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domingo, 27 de febrero de 2022

Tres ‘clásicos’ de la literatura médica

        Fill in the blanks, 19420. Foto: Shorpy
«En algún lugar de un libro hay una frase esperándonos para darle un sentido a la existencia.»
(Miguel de Cervantes)

Al hilo de la presentación de unos módulos del Curso de Experto Universitario en Gestión Clínica (UNED-ENS) en la sede de la facultad de Derecho, C.C. Políticas y Sociología de la UNED, me anima Miguel Ángel Máñez @manyez a seleccionar, recomendar y sugerir –en especial a clínicos o gestores, pero también con carácter general- la lectura de algunos artículos de revistas médicas que considerase de referencia o “clásicos”, en el sentido de «lo que debe tomarse como modelo por ser de calidad superior o más perfecto», aunque, como bien explica la Wikipedia, «el término ‘clásico’ se refiere a un concepto sumamente complejo por cuanto asocia aspectos históricos y aspectos abstractos y normativos (…) y no posee una determinación estable o comúnmente bien definida en términos teóricos o epistemológicos».
En un brillante ensayo de 1981 (Por qué leer los clásicos), recogido después en un magnífico libro póstumo con el mismo título, Ítalo Calvino (1923-1985) definía y explicaba las razones por las que, a su juicio, un libro puede ser considerado como un clásico y debiera ser leído:
  1. Los clásicos son los libros de los cuales por lo general se oye decir: «Estoy releyendo…» y nunca «Estoy leyendo...». Leer un gran libro por primera vez en la madurez es un placer extraordinario, diferente de (aunque no se puede decir mayor o menor que) el placer de haberlo leído en la juventud. Siendo jóvenes trae a la lectura, como a cualquier otra experiencia, un sabor particular y un sentido particular de importancia, mientras que en la madurez se aprecia (o deberían apreciarse) muchos más detalles y significados de esa misma lectura.
  2. Usamos la palabra «clásicos» para aquellos libros que son atesorados por quienes lo han leído y amado; pero ellos no son menos apreciados por aquellos que tienen la suerte de de leerlos por primera vez, en las mejores condiciones para disfrutarlos.
  3. Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual.
  4. Toda relectura de un clásico es [tanto] una lectura [un viaje] de descubrimiento como la primera [lectura del mismo]
  5. Toda lectura de un clásico es en realidad una relectura.
  6. Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir. 
  7. Los clásicos son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado (o más sencillamente, en el lenguaje o en las costumbres). Este punto está estrechamente ligado al punto 5 («cada lectura de un clásico es de hecho una relectura»). Según Calvino, las escuelas y universidades deberían ayudarnos a entender que ningún libro que habla acerca de otro libro dice más que el libro en cuestión. Hay una actitud muy generalizada de los valores por el cual la introducción, aparato crítico, y la bibliografía se utilizan en realidad como cortina de humo para ocultar lo que el texto tiene que decir.
  8. Un clásico es una obra que suscita un incesante ‘polvillo’ de discursos críticos, pero que la obra se sacude continuamente de encima. Un clásico no necesariamente nos enseña algo que no sabíamos antes. En un clásico, hay veces que descubrimos algo que siempre hemos conocido (o creíamos saber), pero sin saber que este autor lo dijo primero, o al menos se asocia con él de una manera especial. 
  9. Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad. 
  10. Se llama clásico a un libro que se configura como equivalente del universo, a semejanza de los antiguos talismanes.
  11. Tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti mismo en relación y quizás en contraste con él.
  12. Un clásico es un libro que está antes que otros clásicos; pero quien haya leído primero los otros y después lee aquél, reconoce enseguida su lugar en la genealogía. Este punto, trata de un problema importante relacionado con preguntas tales como: ¿Por qué leer los clásicos en lugar de concentrarse en los libros que nos permiten comprender nuestras propias mentes más profundamente? o, ¿dónde vamos a encontrar el tiempo y tranquilidad para leer a los clásicos, abrumados como estamos por la avalancha de los acontecimientos actuales? Sin embargo, a estas preguntas, Calvino responde con las últimas dos razones: 
  13. Es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo.
  14. Es clásico lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más incompatible se impone.
Con todo, hay que añadir que, en ese mismo ensayo, Calvino también insiste en que no habría que sentirse obligado a leer una lista de libros «imprescindibles»: «Si no salta la chispa, no hay nada que hacer: no se leen los clásicos por deber o por respeto, sino sólo por amor»

Sobre las revistas científicas cabe decir que, en general, se trata de publicaciones periódicas que intentan recoger el progreso de la ciencia, incluyendo, entre otras cosas, informes sobre las nuevas investigaciones.

Como es sabido, las revistas científicas de prestigio y/o reconocidas son revisadas por pares dentro de la comunidad científica, en un intento de asegurar un máximo de estándares de calidad, así como validez científica; con ello, la revista científica alcanza un alto nivel de fiabilidad (y credibilidad). Los artículos publicados en cada edición representan lo más actual en la investigación en el campo que cubre la revista. La primera revista científica de la que se tiene constancia es la francesa Le Journal des sçavans de 1665, seguida poco después, el mismo año, por la británica Philosophical Transactions of the Royal Society, que todavía continúa publicándose.

 En general las revistas médicas se clasifican en función de su factor de impacto (número de veces que sus artículos han sido citados en un año) y su proceso de revisión por pares. Lógicamente, las revistas con un factor de impacto elevado son más influyentes en un área general o específica de la medicina.

