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miércoles, 19 de diciembre de 2012

(Una) Visión de la Crisis de la Sanidad Pública en España

Manifestación en defensa de la Sanidad Pública. Madrid. Foto: EFE

El pasado 17 de diciembre la Fundación Salud, Innovación y Sociedad (FundSIS) presentó en Madrid el Informe Delphi “Visión de la crisis de la sanidad pública en España”, que constituye una de las aportaciones más recientes al análisis de la política sanitaria en este país. El objetivo del estudio es contribuir a discernir, identificar y valorar las oportunidades de cambio y de reformas innovadoras en el sector, frente a la cronificación de un tratamiento gestor, meramente sintomático, de los efectos y la repercusión de la crisis en el sistema sanitario público.
efectos y la repercusión de la crisis en el sistema sanitario público.

La dirección del Proyecto, patrocinado por Novartis Farmacéutica S.A. ha sido llevada a cabo por Joan Joseph Artells i Herrerro, que ha sido responsable de un buen número de informes y estudios durante su anterior etapa como Director General de FundSIS.  En su nueva “reencarnación” como experto analista de Política Social, ha logrado coordinar a un excelente grupo de expertos que ha diseñado y realizado el trabajo de campo y su posterior análisis, en el que se encontraban Salvador Peiró, Ricard Meneu y Joan Carles Serrat i Sesé.

En anteriores estudios se han utilizado algunas variantes de la técnica o método Delphi como herramienta para realizar análisis de tipo prospectivo, basados en el consenso acerca de determinadas cuestiones entre paneles amplios de expertos. En esta ocasión, al abordar un asunto tan complejo como la que es definida como “la mayor y más profunda crisis de la sanidad pública de la España democrática”, el análisis ha pretendido superar la mera componente prospectiva, intentando contribuir también a una mejor comprensión de las causas, un requisito para un adecuado diagnóstico, pronóstico y tratamiento. Por ello se estimó conveniente incorporar una mirada retrospectiva, que permitiera una comprensión global de los desafíos presentes, así como la percepción de los panelistas sobre el impacto estimado de la gestión reactiva de la crisis por parte de las autoridades sanitarias.

La visión ofrecida por el estudio a partir de los puntos de vista de los 81 panelistas que participaron y conformaron este colectivo plural, revela significativos consensos –con no menos significativas discrepancias- en relación a cuatro grandes áreas:

• La identificación de los procesos clave precursores de la génesis de una crisis de excepcionales dimensiones.

• La valoración de las medidas adoptadas, las de previsible adopción y las intervenciones orilladas en la “gestión” de la crisis.

• La percepción de su impacto a corto y largo plazo en el acceso y utilización de la sanidad pública, así como en la salud de la población.

• El pronóstico acerca de los posibles diversos escenarios de transformación del Sistema Nacional de Salud (SNS) definido en la Ley General de Sanidad a la vista de la agenda de política sanitaria del gobierno central.

Tuve ocasión de participar e intervenir en la presentación del Informe, en la que también estuvieron presentes, (por orden de intervención): Jesús Acebillo, Presidente de Novartis en España; Salvador Peiró, (que actuó como “mantenedor”); el propio Joan J. Artells, que hizo una amplia presentación de la metodología y alcance del Informe y, una interesante mesa que reunió a Carlos Campillo, Juan Oliva y Ricard Meneu, quienes realizaron una valoración personal de aquellos aspectos del Informe más llamativos o que consideraron más relevantes.

[Lo que sigue es un extracto de mi intervención, en mi condición de Presidente de la Sociedad Española de Atención al Usuario de la Sanidad (SEAUS)].

El Informe “Visión de la crisis de la sanidad pública en España” pertenece a una serie de trabajos que, desde hace ya bastantes años, han ido analizando diferentes aspectos de la política sanitaria en nuestro país. En alguna medida, todos ellos han contribuido decisivamente a iluminar los diferentes escenarios de futuro por los que hemos venido transitando hasta aquí.

En un breve ensayo escrito en 1996, poco antes de la vuelta del siglo, en un momento en que la crisis actual apenas podía intuirse, pero al que muy acertadamente tituló “Utopía y desencanto”, escribía Claudio Magris: “Las nieblas del futuro que se cierne exigen una mirada que, en su inevitable miopía, se vuelva menos miope gracias a la humildad y a la autoironía”. Yo creo que estos trabajos ayudan no poco a que nuestra mirada sobre la realidad sea más precisa y certera y, por tanto, algo menos miope.

Como todos sabemos, a lo largo de los últimos meses se viene llevando a cabo un auténtico cambio de modelo sanitario a través de una serie de ajustes y recortes tanto en la financiación del sistema como en las fórmulas para el aseguramiento y cobertura sanitaria de los ciudadanos. Esta circunstancia, a través de una disminución de los recursos y prestaciones, ha dado lugar y está planteando cambios trascendentales tanto para los usuarios como para los profesionales que intervienen en la prestación de los servicios.

De cualquier forma, no conviene construir el futuro a base de lamentos, (entre otras cosas por aquello de las profecías autocumplidas) y, si bien es cierto que el pesimismo goza de un excesivo prestigio intelectual entre quienes cultivan las ciencias sociales y humanas, hemos de mirar hacia adelante…
Rodrigo Gutiérrez, Ricard Meneu, Juan Oliva, Carlos Campillo, Salvador Peiró y Joan Artells.

