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lunes, 3 de enero de 2022

Historia, nosografía y COVID-19

                Soldados alemanes con máscaras antigás en la I Guerra Mundial (1916)

«…los hombres pueden elaborar las ideas complejas que les plazcan, y darles los nombres que les plazcan, aunque si quieren ser comprendidos, cuando hablan de cosas existentes en la realidad tienen que conformar, hasta cierto punto, sus ideas con las cosas de las que quieren hablar.»

 «…todo este gran asunto de los géneros y de las especies y de las esencias, no sirve más que para que los hombres elaboren ideas abstractas y las fijen en sus mentes, con sus nombres, lo que les permite considerar las cosas y tratarlas como si se hallaran en manojos, para un más fácil y rápido progreso, y comunicar sus conocimientos, que tan solo avanzarían con lentitud si sus palabras y pensamientos estuviesen únicamente limitados a lo particular.»

 John Locke. Ensayo sobre el entendimiento humano (1690)

Hacia la segunda mitad del siglo XVII, la Ética de Spinoza (1632-1677) ya señalaba cómo «la mayor parte de nuestros errores consiste simplemente en que no aplicamos con corrección los nombres a las cosas». Llamamos de cualquier modo a cualquier cosa (y así nos va). Por ello, nombrar la realidad correctamente nos sustrae a la confusión.

Casi podríamos decir que gracias a la peste pandémica del SARS-CoV-2 ahora empezamos a conocer hasta la lengua de los dioses y hemos aprendido a denominar correctamente las diferentes variantes de interés -o de preocupación según la OMS- detectadas hasta el momento [variants of concern: alfa (detectada por vez primera en Reino Unido), beta (Sudáfrica), gamma (Brasil), delta (India), y ómicron (de nuevo Sudáfrica)…].

Parece que el agente infeccioso denominado SARS-CoV-2 seguirá entre nosotros de forma endémica causando un catarro estacional como el que provocan otros coronavirus que lo han precedido desde hace décadas.

No obstante, sobre este tema, algunos expertos advierten: «Ya muchos países y expertos consideran que la COVID va a ser endémica, pero tiene que haber un debate sobre lo que consideramos endemicidad.» 

En todo caso, ni estas vacunas por sí solas, como creyeron algunos ingenuos optimistas, ni las medidas preventivas o profilácticas exclusivamente -mascarillas, ventilación, distancia de seguridad, lavado de manos- serán suficientes para erradicar por completo la circulación del coronavirus SARS-Cov-2.

Hace pocos días, dos conspicuos virólogos afirmaban: «Llegará un momento en que COVID-19 ya no exista, sino que existirá [una infección por una variante distinta] de SARS-CoV-2 que produce otra enfermedad [ver más abajo] que la llamaremos, digamos, ‘catarro causado por SARS-CoV-2’. (…) Es decir, el covid-19 ha terminado, ahora tenemos un catarro causado por SARS-CoV-2 que es distinto que el que causó la pandemia.»

Y añaden: «…COVID se ha acabado y nos hemos quedado con una cosa distinta, pero es una cuestión de semántica (sic). Desde luego no es lo mismo para una persona vacunada. No es COVID en la mayor parte de los vacunados, pero sí en una proporción que tiene enfermedad severa, que llamaremos COVID, y los no vacunados tienen más porcentaje de enfermedad severa. Si definimos COVID como enfermedad severa, lo que va a disminuir mucho es el COVID; ahora hay más infecciones, pero menos COVID. No estará completamente eliminado, pero hay menos casos. Si una persona es asintomática, ¿tiene COVID? Yo diría que no; COVID es una enfermedad. Un asintomático tiene el virus, pero no COVID». 

El fin de la pandemia

Obviamente, esto nos lleva a preguntarnos también por el fin de la pandemia: “El problema es cuándo se declara oficialmente que una pandemia acaba. Se hará en algún momento, pero la OMS no va a dar la pandemia por terminada hasta que no esté muy segura. (…). La pandemia acabará antes de que la OMS la considere acabada”.