De acuerdo con ello, las revistas médicas generalistas más importantes y prestigiosas (se les ha llamado “las cinco grandes”) serían las siguientes:

·     New England Journal of Medicine (NEJM)

Es la revista médica más antigua. Fundada en 1812 por John Collins Warren MD. Tiene un factor de impacto (2020) de 74,699 y unos 600.000 lectores por semana. Tasa de aceptación de originales: 5% 

·     The Lancet 

Fundada en 1823 por el cirujano inglés Tomas Wakley. Tiene un factor de impacto (2020) de 60,392. Más de 84 millones de visitas anuales en TheLancet.com y 141 millones de artículos descargados en The Lancet.com y ScienceDirectTasa de aceptación de originales: 5%.

·    Journal of the American Medical Association (JAMA)

Fundada en 1883, es la revista médica con mayor difusión del mundo. Tiene un factor de impacto (2020) de 51,273 y unos 277.000 lectores por semana. Tasa de aceptación de originales: 10%

·     The BMJ (British Medical Journal)

Fundada en 1840, tiene un factor de impacto de 30,223 y una tasa de aceptación de originales del 7%

·     Annals Of Internal Medicine

Fundada en 1927, se publica con una periodicidad quincenal. Tiene un factor de impacto (2020) de 25,391. Cuenta con más de 59.000 lectores semanales y una tasa de aceptación de originales de 6-8%                                                                                                                                                                                                                                                              
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Aunque nunca es fácil hacer una selección, recomendaré tres artículos de este tipo que hemos denominado clásicos (más aun, yo diría que de lectura imprescindible), aparecidos en tres de estas revistas:

El primero de ellos, un artículo del Dr. Francis W. Peabody The care of the patient, (“El cuidado del paciente”), escrito a partir de una charla impartida a los estudiantes de la Harvard Medical School en octubre de 1926, fue publicado en la revista JAMA en marzo de 1927. Se ha dicho que es el artículo médico más citado y reproducido de toda la literatura médica. Casi 100 años después de su publicación, la descripción de la despersonalización de los pacientes en el entorno hospitalario, sigue estando plenamente vigente:

«Los hospitales, al igual que otras instituciones fundadas con los ideales humanos más elevados, tienden a deteriorarse hasta convertirse en máquinas deshumanizadas, e incluso el médico que más se preocupa por el bienestar del paciente descubre que la presión del trabajo lo obliga a prestar la mayor parte de su atención a los enfermos y enfermos críticos, a aquellos cuyas enfermedades son una amenaza para la salud pública. En tales casos, primero debe tratar la enfermedad específica, y luego queda poco tiempo para cultivar más que un contacto personal superficial con los pacientes. Además, las circunstancias en que el médico atiende al paciente no son del todo favorables al establecimiento de la íntima relación personal (…), porque una de las características sobresalientes de la hospitalización es que saca completamente al paciente de su entorno habitual.» (…)

«Cuando un paciente ingresa en un hospital, una de las primeras cosas que comúnmente le sucede es que pierde su identidad personal. Generalmente se le conoce, no como Henry Jones, sino como "ese caso de estenosis mitral en la segunda cama de la izquierda". Hay muchas razones por las que esto es así, y el punto es, en sí mismo, relativamente poco importante; pero el problema es que conduce, más o menos directamente, a que el paciente sea tratado como un caso de estenosis mitral, y no como un enfermo. La enfermedad se trata, pero Henry Jones, que pasa noches en vela mientras se preocupa por su esposa e hijos, representa un problema mucho más complejo que la fisiopatología de la estenosis mitral. y es probable que mejore muy lentamente a menos que un residente perspicaz descubra por qué incluso grandes dosis de digitálicos no logran disminuir su ritmo cardíaco. Henry tiene una enfermedad cardíaca, pero no está tan preocupado por la disnea como por la ansiedad por el futuro, y una conversación con un médico comprensivo que trata de aclararle la situación y luego hace que el trabajador social lo atienda para encontrarle una ocupación adecuada, hace más para recuperarlo que un libro lleno de drogas y dietas.»

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Hace ahora cuarenta años, en marzo de 1982, el doctor Eric Cassel, publicó también en The New England Journal of Medicine otro de estos artículos emblemáticos con el título The nature of suffering and the goals of medicine (“La naturaleza del sufrimiento y los objetivos de la medicina”). Transmite (ver aquí traducido) un mensaje capital: los que sufren no son los cuerpos, son las personas, al tiempo que denuncia la escasa atención prestada al problema del sufrimiento en la formación, la investigación o la práctica médica, y establece una distinción -basada en observaciones clínicas- entre sufrimiento y dolor físico. Durante mucho tiempo, en la literatura médica el dolor y el sufrimiento han aparecido estrechamente vinculados, pero son fenomenológicamente diferentes. A mayor dolor se presupone que debe haber mayor sufrimiento, pero no siempre es así. El sufrimiento puede abarcar el dolor físico, pero en modo alguno se limita a él. Se puede tener dolor sin sufrimiento (como en un parto normal de un hijo deseado y sufrir intensamente sin dolor, al perder un ser querido.

Dolor y sufrimiento no son, por tanto, sinónimos, aunque con frecuencia suelen identificarse como tales en una sociedad como la nuestra, excesivamente medicalizada. El dolor se refiere a una aflicción del cuerpo, (somática), que puede manifestarse de muchas formas; en cambio, el sufrimiento constituye un estado psicológico, (de la mente), que se caracteriza por sensaciones de miedo o ansiedad.