He intentado aproximarme a este trabajo con una mirada desprejuiciada, con la actitud que Javier Gomá denomina “ingenuidad aprendida”, es decir, con una cierta frescura; esa ingenuidad que podría considerarse como una audaz variante de la clásica “docta ignorancia” a partir casi del lugar común que supone referirse -una vez más- a la incertidumbre, complejidad y velocidad de los cambios que se producen en nuestro entorno líquido y acelerado.

A modo de brújula, mejor que de mapa, para orientarse en las coordenadas sobre el mismo, el Informe aborda la opinión de los 81 miembros integrantes del panel referidas a un total de 71 cuestiones agrupadas en cuatro grandes áreas sobre:

1.      Causas y antecedentes de la eclosión de la crisis y burbuja sanitaria
2.      Valoración de las medidas e intervenciones adoptadas en el sector sanitario como respuesta a la crisis.
3.      Percepción del impacto de la crisis y del resultado de las medidas adoptadas de reducción de presupuestos y recursos sobre la equidad y accesibilidad a los servicios y prestaciones.
4.      Expectativas acerca de deseos y pronósticos sobre el modelo o tipo de sistema sanitario que emergerá después de la crisis, a la vista de las medidas implantadas.   

Los resultados que se desprenden del Informe vienen a confirmar su coincidencia y el alto nivel de acuerdo y consenso con algunas de las posibles previsiones e hipótesis que se venían manejando desde hace algún tiempo. En una Jornada de la SEAUS celebrada en marzo de este año en Castilla-La Mancha, (antes incluso de la promulgación del RD 16/2012) ya compartíamos también este grado de acuerdo en cuanto a las fórmulas que permitirían reducir los márgenes de ineficiencia, mejorar el coste-efectividad de los servicios, incrementar la seguridad y conseguir mejores resultados. Todo ello en aras de esa deseable sostenibilidad que todos propugnamos.

Algunas de las cuestiones con mayor nivel de consenso entre los panelistas en las diferentes secciones o apartados serían las siguientes:

·         Al margen de la detectada y reconocida falta de buen gobierno y del déficit democrático en el seno de las instituciones y organizaciones sanitarias (a nivel macro y meso), con una escasa o nula participación de los pacientes-ciudadanos o de sus asociaciones representativas, cabe señalar la escasa conciencia social acerca de la relación existente entre la marcha de la economía y la solvencia del sistema sanitario público financiado por impuestos.

·         En plena crisis los panelistas muestran bastante unanimidad a la hora de considerar que las restricciones o recortes discrecionales o de carácter lineal acabarán afectando a las prestaciones y servicios más necesarios o de mayor valor terapéutico, así como a la calidad asistencial, deteriorando la confianza de los ciudadanos en la sanidad pública.

·         Con respecto a la percepción del impacto de la crisis, aunque el panel cree que el sistema sanitario sigue funcionando bastante bien y que presta una adecuada asistencia, se observa una gran dispersión con respecto a las medidas que será preciso adoptar para recuperar su [prestigio y reputación] legitimidad social y asegurar la sostenibilidad financiera.

·         En relación a los escenarios que se contemplan sobre el racionamiento y el cambio en el establecimiento de prioridades en el gasto sanitario, se observa una notable coincidencia de los miembros del panel en el diagnóstico de que existen dificultades en el acceso a los servicios por disuasión, es decir, trabas burocráticas o déficit de atención. Se trata de un grave problema que desde hace algún tiempo viene siendo detectado por los distintos servicios y unidades de atención al ciudadano en toda España. Ello está provocando aplazamientos de citas para consultas, exploraciones o intervenciones, así como un incremento de las listas de espera, e incluso una limitación de pruebas diagnósticas y disminución de la atención sanitaria.

·         En el último bloque se contraponen los posibles deseos o expectativas acerca del futuro del sistema sanitario con los pronósticos sobre lo que los panelistas creen que ocurrirá realmente. Existe una alta coincidencia en considerar que no se mantendrá el actual modelo de SNS sin que ocurran cambios significativos. Tampoco creen, aunque se desee, que se vaya a mantener el acceso universal a todas las prestaciones coste-efectivas existentes en la actualidad.

Finalmente, frente a los posibles escenarios que pudieran emerger de esta crisis, se observa una preferencia y acuerdo por el establecimiento de un modelo de aseguramiento obligatorio de financiación pública y gestión mixta, con garantía de no exclusión de riesgos.

Y también hay que destacar el alto nivel de acuerdo existente en el pronóstico de considerar que la Administración asumirá principalmente un papel regulador y reducirá su hegemonía en la prestación directa favoreciendo la prestación privada…

En suma, el Informe viene a confirmar y justificar de alguna manera la preocupación adelantada desde distintos ámbitos profesionales y sociedades científicas. En los últimos meses han proliferado una serie de manifiestos y declaraciones a la opinión pública en este sentido. Sin ir más lejos, la AES y la SESPAS.

También desde la SEAUS poco antes del verano elaboramos y colgamos en nuestra página Web un Manifiesto, uno d ecuyos párrafos sostenía:

(…) “…aun aceptando la legitimidad del Gobierno para establecer los criterios de asignación de recursos y de priorización en las políticas públicas, consideramos que los objetivos sociales generales y los motivos relativos a “la sostenibilidad del sistema” que aduce como justificación, el citado RD Ley 16/2012, tienen una importante limitación en el respeto a los derechos fundamentales de los individuos” (…) y “Si entendemos la protección de la salud y la asistencia sanitaria como derechos fundamentales de las personas, parece claro que un cambio de esta profundidad en el sistema sanitario no puede llevarse a cabo con este tipo de actuaciones sin contar con el consenso de todos los actores que en él intervienen y participan”.