Un interesante artículo aparecido en el New York Times el pasado mes de octubre explicaba que la historia nos recuerda que esta pandemia no será solo una crisis, sino una época. Para muchos historiadores de la ciencia, las pandemias tienen dos tipos de final: el médico o sanitario, que ocurre cuando las tasas de incidencia y de muertes caen en picado, y el social, cuando disminuye la epidemia de miedo a la enfermedad. «Cuando la gente se pregunta: ‘¿Cuándo se acabará esto?’, en realidad preguntan sobre el final social.»

En otras palabras, un final puede ocurrir no porque la enfermedad haya sido vencida sino porque las personas se cansan de estar en modo pánico y aprenden a convivir con ella. Allan Brandt, historiador de la ciencia y de la medicina de Harvard, explica que algo similar está ocurriendo con la COVID-19: “Como hemos visto en el debate sobre la apertura de la economía, muchas preguntas sobre lo que se llama el final están determinadas no por los datos médicos y de salud pública, sino por procesos sociopolíticos”.

Porque, en realidad, ¿Para quién termina la epidemia y quién lo puede decidir? Sobre  ello, “...tendemos a pensar en las pandemias y las epidemias como episódicas”, comenta el profesor Brandt, “pero vivimos en la época de la COVID-19, no en la crisis de la COVID-19. Habrá muchos cambios que serán significativos y perdurables. Vamos a tener que convivir con muchas de las ramificaciones de la COVID-19 durante décadas”.

Parecía que la pandemia estaba casi por terminar, en especial en los meses anteriores al dominio de las nuevas variantes, sin embargo, lo más difícil será declarar que una pandemia ha concluido. Puede incluso que no concluya cuando el padecimiento físico, medido en términos de enfermedad y mortalidad, haya disminuido bastante. Puede continuar mientras la economía se recupera y la vida vuelve a ser algo parecido a lo que llamábamos normalidad. La persistente conmoción psicológica de haber vivido con la ansiedad y el temor prolongado a la enfermedad grave, el aislamiento y la muerte, tarda mucho tiempo en desvanecerse.

Mientras dura la pandemia hay que vigilar los rebrotes, limitar las actividades de riesgo y seguir manteniendo las medidas de protección adecuadas. Pero incluso si finalmente se consigue la inmunidad de grupo, el virus no estará totalmente erradicado y se podrá convertir en un problema estacional, que vuelve cada temporada (como el virus de la gripe), o provocará periódicamente pequeños brotes asilados (como los virus del SARS o el MERS).

¿Una ‘nueva’ enfermedad?

Llegados hasta aquí cabría preguntarse si realmente nos encontramos ahora con el actual SARS-CoV-2 ante una nueva especie o entidad morbosa. Con frecuencia, influidos por la vieja nosología de los siglos XVII y XVIII y el platonismo imperante, podemos llegar a pensar, de forma poco reflexiva, que las enfermedades, como entidades morbosas tienen, de algún modo, una existencia independiente y/o autónoma.

En este sentido, la nosología es la disciplina y área de conocimiento cuyo objetivo es realizar una descripción exhaustiva de las enfermedades para distinguirlas entre sí y clasificarlas; se encarga por tanto de sistematizar las patologías de acuerdo con la información que existe sobre ellas. Esta información procede de los datos basados en las teorías existentes acerca de la naturaleza de las diferentes patologías.

Las funciones esenciales de la nosología, por lo tanto, consisten en describir las enfermedades para generar conocimientos sobre sus características, la diferenciación de las patologías para concretar la identificación de la enfermedad y la clasificación de acuerdo a los vínculos y las relaciones entre los diversos procesos analizados. Existen diversas subdisciplinas dentro de la nosología, como la nosotaxia, (referida a la clasificación); la nosognóstica, (sobre la calificación de la enfermedad, es decir, los juicios clínicos -diagnóstico, pronóstico y terapéutico- y sus fuentes, tipos y procedimientos); la nosonomia (centrada en el concepto o noción de la enfermedad, dedicándose a estudiar su evolución en la historia, la relación entre la salud y las enfermedades y otros aspectos) y la nosografía, (descripción de la enfermedad a través de su etiología, patogenia, nosobiótica, semiótica y patocronia. El estudio de la etiología, la patogenia y la patocronia permite describir una enfermedad en concreto estableciendo las causas, el origen y desarrollo de la misma, las alteraciones que presenta el paciente, los síntomas más propios y definitorios de la misma, o su evolución).