Aliviar el dolor y paliar el sufrimiento constituyen, pues, obligaciones ‘gemelas’ de las profesiones sanitarias. Podemos, idealmente, imaginar un hospital sin dolor, pero es impensable un hospital sin sufrimiento.

Eric Cassell nos recuerda que «los métodos reduccionistas de la ciencia, tan exitosos en biología humana, no nos ayudan a comprender a la persona en su totalidad. Teniendo en cuenta la complejidad de las personas y la potencialidad de enfermar y de sufrir que existe en todos, podemos olvidarnos de cualquier definición de sufrimiento que sea excesivamente simple. Todos los aspectos de una persona –el pasado, el pasado familiar, la cultura y la sociedad, los roles, la dimensión material, las asociaciones y relaciones, el cuerpo, lo inconsciente, lo político, lo secreto, el futuro percibido y la dimensión trascendente– son susceptibles de dañarse y de perderse.»

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El tercer artículo cuya lectura ‘recomendamos’ fue publicado por el neurocirujano Bryan Jennett en BMJ en diciembre de 1984 "Inappropriate use of intensive care" (“Uso inapropiado de los cuidados intensivos”). Aunque inicialmente se refiera a los cuidados intensivos, sus conclusiones pueden aplicarse a cualquier procedimiento, medio diagnóstico, tratamiento o tecnología sanitaria.

En realidad, definir lo que es apropiado en la práctica clínica no es tarea sencilla. Las aproximaciones desde la economía de la salud sugieren que sólo es apropiado lo que es técnicamente posible, socialmente aceptable y económicamente viable. Sin embargo, como se pone de manifiesto en este excelente artículo, las aproximaciones desde la práctica clínica y desde la ética médica sugieren que un procedimiento es inapropiado si es innecesario, inútil, inseguro, inclemente, o insensato.

Un procedimiento puede considerarse innecesario si el objetivo deseado se puede obtener con medios más sencillos; inútil si el paciente está en una situación demasiado avanzada como para responder al tratamiento; inseguro, si sus riesgos o posibles complicaciones sobrepasan el probable beneficio; inclemente, si la calidad de vida ofrecida no es lo suficientemente buena como para justificar la intervención; y será imprudente o insensato (unwise), si consume recursos de otras actividades que podrían ser más beneficiosas.

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Ya saben: tres artículos de lectura imprescindible y periódica (cada tres o cuatro años, al menos)…

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martes, 10 de agosto de 2021

Acuerdos, principios y otras imposturas…

           Amanecer (julio 2021)

«Son páginas los días de un libro misterioso.»

Felipe Benítez Reyes

«El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto son y de las que no son en cuanto no son.»

Protágoras

Disertaba Javier Gomá Lanzón, en un viejo artículo publicado hace unos años en el diario El País, sobre lo que significa y conlleva la expresión poner o «prestar atención», advirtiendo contra esos latosos inoportunos e impertinentes que (nos) asaltan y usurpan nuestra soledad, permutándola alevosamente por mortal aburrimiento, lo que califica incluso como ‘delito de lesa humanidad’. Recordaba, además, que «la condición de latoso no es exclusiva del individuo, sino que una densa trama de actos protocolarios a los que las expectativas creadas en la vida privada y profesional nos obligan a asistir usuran nuestro tiempo sin aparente beneficio de nadie, y así hartas veces es precisamente la propia sociedad la que se constituye en el más temible y alienante de nuestros time consumers.»

Coincidía en esto con la opinión expresada hace ya tiempo por el gran crítico George Steiner, fallecido hace apenas año y medio, en un breve librito (La barbarie de la ignorancia. Ed. Taller Mario Muchnik. Madrid, 1999), en el que sostenía que «a una obra se le debe atención, y la atención lleva a la reflexión…». De aquí que nadie debería, por tanto, importunar o distraer(nos) impunemente (d)el siempre escaso tiempo de que disponemos para atender al disfrute, contemplación o lectura atenta de la obra de arte, en tanto en cuanto revela cómo entendemos en lo esencial el mundo, aquello que nos hace precisamente (más) humanos o consideramos como valioso, bello o sublime, conceptos que -en palabras de Iris Murdoch- están a su vez relacionados con lo bueno y también, de diferentes maneras, con la idea de libertad. En una serie de agudos ensayos sobre filosofía y literatura publicados hace algún tiempo, (La salvación por las palabras. Ed. Siruela. Madrid, 2018), clama de hecho contra la gris monotonía de las cosas sin gracia –en el sentido amplio del término–.

Hasta hace unos meses, por razón de mi desempeño profesional me veía obligado con relativa frecuencia a asistir a un buen número de actos protocolarios o institucionales de esta naturaleza, con una notable y más que acreditada capacidad para ‘quitarnos la soledad sin darnos compañía’… gracias a latosos (y latosas) de toda clase y condición. No obstante, he de reconocer que en alguna ocasión ello resultaba sobradamente compensado con algunos otros que eran lo suficientemente emotivos y entrañables como para ‘reconciliarnos con el género humano’ por decirlo gráficamente.

En noviembre de 2019 tuve ocasión de asistir a la Mesa inaugural del 14º Congreso de pacientes con cáncer (último celebrado con carácter presencial) que, por diversas razones, resultó no solo (muy) entretenido sino, sobre todo, instructivo y aleccionador. En primer lugar, por las personas asistentes al mismo, encabezadas por mi amiga Begoña Barragán @BBarragan, siempre tan trabajadora y entusiasta; en segundo lugar por el original montaje y la escenografía del mismo, felizmente inspirada (y lograda con brillantes resultados) en el mundo del cine; y en tercer lugar por Ángel Rielo @angelrielo, la persona encargada de presentar y animar la ceremonia, que se definió a sí mismo como ‘feliciólogo’, cómico y ‘motivador de almas’.