[Se da la circunstancia de que justo un día después, el Tribunal Constitucional se pronuncia en un auto avalando la atención sanitaria a los sin papeles, y dejando sin efecto una medida implantada con los recortes aprobados por el RDL 16/2012, que excluía a los “sin papeles” de la asistencia normalizada. El auto levanta la suspensión de un decreto del Gobierno Vasco que se “rebelaba” contra estos recortes].

 En fin, si hubiéramos de resumir y adelantar lo que se encontrará en este documento, me permitiría formular una ecuación que yo creo que sería la síntesis de los contenidos del Informe, a modo de recomendaciones para enfrentar el nuevo SNS que inevitablemente surgirá de la crisis:

Los términos o componentes de la ecuación serían los siguientes:

- Gobiernos e Instituciones reguladoras fuertes, (instituciones “inclusivas”, en la terminología de Acemoglu y Robinson “Por qué fracasan los países”) con legitimidad y confianza.
- Empresas y organizaciones (sanitarias) éticas y responsables.
- Directivos y gestores competentes.
- Profesionales y trabajadores implicados, motivados.
- Ciudadanos (co)rresponsables.

Algo que es mucho más fácil de formular que de llevar a cabo y ponerlo en práctica. Esa es nuestra tarea y nuestro desafío…

Un documento de lectura imprescindible para el sector.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Una ‘nueva’ mirada (de nuevo) #Diferencia_T

 Vancouver General Hospital c.1920
"Mírame, Diferénciate": un año después. ¿Somos diferentes o seguimos igual?
Para #Carnavalsalud


Quiero creer que la iniciativa Mírame, Diferénciate #Diferencia_T  que se puso en marcha hace un año desde las redes, ha servido para provocar cambios en el mundo real. Quiero pensar que un pequeño gran gesto en el mundo del 2.0 ha servido para concienciar/recordar a muchos profesionales sanitarios en el mundo 1.0 de la importancia de cambiar actitudes, modificar hábitos, recuperar ideales, formas de trabajar y mirar (de nuevo) de otra manera a los pacientes, a los compañeros y a la gente con quienes se relacionan cada día en sus lugares de trabajo.

A veces olvidamos que el 'mundo' de la sanidad, de la atención sanitaria, no es solo el ámbito de la gestión, de la efectividad, de la ciencia, del conocimiento, de la investigación y de la innovación, es también (por desgracia, y es lo que más les importa a los pacientes) el mundo de la enfermedad, del dolor, del sufrimiento, de la piedad, de la emoción y de la compasión. Conviene recordarlo y tenerlo siempre presente. Y para los que trabajamos entre papeles, documentos, informes o expedientes, no olvidar nunca que detrás de esos papeles hay personas reales, de carne y hueso que se ven afectadas por las decisiones que adoptemos (o no) en cada momento...


Hay otra razón egoísta que debería impulsarnos a cambiar nuestra manera de actuar, de  ver y de mirar: Todos y cada uno de nosotros hemos sido, somos o seremos pacientes en algún momento de nuestra vida. Es solo cuestión de tiempo (y sabemos muy bien cómo nos gustaría y desearíamos ser atendidos, cuidados y tratados).

En su interesante libro How Doctors Think (¿Me está escuchando, doctor?) su autor, Jerome Groopman nos recuerda con humildad:

“Aunque la medicina moderna cuente con la ayuda de un deslumbrante despliegue de tecnologías, como resonancias magnéticas de alta resolución y análisis de ADN de gran precisión, el lenguaje sigue siendo la piedra angular de la práctica clínica”.

El lenguaje… y, sobre todo, la mirada. Tenemos que mantener la mirada, esta forma de mirar.   

lunes, 10 de diciembre de 2012

Lecturas e incertidumbres sobre lo público (III)

Disturbios en Grecia. Foto: Alexis Konstantinidis (EFE)
“…hoy por hoy, la llamada economía no es otra cosa que la política desnuda del gran capital, la de quienes no creen en la política a menos que les sirva para amasar más dinero con menos controles. Por lo demás, la mentira y el insulto continuado a la inteligencia se han convertido en una de las estrategias favoritas de quienes nos han conducido hasta aquí..."

En 1993 Hans Magnus Enzensberger escribía un opúsculo de título ciertamente poco tranquilizador: “Perspectivas de guerra civil”, en el que introducía el concepto de “guerra civil molecular” para referirse al fenómeno del vandalismo, la violencia urbana y los conflictos que se venían produciendo en el extrarradio de las grandes ciudades y en las metrópolis de Occidente. Escribía: “Poco a poco en la calle se va acumulando basura. En el parque aumenta el número de jeringuillas y de botellas de cerveza destrozadas. Por doquier las paredes se van cubriendo de graffitis monótonos, cuyo único mensaje es el autismo: evocan un yo que ya no existe. Los colegios aparecen con el mobiliario destrozado. Nos hallamos ante una declaración de guerra, aunque pequeña, muda, el urbanista experimentado sabe interpretarlo”.


Un trabajador social describía de la siguiente forma la situación existente entonces en los suburbios de París: “Han acabado destruyéndolo todo: los buzones, los portales, las escaleras de las casas. Han arrasado y expoliado la policlínica en la que están tratando gratuitamente a sus hermanos y hermanas menores. No aceptan norma alguna. Hacen añicos los consultorios de médicos y dentistas, y también destruyen sus propias escuelas. Cuando alguien les monta un campo de fútbol, deciden serrar los postes de las porterías”.