Hay que remontarse hasta Thomas Sydenham (1624-1689), conocido como el “Hipócrates inglés”, para encontrar el origen de la idea de especie morbosa, un tipo procesal o evolutivo del enfermar humano que se repite unívocamente en un gran número de enfermos. De entre el abigarrado complejo de alteraciones que supone el enfermar, las “especies morbosas” serían formas típicas y constantes, aisladas por inducción. El concepto aparece en conexión con el pensamiento filosófico inglés del s. XVII (Bacon, Locke…) y el parentesco por comparación con la idea moderna de las especies zoológicas y botánicas, aunque ninguna analogía respeta suficientemente el carácter dinámico de los procesos morbosos.

En el siglo XVIII los especialistas en botánica y zoología llevaron a cabo elaboradas clasificaciones taxonómicas en su campo; de igual manera, algunos de ellos, que también eran médicos, trataron de ordenar y clasificar las enfermedades igual que las plantas. De Sauvages (1706-1767) escribió una Nosologia methodica (1763) en la que subdivide las enfermedades en diez clases, 295 géneros y 2.400 especies (!). Por su parte, Linneo (1707-1778), el más famoso entre los taxonomistas en botánica y zoología, compuso también un Genera morborum. Estas clasificaciones de las enfermedades se inspiraban indudablemente en el pensamiento empirista, puesto que no se prestaba atención al mecanismo patológico subyacente (téngase en cuenta el paradigma miasmático-humoral entonces vigente, anterior a la teoría infecciosa del contagio por los microorganismos). De hecho, no eran más que divisiones y subdivisiones de síntomas mal definidos, y no tuvieron un efecto duradero en el posterior desarrollo de la medicina moderna.

Para terminar: es obvio que las actuales clasificaciones de las enfermedades existentes (CIE-11, ICPC-2, DSM-5), constituyen una herramienta indispensable en medicina clínica, que sirve para organizar el conocimiento médico y la experiencia profesional, y está basada en gran medida en un modelo mecánico/biológico de enfermedad.

Aunque en constante evolución, estas clasificaciones todavía son, en gran parte, una mezcla de entidades morbosas definidas en términos anatómicos, fisiológicos, patogénicos y microbiológicos. Muy a menudo se tiende a olvidar que la clasificación y descripción de las enfermedades deben ajustarse al espectro que estas presentan en un momento determinado y en un contexto sociocultural determinado, infravalorando las variaciones temporales y geográficas del espectro de la enfermedad.

Por otro lado, el actual enfoque clínico de la atención centrada en la persona no deja de ser deudor del viejo aforismo atribuido a Rousseau: “no existen enfermedades, sino enfermos” y, aunque en ocasiones se habla de una historia natural de una enfermedad, como si estuviera programado desde el principio que esta siguiera un curso determinado, este concepto es poco más que un mito.

En fin, conviene recordar que, muchas veces, la información que proporcionan los libros de texto tiene un valor limitado cuando no nos dicen a qué pacientes se están refiriendo…

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martes, 10 de agosto de 2021

Acuerdos, principios y otras imposturas…

           Amanecer (julio 2021)

«Son páginas los días de un libro misterioso.»

Felipe Benítez Reyes

«El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto son y de las que no son en cuanto no son.»

Protágoras

Disertaba Javier Gomá Lanzón, en un viejo artículo publicado hace unos años en el diario El País, sobre lo que significa y conlleva la expresión poner o «prestar atención», advirtiendo contra esos latosos inoportunos e impertinentes que (nos) asaltan y usurpan nuestra soledad, permutándola alevosamente por mortal aburrimiento, lo que califica incluso como ‘delito de lesa humanidad’. Recordaba, además, que «la condición de latoso no es exclusiva del individuo, sino que una densa trama de actos protocolarios a los que las expectativas creadas en la vida privada y profesional nos obligan a asistir usuran nuestro tiempo sin aparente beneficio de nadie, y así hartas veces es precisamente la propia sociedad la que se constituye en el más temible y alienante de nuestros time consumers.»