En el trascurso del acto, este hombre citó los denominados “acuerdos toltecas”. Confieso que era la primera vez que oía hablar de este tema, y aunque inicialmente sonaba mucho a la espantosa (y pegajosa) jerga sensiblera y cursi de esos libros amarillos de aeropuertos y estaciones sobre autoayuda y crecimiento personal, me llamó la atención la seguridad, el convencimiento de sus palabras y la fuerza con la que transmitía su mensaje.

Al llegar a casa me vi casi en la obligación de hacer algunas averiguaciones sobre la cultura tolteca y este curioso asunto de los acuerdos. El origen se encontraba en una obra llamada Los cuatro acuerdos, publicada en 1997 por el "orador motivacional", escritor y cirujano (?) mexicano Miguel Ruiz y de la que al parecer ha vendido cerca de 4 millones de ejemplares, con textos y temas espiritualistas o neochamanisticos (sic).

[Información adicional (y absolutamente prescindible, por otra parte): Entre los pueblos nahuas precolombinos que habitaban en la altiplanicie de México y de América Central en la época de la llegada de los españoles, la palabra tolteca significaba alguien sabio que dominaba las artes y artesanías. Y la palabra ‘toltequidad’ equivalía a lo que hoy podríamos denominar como ‘alta cultura’. Tolteca era un gentilicio genérico, aplicado a todos los moradores de Mesoamérica. Deriva de la raíz Tol-, que significaba en su origen 'tallo, junco', de donde surgió el nombre de la ciudad de Tula o Tollan ('(lugar donde abundan) los juncos') y debido a la tradición cultural de esta ciudad tolteca (originalmente 'habitante de Tula') llegó a adquirir el sentido de 'persona instruida'. Las ideas toltecas recibieron el nombre tōltēcayōtl 'toltequidad' y se componían de fórmulas religiosas, artísticas y científicas que reflejaban la cosmovisión mesoamericana].

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 En fin, los llamados ‘acuerdos toltecas’ divulgados en su día por Don Miguel Ruiz (ver aquí su página Web con lo que parece un lucrativo y pintoresco negocio familiar a base de libros, cartas, sesiones de coaching, charlas y merchandising variado) son los siguientes:

1.    Sé impecable con tus palabras. Las palabras importan y son poderosas. Suele decirse que “hiere más una palabra que una espada”, se necesita saber usarla y comprenderla, hacerlo de forma asertiva y no usarla para herir. El politólogo Giovanni Sartori afirmaba: «Las palabras son nuestras gafas. Equivocar la palabra es equivocar la cosa». La precisión y el cuidado en la elección de nuestras palabras y expresiones nos lleva directamente a un estado de equilibrio y conformidad plena. Ello contribuye a frenar en el mundo la rueda del odio si, pese a todo, tratamos a las personas con respeto y consideración. Como dijo Shakespeare, “hay palabras que son puñales”, basta con asomarse a las redes sociales, pero también hay palabras que inspiran, acercan, animan y sanan. La palabra es sagrada y hay que aprender a usarla con unción y a callar cuando las palabras pueden lastimar a otros y contaminar un ambiente.

Entiendo que la idea también se refiere a ser respetuosos con la palabra dada y con los compromisos adquiridos, siendo coherente con lo que piensas y lo que haces.

2.    No te tomes nada personalmente. El mundo entero puede hablar sobre nosotros, pero si no lo tomamos como algo personal, seremos inmunes. Ignorando el juicio de los otros conseguiremos no dejarnos manipular y continuar libres. En el fondo, cada uno sabe bien quién es y cómo es en realidad, y nadie debe modificar esta percepción que cada uno tenemos de nosotros mismos, lo que supone directamente evitar enfados, estrés, dolor y cualquier otra sensación negativa para nosotros. Aquello que los otros dicen y hacen, las opiniones que manifiestan, todo sigue los acuerdos que ellos han adoptado consigo mismos y no con nosotros.

Cultivar esta actitud evita conflictos innecesarios y el hecho de sentirse ofendidos, con lo que no tendremos necesidad de defender nuestras convicciones. De este modo no haremos más grande alguna incómoda situación que en realidad es realmente pequeña.

3.    No hagas suposiciones. No prejuzgues. Tendemos a hacer suposiciones y juicios de valor sobre (casi) todo. Damos muchas cosas por sentado y creemos que lo que (pre)suponemos es cierto. Hacemos suposiciones sobre lo que los demás hacen o piensan nos lo tomamos personalmentey después, los culpamos y reaccionamos mal con nuestras palabras. Este es el motivo por el cual siempre que hacemos (pre)suposiciones, se suceden problemas. Hacemos una suposición, comprendemos las cosas mal, nos lo tomamos personalmente y acabamos haciendo un gran drama de nada.

Siempre es un grave error suponer que los demás saben lo que pensamos, que todo el mundo ve la vida del mismo modo que nosotros y que no es necesario decir lo que queremos de una manera asertiva. Harán lo que queremos porque nos conocen muy bien. Si no lo hacen, si no hacen lo que creemos que deberían hacer, nos sentimos heridos y pensamos: «¿Cómo ha podido hacer eso? Debería haberlo sabido». Suponemos que la otra persona sabe lo que queremos. Creamos un drama completo al hacer esta suposición y después añadimos otras más.

