminal y la pompa fúnebre, a la que por más rimbombancia que le damos no nos acaba de gustar del todo protagonizar.”
Otoño. David Trueba
“Cuentan que un día Richard Blackmore, poeta inglés del siglo XVII, cirujano y médico de cámara de Guillermo III, pidió consejo a su famoso colega Sydenham, conocido como el  Hipócrates inglés, sobre qué libro debería leer para aumentar sus conocimientos profesionales, a lo que Sydenham respondió sin vacilación: “Leed el Quijote”.
Alejandro Zambrano Ferre

La literatura debería ser cada vez más importante como herramienta metodológica y de análisis dentro de la enseñanza de las humanidades médicas y de la medicina misma, al tiempo que permitiría, además, disfrutar del placer intangible de la emoción estética de la literatura que subyace a este tipo de experiencia. Tratándose de un arte que enriquece muchas facetas de la experiencia humana, la literatura no podrá nunca reducirse a una mera herramienta de análisis: la palabra escrita tiene un poder inherente inexplicable, tanto como la palabra hablada puede tenerlo en la relación entre profesionales sanitarios y pacientes.

Algunas sugerencias personales

Por recomendación expresa de mis profesores del COU -que sabían que iniciaría mis estudios de Medicina en el siguiente curso académico- a lo largo de muchas tardes de un ya lejano periodo estival leí algunos de los títulos citados por Joseantonio Trujillo en el listado de su Programa Humanitas del que hablábamos en la entrada anterior: Junto a la excelente “Introducción a la Medicina” del profesor José María López Piñero, Cuerpos y almas,  La ciudadela o La peste me acompañaron y ocuparon aquellas tardes veraniegas…
  
Además de los libros referidos y ya mencionados, clásicos como Chéjov, Tolstoi, Zweig, Dickens o Stendhal formarían parte indispensable de ese equipaje de recomendaciones que incluiríamos en un programa de lecturas no académicas para la formación de profesionales sanitarios.

Con este mismo propósito, en una entrada de su recomendable blog Medicina y Melodía, José Manuel Brea Feijóo @xoselbrea realizaba una amplia enumeración de obras, títulos y autores  relacionados con el mundo de la medicina.

Por nuestra parte iremos incorporando aquí una muestra de algunas obras recomendables (y a mi juicio necesarias) para un hipotético curso de Literatura y Medicina, (o bien Medicina y Literatura) que, enmarcado en el ámbito de las humanidades médicas, podría contribuir a una (mejor) educación integral en valores de quienes diariamente se encuentran ante personas sujetas a la vulnerabilidad provocada por la enfermedad, el dolor y la muerte.     

En este sentido, tal vez merezca la pena señalar que hace apenas una semana, en el transcurso de una Jornada sobre medicina centrada en el paciente, patrocinada por la Fundación Lilly, los participantes en la misma reclamaban “un mayor humanismo en la formación de los facultativos”, (no obstante yo diría en la formación de cualquier profesional sanitario).
He aquí nuestra propuesta, que incluye desde obras de ficción a ensayos, libros de memorias o narraciones más o menos conocidas:

 La enfermedad y sus metáforas (1978)

«La enfermedad es el lado nocturno de la vida, una ciudadanía más cara. A todos, al nacer, nos otorgan una doble ciudadanía: la del reino de los sanos, y la del reino de los enfermos. Y aunque preferimos usar el pasaporte bueno, tarde o temprano cada uno de nosotros se ve obligado a identificarse, al menos por un tiempo, como ciudadano de aquel otro lugar.»

Escrito hace ya cuarenta años, -a partir de su propia experiencia con el cáncer de mama- este brillante ensayo sobre las imágenes metafóricas de la enfermedad aplicadas a determinadas dolencias fuertemente estigmatizadas y estigmatizantes, (tuberculosis, cáncer…) y el uso que la sociedad hace de ellas, sigue conservando toda su fuerza explicativa. En este sentido, la metáfora no es solo una figura retórica sino también, y sobre todo, un mecanismo epistemológico significativo mediante el cual comprendemos el mundo: «Illness as metaphor». (En 1988, diez años después de su publicación, la escritora norteamericana consideraría necesario actualizar sus reflexiones a la vista de la imparable diseminación de un padecimiento relativamente nuevo, primero denominado “cáncer rosa”, y más tarde AIDS, las siglas de lo que ya se identificaba como síndrome de inmunodeficiencia adquirida).