Coincidía en esto con la opinión expresada hace ya tiempo por el gran crítico George Steiner, fallecido hace apenas año y medio, en un breve librito (La barbarie de la ignorancia. Ed. Taller Mario Muchnik. Madrid, 1999), en el que sostenía que «a una obra se le debe atención, y la atención lleva a la reflexión…». De aquí que nadie debería, por tanto, importunar o distraer(nos) impunemente (d)el siempre escaso tiempo de que disponemos para atender al disfrute, contemplación o lectura atenta de la obra de arte, en tanto en cuanto revela cómo entendemos en lo esencial el mundo, aquello que nos hace precisamente (más) humanos o consideramos como valioso, bello o sublime, conceptos que -en palabras de Iris Murdoch- están a su vez relacionados con lo bueno y también, de diferentes maneras, con la idea de libertad. En una serie de agudos ensayos sobre filosofía y literatura publicados hace algún tiempo, (La salvación por las palabras. Ed. Siruela. Madrid, 2018), clama de hecho contra la gris monotonía de las cosas sin gracia –en el sentido amplio del término–.

Hasta hace unos meses, por razón de mi desempeño profesional me veía obligado con relativa frecuencia a asistir a un buen número de actos protocolarios o institucionales de esta naturaleza, con una notable y más que acreditada capacidad para ‘quitarnos la soledad sin darnos compañía’… gracias a latosos (y latosas) de toda clase y condición. No obstante, he de reconocer que en alguna ocasión ello resultaba sobradamente compensado con algunos otros que eran lo suficientemente emotivos y entrañables como para ‘reconciliarnos con el género humano’ por decirlo gráficamente.

En noviembre de 2019 tuve ocasión de asistir a la Mesa inaugural del 14º Congreso de pacientes con cáncer (último celebrado con carácter presencial) que, por diversas razones, resultó no solo (muy) entretenido sino, sobre todo, instructivo y aleccionador. En primer lugar, por las personas asistentes al mismo, encabezadas por mi amiga Begoña Barragán @BBarragan, siempre tan trabajadora y entusiasta; en segundo lugar por el original montaje y la escenografía del mismo, felizmente inspirada (y lograda con brillantes resultados) en el mundo del cine; y en tercer lugar por Ángel Rielo @angelrielo, la persona encargada de presentar y animar la ceremonia, que se definió a sí mismo como ‘feliciólogo’, cómico y ‘motivador de almas’.

En el trascurso del acto, este hombre citó los denominados “acuerdos toltecas”. Confieso que era la primera vez que oía hablar de este tema, y aunque inicialmente sonaba mucho a la espantosa (y pegajosa) jerga sensiblera y cursi de esos libros amarillos de aeropuertos y estaciones sobre autoayuda y crecimiento personal, me llamó la atención la seguridad, el convencimiento de sus palabras y la fuerza con la que transmitía su mensaje.

Al llegar a casa me vi casi en la obligación de hacer algunas averiguaciones sobre la cultura tolteca y este curioso asunto de los acuerdos. El origen se encontraba en una obra llamada Los cuatro acuerdos, publicada en 1997 por el "orador motivacional", escritor y cirujano (?) mexicano Miguel Ruiz y de la que al parecer ha vendido cerca de 4 millones de ejemplares, con textos y temas espiritualistas o neochamanisticos (sic).

[Información adicional (y absolutamente prescindible, por otra parte): Entre los pueblos nahuas precolombinos que habitaban en la altiplanicie de México y de América Central en la época de la llegada de los españoles, la palabra tolteca significaba alguien sabio que dominaba las artes y artesanías. Y la palabra ‘toltequidad’ equivalía a lo que hoy podríamos denominar como ‘alta cultura’. Tolteca era un gentilicio genérico, aplicado a todos los moradores de Mesoamérica. Deriva de la raíz Tol-, que significaba en su origen 'tallo, junco', de donde surgió el nombre de la ciudad de Tula o Tollan ('(lugar donde abundan) los juncos') y debido a la tradición cultural de esta ciudad tolteca (originalmente 'habitante de Tula') llegó a adquirir el sentido de 'persona instruida'. Las ideas toltecas recibieron el nombre tōltēcayōtl 'toltequidad' y se componían de fórmulas religiosas, artísticas y científicas que reflejaban la cosmovisión mesoamericana].