4.    Haz siempre lo máximo que puedas. Da siempre lo mejor de ti mismo(a). Limítate a hacer lo máximo que puedas en cualquier circunstancia de tu vida. Estés enfermo(a) o cansado(a), si siempre haces lo máximo que puedas, no te juzgarás a ti mismo(a) en modo alguno, no te harás reproches, ni te culparás o castigarás en absoluto. Si haces siempre lo máximo que puedas, nunca te recriminarás ni te arrepentirás de nada.

Busca la excelencia sin dejar de ser humilde. Dar lo mejor siempre te saca adelante y te permite convertir en posibles muchos imposibles. Mientras los pesimistas se quejan, los optimistas mejoran el mundo. Mientras algunos(as) buscan excusas para no hacer algo, las personas excelentes ya lo han hecho.

       Citas latinas en el techo de la torre de Montaigne

5.   Sé escéptico, pero aprende a escuchar. En un libro posterior (El quinto acuerdo), Miguel Ruiz, junto a su hijo José Ruiz, desarrolló este otro acuerdo. Se trata de usar el poder de la duda para discernir la verdad, para tomar la suficiente distancia, no creerse todos los mensajes y hacer desaparecer las mentiras, respetando las historias que los demás eligen contarse (y contarnos). De alguna manera todo el mundo construye su historia y dice mentiras, y por ello es importante escuchar sin juzgar, buscando sinceramente comprender al otro(a) en su propia historia.

Acabemos. Siempre es oportuno recordar que conviene no distraerse y estar muy atentos(as) a posibles martingalas e imposturas… puesto que la duda es el motor del conocimiento. El propio Michel de Montaigne ejemplo de escepticismo avant la lettre hizo grabar en su torre la siguiente sentencia: Solum certum nihil esse certi, et homine nihil miserius aut superbius. (No hay nada cierto más que la incertidumbre, y nada más miserable y más soberbio que el hombre.)

Pues eso.

domingo, 25 de julio de 2021

Poesía en tiempos de pandemia

    Laundry at Library of Congress. Washington c.1920.Foto: Shorpy

He aquí un hermoso poema de Joan Margarit incluido en su libro Aguafuertes, de 1995: 


La educación sentimental

«Solía repetirme con su viejo desprecio:
los poemas no sirven para nada.
Me quería instruir en un infierno
donde bajar la guardia es perder la partida,
donde sólo el dinero nos protege
del frío de la edad. Pero en cambio ignoraba
que lo que nos protege es el poema,
que se debe buscar la poesía
por hospitales y juzgados
.
Que más tarde también hablará de la amada.
Hay poesía incluso en las personas
que detestan vivir, como mi padre.
Y tenía razón en su argumento:
a nadie le sirvió, jamás la que él leía.»


Emoción y ciencias exactas, como bien explicaba Javier Rodríguez Marcos en una columna publicada en 2019.

«…Se debe buscar la poesía por hospitales y juzgados», afirmaba en un par de versos el que fuera Premio Cervantes de 2019. Algunos (sin duda de esos que aún se preguntan para qué sirve la poesía) tal vez se extrañarían al leer (es un decir) esas palabras sobre la perenne omnipresencia de la poesía. Son los mismos a los que Jorge Luis Borges (el gran bardo ciego) respondió: «¿Para qué sirve un amanecer? ¿Para qué sirven las caricias? ¿Para qué sirve el olor del café? La poesía sirve para el placer, para la emoción, para vivir.»

Sin embargo, hay pruebas irrefutables de que la poesía es ubicua, de que –como bien apuntaba Joan Margarit- se encuentra precisamente en los dispositivos y artificios de la biopolítica, (Foucault dixit), que son los juzgados y los hospitales, lugares inhóspitos y duros, auténticos templos del dolor humano aunque con demasiada frecuencia deshumanizados:

El pasado mes de marzo el poemario Servicio de lavandería de la poeta Begoña M. Rueda, (que se gana la vida trabajando precisamente en la lavandería de un hospital del sur), fue galardonado con el prestigioso premio Hiperión de poesía en su XXXVI edición:

«Se trata de un libro cohesionado, crítico, lírico sin excesos, poderosamente plástico, con marcados contrastes y finales rotundos. Renunciando al adorno y al artificio, construye una poética humana de la enfermedad y sus secuelas en general y de la pandemia en particular, focalizada en unas coordenadas subjetivas inéditas, intrahistóricas: la de los y las protagonistas anónimos de la Historia desde un lugar invisible: el personal que se encarga de limpiar la ropa en los hospitales.»

(Del acta del jurado)

La prensa más generalista se ha hecho eco recientemente del galardón, lo que le ha dado una enorme visibilidad y publicidad (he tenido ocasión de comprobar que el libro estaba prácticamente agotado, lo que no deja de ser llamativo para un libro de poesía, obligándome a recorrer varias librerías para poder conseguir un ejemplar del mismo):

La poeta que vivió la pandemia en la lavandería de un hospital y lo contó con versos 

La lavandera de hospital que ha ganado casi todos los premios de poesía 

Escrito como las páginas de un diario, la autora explica la sorpresa y la extrañeza que provoca, tanto en quienes leen sus poemas (al saber de su ocupación), como de sus propios compañeros y compañeras de su lugar de trabajo, cuando conocen sus gustos e ‘inquietudes’ literarias:

                                                                                     A 18 de mayo de 2019

 

«El día de la presentación de mi libro

hay quien se acerca a preguntarme

a qué me dedico, si soy profesora.

