miércoles, 3 de enero de 2018

O Jardim dos Valores Universais (y II)

Como en otras ocasiones, pensaba uno colocar una cita al frente de la segunda parte de este rimbombante post dividido en dos partes y dedicado al Jardín de los Valores Universales de Mafra, pero una reciente lectura me hace reconsiderar esta decisión y pensármelo dos veces. Afirma Andrés Trapiello en la última entrega de sus diarios (que llevan el hermoso y casi metafísico título inspirado en La Celestina de Mundo es) que “una cita ajena dice de nosotros más de lo que pudiéramos decir. Para bien y para mal. Por eso hay que tener cuidado con lo que citas. La originalidad se ve a menudo más en lo que uno toma de otro que en lo que uno mismo saca de sí.” Sirva pues esta advertencia como llamada general de atención y cita del autor en sí misma…

Al hilo de la anterior entrada, José Manuel Brea Feijoo me hace llegar, a través de un  amable comentario en el blog, un breve ensayo sobre los Valores Universales, que la autora del mismo define como: “el conjunto de normas de convivencia comunes, válidas y universalmente aceptadas en un tiempo y época determinada. (…) no es un concepto sencillo [ya] que en ocasiones se confrontan valores importantes que entran en conflicto. El derecho a la vida y a la salud, el respeto a la propiedad privada, la observancia de las leyes, etc...”
.
Alertábamos en esa primera parte frente al lenguaje de madera constituido por una espesa mezcla de misticismo new age, pensamiento holístico-ecológico y algo de espiritualismo grandilocuente, que con frecuencia desprenden algunos de estos textos repletos de hipérboles y palabras excesivas.

[He aquí un breve ejemplo del tipo de prosa al que nos referimos, inspirado en la conocida Carta del Gran Jefe Seattle (1855):

Esto sabemos.
Todo está conectado
como la sangre
que une a una familia…
Lo que le acaece a la tierra,
acaece a los hijos e hijas de la tierra.
El hombre no tejió la trama de la vida;
es una mera hebra de la misma.
Lo que le haga a la trama,
se lo hace a sí mismo.

Conviene pues, como casi siempre en temas de tamaña importancia, mantener una saludable, prudente y respetuosa distancia escéptica, tanto para evitar calentamientos de cabeza como imposibles afanes de pseudotrascendencia.

Dicho esto, y estando ya avisados, continuaremos con la transcripción del resto de Valores Universais que encontramos en nuestro recorrido por el jardín (Igualdad, Confianza, Verdad, Amor, Paz, Felicidad…).

IGUALDAD

«La más original igualdad es la de todos los seres y fenómenos en cuanto idénticas manifestaciones, únicas e irrepetibles aunque interconectadas en el fondo sin fondo de la realidad y de la vida. En este sentido, todos son sagrados y están dotados de un valor intrínseco, irreductible a su evaluación, mercantilización e instrumentalización por intereses económicos o de otro tipo. El mundo y la naturaleza son inmensamente dignos de respeto, en su totalidad y en cada entidad interdependiente que los constituye. Todos los seres, desde el más elemental al más complejo, son igualmente importantes por su incomparable singularidad y por contener cada uno en sí la totalidad del universo en el cual está contenido simultáneamente, en consonancia con una visión holística del mundo donde hoy convergen tradiciones espirituales milenarias y la ciencia contemporánea.

En el plano humano, la igualdad radica no sólo en que todos los seres humanos sean idénticos en cuanto que diferentes manifestaciones de la misma vida universal, sino en que todos poseen un potencial ilimitado de desarrollo y realización que no es susceptible de comparaciones y juicios según criterios externos. Cada ser humano, tal como cada ser vivo y cada fenómeno del universo, es una fulguración esplendorosa y única del misterio del mundo, y como tal debe ser reconocido y respetado, por más elemental, limitado o negativo que parezca en una mirada superficial o precipitada. La evolución de las sociedades, naciones y culturas se mide por el grado en que integran, en el dominio público y privado, este reconocimiento, respeto y confianza en las innegables potencialidades de cada ser humano, así como por su capacidad de estimular y promover su pleno desarrollo.»

CONFIANZA

«La confianza es el sentimiento de tener en nosotros y en todo una verdad, cordura y bondad naturales, la verdad, cordura y bondad de la naturaleza profunda de todas las cosas. Ella es el fondo y la raíz de todas nuestras posibilidades de desarrollo. Cuando nos conectamos con ese fondo confiamos en lo mejor que hay en nosotros y en los demás y no nos identificamos con el miedo, el desaliento, la desesperación, la tristeza y la negatividad, por más repentinamente que a veces se manifiesten.