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 En fin, los llamados ‘acuerdos toltecas’ divulgados en su día por Don Miguel Ruiz (ver aquí su página Web con lo que parece un lucrativo y pintoresco negocio familiar a base de libros, cartas, sesiones de coaching, charlas y merchandising variado) son los siguientes:

1.    Sé impecable con tus palabras. Las palabras importan y son poderosas. Suele decirse que “hiere más una palabra que una espada”, se necesita saber usarla y comprenderla, hacerlo de forma asertiva y no usarla para herir. El politólogo Giovanni Sartori afirmaba: «Las palabras son nuestras gafas. Equivocar la palabra es equivocar la cosa». La precisión y el cuidado en la elección de nuestras palabras y expresiones nos lleva directamente a un estado de equilibrio y conformidad plena. Ello contribuye a frenar en el mundo la rueda del odio si, pese a todo, tratamos a las personas con respeto y consideración. Como dijo Shakespeare, “hay palabras que son puñales”, basta con asomarse a las redes sociales, pero también hay palabras que inspiran, acercan, animan y sanan. La palabra es sagrada y hay que aprender a usarla con unción y a callar cuando las palabras pueden lastimar a otros y contaminar un ambiente.

Entiendo que la idea también se refiere a ser respetuosos con la palabra dada y con los compromisos adquiridos, siendo coherente con lo que piensas y lo que haces.

2.    No te tomes nada personalmente. El mundo entero puede hablar sobre nosotros, pero si no lo tomamos como algo personal, seremos inmunes. Ignorando el juicio de los otros conseguiremos no dejarnos manipular y continuar libres. En el fondo, cada uno sabe bien quién es y cómo es en realidad, y nadie debe modificar esta percepción que cada uno tenemos de nosotros mismos, lo que supone directamente evitar enfados, estrés, dolor y cualquier otra sensación negativa para nosotros. Aquello que los otros dicen y hacen, las opiniones que manifiestan, todo sigue los acuerdos que ellos han adoptado consigo mismos y no con nosotros.

Cultivar esta actitud evita conflictos innecesarios y el hecho de sentirse ofendidos, con lo que no tendremos necesidad de defender nuestras convicciones. De este modo no haremos más grande alguna incómoda situación que en realidad es realmente pequeña.

3.    No hagas suposiciones. No prejuzgues. Tendemos a hacer suposiciones y juicios de valor sobre (casi) todo. Damos muchas cosas por sentado y creemos que lo que (pre)suponemos es cierto. Hacemos suposiciones sobre lo que los demás hacen o piensan nos lo tomamos personalmentey después, los culpamos y reaccionamos mal con nuestras palabras. Este es el motivo por el cual siempre que hacemos (pre)suposiciones, se suceden problemas. Hacemos una suposición, comprendemos las cosas mal, nos lo tomamos personalmente y acabamos haciendo un gran drama de nada.

Siempre es un grave error suponer que los demás saben lo que pensamos, que todo el mundo ve la vida del mismo modo que nosotros y que no es necesario decir lo que queremos de una manera asertiva. Harán lo que queremos porque nos conocen muy bien. Si no lo hacen, si no hacen lo que creemos que deberían hacer, nos sentimos heridos y pensamos: «¿Cómo ha podido hacer eso? Debería haberlo sabido». Suponemos que la otra persona sabe lo que queremos. Creamos un drama completo al hacer esta suposición y después añadimos otras más.

4.    Haz siempre lo máximo que puedas. Da siempre lo mejor de ti mismo(a). Limítate a hacer lo máximo que puedas en cualquier circunstancia de tu vida. Estés enfermo(a) o cansado(a), si siempre haces lo máximo que puedas, no te juzgarás a ti mismo(a) en modo alguno, no te harás reproches, ni te culparás o castigarás en absoluto. Si haces siempre lo máximo que puedas, nunca te recriminarás ni te arrepentirás de nada.

Busca la excelencia sin dejar de ser humilde. Dar lo mejor siempre te saca adelante y te permite convertir en posibles muchos imposibles. Mientras los pesimistas se quejan, los optimistas mejoran el mundo. Mientras algunos(as) buscan excusas para no hacer algo, las personas excelentes ya lo han hecho.