Enzensberger destacaba en este libro, escrito al hilo de la actualidad de hace casi 20 años: “Toda comunidad, incluso la más opulenta y pacífica, produce continuamente nuevas y concretas desigualdades agravios al amor propio, injusticias y frustraciones de todo tipo. Y a medida que aumentan la igualdad y la libertad formales de los ciudadanos, se incrementan también sus reivindicaciones”. Por eso, señalaba, “la violencia colectiva no es más que la reacción desesperada de los perdedores ante su situación económica sin futuro”.

No estamos ahora en esa tesitura, aunque muchas de las violentas escenas de protesta que se vienen sucediendo en algunos lugares en el transcurso de esta crisis, puedan recordar aquellos episodios.

Así, recordaba recientemente Manuel Vicent en una de sus habituales columnas: “Una masiva y hasta ahora pacífica rebelión se está desarrollando ante nuestros ojos. Nadie conoce la mano que en la sombra mueve los hilos y que a la hora de asaltar la calle pone de acuerdo a médicos, jueces, funcionarios, profesores, estudiantes, pensionistas, discapacitados y gente anónima en el paro, que se suma a las pancartas desde las aceras. Nadie acierta a descubrir dónde se encuentra el embrión de esta cólera colectiva”. (…)

“Habrá que imaginar que nada será igual después de esta crisis. Nada se tendrá en pie sin que esta rebeldía difusa de los jóvenes cree una nueva moral, otra justicia, un nuevo estilo de vida”.





 Y aunque uno no quiera ser presa fácil del clima de pesimismo ambiental, mucha gente sostiene que “la incertidumbre, la desesperación y hasta el miedo se están apoderando de nosotros, se cuela en nuestras conversaciones y está modificando nuestra manera de vivir”.

Javier Marías explicaba, con su acidez, socarronería y lucidez habitual, lo que han sido estos últimos doce meses de gobierno a nivel nacional: Cuando solo se sabe agravar (EL PAÍS SEMANAL 2-12-2012).

Empujados a situaciones límite y ante la injusticia, allí donde el Estado ya no ejerce su papel, le corresponde al individuo defenderse por su cuenta. Incluso Hobbes, teórico por excelencia del absolutismo político, quien concedía al Estado un ejercicio casi ilimitado del poder, admitía:

“Las obligaciones de los súbditos para con el soberano sólo tienen vigencia mientras éste pueda protegerlos por razón de su poder. Porque ninguna ley puede derogar el derecho natural del hombre a defenderse a sí mismo cuando nadie es capaz de hacerlo”.

Pocos meses antes de escribir este librito, en noviembre de 1992, Enzensberger había publicado un artículo titulado Compasión con los políticos, que merece la pena recordar hoy, a la luz de los acontecimientos presentes, para introducir ciertas dosis de ironía distante, relatividad y sensatez en el lamentable espectáculo que se desarrolla diariamente ante nuestros ojos.

El artículo, cuya lectura sigue siendo estimulante -aunque no sé si calificarla de divertida-, venía a ser un resumen algo exagerado de los rasgos que caracterizan a la denominada clase política: prevalencia de la mediocridad, incapacidad de juicio, pensamiento a corto plazo, aferramiento al poder, codicia, corrupción y arrogancia entre otros; y de lo desagradable que era pertenecer a una profesión que, por ejemplo, implica la necesidad de elogiarse a sí mismo (aguantando la vergüenza), o la humillación de tener que fingir (teatralmente) ser el autor de lo que otros han escrito. Todo ello mueve casi más a la piedad que al ensañamiento, sostenía Enzensberger, tras explicar brevemente el recorrido (carrera, sistema de reclutamiento, etc.) de cómo llega uno a convertirse en político: “Va siendo, por tanto, hora de hablar de la miseria de los políticos, en lugar de dedicarse a insultarlos”.

Reviste especial interés la descripción del aislamiento social al que se ven sometidos los políticos profesionales, y que explicaría en gran parte el alejamiento de la ciudadanía y la adopción de medidas contrarias al más elemental sentido común: “Hay una forma científica de tortura que se describe como deprivacion sensorial. En ella se priva al sujeto de experimentación, por ejemplo, mediante la reclusión en un tanque de agua, de toda percepción sensorial; la cámara en la que se le encierra es insonora, inodora y oscura; el tacto queda anulado por el entorno líquido. La analogía social de ese experimento sería el peculiar encapsulamiento que padece el político profesional. Cuanto más sube, más radicalmente se interrumpen sus contactos sociales. Lo que ocurre “fuera, en el país" le resulta prácticamente desconocido. No tiene idea alguna de lo que cuesta medio kilo de azúcar o una caña de cerveza, cómo se prorroga un pasaporte o se sella un billete de metro”.

Se explican así las pésimas valoraciones y el enorme deterioro de los políticos que desde hace tiempo se reflejan en las encuestas de opinión. Con estos antecedentes, si nos limitamos a lo que ocurre en estos momentos en el ámbito sanitario, no es de extrañar que alguien tan respetado y respetable en el sector como el profesor José María Segovia de Arana, (poco sospechoso por otra parte de ser un peligroso extremista), llegue a la conclusión de que 'los que manejan la política no están bien enterados de lo que están haciendo'.

En estos días se prolonga el motín en la sanidad pública de Madrid, tras el anuncio del Gobierno regional de sustituir el actual modelo público por un modelo privado poco transparente, cuyos resultados son bastante discutibles y que viene siendo cuestionado cada vez con más frecuencia: Un modelo en entredicho.