Confiamos en el mundo, en la existencia y en la vida como una inmensa posibilidad de crecimiento y mejora, incluso y sobre todo a través de las experiencias más arduas y dolorosas, sabiendo que ellas son dones que nos ofrecen la posibilidad de liberarnos de lo que retrasa o impide nuestra evolución. Esta confianza no es una fe ciega o un sueño irreal, sino una experiencia que viene del fondo de un corazón abierto, sensible y sabio, que no ignora los problemas y dificultades de la vida, pero ve que siempre podemos no dejarles la última palabra o las que sólo parecen negativas en tanto no logramos o no queremos ver la puerta y el horizonte más amplios que nos abren.

Donde se da esta confianza profunda es posible la paz.»

VERDAD

«La verdad consiste en desvelar la naturaleza profunda de la realidad –de la vida, de los seres y de las cosas- en la con(s)ciencia. Es una experiencia de apertura sin límites a lo que se puede llamar sabiduría: no un conocimiento exterior, intelectual sino saborear la plenitud de la vida en todas sus manifestaciones.

Los griegos lo llamaron alétheia [ἀλήθεια] –no olvido, desvelamiento, desocultamiento– y los indios satya, que viene de sat , lo que es, lo real. La verdad es no olvidar lo real, todo lo que se manifiesta aquí y ahora, en cada instante, cambiarlo por preocupaciones con el pasado y el futuro y por palabras, conceptos e imágenes que apenas traducen nuestras percepciones, interpretaciones y juicios limitados. La etimología indo-europea de real evoca la riqueza, la abundancia. La naturaleza de las cosas es abundante, llena de todas las posibilidades: la verdad y la sabiduría son la con(s)ciencia y la experiencia de la misma en el presente, porque es sólo en él que las cosas existen y la vida se ofrece.

La verdad no se puede nunca reducir a una definición, doctrina o símbolo. Nos invita a trascender conceptos, imágenes y palabras en una experiencia contemplativa y silenciosa que apacigua y libera de la agitación mental y emocional que oscurece la con(s)ciencia. La verdad se manifiesta en el fondo de todo, abre la mente y el corazón y se manifiesta en la autenticidad del silencio, del pensamiento, de la palabra y de la acción. La verdad nos vuelve auténticos, confiados y generosos, mostrando nuestra permanente vinculación a algo más vasto que a nuestros pequeños yo, que cubre todo cuanto existe. Por eso algunas tradiciones la identifican con Dios o con la Vida, el Infinito, la Naturaleza. El Ser, el Vacío o la Vía, entre otros nombres para sugerir lo que no se puede decir, sino que se experimenta en los momentos más plenos de nuestras vidas, que nos maravillan y arrebatan de gratitud y amor.

La verdad se da en el sentimiento de que por más difíciles que sean las circunstancias, hay algo sano, perfecto y bueno en todo cuanto existe. Una presencia que atraviesa todos los seres y las cosas. A cada instante. Ahora mismo. Pruébalo, nos libera.»

AMOR

«El amor es el sentimiento que brota naturalmente de un corazón libre y sensible a la interconexión de todas las formas de la vida. En su plenitud es la aspiración activa a la felicidad de todos los seres, sin esperar nada a cambio. El verdadero amor es infinito, universal e incondicional. Todos tenemos ese potencial, que se realiza extendiendo a cada vez más seres el deseo profundo de que nosotros y nuestros seres queridos seamos plenamente felices. El camino para el verdadero amor es el de la expansión de ese deseo de felicidad, irradiando en círculos cada vez más amplios, hasta cubrir todo el universo y todas las expresiones de la vida, sintiéndolas a todas como íntimas y próximas.

El amor es una empatía movida por la sabiduría y por la bondad. Cuando despierta no hay dificultad que no sea vencida, obstáculo que no se convierta en un paso para una conciencia y una realización mayores, debilidad que no se transforme en fuerza. El amor disuelve el egoísmo, el afán de posesión y el apego en un cuidado altruista por el bien del otro, que lo deja libre para ser quien es, sin instrumentalizarlo como un objeto que satisface nuestras ideas, deseos y expectativas: quien ama nada teme y no tiene adversarios ni enemigos, pues extiende el amor mismo a quien se agrede a sí mismo o a otros. Quien ama no aspira a otro poder que no sea el de amar cada vez más. Y otro poder no hay.

