viernes, 9 de agosto de 2019

Ejercicios de estío…


    Monumento a Eugenio D’Ors. Madrid
“No hay hechos sino interpretaciones… y esto es una interpretación.”
Friedrich Nietzsche
                                                                                                                                          
En estos días en que se habla tanto de cómo contar relatos, historias y metanarrativas, (o sea, el famoso y conocido storytelling aplicado al ámbito de la política, encuentro la oportuna cita de Nietsche de manera casual ojeando al azar un libro divulgativo sobre los llamados filósofos de la postmodernidad Gianni Vattimo, (de quien el diario EL PAÍS publicaba recientemente una interesante entrevista), y Jean-François Lyotard:

"A pesar de la nostalgia, ni el marxismo ni el liberalismo pueden explicar la actual sociedad posmoderna. Debemos acostumbrarnos a pensar sin moldes ni criterios. Eso es el posmodernismo", explicaba hace ya unos años el pensador francés, caracterizando la postmodernidad como la incredulidad ante los metarrelatos de la humanidad, entendiendo por metarrelatos «aquellas filosofías que pretenden abarcar la totalidad de la historia» e identificando cuatro grandes metarrelatos a lo largo de los siglos: el cristiano, el iluminista, el marxista y el capitalista…


Dicho esto, en busca de mayores síntesis y certidumbres (siempre revestidos de un saludable escepticismo, en tanto que virtud conducente a mayor conocimiento fiable, todo hay que decirlo), consulto el divertido glosario recopilado y ‘dedicado al intrépido lector’ por Salvador Giner con el acertado título de Ideas cabalesal que ya nos referíamos en esta entrada de hace aproximadamente un año.

El término Postmodernidad que aparece descrito en Wikipedia con tanta enjundia, es aquí definido como sigue:

«Apelativo híbrido dado sin ton ni son a la época de la modernidad avanzada, frecuentemente para indicar la presunta defunción de las ideologías clásicas (liberalismo, comunismo, anarquismo). Mentecatez de aquellos que no se han enterado de la vitalidad de la ideología en el mundo contemporáneo y de deshonestidad en quienes la conocen. El ‘postmodernismo’ es una charlatanería compuesta por la emisión de despropósitos sobre nuestro tiempo, definido éste como modernidad. No se sabe lo que es, salvo que con él se ha perpetrado una industria de habladores, escribidores y tertulianos mediáticos que dicen estar al día en cualquier cosa. Postverdad, o posverdad.»

Sobre el término Modernidad (en un tono algo más gamberro) Salvador Giner se limita a escribir: «La modernidad ha venido, nadie sabe cómo ha sido.»
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En fin, al hilo del paso de los días ha transcurrido ya algo más de un año desde que me incorporé en Madrid a este viejo caserón de la llamada Casa Sindical, hoy sede del Ministerio de Sanidad. [Por si alguien pudiera estar interesado, en este viejo noticiario de diciembre de 1952 (NODO 520 B min. 0:30 a 1:23) aparecen las obras de construcción de este singular (y feo) edificio].


Recién llegado al Paseo del Prado (en virtud de lo que algunos incluirían en el marco de la denominada “teoría del cisne negro”, esos sucesos extremadamente raros, atípicos, fortuitos e imprevisibles) me vi (casi) retratado en un viejo texto de Juan Benet que alguien me hizo llegar. Escrito en enero de 1981 y recogido en el libro “Páginas impares”, una memorable selección de artículos de prensa publicada en 1996, Benet definía a los Directores Generales como «esos hombres anfibios y fronterizos, con los brazos en la política y los pies en la ruda técnica». (Entre paréntesis: aunque siempre he considerado que la hibridación y los enfoques eclécticos, multidisciplinares y diversos son imprescindibles para intentar conocer mejor la realidad, debo reconocer que lo de anfibio y fronterizo me llegó al alma…). Observador agudo, de sutil ironía y caustica mordacidad, en ese mismo texto Benet se despachaba también a gusto con algunos otros personajes, como los periodistas, «que saben de todo un poco y  de nada mucho», y de los que llega a afirmar que, estando oscuramente relacionados con los políticos, vivían «al amparo de uno de los grandes fraudes sociomorales de nuestra época, el [supuesto] ‘deber’ de informar.»

