sábado, 22 de marzo de 2014

En manos de sedicentes arúspices

“¿Qué es el futuro, al fin y al cabo, más que una estructura de expectativas y esperanzas? Reside en la mente. Carece de realidad.”
J. M. Coetzee (Elizabeth Costello)

A lo largo de la historia del ser humano, el deseo de conocer el futuro ha sido, es y será, seguramente, uno de los asuntos que más interés ha despertado en todas las sociedades y culturas sin excepción, en todas las épocas y en todas las latitudes.

Desde los astrónomos caldeos que escrutaban el cielo intentando averiguar en los astros el destino de los seres humanos, hasta los más modernos métodos de planificación o planteamiento estratégico, han sido numerosos los métodos, sistemas o procedimientos empleados en la predicción del futuro, bien mediante la observación e interpretación de diferentes fenómenos naturales, el empleo de distintas mancias o artes adivinatorias y el uso de todo tipo de sortilegios.

En las últimas décadas los estudios e informes de diversas instituciones y organismos económicos más o menos especializados, de los más conspicuos expertos y representantes de la llamada “ciencia lúgubre”, se han convertido (casi) en imprescindibles oráculos a la hora de adoptar decisiones políticas colectivas en distintos ámbitos que, como dolorosamente hemos podido comprobar, nos han conducido a la catástrofe en diversos grados.

Se ha llegado a dar por supuesto que a la hora de juzgar la validez científica de una argumentación económica lo que ha de contar no es cuán plausibles sean las hipótesis/modelos/teorías en que se sustenta, sino que lo importante sería su capacidad predictiva, es decir, el grado en que sus implicaciones se corresponden con lo que sucede en la realidad. No es casual que en algunas viñetas los Ministros de Economía o de Hacienda aparezcan dibujados como magos o brujos, con varita mágica incorporada, tal vez no tanto por su capacidad adivinatoria como por su poder de intervenir y condicionar/modificar la realidad con sus políticas.

En todo caso, resulta más que evidente que las cuestiones económicas tienen mucho de ideología, pero la ideología no debería movernos a ir en contra de la realidad. Las técnicas de predicción utilizadas en la actualidad son generalmente complejas e incorporan un considerable aparato matemático-estadístico, bastante inaccesible al común de los mortales, (lo que adicionalmente les reviste y otorga de un carácter iniciático y casi esotérico).

Dentro de la enorme variedad de métodos y técnicas específicas de predicción existentes, los enfoques y planteamientos posibles pueden reducirse a los tres siguientes, en función del tipo básico de información empleada:

1)   Los que utilizan información estadística sobre un fenómeno determinado a lo largo del tiempo (análisis de series temporales).
2)  Modelos basados en información estadística sobre varios fenómenos entre los cuales se supone que existe alguna relación causal.
3)  Información obtenida a partir de las experiencias, opiniones, actitudes y expectativas, (incluso preferencias) de cara al futuro, de determinados agentes a los que consideramos expertos en un campo determinado.

En resumen, por más sofisticado que se pretenda, todo el conocimiento técnico del campo de la predicción económica se reduce al desarrollo de tres enfoques posibles: a) Emplear el pasado como guía o indicador del posible hipotético futuro; b) Utilizar las relaciones que podamos conocer (o suponer) entre diferentes cuestiones; c) Recurrir a la (inevitable) subjetividad de las opiniones, actitudes o expectativas de quienes adoptan las decisiones o expertos.

En su libro Quirkology (traducido al castellano como “Rarología”), el psicólogo británico Richard Wiseman cuenta una curiosa y divertida historia que vendría a demostrar la imposibilidad de predecir con exactitud y de manera precisa los movimientos bursátiles. Un grupo de investigadores entregó unos cuantos miles de libras a un astrólogo que decía guiarse por las posiciones de los planetas para invertir en bolsa, a un broker experto, y a una niña que seleccionaba al azar las acciones sobre las que invertir. Al cabo de un mes, la única que ganó dinero con las acciones fue la niña.
En los primeros días de noviembre de 2008, cuando medio mundo temblaba por el terremoto financiero, se nacionalizaban bancos y los gobiernos occidentales se aprestaban a poner en marcha gigantescos planes de intervención, en una visita a la prestigiosa London School of Economics, la reina Isabel II se atrevió a preguntar ingenuamente (o no tanto): “¿Cómo es posible que nadie se hubiera dado cuenta de que se nos echaba encima esta espantosa crisis?” El profesor Luis Garicano, catedrático de Economía y Estrategia en la Institución, apenas si pudo farfullar una pobre defensa de un oficio al que ahora se acusa de incompetencia, miopía o, peor aún, de mentir. Sobre este suceso el periódico The Guardian escribió: “En otras épocas, por cosas como ésta alguien habría terminado en la horca;  ahora, la reina sólo quiere saber, como todos nosotros, qué demonios ha ido mal”.

La ola creciente de irritación, descrédito y desconfianza contra una disciplina responsable de la generación de teorías económicas y modelos realmente tóxicos en la medida que equivocaron a los políticos al tomar decisiones de política económica, pasando por la implicación de famosos economistas en la catástrofe financiera -tal como se cuenta en el film Inside Job- ayuda más bien poco a generar confianza y  a despejar dudas e incertidumbres. De hecho, algunos de sus más ilustres representantes llegan a reconocer que nadie en su sano juicio debería fiarse de entrada de lo que dijese ningún economista, por más alta que sea su reputación académica y el prestigio entre los propios miembros de la profesión. En todo caso, cabría cuestionar la utilidad y el sentido de unos modelos y de unas teorías cuyas predicciones, no sólo son abultadamente erróneas sino inservibles e incluso perversas, en la medida en que conducen a tomar decisiones irracionales.

Toda predicción debe hacer explícitos los supuestos en que se basa, empezando por desvelar los posibles conflictos de interés. Conviene no olvidar que quienes efectúan las predicciones tienen (también) sus propios intereses y condicionantes. Los modelos no son neutrales y las predicciones de la OCDEdel FMI, del BCE o de los diferentes servicios de estudios de las entidades financieras, no son únicamente el resultado frío y objetivo de una técnica, por lo que resulta muy aconsejable (siempre) evaluar a los responsables y conocer sus posibles servidumbres y dependencias.

En octubre de 2008, apenas un mes más tarde de la quiebra de Lehman Brothers, el brillante y reconocido politólogo italiano Giovanni Sartori, escribía en un editorial del Corriere della Sera: “Esperaba ser ilustrado por los economistas. Esperaba además un mea culpa. Porque el hecho es que la mayoría de la profesión no ha previsto la catástrofe que se avecinaba. ¿Era imposible preverla? Mentira. No sólo era previsible, sino que el punto de partida es que una ciencia económica que no sabe prever tiene poco de ciencia, por no decir nada.”

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