No es la primera ni la última vez

que a la gente le sorprende

que trabaje en una lavandería,

como si por ello

me convirtiera en peor poeta.

Creía que eras

una mujer con aspiraciones,

es lo más delicado que me responde

una chica en la presentación de mi libro,

me ha mirado tan por encima del hombro

que ha debido de hacerse

daño en las cervicales.»


A 20 de mayo de 2019

 

«Una mañana en la lavandería

Uno de los compañeros se asombra

De que haya publicado algún que otro poemario.

¿Entonces qué haces aquí? Este no es tu sitio,

Me espeta con desprecio,

como si tener inquietudes literarias

me impidiera desempeñar

mi trabajo de manera adecuada, como si

la poesía atrofiara las manos

para planchar y doblar sábanas, me pregunto

por qué molesta tanto y a tanta gente,

que escriba, al final voy a tener

que pensar que estoy

haciendo lo correcto.»

Y sin embargo, Begoña Rueda es una gran poeta que ha escrito y publicado con anterioridad otros seis libros, todos ellos premiados en diferentes certámenes: Princesa Leia (La Isla de Siltolá, 2016), Siberia es un estado de ánimo (Ediciones en Huida, 2017), Reencarnación (Ediciones Complutenses, 2019), Error 404 (Visor, 2020), Todo lo que te perdiste por meterte a monja (Difácil, 2020), y Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa (Aula de Poesía de la Universidad de Murcia, 2020).

Por alguna extraña razón he asociado esta poesía del precariado actual, que persigue y busca la sensibilidad en la inmediatez de una actividad cotidiana, gris, dura y sin concesiones de Begoña M. Rueda, con alguno de los poemas obreristas de la clase trabajadora de Vladimir Mayakovski, leídos en los lejanos años universitarios, en el que reprochan al poeta que se dedique a hacer versos:


El poeta obrero 

 

«Gritan al poeta:

“quisiéramos verte al torno.

¿Los versos?

¡Bobadas!

Eso es para no dar el callo”.

Tal vez

para nosotros

el trabajo

es la tarea más afín.

Yo también soy fábrica,

aunque sin chimeneas,

pero quizá

sin ellas

se pasa peor.

Sé–

odiáis la palabrería.

Talar el alcornoque es vuestro quehacer.

¿Y nosotros?

¿No somos ebanistas’

Transformamos el alcornoque de las cabezas humanas.

Sin duda,

pescar es cosa distinguida.

Sacar la red

y en ellas el pescado.

Pero el trabajo del poeta es más delicado:

pesca a gentes, que no a peces.

Enorme trabajo arder ante el horno,

el rojo hierro templar.

¿pero quién

nos tilda de holgazanes?

Con la lima de la lengua desbastamos los cerebros.

¿quién es mas—  poeta

o el perito

que al hombre el bien material?

Iguales.

El corazón es otro motor.

El alma es otro ingenio.

Somos parejos.

Compañeros, dentro de la masa obreras.

Proletarios de cuerpo o alma.

Sólo juntos

hermosearemos el mundo

y lo impulsaremos con himnos.

Pondremos un dique a los chorros verbales,

¡A la obra!

El trabajo es vivo y nuevo.

Y los oradores ociosos—

¡Al molino!

¡Con los molineros!

A girar las muelas con el torrente de las palabras.»

                                                                                        (1918)

En fin, corran a comprar Servicio de lavandería, una mirada (muy) necesaria, un ejemplo de sencillez, de serena y orgullosa dignidad por el trabajo manual desempeñado, el trabajo bien hecho que denuncia esa precariedad y el olvido que sentía la autora a las ocho de la tarde cuando en los inicios de la pandemia la gente aplaudía "la labor de los médicos y de los enfermeros / pero pocos son los que aplauden / la labor de la mujer que barre y friega el hospital / o la de las que lavamos la ropa de los contagiados".

Mientras consiguen su ejemplar aquí pueden encontrar 5 poemas de «Servicio de lavandería»        

    

miércoles, 2 de junio de 2021

Policlínica (de Einbahnstrasse)...

  Imagen de portada de la primera edición de Einbahnstrasse

 «La palabra conquista al pensamiento, pero la escritura lo domina.»

Walter Benjamin

Introducción

De alguien que afirmaba que: «El hombre se comunica en el lenguaje, no por el lenguaje», rescatamos (trascribimos) un fragmento de su obra Einbahnstrasse, [“Calle de dirección única” o de sentido único], publicada en 1928. Cuatro años antes de su publicación, su autor, el filósofo y ensayista alemán Walter Benjamin había conocido en Capri a la actriz y directora de teatro bolchevique de origen letón Asja Lacis. De ese encuentro surge este librito único y desconcertante, donde el sentimiento lírico se orienta por “calles” mentales a través de breves ensayos y aforismos deslumbrantes, como un collage surrealista, siendo la única obra literaria que apareció durante su vida. En el frontispicio puede leerse:

                                                   ESTA CALLE SE LLAMA

CALLE ASJA LACIS,

NOMBRE DE AQUELLA QUE

COMO INGENIERO

LA ABRIÓ EN EL AUTOR.