Puede ser que amar derive del indo-europeo amma, el sonido del niño para llamar a la madre, lo que muestra al amor en la encrucijada entre la sed ávida del seno materno y la generosidad incondicional con que este se ofrece. Pasar de la sed a la fuente resume todo el sentido de la vida si queremos evolucionar desde el consumo ávido de personas, objetos y experiencias hasta la divina superabundancia que reside en nosotros y en el mundo y es la propia Vida universal. Una inagotable fuente de compasión.»

PAZ

«La paz es la tranquilidad del espíritu y del corazón en todas las circunstancias y experiencias, incluso o sobre todo en las más turbulentas, peligrosas, violentas y difíciles. La verdadera paz es simultáneamente un don y una conquista si podemos abrirnos y compartir con el fondo sin fondo de la realidad y la vida, en las profundas entrañas del océano del mundo donde desde siempre ha habitado la verdad y jamás penetra en el torbellino de las olas hasta la superficie. Es en esa paz profunda, que reside en lo íntimo del ser y de la con(s)ciencia, donde radica la posibilidad de nuestra pacificación, individual y colectiva.

Esa pacificación viene de la profundización de la sabiduría y de la comprensión, del amor y de la compasión, de la alegría y de la gratitud, de la paciencia, del perdón y de la confianza. Por este camino, inseparable de la atención plena a lo que ocurre en cada momento en nuestro interior, la turbulencia de los pensamientos y emociones se calma, dejamos de identificarnos con ellos y comenzamos a ver cómo son de insignificantes en el amplio y pacífico espacio en el que se forman, transforman y disipan. Por la meditación y por la contemplación vemos y experimentamos que la agitación y el drama no tocan jamás la paz de nuestra naturaleza profunda e impoluta, que comenzamos así a descubrir como nuestra verdadera identidad, inseparable de la naturaleza común de todo y de todos.

En sintonía con la paz que somos, la irradiamos y la compartimos, sin esfuerzo y sin hacerlo, en todo lo que pensamos, decimos y hacemos, o en el simple estar aquí y ahora, conscientes, sin hacer nada sino respirar y ser. En sintonía con la paz que somos, vivimos en el mundo sin participar en su turbulencia y conflicto, dejamos de ser obstáculos y nos hacemos vehículos de la divina y sagrada presencia y respiración que circula en todas las cosas. Así, la felicidad es un constante florecimiento y fructificación.»

FELICIDAD

«La felicidad no es el placer fugaz, ni siquiera la más extática y arrebatadora alegría, sino un estado y un sentimiento duraderos de profunda satisfacción y realización, que viene del interior y no depende de algo que pueda acontecer o no, que se pueda ganar o perder o aumentar y disminuir. La felicidad más profunda expresa la plenitud de ser y acompaña el florecimiento global de todas nuestras facultades cognitivas y afectivas, la ilimitada comprensión y amor del mundo y de todas las formas de vida. La felicidad más profunda integra y supera, sin ignorarlas, las experiencias del dolor, del sufrimiento y del conflicto, tal como trasciende a la inquietud y ansiedad todavía inherentes a la búsqueda y al deseo de ser feliz.

La felicidad más profunda es un sentimiento de cumplimiento y realización del sentido de la vida, una sensación de integridad y perfección, mientras siga siendo el horizonte de crecimiento que se abre ante nosotros, una experiencia de no estar para fallar el objetivo y pasar junto a nuestra única y más auténtica vocación: precisamente la de ser felices. Es sugerente que pecado sea la traducción latina del griego amartia, que significa fallar el objetivo (errar el blanco). Ser feliz es sentir que el viaje de la vida acierta en su objetivo profundo: la plenitud, que muchas tradiciones describen como salvación, unión con Dios, despertar, iluminación o liberación.

La felicidad más profunda es una serena bienaventuranza más allá de las palabras. En ella no estamos solos pues en ella todos los seres y cosas están unidos. La felicidad más profunda es simultáneamente el más íntimo y cósmico de los acontecimientos, el esplendor de cada con(s)ciencia y de todo el universo, la poderosa, amplia y serena Fiesta de la Vida. Para la cual todos estamos convidados desde siempre y a cada instante.


En fin, y por si alguien echa de menos alguna de estas enormes palabras, incapaces por sí solas de encerrar cualquiera de los conceptos que designan, el cuadro anterior agrupa por familias un amplio catálogo de cualidades o valores humanos universales para usos varios...



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