«La imaginería patológica sirve para expresar una preocupación por el orden social, dando por sentado que todos sabemos en qué consiste el estado de salud.»

La enfermedad no se reduce exclusivamente a un proceso orgánico, sino que es un fenómeno complejo preñado de significados sociales y con una carga determinante de la dimensión simbólica en cuanto a la relación y la vivencia que los individuos tienen de los procesos mórbidos.

Un texto indispensable y de obligada lectura, estructurado sobre dos pilares, la crítica al paternalismo médico y la resistencia a la ignorancia. Una buena reseña aquí.

El anzuelo del diablo (2014)
Sobre la empatía y el dolor de los otros

Publicado en 2014, este magnífico libro de la periodista Leslie Jamison reúne una serie de ensayos cuyo nexo común es la experiencia del dolor vivida por uno mismo y observada en los demás, lo que conduce al tema nuclear de la empatía como comprensión afectiva de las emociones y sentimientos de otra(s) persona(s): 
«La empatía no consiste sólo en acordarse de decir debe de ser muy duro, sino también en buscar la forma de sacar los problemas a la luz para que no pasen desapercibidos. La empatía no consiste sólo en escuchar, sino en formular las preguntas cuyas respuestas deben ser escuchadas. La empatía requiere indagación e imaginación a partes iguales. La empatía requiere saber que no se sabe nada. La empatía equivale a reconocer un horizonte contextual que se extiende perpetuamente más allá de lo que uno alcanza a ver.» (...) 
«La empatía equivale a percatarse de que ningún trauma posee contornos discretos. El trauma sangra. Por las heridas y más allá de las fronteras.» 
Una (otra más) obra necesaria... de la misma estirpe de Susan Sontag.

Doctor Arrowsmith (1925)
“…una novela sobre medicina escrita cuando la medicina todavía se ocupaba de las infecciones tradicionales, la contención de las grandes epidemias y el desarrollo de antibióticos y vacunas. Sinclair Lewis, hijo y nieto de galenos, tenía una gran cantidad de conocimientos médicos: como él mismo reconoció, en su adolescencia tuvo acceso a los casi cuatrocientos volúmenes de medicina de la biblioteca de su padre; además, contó con el asesoramiento del bacteriólogo Paul de Kruif, a quien posteriormente dedicaría su obra.” (De una reseña aparecida en El Imparcial).

Considerada como una de las primeras grandes novelas norteamericanas (por la que su autor recibió en 1926 el Premio Pulitzer -que rechazaría- cuatro años antes de que se convirtiera en el primer escritor norteamericano en obtener el Nobel, antes de Faulkner, Steinbeck, y Hemingway), Doctor Arrowsmith es una obra maestra, uno de los primeros eslabones de la gran cadena narrativa norteamericana.
Es probablemente la primera obra de ficción protagonizada por un científico del ámbito de la Biomedicina. La novela, que fue luego llevada al cine por John Ford en 1931, narra las aventuras y desventuras del médico Martin Arrowsmith, su paso por la Universidad y su decepcionante carrera en la medicina privada y la sanidad pública para, finalmente, consagrarse a la investigación científica, su auténtica e idealizada pasión. En la novela se plantean cuestiones sobre el modelo sanitario público, sobre la Medicina entendida como práctica puramente lucrativa, la investigación básica frente a la investigación aplicada, los "medicamentos milagro", dilemas éticos… temas de plena y total actualidad pero que Sinclair Lewis aborda hace casi un siglo.

Por qué leer Arrowsmith (algunas buenas razones).

Curiosamente, pueden encontrarse algunos artículos que han estudiado cómo se abordan en la novela los avances en inmunología y bacteriología (vid. Lowy I. Immunology and literature in the early twentieth century: “Arrowsmith” and “The Doctor’s Dilemma”. Med Hist. 1988; 32:314-332).

Destacamos las palabras de José Manuel Álvarez, responsable de la última traducción de la novela al castellano: “La medicina y la sanidad públicas parecen estar amenazadas en el presente por esas mismas fuerzas que nos describe Lewis en sus inicios y que parecen hoy mucho más poderosas, insidiosas, amenazadoras e implacables que entonces“. Se comparta o no una afirmación de tal calado y tan rotunda, tal vez convendría no olvidar que –como se dice en la novela- “…el mundo siempre está dejando que haya tipos que impongan estupideces solo porque son de buen corazón.” [Y a veces ni tan siquiera tienen eso...].