Construida como una sucesión de más de cien miniaturas literario-filosóficas breves, el propio Benjamin, crítico literario y de arte, traductor y escritor, denominó a estos textos como “imágenes mentales”. A modo de un recorrido sin rumbo, sin objetivo, abierto a todas las vicisitudes y a las impresiones que le salen al paso por esa calle de sentido único, cada uno de estos fragmentos tiene numerosos y diferentes títulos intermedios y subtítulos que absorben parcialmente el lenguaje de folletos, carteles o letreros de la urbe contemporánea. Se ha definido esta actitud como la de un flâneur, una persona que pasea sin rumbo en la frenética metrópoli y observa distraídamente a la multitud que atraviesa.

La tipografía y el diseño de la primera edición de Einbahnstrasse muestra claras influencias de la Bauhaus y el constructivismo, considerados estilos modernos durante la República de Weimar.

En el fragmento seleccionado, (Policlínica), Walter Benjamin compara la actividad del escritor sentado en la mesa de un café, armado con sus utensilios de escritura, con la de un cirujano que, con su instrumental quirúrgico, separa, disecciona, cauteriza e injerta, en su caso, las palabras precisas, suturando cuidadosamente frases y oraciones, párrafos bien acentuados y velando por su correcta puntuación y sintaxis.

Policlínica

«El autor coloca la idea sobre la mesa de mármol del café. Larga reflexión: pues aprovecha el tiempo en que aún no tiene delante el vaso, esa lente con la cual examina al paciente. Luego saca poco a poco su instrumental: estilográfica, lápiz y pipa. La masa de clientes, dispuesta como en un anfiteatro, constituye el público de su hospital. El café, servido y degustado previsoramente, sumerge la idea en cloroformo. Aquello que tiene en mente tiene tan poco que ver con el asunto mismo como el sueño de una persona anestesiada con la intervención quirúrgica. En los cautelosos lineamientos de la letra manuscrita se practican incisiones: ya en el interior, el cirujano desplaza acentos, cauteriza las excrecencias verbales e intercala alguna palabra extranjera como una costilla de plata. Por último, la puntuación le cose todo con finas suturas y él remunera al camarero, su ayudante, en metálico.»

(A partir de “Dirección única”. Traducción de Juan J. del Solar y Mercedes Allendesalazar. Ed. Alfaguara, Madrid, 2002)

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Epílogo

“Calle de dirección única” es la obra de un filósofo con actitud de poeta...

Como es sabido, Walter Benjamin confió (ingenuamente) en la capacidad de las izquierdas europeas para mantener a raya la barbarie fascista. Se dio muerte en 1940, en la localidad fronteriza de Port Bou (Gerona), huyendo de Francia y temeroso de caer en manos de la Gestapo.

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domingo, 26 de julio de 2020

Construir un avión en el aire (In ictu oculi)

                B-24 bomber assembly hall. (April 1943). Foto: SHORPY.

«Una misma realidad se transmite de diferente manera en funcion de los vocablos que la nombren. Podemos censurar al perseverante por su “obstinación” o alabarlo por su “tenacidad”. Solo el punto de vista distingue entre el oportuno y el oportunista, entre el halago y la adulación, entre la dulzura y el empalago, entre el generoso y el manirroto…» 
Alex Grijelmo

Seguramente una de las metáforas y expresiones más certeras, precisas y sugerentes para describir cómo se ha desarrollado (cómo se desarrolla aún, en gran medida), y cuál ha sido el trabajo llevado a cabo por miles de profesionales del SNS durante las (largas) semanas en que hemos tenido (tenemos) que hacer frente a los efectos de la pandemia de la COVID-19, sea precisamente la que da título a esta entrada: “construir un avión en el aire…”

La frase transmite una idea bastante aproximada de la gran complejidad, del esfuerzo y de la (enorme) dificultad de llevar a cabo y realizar una tarea dura, inédita, desconocida -en tanto en cuanto no existían experiencias anteriores semejantes-, sin contar con instrucciones, manuales o guías de ayuda a las que recurrir; sin planos, brújulas ni cartografías previas (si acaso, -por encontrar algún símil semejante- con algunos esquemas parecidos a esos antiguos mapas romanos y medievales en cuyos bordes aparecía dibujada la imagen de terribles monstruos con una leyenda de advertencia: hic sunt leones -para señalar las tierras inexploradas- o hic sunt dracones, para los océanos sin límites). Mapas que reflejaban el temor y la atracción de los territorios incógnitos, (que muy a menudo son mentales). Sin embargo, esta terrible situación ha venido a demostrar la enorme capacidad de improvisación (a pesar de las connotaciones negativas del término), innovación y aprendizaje del sistema sanitario y, fundamentalmente, de su capital humano, un enorme ejemplo de compromiso, altruismo y dedicación entusiasta en su desempeño.

El científico y periodista Javier Sampedro, empleaba ya esta frase en un artículo publicado el pasado mes de marzo (Arreglar un avión en pleno vuelo): «La forma atropellada en que los investigadores están forzados a responder a esta crisis es como tratar de arreglar un avión en pleno vuelo, o peor aún: ‘Como arreglar en pleno vuelo un avión del que todavía están dibujando los planos’ (sic)».