No son pocas las voces autorizadas que se alzan en contra de las medidas propuestas y de los recortes en todos los ámbitos: “Los recortes no son las reformas que necesitamos. En algunos casos (…) los recortes en sanidad, educación o dependencia, responden a un intento interesado de privatizar parte de esos servicios públicos en beneficio de aquellos mismos que han hecho los recortes”, sostiene Antón Costas, catedrático de Economía Aplicada. Y añade: “Los recortes están fomentando un capitalismo depredador, basado en la concesión pública; eso sí con el aval del Estado”.

Sin embargo, no existe un debate racional y parece como si todo se redujera a una discusión semántica en la que desbaratar hospitales, privatizar centros de salud y cambiar de arriba abajo un modelo de gestión, fuera simplemente una cuestión nominalista o una trampa lingüística, como comentaba David Trueba (Automedicarse):

“Va funcionando la mar de bien parapetarse tras la aterradora situación de las cuentas públicas para justificar la degollina. Como si a estas alturas no supiéramos que los balances de cuentas sirven para tomar un camino pero también para tomar el contrario. La gestión sanitaria merece una reflexión más profesional que ideológica. Si fuimos capaces de ahorrar en gasto farmacéutico con apenas un gesto político en la anterior legislatura, carece de sentido el recargo por receta, contestado por el Gobierno central porque su presunto carácter disuasorio ya incluye, de por sí, un insulto al ciudadano. Los sanitarios asumen recortes, medidas urgentes de ahorro y mejora en la gestión. El consejero en cambio se ampara en su mayoría absoluta para mostrar las prisas por poner el negocio de la salud en manos privadas. Como si estas nunca fueran corruptas o malas gestoras; que pregunten en la CEOE”.

Y sin entrar en otro tipo de consideraciones éticas, ineludibles por otra parte en el ámbito de la gestión pública, resulta bastante desmoralizador asistir con nostalgia y desesperación, como escribe José Manuel Ribera Casado, (de quien tuve la suerte de recibir sus clases de Patología General), al desmoronamiento de un sistema que presumía de ser “uno de los sistemas sanitarios más envidiados y más equitativos del mundo”. (Sanidad, regreso al pasado. EL PAÍS 9-12-2012).

En otras latitudes también siguen provocándose nuevos ‘incendios’ en la sanidad pública. En las Cortes de Castilla-La Mancha, en esta misma semana, el Consejero de Sanidad y Asuntos Sociales acusaba a los médicos de realizar un exceso de indicaciones quirúrgicas para fomentar el autoconcierto y “operar más de lo necesario para cobrar peonadas”.

La noticia aparece recogida así, en la página institucional del SESCAM:

“El titular de Sanidad y Asuntos Sociales ha recordado que el modo de gestionar de los anteriores equipos de Gobierno hizo que se pagaran 200 millones de euros anuales a la sanidad privada porque el PSOE castigaba la eficiencia y premiaba el incumplimiento. En este sentido, el consejero ha definido el sistema de listas de espera del anterior Ejecutivo de Castilla-La Mancha como perverso, porque era inflacionista, fijaba un tiempo por ley muy exigente que requería una inyección masiva de dinero en el sistema a través de la actividad extraordinaria, las famosas ‘peonadas’, que suponían un gasto que triplicaba el coste de la actividad en jornada ordinaria. Con los altos incentivos para peonadas se fomentaba una mayor indicación, por encima de lo necesario que tenía como consecuencia que los niveles de rendimiento en jornada de mañana fueran muy por debajo del rendimiento en la jornada de tarde, ya que los profesionales obtenían mayores beneficios económicos. El sistema de retribuciones premiaba no cumplir objetivos, ya que quien tenía una lista de espera muy grande tenía el premio económico de las peonadas, con unos ingresos desorbitados. A los profesionales que cumplían, que hay muchos, por hacer bien las cosas se les castigaba porque no necesitaban actividad extraordinaria. Y, por si lo anterior fuera poco, la mala gestión provocaba que se recurriera de forma continua y exagerada a la actividad privada, ha detallado el consejero”.

En fin, sin comentarios: las declaraciones se contestan por sí solas recordando a Enzensberger.

Seguiremos atentos…
 

jueves, 6 de diciembre de 2012

Lecturas e incertidumbres sobre lo público (II)

Comentaba @jrcerrillop la ‘dureza’ del último post, si bien reconocía que la realidad lo es aún más, como pone de manifiesto el alarmante clima de pesimismo que se ha instalado a nuestro alrededor (Pandemia de pesimismo EL PAÍS 11-5-2012) y que se refleja a través de los medios, en las encuestas de opinión y en las conversaciones de las redes sociales. El bombardeo de malas noticias extiende las emociones negativas, aumenta el malestar, el miedo, la irritación y la ira.

El último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) pone de manifiesto las preocupaciones de los ciudadanos: el paro -con el 80% de las menciones-, seguido de la situación económica (42.7%) y los políticos (30.2%). La sanidad es ya el cuarto problema de los ciudadanos, marcando un récord al ser citado por el 12.4% de los entrevistados.

Hay quienes ponen el foco y llaman la atención lamentando la gran desafección hacia la política y la cosa pública, sin advertir, por otro lado, que nunca ha existido en demasía, por lo que no debiera convertirse en un problema mayor que la atención a solventar los problemas reales de la gente (José Luís Pardo: Desafección. EL PAÍS 6-11-2012).