       Citas latinas en el techo de la torre de Montaigne

5.   Sé escéptico, pero aprende a escuchar. En un libro posterior (El quinto acuerdo), Miguel Ruiz, junto a su hijo José Ruiz, desarrolló este otro acuerdo. Se trata de usar el poder de la duda para discernir la verdad, para tomar la suficiente distancia, no creerse todos los mensajes y hacer desaparecer las mentiras, respetando las historias que los demás eligen contarse (y contarnos). De alguna manera todo el mundo construye su historia y dice mentiras, y por ello es importante escuchar sin juzgar, buscando sinceramente comprender al otro(a) en su propia historia.

Acabemos. Siempre es oportuno recordar que conviene no distraerse y estar muy atentos(as) a posibles martingalas e imposturas… puesto que la duda es el motor del conocimiento. El propio Michel de Montaigne ejemplo de escepticismo avant la lettre hizo grabar en su torre la siguiente sentencia: Solum certum nihil esse certi, et homine nihil miserius aut superbius. (No hay nada cierto más que la incertidumbre, y nada más miserable y más soberbio que el hombre.)

Pues eso.

miércoles, 2 de junio de 2021

Policlínica (de Einbahnstrasse)...

  Imagen de portada de la primera edición de Einbahnstrasse

 «La palabra conquista al pensamiento, pero la escritura lo domina.»

Walter Benjamin

Introducción

De alguien que afirmaba que: «El hombre se comunica en el lenguaje, no por el lenguaje», rescatamos (trascribimos) un fragmento de su obra Einbahnstrasse, [“Calle de dirección única” o de sentido único], publicada en 1928. Cuatro años antes de su publicación, su autor, el filósofo y ensayista alemán Walter Benjamin había conocido en Capri a la actriz y directora de teatro bolchevique de origen letón Asja Lacis. De ese encuentro surge este librito único y desconcertante, donde el sentimiento lírico se orienta por “calles” mentales a través de breves ensayos y aforismos deslumbrantes, como un collage surrealista, siendo la única obra literaria que apareció durante su vida. En el frontispicio puede leerse:

                                                   ESTA CALLE SE LLAMA

CALLE ASJA LACIS,

NOMBRE DE AQUELLA QUE

COMO INGENIERO

LA ABRIÓ EN EL AUTOR.

Construida como una sucesión de más de cien miniaturas literario-filosóficas breves, el propio Benjamin, crítico literario y de arte, traductor y escritor, denominó a estos textos como “imágenes mentales”. A modo de un recorrido sin rumbo, sin objetivo, abierto a todas las vicisitudes y a las impresiones que le salen al paso por esa calle de sentido único, cada uno de estos fragmentos tiene numerosos y diferentes títulos intermedios y subtítulos que absorben parcialmente el lenguaje de folletos, carteles o letreros de la urbe contemporánea. Se ha definido esta actitud como la de un flâneur, una persona que pasea sin rumbo en la frenética metrópoli y observa distraídamente a la multitud que atraviesa.

La tipografía y el diseño de la primera edición de Einbahnstrasse muestra claras influencias de la Bauhaus y el constructivismo, considerados estilos modernos durante la República de Weimar.

En el fragmento seleccionado, (Policlínica), Walter Benjamin compara la actividad del escritor sentado en la mesa de un café, armado con sus utensilios de escritura, con la de un cirujano que, con su instrumental quirúrgico, separa, disecciona, cauteriza e injerta, en su caso, las palabras precisas, suturando cuidadosamente frases y oraciones, párrafos bien acentuados y velando por su correcta puntuación y sintaxis.

Policlínica

«El autor coloca la idea sobre la mesa de mármol del café. Larga reflexión: pues aprovecha el tiempo en que aún no tiene delante el vaso, esa lente con la cual examina al paciente. Luego saca poco a poco su instrumental: estilográfica, lápiz y pipa. La masa de clientes, dispuesta como en un anfiteatro, constituye el público de su hospital. El café, servido y degustado previsoramente, sumerge la idea en cloroformo. Aquello que tiene en mente tiene tan poco que ver con el asunto mismo como el sueño de una persona anestesiada con la intervención quirúrgica. En los cautelosos lineamientos de la letra manuscrita se practican incisiones: ya en el interior, el cirujano desplaza acentos, cauteriza las excrecencias verbales e intercala alguna palabra extranjera como una costilla de plata. Por último, la puntuación le cose todo con finas suturas y él remunera al camarero, su ayudante, en metálico.»