A esto mismo se refería Juan Fernando Muñoz, subdirector general de Tecnologías de la Información del Ministerio de Sanidad, durante la presentación de los resultados del estudio nacional de seroprevalencia del SARS-CoV-2 (ver aquí el artículo publicado en The Lancet con material complementario adicional), cuando manifestó: «Tuvimos que hacer el avión mientras volaba”, aludiendo a la dificultad (crónica) de contar con los medios, los recursos y la disponibilidad de perfiles profesionales adecuados para enfrentar este tipo de situaciones imprevistas…

En el año 2000 una prestigiosa y reconocida agencia estadounidense de publicidad realizó un videoclip con un extraordinario anuncio para la empresa de tecnologías de la información EDS, en el que hacían realidad la metáfora de construir un avión en el aire:


 [Por cierto, esta misma agencia, Fallon ganó también en ese mismo año el premio al mejor anuncio emitido durante la SuperBowl con otro brillante videoclip: Cats Herder que se convirtió en un icono en el mundo de la publicidad.]
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Hablando sobre alguna de sus obras, la novelista Margaret Atwood señalaba con perspicacia: “en determinadas circunstancias, puede pasar cualquier cosa en cualquier lugar”. En cierta forma, algo así es lo que nos ha ocurrido de una manera repentina, casi sin darnos cuenta, en un abrir y cerrar de ojos. 

A ello se refiere la locución latina In raptu, in transitu, in ictu oculi… (‘en un instante, en un abrir y cerrar de ojos’), que alude al modo abrupto en que la muerte llega para reclamarnos y cuyo origen puede rastrearse en el pasaje bíblico:


«Ocurrirá en un abrir y cerrar de ojos, cuando suene la trompeta final, (…) los que hayan muerto resucitarán con cuerpos nuevos que jamás morirán; y los que estemos vivos seremos transformados» (I Corintios 15:52).

Una cita esta, [“In momento, in ictu oculi, in novissima tuba.”]  de la que hizo uso el poeta británico John Donne en su Sermón XVII para el día de Pascua (1624): «…que será encontrado vivo sobre la tierra, decimos que habrá una muerte súbita, y una resurrección repentina; In raptu, in transitu, in ictu oculi» con el que viene a recordarnos la fugacidad y lo efímero de nuestras vanas presunciones.


Enlaza esta idea con las obras del género artístico denominado vanitasque resalta la vacuidad de la vida y la relevancia de la muerte como fin de los placeres mundanos a través de representaciones que pretendían «ponderar la brevedad de la vida, la muerte cierta y que todo se acaba; pintar el riguroso trance de la muerte y que la mayor grandeza para en gusanos; alentarnos en la santa limosna, y ejercicios de la Caridad para conseguir buena muerte», en palabras de Miguel de Mañara, aristócrata sevillano que hacia 1672 encargó al pintor Juan Valdés Leal una serie de obras para la iglesia y el Hospital de la Caridad de Sevilla, curiosamente pocos años después de la epidemia de peste bubónica que asoló la ciudad en 1649. Destaca sobre todo el díptico denominado Jeroglíficos de las Postrimerías, conformado por dos inquietantes pinturas situadas bajo el coro: In ictu oculi y Finis gloriae mundi. Con intención moralizante, estas obras debían servir a modo de prevención, instando a quien las contemplaba a priorizar la salvación de su alma, evitando con ello la condenación eterna.

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 Hace unas semanas el periódico nos regalaba un brillante artículo (otro) de John Gray (¿Otro apocalipsis?en el que –por si no lo habíamos comprendido aún- viene a dejar claro que gran parte de nuestra forma de vida anterior a la crisis sanitaria provocada por el coronavirus SARS-CoV-2 es ya irrecuperable. Nada volverá a ser como antes. Cambiarán muchas cosas, y cuanto antes lo entendamos y consigamos adaptarnos a esa “nueva normalidad” que conlleva este último apocalipsis, las consecuencias serán menos gravosas.

Llegué a los libros de John Gray gracias a un artículo (Descrédito de la profecía), de Antonio Muñoz Molina, que me descubrió a un autor fascinante cuya lectura resulta tan adictiva como desasosegante:

«Gray escribe de filosofía, de ciencia, de política internacional, pero la erudición histórica que sostiene sus argumentos tiene el filo cortante y visionario de la poesía. Su tema central son los variados espejismos de la modernidad y el progreso; el modo en que la superstición cristiana sobre el fin de los tiempos se transmutó desde finales del siglo XVIII en el sueño reiterado de una revolución que estableciera el paraíso terrenal, culminando la historia y aboliéndola; la funesta arrogancia humana de creer que el mundo fue creado para nuestro servicio y de que podemos controlar las consecuencias de nuestros actos y de nuestras invenciones tecnológicas.»

«…su mérito no está en ofrecer recetas sino en animarnos a ejercer la inteligencia en la vida práctica y a buscar formas decentes de vivir y de mejorar algo las cosas procurando no hacer daño con nuestro aturdimiento, teniendo una conciencia clara de nuestros límites.»


Muñoz Molina ha seguido recomendando fervientemente cada una de las obras posteriores de este controvertido, brillante (e indispensable) profesor de la London School of Economics, teórico y filósofo del pensamiento político.

En todo caso, a la luz de los acuerdos alcanzados por la UE hace apenas una semana, resulta sumamente instructivo leer este otro artículo suyo, aparecido originalmente en la revista New Statesman: Adiós globalización, empieza un mundo nuevo. O por qué esta crisis es un punto de inflexión en la historia, en el que afirma:

«Para salir del agujero vamos a necesitar más intervención estatal, no menos, y además muy creativa. Los Gobiernos tendrán que incrementar considerablemente su respaldo a la investigación científica y a la innovación tecnológica. Aunque es posible que el tamaño del Estado no aumente en todos los casos, su influencia será omnipresente y, de acuerdo con los criterios del viejo mundo, más intrusiva. El gobierno posliberal será la norma en el futuro próximo.»
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