Advertía Claudio Magris en un breve ensayo “Utopía y desencanto” (1996) en contra tanto de la idealización nostálgica del pasado como de la grandilocuente énfasis catastrofista que parecía invadirlo todo, recomendando que “las nieblas del futuro que se cierne exigen una mirada que, en su inevitable miopía, se vuelva menos miope gracias a la humildad y a la autoironía”. Con la perspectiva de los años transcurridos no está muy claro que esa receta pueda apenas servir hoy como lenitivo en estos tiempos aún más convulsos…

Pero las cosas están cambiando, y la resignación ya no es la única respuesta, como lo demuestra la protesta instalada en distintos frentes: La calle despierta (EL PAÍS 30-11-2012).

Algunos incluso pronostican un preocupante estallido social más virulento y grave. Con todo, parece como si los responsables políticos no lo vieran, no lo supieran “…o quizá sea que han llegado a ese estado de ceguera, necedad y estupidez que les impide salir de su discurso hueco, repetido y refractario”. Suele atribuirse a Goethe la conocida frase: “Prefiero la injusticia al desorden”, pero aunque pueda discutirse la autoría, sí parece obvio que la injusticia genera desorden y mayor conflicto social.

Volviendo al libro de Enrique Gil Calvo Futuro incierto (recordemos, una vez más, que tiene casi veinte años), que veníamos comentando en una entrada anterior, el autor encuentra algunas de las causas del fracaso colectivo de la sociedad en la propia estructura de la economía capitalista, contaminada por una búsqueda improductiva de rentabilidad. Los conceptos de productividad y rentabilidad, extraídos de la jerga económica, inundan hoy las noticias y discursos de la crisis [rentabilidad es la búsqueda de eficiencia (output por unidad de coste) y productividad sería la búsqueda de eficacia (output total). Lester Thurow afirma que, en caso de conflicto y competencia entre dos unidades institucionales, vence no la más rentable, -la más eficiente-, sino la más productiva, -la más eficaz-, lo que explica muchas de las estrategias parasitarias y depredadoras que se vienen produciendo. El último gran ejemplo lo encontramos en el encausamiento judicial del que hasta hace unos meses era el jefe de la principal organización empresarial de España, y se permitía impartir lecciones de ética y moralidad pública a todo el mundo.

“La supeditación de la productividad, como mero subproducto imprevisto de la búsqueda prioritaria de rentabilidad inmediata, es lo que caracteriza precisamente a cierta economía capitalista que se conviene en llamar ‘liberal’ o neoliberal: y ello tanto a nivel ‘micro’ (comportamiento de los agentes particulares, sean individuales o colectivos) como a nivel ‘macro’ (política económica basada en la rentabilidad internacional de la moneda, y no en el crecimiento del producto nacional)”.  

Así, frente a la generalizada y permanente denostación de la clase política, Gil Calvo cree que la etiología morbosa hay que buscarla en toda la sociedad: “Para que la clase política ingrese comisiones por tráfico de influencias hacen falta ciudadanos o empresarios dispuestos a cooperar como cómplices o inductores, aceptando u ofreciendo pagar las comisiones. Dicho de otro modo: cada sociedad dispone de las élites políticas, económicas o culturales que se merece”. (…) “la sociedad entera se ha dejado sobornar, convirtiéndose mayoritariamente en una cínica cofradía de mafiosos buscadores de rentas”.

Huérfanos de la certeza, adormecidos –anestesiados- y golpeados por el estupefaciente espectáculo de la crisis y su correlato, corremos el riesgo de caer en la perpleja impotencia, por lo que es preciso “reconstruir un sentido moral radicalmente desarmado, agnóstico, pacífico y civil”. Una ética pluralista en la que sean los procedimientos (no las intenciones ni las consecuencias) lo único que justifique la legitimidad de una acción. Hay señales esperanzadoras: con motivo del extraordinario conflicto sanitario desatado en la Comunidad de Madrid, se hace pública una Carta abierta a los ciudadanos
redactada por casi 600 Jefes de Servicio, explicando las razones por las que se oponen a las medidas planteadas por el Gobierno. Los mismos que hace pocos días enviaban otra carta al Presidente manifestando su oposición al plan de privatización sanitaria propuesto.

Por ello, al mismo tiempo, “el actual desprecio que merecen los políticos, dada su evidente transformación de fanáticos en mercenarios, no debe hacernos olvidar (…) que la realidad social no se reduce a las fuerzas sociales y económicas que anidan en la sociedad civil, sino que obedece también al protagonismo de lo político, como fuerza autónoma conformadora de la historia por derecho propio. Es tan importante la política, por acción u omisión, que no puede dejarse en manos de los políticos tan sólo (y mucho menos en las mercenarias manos de los desmovilizados y desmovilizadores políticos actuales), pues nos jugamos en ello nuestro destino futuro”.

En este panorama resulta urgente “redefinir nuevos objetivos estratégicos capaces de orientar la acción a largo plazo, y salir así del agujero de este estéril oportunismo táctico de mercenarios desmovilizados”.
(…)
“…es así, aprendiendo de la propia experiencia, como las personas y las sociedades logran programar estratégicamente su destino futuro, sin resignarse a ponerse pasivamente en manos de los dioses incontrolables o del ciego azar espontáneo” (…) “la suerte no está echada y nada está escrito de antemano, pues siempre se puede apostar por cambiar la realidad con deliberación y conocimiento de causa”.

“En términos prácticos, esta oposición entre la voluntad de programar democráticamente el cambio social y la negativa conservadora a que resulte posible hacerlo, se traduce en la contraposición entre politización y economicismo. La izquierda progresista antepone la razón política (que busca producir efectos e introducir cambios sobre la realidad social) a la racionalidad económica (que pretende mantener estables los equilibrios básicos mediante las políticas monetaristas de ajuste) con preferencia sobre cualquier posible consideración política”. 