El árbol de la ciencia (1911) 

Se ha venido señalando el carácter semiautobiográfico de esta breve novela, que en su primera parte narra la vida como estudiante de medicina de Andrés Hurtado. A través de su familia, profesores, condiscípulos y amistades diversas, Baroja realiza una feroz y despiadada radiografía del Madrid de finales del siglo XIX. En la segunda parte cuenta la estancia de Hurtado como médico en Alcolea, aprovechando para mostrar la penosa situación del campesinado (víctima del caciquismo, la ignorancia, la desidia y la resignación), el retorno a Madrid donde trabaja como médico de higiene. (Baroja hace aquí énfasis en la situación de la prostitución de Madrid del siglo XIX) y, finalmente, el desgraciado matrimonio con Lulú, una chica que conoció en sus tiempos de estudiante.
 
El árbol de la ciencia contiene las características generales que identifican el estilo de la denominada Generación del 98, de la que Pío Baroja fue uno de sus máximos exponentes. Cabe señalar el tono pesimista de hastío, angustia y amargura existencial que impregna toda la obra, la desestructuración familiar y la relación de (mal)trato de la mayoría de los hombres con las mujeres, consideradas más como objetos que como personas, la melancolía del pasado, la ausencia de perspectivas y la incertidumbre ante el futuro. La novela es un auténtico ejemplo de novela de personajes, que anticipa y prefigura el absurdo del nihilismo existencialista.
 (Continuará…)

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Lecturas para la humanización (I)

 «Leemos para entender, o para comenzar a entender. No podemos hacer más que leer. Leer casi tanto como respirar, es nuestra función esencial.»
Alberto Manguel
“El médico [vale decir el/la profesional sanitario/a] debe poseer ante todo un conocimiento del hombre, pero no solamente de orden fisiológico, anatómico y patológico. Debe conocerlo desde todas las dimensiones de su vida, en sus debilidades, y en sus fuerzas, en su prudencia y en su locura. Sin ninguna duda podemos sacar más provecho, en este dominio, de los libros de los poetas, quienes, con una auténtica mirada vidente, penetran en las profundidades de la naturaleza humana, que de los libros de antropología”
Luis Montiel (Alquimia del dolor. Estudios sobre medicina y literatura. 2009)

“La medicina es una profesión muy especial”, afirma J.M. Sánchez Ron en la reseña de una de las novelas que comentaremos... “Navega a través de aguas agitadas, aquellas en las que confluyen océanos que pueden estar relacionados, pero que también pueden ser muy diferentes, como son los de la ciencia, la técnica, la psicología (para tratar a los pacientes) o los negocios. Es, además, una profesión con la que todos terminamos, inevitablemente, relacionándonos.”

Precisamente por esa naturaleza poliédrica y multidimensional la Medicina ha sido (siempre) objeto de (especial) atención desde el ámbito de la literatura. Por ello, estamos convencidos de que la literatura es primordial en la formación de médicas, enfermeras, fisioterapeutas y de cualquier otra especialidad o disciplina sanitaria. Un buen amigo solía preguntar a los/as nuevos/as residentes que llegaban a su hospital qué tipo de libros leían –además del consabido e inevitable estudio de textos médicos-, en la (certera) creencia de que leer únicamente libros de medicina no solo era poco aconsejable, sino también insuficiente: “Si lees solo libros de medicina acabarás “embruteciendo”, les decía muy seriamente…

Las relaciones entre las humanidades y la práctica clínica, así como en la educación y formación de los/as profesionales sanitarios/as, han sido siempre objeto de especial interés y atención en el mundo anglosajón, algo que (por desgracia) no puede decirse que haya tenido su reflejo por estas latitudes.