Desde la sexta planta del edificio de la antigua Casa Sindical sigo asomándome cada mañana hacia el Museo del Prado y contemplo desde la ventana del despacho el curioso y enigmático monumento a Eugeni D'Ors, obra de su hijo, el arquitecto Víctor D’Ors, y de los escultores Cristino Mallo y Frederic Marès. Inaugurado el 17de julio de 1963, su estructura consta de un muro chapado de granito al que se encuentra adosado un lienzo de piedra blanca de Colmenar con una larga inscripción que resume el pensamiento filosófico de D'Ors. En la parte de atrás, un medallón, obra de Marès, con el perfil del ilustre prócer, su nombre y las fechas de su nacimiento y muerte (1882-1954). Este medallón va colocado sobre un tapiz de ladrillo y sobre aquél en piedra de Colmenar se dice: «En memoria del Magisterio Orsiano dedica en 1963 Madrid esta fuente siendo alcalde el XVI conde de Mayalde».

Delante, la parte principal del monumento con un breve estanque, y en él dos figuras de bronce, obras de Mallo: una mujer con el brazo en alto, que representa el clasicismo, lo angélico, la cultura y la norma, apacigua o exorciza a un pequeño dragón o basilisco, que representa lo espontáneo, lo natural y lo demoníaco. El conjunto simboliza así la Sabiduría frente a la Ignorancia.

Dando fondo al estanque sobre el lienzo de piedra caliza se lee la citada inscripción orsiana a modo de resumen de su doctrina moral:



«Todo pasa: una sola cosa te será contada, y es tu obra bien hecha. Noble es el que se exige, y hombre tan sólo, quien cada día renueva su entusiasmo, sabio al descubrir el orden del mundo: que incluye la ironía. Padre es el responsable, y patricia misión de servicio, la política debe ser católica, que es decir universal; apostólica, es decir, escogida; romana, es decir, una. Una también la cultura: Estado libre de solidaridad en el espacio y de continuidad en el tiempo. Que todo lo que no es tradición es plagio. Peca la naturaleza; son enfermizos ocio y soledad. Que cada cual cultive lo que de angélico le agracia, en amistad y diálogo.»


El texto es lo suficientemente elocuente y representativo de los valores tradicionales de una cultura alineada con el rancio nacional-catolicismo entonces imperante, que establece una relación muy sólida entre el Bien, la Verdad y la Belleza. D’Ors condena la innovación y la transgresión, reivindicando el clasicismo, entendido como expresión de habilidad y orden, con matices de ironía, como única concesión a lo moderno.


Es significativo destacar el lugar elegido para emplazar el monumento, en el marco espacial que une la puerta de Velázquez del Museo del Prado (sobre el que precisamente Eugenio D’Ors escribió en 1922 una apasionada guía –de lectura muy recomendable- que es toda una teoría estética: Tres horas en el museo del Prado) con uno de los edificios de manifiesta orientación fascista que aún perviven en Madrid: este antiguo "edificio de Sindicatos", reconvertido actualmente en sede del Ministerio de Sanidad, en el que me encuentro. Para enfatizar los objetivos retóricos de Víctor D'Ors y las autoridades municipales franquistas de la época, el medallón con el perfil de Eugeni d'Ors da la cara al edificio de sindicatos, mientras la lápida mira hacia el Museo del Prado.

Así recogió el evento la prensa de la época: refiriéndose al interesado como maestro de la filosofía y de la crítica de arte...

En fin, para ampliar la información sobre este singular personaje, que «pasó de ser un nacionalista catalán radical en su brillante juventud a un falangista imperial en su decadente vejez», y de quien el pintor José Moreno Villa llegó a decir que era un espectáculo de farsantería y ejemplaridad” conviene acercarse a la excelente y minuciosa biografía de Javier Varela publicada en 2016 y ganadora del premio Gaziel de Biografías y Memorias.




En fin... y mientras tanto, aquí seguimos, convencidos de que conviene no rendirse al inmediatismo (suelo recordar con frecuencia aquello de que la inmediatez aplasta la visión estratégica) ni a una cierta política distraída

2 comentarios:

  1. No está mal para un médico sin vocación.


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    1. Sinceramente, no sé muy bien a qué se refiere con eso de "médico sin vocación" ni se me alcanzan las razones que le hayan llevado a hacer un comentario tan gratuito...

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