El último capítulo del libro, (Pronóstico reservado),  como vemos enormemente actual por premonitorio, comienza con una oportuna aclaración: “la pregunta a plantear no es ya ¿qué nos está pasando?, pues eso lo sabemos muy  bien; sino que ahora es la de: ¿qué va a pasar?, ya que eso todavía no lo podemos saber. El futuro es incierto e imprevisible, pues no hay posibilidad de respuesta segura alguna.

Pero hay algunas certezas, que deberían servir para movilizarnos y no sucumbir a la indolencia ni a la resignación: “No existe la Revolución, la Redención ni la Salvación, al margen de nuestra personal actividad. Por eso hay que descreer de toda suerte de ideologías utópicas, necesariamente mesiánicas, que aconsejan esperar que baje a salvarnos cualquier fuerza sobrehumana”.

“Con buenos deseos, falsas esperanzas, mentiras piadosas o bellas palabras, no cambiaremos nunca la realidad. Solo la cambiaremos actuando sobre la marcha por experiencia propia, es decir, poniendo ‘manos a la obra’: metiéndonos en faena y poniéndonos a trabajar”.

“…ni Dios ni el Azar hará en nuestro lugar lo que solo nosotros podemos ejecutar”.
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Seguiremos comentando más lecturas al hilo de la actualidad sanitaria...
 

martes, 4 de diciembre de 2012

Lecturas e incertidumbres sobre lo público (I)

Conflicto minero en Asturias, marzo de 2012. Foto: Alberto Morante

Recupero de los estantes de mi biblioteca tres pequeños libros que comparten cierto carácter premonitorio que les hace ser muy actuales en su extraña vigencia, transcurridos en algún caso casi veinte años de su publicación. He aquí sus títulos: Futuro incierto, Perspectivas de guerra civil y Contrafuegos, (éste último con un sugerente subtítulo: Reflexiones para servir a la resistencia contra la invasión neoliberal).

Futuro incierto es un breve ensayo, casi un opúsculo, publicado en 1993 por el profesor de sociología Enrique Gil Calvo, columnista y colaborador habitual en distintos medios, cuya lectura sigue siendo muy interesante.

El librito anuncia en su contraportada: “El presente en nuestra cultura no resulta ciertamente tranquilizador, pues no solo se agravan los signos de deterioro, sino que se extiende, además, una creciente sensación de incertidumbre. Huérfanos de certezas ya extinguidas, víctimas del desconcierto y la perplejidad, cunde la desesperación, la sensación de haber perdido el rumbo”.

A lo largo de sus apenas cien páginas se analizan los síntomas más ominosos de esa descomposición social aguda que a finales de siglo parecía asentarse en Europa. La misma que años más tarde, transmutada en crisis económica sistémica, se manifiesta hoy con una imagen de ruina patológica que afecta a toda la sociedad en su conjunto y amenaza el bienestar y la supervivencia de la civilización tal como hasta ahora la conocíamos.

El panorama es ciertamente desolador: la deslegitimación y el descrédito de la democracia, la degradación de la política, la recesión económica que arruina las expectativas de miles de jóvenes y la tranquilidad de otras tantas personas mayores; el ascenso de la intolerancia, el deterioro de la convivencia y la pérdida de los derechos políticos, sociales y económicos que creíamos firmemente asentados y consolidados…

“Lo que está en juego ahora es el futuro mismo del capitalismo, y hasta incluso de la democracia, por tanto. Son los fundamentos económicos y políticos de la civilización occidental como sistema de relaciones de competencia de mercado entre Estados nacionales democráticos, lo que está siendo puesto por la historia en tela de juicio”.

Enrique Gil Calvo llega incluso a describir un ‘cuadro sintomático’ que parece muy ajustado a la actualidad, casi como sacado de las páginas de los periódicos de estos días. Un panorama de corrupción, instrumentación privada o partidista de los bienes públicos de interés general; financiación ilegal de los partidos mediante donaciones no declaradas fiscalmente, sobornos privados para cometer prevaricación desde instancias públicas y tráfico de influencias.

“Pero la corrupción, aunque sea quizá el más notorio, no es desde luego el único síntoma de degradación de la vida política, ya que hay otros muchos más, entre los que cabe citar a vuelapluma desde la pérdida de confianza en el poder judicial hasta el secuestro del poder ejecutivo por la coyuntura monetarista, pasando por la falta de representatividad de un poder parlamentario cada vez más cerrado, excluyente y oligárquico”.

Los signos y síntomas de este cuadro patológico, son visibles por doquier: descontento, malestar social, miedo, insolidaridad, autoritarismo, crisis de valores y regresión cultural auspiciada por el fracaso creciente de la enseñanza formal (¡y eso que aún no se habían implantado la “reforma de Bolonia”!), el oscurantismo y un cierto “reencantamiento del mundo” con un auge renovado de la superstición, el oscurantismo y determinadas prácticas pseudocientíficas o pseudorreligiosas, una obsesiva dependencia de la medicina, y los fármacos, (medicalización), y un culto desmedido a la salud a cualquier precio.