(A partir de “Dirección única”. Traducción de Juan J. del Solar y Mercedes Allendesalazar. Ed. Alfaguara, Madrid, 2002)

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Epílogo

“Calle de dirección única” es la obra de un filósofo con actitud de poeta...

Como es sabido, Walter Benjamin confió (ingenuamente) en la capacidad de las izquierdas europeas para mantener a raya la barbarie fascista. Se dio muerte en 1940, en la localidad fronteriza de Port Bou (Gerona), huyendo de Francia y temeroso de caer en manos de la Gestapo.

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viernes, 14 de mayo de 2021

La derrota de la inteligencia

                       La Stultifera Navis de viaje al País de los Tontos. Grabado en madera de 1549

Para los fines que nos ocupan, este post también podría haberse llamado “La nave de los necios”, “Elogio de la necedad” o “Apología de la ignorancia”, que para el caso viene a ser lo mismo... y aunque en democracia la razón solo la da o la quita el electorado, bien puede ser este un buen resumen del resultado de las elecciones autonómicas celebradas hace unos días en Madrid. También el libro póstumo de Umberto Eco “De la estupidez a la locura”, subtitulado como “Crónicas para el futuro que nos espera” o “Cómo vivir en un mundo sin rumbo” constituye, sin duda, una excelente referencia.

Es indudable que la tontería es una de las cosas más democráticas y mejor distribuidas que existen en el mundo: nadie se queja de tener poca. Hace ya más de quinientos años que Erasmo de Rotterdam en su “Elogio de la locura” (1511) hacía una detallada relación de las "ventajas" de la Estulticia sobre la Razón, indicando lo felices que son los hombres cuando viven arropados por la necedad, situación de la que no escapan ni siquiera los filósofos, los teólogos, los Obispos y los Papas, los Reyes ni los Príncipes. 

En el libro, la Locura (Necedad o Estulticia) enumera sus cualidades, da cuenta de sus orígenes y del cortejo que la acompaña para hacer más fácil y agradable la vida del género humano (entre otras la adulación, el narcisismo, la demencia, la pereza, la molicie, la indolencia, el olvido y la voluptuosidad). Se lamenta de quienes reniegan de su nombre, pese a ser grandes beneficiarios de sus dones y efectúa una sátira de los leguleyos, de los médicos y del clero, vanagloriándose impúdica y orgullosamente de su ignorancia y despreciando a los estudiosos y sus saberes.

Que la estupidez y la tontería son un problema transversal e independiente de cualquier otra circunstancia, (como señalara muy acertadamente Carlo M. Cipolla en su indispensable obrita “Las leyes fundamentales de la estupidez humana”), viene poniéndose de manifiesto (casi) a diario en este mundo de nuestras desdichas. De hecho, la formulación de la segunda ley es bastante clara: “La probabilidad de que una persona cualquiera sea estúpida es independiente de cualquier otra característica propia de dicha persona”. Para más detalles véase un post anterior: De la estupidez (y su abundancia).

Entre los antecedentes más notables del asunto que nos ocupa se encuentra una obra satírica y moralista escrita por el teólogo, jurista y humanista Sebastian Brant: “La nave de los necios” o “La nave de los locos” (en latín, Stultifera navis). Publicada originalmente en Basilea en 1494, hasta el s. XVII tuvo una amplia difusión en la Europa de la época, siendo traducida a varios idiomas.  Se trata de una sucesión de 112 cuadros críticos acompañados cada uno de un grabado, en los que el autor critica los vicios de su época a partir de la denuncia de distintos tipos de necedad o estupidez.

Michel Foucault dedicó a esta obra el primer capítulo de su “Historia de la locura en la época clásica” y lo relacionó con auténticos barcos de dementes que navegaban por los canales de una ciudad a otra. El Bosco recreó en un cuadro su propia nave de los locos.

