sábado, 23 de diciembre de 2017

De cómo las palabras construyen el mundo

            Foto: Toute vérité est negociable, graffiti en la rue de la Loi (Bruselas)

«La característica de la verdad es que no necesita otra prueba que la verdad.»
Jeremy Bentham 
«No hay razón sin palabras, pero tampoco puede haber sin ellas fanatismo. En la palabra se manifiesta la salud de la razón, pero, a su vez, el fanatismo siempre aparece como una enfermedad de la palabra, una especie de inflamación absolutista de los significados. Toda predilección [cabría decir, sensu contrario, odio o animadversión] por una palabra en sí, al margen de un contexto, es un temible síntoma de predisposición al fanatismo.»
Rafael Sánchez Ferlosio
  
A estas alturas uno tiende a pensar que su capacidad de asombro y sorpresa está más que cubierta y saturada, es decir que seguramente hemos vivido, visto, leído o escuchado (casi) de todo… hasta que compruebas con preocupación que en estos oscuros tiempos de la posverdad la realidad supera con creces cualquier imagen o ficción distópica.

El viernes 15 de diciembre The Washington Post revelaba que la Administración Trump ha prohibido a los analistas y funcionarios de los CDC (Centers for Disease Control and Prevention), la principal Agencia de Salud Pública del país, el uso de una serie de palabras o frases como “feto”, “transgénero” o “diversidad” en los documentos oficiales del presupuesto para el próximo año: CDC gets list of forbidden words: Fetus,transgender, diversity, vulnerable, entitlement, evidence-based, science-based.

Junto a calificativos como ‘escandaloso’ y ‘orwelliano’ la noticia aparece también recogida en The New York Times y un par de días más tarde en El País y en el diario El Mundo

Al parecer los analistas de la Agencia tampoco podrán emplear términos como “autorización” o “vulnerable” ni expresiones como “basado en la evidencia”, o “basado en datos científicos”. En este caso proponen utilizar en su lugar una expresión más genérica como: “los CDC basan sus recomendaciones en la ciencia así como teniendo en cuenta los principios y deseos generales”.

Puede parecer una broma, pero resulta más que evidente que nos encontramos ante una cuestión de carácter ideológico, ya que supone un giro conservador en la definición y narrativa de asuntos como el aborto o la orientación sexual. Desde que el presidente Donald Trump llegó a la Casa Blanca se ha planteado ya en diferentes ocasiones en distintas agencias cómo abordar los temas relativos a la identidad de género o el derecho al aborto, que fueron especial objeto de atención en la agenda política nacional durante la administración Obama. 

Las palabras citadas se emplean sobre todo en la redacción de documentos de carácter presupuestario por analistas del CDC en relación con el VIH/Sida, Hepatitis Vírica, Enfermedades de Transmisión Sexual o Prevención de la Tuberculosis. Ya en marzo pasado el departamento de Sanidad (Department of Health and Human Services) dejó de incluir en dos estudios preguntas sobre orientación sexual e identidad de género. También se ha retirado de su página web información para estadounidenses que pertenecen al grupo LGTBEntre la información ocultada destacan los servicios existentes para personas LGTB y sus familias sobre cómo adoptar niños o recibir ayuda en caso de que sean víctimas de tráfico sexual.

Parece claro que, además de generar ambigüedad y confusión, con este tipo de gestos se minusvalora y subestima la rotundidad de los datos científicos y empíricos y se pretende cambiar el discurso de cómo se conversa sobre asuntos que generan gran división social en el país.

Esta historia remite a una especie de moderna versión del más rancio utilitarismo, que presupone que no existe “la Verdad”, es decir que no hay una única descripción correcta de la realidad. La verdad sería relativa a nuestras circunstancias concretas, a nuestros intereses y prioridades. El utilitarismo considera que las ideas verdaderas son aquellas que se revelan como más útiles, en el sentido de que las consecuencias prácticas de su aceptación contribuyen al bienestar y la felicidad humana. Por eso la verdad de una idea se definiría por su utilidad, es decir, por los resultados o consecuencias producidos por ella (en este sentido esta doctrina es una forma de consecuencialismo). Pero la negación de la idea de verdad aplicada a los conceptos implica y conlleva la destrucción del significado.

Hace algunos años George Lakoff, profesor de Ciencia Cognitiva y Lingüística en la Universidad de California en Berkeley, alertaba sobre el (ab)uso de las palabras para crear marcos mentales de referencia que condicionan y conforman nuestro modo de ver el mundo: «Todas las palabras se definen en relación a marcos conceptuales. Cuando se oye una palabra, se activa en el cerebro su marco (o su colección de marcos). Cambiar de marco es cambiar el modo que tiene la gente de ver el mundo. Es cambiar lo que se entiende por sentido común.»

Todo esto no deja de ser una clara muestra de la tendencia cada vez más frecuente a profanar el sentido de las palabras y el contenido de los conceptos. En este sentido, el filósofo Alasdair MacIntyre señalaba: «Alterar los conceptos, ya sea modificando los existentes, inventando otros nuevos o destruyendo los viejos, es alterar el comportamiento. Es sabido que el uso reiterado de determinadas palabras acaba configurando una realidad distinta; y lo que es aún más importante, si cambia nuestra percepción de la realidad, también se modifica nuestra conducta…

De esta manera, la adulteración del sentido conduce al galimatías. Un vocablo suscita múltiples interpretaciones por lo que roto el consenso significativo, se quiebra la objetividad.

Se atribuye a Joseph Goebbels la conocida frase “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”. Obviamente, repetir mil veces una mentira no cambia la realidad, pero sí su percepción. Esta es la clave y el objetivo último, alterar los conceptos, cambiar actitudes y modificar el comportamiento.

En su célebre novela 1984 George Orwell imaginó una sociedad dictatorial en la que el uso de la neolengua y del doblepensar provocan la destrucción y modificación de la realidad a través de los medios de manipulación de masas, contribuyendo a perpetuar en el poder a la dictadura del Gran Hermano.

La noticia de la prohibición del uso de algunos términos en los informes de los CDC estadounidenses es preocupante porque supone renunciar a las palabras y limitar el lenguaje. Eliminar ideas y conceptos es un primer paso para el totalitarismo al impedir pensar sobre el presente, recordar el pasado y considerar el futuro. Por ello, frente a la manipulación, el relativismo de los hechos y la tergiversación de las fake news conviene estar alerta.

Finalmente, una recomendación:

En un breve e indispensable librito (Sobre la tiranía), el historiador norteamericano Timothy Snyder recuerda través de Veinte lecciones que aprender del siglo XX que «la historia no se repite, pero sí alecciona», señala que la verdad está amenazada y advierte que «la posverdad es el prefascismo»

[En los siguientes enlaces, tres comentarios de Juan Cruz a propósito del libro:
Aviso contra la tiranía para uso de españoles (2). "Abraza, toca, canta, llora, lee libros."
Aviso contra la tiranía para uso de españoles (3). "Más divertido que un mitin normal"]

Pues eso, atentos…

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