En The Humanistic Clinician: Traversing the Science and Art of Health Care, un artículo publicado en 2010, los autores señalan precisamente que las humanidades ofrecen un marco idóneo para abordar los aspectos no materiales de la enfermedad, ayudando a diferenciar ésta, como entidad física, de la experiencia (vivencia) más amplia (que rodea) la enfermedad. Las humanidades honran el lugar de la curación incluso en medio del proceso de una enfermedad incurable. Las humanidades proporcionan un medio por el cual la historia de sufrimiento de los/as pacientes, su significado, la vida vivida, sus relaciones, lo sagrado o significativo que sean, puede ser oída y valorada en el contexto clínico. Las humanidades abarcan la totalidad de la experiencia humana: la vida interior o espiritual, la expresión de esa experiencia en el arte, la literatura, la historia o la canción, y el apoyo al/a la paciente en el contexto de la curación y de unas relaciones compasivas con el personal clínico.

Las humanidades pueden definirse como "disciplinas académicas que estudian la condición humana". Para caracterizar mejor este área de conocimiento es útil contemplar al o a la "clínica humanista" como aquél/aquella que incorpora una serie de rasgos óptimos a través de los cuales puede expresarse una perspectiva de humanidad en su trabajo diario, ya sea en la enseñanza, la investigación o en la atención clínica. En relación con el propósito que nos ocupa, algunos de los rasgos que se sugieren son la compasión, la empatía y la competencia narrativa. Esta última se encuentra en el corazón de la literatura: consiste en ver la vida como una historia que se desarrolla. Para leer al paciente como una historia que se desarrolla y el increíble regalo de ser invitados/as a facilitar, si es necesario, cualquier "narración", y también vernos a nosotros/as mismos/as como historias evolutivas que tienen el potencial de ser transformadas por las relaciones con nuestros/as pacientes. Las historias de vida pueden ser descritas tanto por la ciencia como por las humanidades. Ambas disciplinas nos permiten encontrar el significado y el propósito definitivos en la vida. Y si el significado es creado o descubierto, ello es sin duda la esencia de la celebración más exuberante de la vida…

En Estados Unidos el primer programa de literatura en una facultad de Medicina se inició en la Pennsylvania State University College, en Hershey, cuando Joanne Trautmann comenzó a impartirlo en 1972. Desde entonces, esta materia está presente en los planes de estudio de aproximadamente dos tercios de las facultades de Medicina de Estados Unidos con el objetivo de enriquecer los curricula médicos, (centrados sobre todo en la transmisión ‘neutra’ de los hechos científicos con un enfoque meramente biologicista), incorporando además la enseñanza de aspectos relativos a las humanidades.

Baste apuntar aquí la existencia de una prestigiosa revista especializada (Literature and Medicine), publicada por Johns Hopkins University Press de forma  ininterrumpida desde hace 35 años (1982), destacando siempre la importancia de la literatura dentro de las humanidades médicas.  A ella se refería un artículo publicado en The Lancet con el significativo título: Why literature and medicine? (The Lancet. Vol 348. July 13, 1996).
En todo caso, y como han señalado  en este sentido algunos destacados autores en esta materia (v. Charon R, Trautmann Banks J. et al. Literature and Medicine: Contributions to Clinical Practice), el campo de la literatura y la medicina aporta métodos y textos que ayudan a los profesionales a desarrollar habilidades en las dimensiones ‘humanas’ de la práctica clínica. Pueden señalarse al menos cinco amplios objetivos que justifican el estudio de la literatura en la educación profesional:
1) la revisión literaria de la enfermedad puede enseñar a los/as profesionales lecciones concretas y poderosas sobre la vida de la persona enfermas.
2) las grandes obras de ficción sobre Medicina permiten a los/as profesionales reconocer el poder y las implicaciones de su trabajo.
3) a través del estudio de la narrativa los/as profesionales pueden entender mejor la historia personal y de enfermedad de los/as pacientes y su propio interés personal en la práctica clínica.
4) los estudios literarios contribuyen a mejorar la experiencia de los/as profesionales en la ética narrativa.
5) la teoría literaria ofrece nuevos enfoques sobre el trabajo y la perspectiva de género en Medicina.