Las crisis no caen del cielo, recuerda el autor, no son producto de la ciega voluntad de unos dioses, ni de la necesidad histórica, del orden natural o de un misterioso azar del destino. En realidad el ‘diagnóstico patógeno’ de esta situación es que “…cada sociedad tiene la política y la economía que se merece, puesto que es ella quien las genera, activa y realiza”. “…las crisis sociales, como la historia entera, solo son resultado de la acción o la omisión humana: siempre son consecuencias queridas o involuntarias, previstas e imprevistas, de la agregación de los actos humanos. No hay fuerzas sobrenaturales, invisibles o sobrehumanas que impulsen a los actores con independencia de su voluntad, no hay dioses o demonios que tiren de los hilos de la trama con angélica providencia o maquiavélica malevolencia, según les gustaría creer a determinadas concepciones fatalistas o conspirativas de la historia”.

Aquí hay que buscar responsabilidades que, a juicio del autor, están muy repartidas:

En primer lugar, la principal y más importante, atribuible a la clase política. En un segundo lugar, el resto de actores públicos a los que denomina ‘clase funcionarial’, incluyendo en este amplio grupo a burócratas, tecnócratas, investigadores, analistas y demás responsables de las Administraciones públicas, sean técnicas, civiles o militares.

La clase política ha fracasado por distintas razones: Por no dar respuesta a las demandas ciudadanas, lo que se traduce en una creciente insatisfacción política (recordemos que el libro está escrito en 1993), que hoy llega a una desafección (casi) generalizada. La falta de representación pluralista de los diferentes y contrapuestos intereses sociales, la inhibición de la participación cívica y de la canalización y resolución de los conflictos sociales, que deben ser sus funciones principales, son algunos de sus más llamativos y sonoros fracasos: “…los conflictos de intereses crecen, se multiplican y, lejos de resolverse, se pudren, enconan o enquistan, aumentando el clima de ingobernabilidad”. (…)

“En suma, la productividad de la actual clase política es mínima, por no decir nula, dada su escasa eficacia o su directo fracaso a la hora de causar los efectos políticos que se esperan de ella. Pero si su productividad política como gestora de los intereses públicos, es tan baja, ¿qué es lo que hace, entonces, la clase política?: se diría que sólo se limita a defender sus intereses privados, en tanto que clase política. Desentendiéndose de sus efectos sobre la cosa pública, la clase política sólo busca sobrevivir, mantenerse, afianzarse, reforzarse, medrar, crecer a ser posible y, de no ser así, al menos reproducirse y autoperpetuarse, incluso a costa de tener que encerrarse y encastillarse oligárquicamente, guareciéndose en un espléndido aislamiento que la priva de todo contacto con la misma realidad social a que debiera dirigir”.

Parece como si no hubiera pasado el tiempo. Es curioso comprobar que algunas de estas mismas razones han sido recientemente expuestas en diferentes tribunas de prensa, en uno u otro sentido. Las siguientes son de lectura muy recomendable:

Cesar Molinas: Una teoría de la clase política española. EL PAÍS 10-9-2012

Germán Cano: El desprecio de los políticos. EL PAÍS 9-10-2012

José María Izquierdo: A favor de los políticos. Y de que cambien EL PAÍS 16-10-2012

J.Antonio Gómez Yáñez ¿Se puede reformar la política? ¿Cómo? EL PAÍS 31-10-2012

Resulta más que preocupante que aún hoy encontremos demasiadas coincidencias y puntos en común con la grave crisis que atravesamos en la actualidad.

“Suele pensarse que quien deserta de la cosa pública es la ciudadanía, cuya desmovilización, conformismo y apatía le mueve hacia el apoliticismo más insolidario. Sin embargo, muy bien pudiera ser al contrario: que fuera la clase política quien hubiese desertado de la cosa pública, refugiándose en la defensa más egoísta de su propio interés corporativo, a espaldas por completo de cualquier consideración sobre sus compromisos políticos”.

En el sector sanitario, asistimos en estos días a numerosos incendios y solo cabe comprobar también con asombro cómo las actuaciones de algunos de estos responsables públicos revelan “los abismos de irrisoria mediocridad en que se hunden los malos profesionales de la política. Y esta torpe ineficacia técnica… [les hace parecer] …meros aficionados malamente metidos hoy a mercenarios”.

Pero acaso lo más grave sea la instrumentalización del interés público en beneficio de intereses privados, lo que supone el detrimento de la gestión programada de la cosa pública, subvirtiendo la esencia misma de la política. Insiste Enrique Gil Calvo en que “… lo peor es que aún hay algo más. Y es que el mal ejemplo dado por la clase política se contagia virulentamente al resto de la sociedad, donde se inocula esta misma estrategia empresarial que sólo busca la rentabilidad inmediata”.

Y efectivamente, tanto en el campo de la economía, como en las relaciones culturales o en la propia sociedad civil, por doquier cunde el ejemplo y anidan estrategias oportunistas, depredadoras y parasitarias, que relegan su eficacia productiva a un plano puramente secundario, e todo caso supeditado al objetivo prioritario de recaudar recompensas inmediatas”. Un excelente ejemplo de ello lo constituyen, a mi juicio, las prácticas poco edificantes de ‘revolving door’ en la política y en el mundo sanitario de las que se hacía eco hace pocos días, en un excelente reportaje, un diario nacional (De la pública a la privada y al revés. EL PAÍS 2-12-2012) y en el que aparecían numerosos protagonistas.

Dejamos aquí –de momento- el comentario del librito Futuro incierto, mientras se siguen produciendo protestas y reacciones a los planes de privatización anunciados (Protestas fundadas. EL PAÍS 3 de diciembre de 2012).

Unos planes, en cualquier caso, que parecen hacerse en contra de la opinión mayoritaria de los ciudadanos, a los que nadie ha tenido en cuenta.

Seguiremos…
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