La siguiente tabla recoge algunos ejemplos sobre cuáles podrían ser los objetivos generales de un curso de literatura y medicina:


Los grandes temas generales que pueden abordarse y en los que se incardinan las diferentes lecturas propuestas serían, entre otros:

Las repercusiones psicológicas de la enfermedad. Se trata de obras que reflejan cómo la enfermedad afecta a la vida de quienes la sufren, especialmente cuando es irreversible o mortal.
La enfermedad en primera persona. Se incluyen aquí obras que narran las vivencias generadas por la enfermedad que sufren o han sufrido los/as autores/as. Algunas de ellas ofrecen una visión de primera mano de cómo la viven los/as afectados/as, y su opinión sobre médicos/as y profesionales sanitarios/as.
Los aspectos sociológicos de la enfermedad. La sociedad está formada por seres humanos y es indudable que la enfermedad, como afección personal, conlleva con frecuencia repercusiones en ambas direcciones. Por un lado, la afección de los/as pacientes influye en la conducta de las sociedades en que viven, pero el rechazo o la aceptación de éstas también modula la vivencia personal de la enfermedad.
La medicina como profesión: la relación médico/a-paciente. Las dificultades del ejercicio de la medicina, las diferencias entre medicina hospitalaria y extrahospitalaria, así como los conflictos entre médicos/as y pacientes, se plantean claramente en numerosas obras.
Los límites de la investigación médica. Dada la extensa actividad investigadora en hospitales y otros centros sanitarios, es importante reflexionar sobre su significado y cómo debe existir un compromiso entre el respeto a las personas enfermas y el progreso de la medicina. Algunos libros reflejan también las tentaciones de fraude y corrupción que pueden aparecer en el campo de la investigación.

En un pequeño librito publicado hace ya algún tiempo (Medicina basada en el humanismo. Fundación Málaga, 2005), mi estimado Joseantonio Trujillo @Joseatrujillo  proponía desarrollar lo que denominaba “Programa Humanitas”, cuyo objetivo fundamental era “contribuir a la formación humanista del profesional sanitario, que por motivos obvios debe enfrentarse tan a menudo con el dolor y el sufrimiento humanos”. Utilizando la literatura como disciplina humanista pretende “suscitar el interés del lector por la belleza, la verdad, la justicia, el bien, la felicidad, la alegría, el amor, el dolor, el sufrimiento, la comprensión, la compasión y la solidaridad” (nada menos…). El programa comprendía la lectura de una serie de libros que, a su juicio, deberían suponer “un paso básico y obligado para cualquier profesional sanitario que entienda su profesión como una vocación de la que no puede sustraerse”.

El listado de veinte títulos propuesto deja pocas dudas: se trata de obras necesarias (más aún, imprescindibles), para una adecuada y cabal comprensión del dolor, la vulnerabilidad y la incertidumbre que acompañan a la persona enferma en ese itinerario de incertidumbre que con frecuencia es el proceso de enfermar y la búsqueda de atención sanitaria:
   
Francisco Umbral: “Mortal y Rosa”
Maxence V.der Meesch: “Cuerpos y almas”
Sandor Marai: “La hermana”
Amélie Nothomb: “Biografía del hambre”
C.S.Lewis: “El problema del dolor”
Oliver Sacks: “Un antropólogo en Marte”
Thomas Mann: “La montaña mágica”
Vasili Grossman: “Todo fluye”
Albert Camus: “La peste”
Alberto Barrera Tyszka: “La enfermedad”
Lev Tolstoi: “La muerte de Ivan Ilich”
Irene Nemirovsky: “El maestro de almas”
Anton Chéjov: “El pabellón número 6”
J.A.Vallejo Nájera: “Locos egregios”
Robert L. Stevenson: “El Dr.Jekyll y Mr.Hyde”
Víctor E. Frankl: “El hombre en busca de sentido”
Marguerite Yourcenar: “Memorias de Adriano”
Alexander Jollien: El oficio de ser hombre”
A.J.Cronin: “La ciudadela”
Elisabeth Kübler-Ross: “Sobre la muerte y los moribundos”

 En un maravilloso libro titulado The Hall of Uselessness (hermosamente traducido como Breviario de saberes inútiles), y que abarca los temas más diversos, el sinólogo, traductor, ensayista, novelista, crítico literario y profesor de lengua y cultura chinas en Australia durante gran parte de su vida, Pierre Ryckmans (Bruselas, 1935-Canberra, 2014), que publicaba sus obras bajo el pseudónimo de Simon Leys, aseveraba de forma un tanto provocadora: “Entre dos cirujanos igualmente competentes procure que le opere el que haya leído a Chéjov”, con lo que de alguna manera quería señalar cómo la literatura puede contribuir a que estudiantes de medicina, enfermería, fisioterapia y otras disciplinas sanitarias, sean mejores profesionales.
(Continuará…)


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...