En fin, como señalábamos al principio, todo esto recuerda mucho a algunos de los recientes acontecimientos sobrevenidos. Se ha dicho que, tras los recientes comicios, parece que en Madrid ya son libres para ir a misa y a los toros. El terracismo aparece como una gran conquista conseguida tras arduas batallas frente al totalitarismo prohibicionista del gobierno central. En este contexto, ha sido bastante bochornoso ver las manifestaciones de algunos significados intelectuales (obviamente habrá que reconsiderar este calificativo a partir de ahora), apoyando las posiciones más retrógradas y retardatarias del espectro político. Un fenómeno solo explicable en el contexto de la fatiga pandémica que nos asola debido sin duda a una repentina dolencia que haya alterado su percepción de la realidad afectando a su capacidad de juicio y razonamiento.

Acaba el toque de queda y, como dicen algunas voces interesadas, la confusión legal y la chapuza se han vuelto una costumbre entre la irresponsabilidad y la indolencia de los deplorables (según calificara en su día Hillary Clinton a la mitad de los votantes de Trump). 

La cosa no queda aquí. Hay un enorme muestrario de idioteces para elegir. Basta abrir la prensa para darse cuenta por ejemplo de que al frente de algunos ilustres colegios profesionales se encuentran personajes majaderos, gaznápiros y cenutrios que no tienen nada que envidiar a los pasajeros de la nave de los necios…

Así, por ejemplo, hace unos meses, poco antes de la aprobación de la Ley de regulación de la eutanasia, el Presidente del Colegio de Médicos de Madrid se despachaba afirmando que «La nueva ley de eutanasia obliga a los médicos a matar a los pacientes» y también: «…la pandemia hubiera sido más grave si la ley de eutanasia estuviera en vigor». La verdad es que se queda uno sin palabras ante semejante desvarío, pero estas declaraciones apenas si merecieron un leve reproche del anterior presidente de la Organización Médica Colegial, que se limitó a decir que eran «un comentario desafortunado» (sic).

 Claro que la cosa viene de lejos… cabe recordar que, pocos meses antes, en octubre de 2020, nada menos que el propio Comité de Bioética de España, órgano que cree uno que debiera caracterizarse por la ecuanimidad, solvencia, neutralidad e imparcialidad, por el respeto y el rigor en sus dictámenes, en las conclusiones de un Informe sobre el final de la vida y laatención en el proceso de morir, en el marco del debate sobre la regulación dela eutanasia, emitido de oficio (o sea, gratis et amore y sin que nadie se lo hubiera solicitado) afirmaba lo siguiente: «(…) tras los terribles acontecimientos que hemos vivido pocos meses atrás, cuando miles de nuestros mayores han fallecido en circunstancias muy alejadas de lo que no solo es una vida digna, sino también de una muerte mínimamente digna. Responder con la eutanasia (sic) a la ‘deuda’ que nuestra sociedad ha contraído con nuestros mayores tras tales acontecimientos no parece el auténtico camino al que nos llama una ética del cuidado, de la responsabilidad y la reciprocidad y solidaridad intergeneracional.»

A todas luces una desmesura, que viene a confirmar que la ética no puede estar alejada de la realidad. No está de más recordar aquí las palabras de Mary Parker Follet que hace más de cien años ya afirmaba: «La ética no es estática; avanza mientras la vida avanza… La verdadera prueba de nuestra moralidad no está en la rigidez con la que cumplimos lo correcto, sino en la lealtad hacia la vida que crea y construye lo correcto.»

La última de las tontunas a las que nos referiremos no tiene desperdicio: “Un negacionista al frente de los biólogos de Euskadi”. Otro pintoresco personaje que sostiene que los países con mayor porcentaje de vacunación contra la gripe son los que más mortalidad registran y asegura que la gripe mata más que la COVID.

El negacionismo del decano del Colegio de Biólogos de Euskadi le hace mostrar su ignorancia confundiendo correlación con causalidad: A más confinamiento, más tasa de mortalidad. Que la asociación no es causalidad es quizás la lección más importante que uno aprende en una clase de estadística, así que ¡a estudiar, señor decano!

En fin, resulta todo tan cansado…

domingo, 26 de julio de 2020

Construir un avión en el aire (In ictu oculi)

                B-24 bomber assembly hall. (April 1943). Foto: SHORPY.

«Una misma realidad se transmite de diferente manera en funcion de los vocablos que la nombren. Podemos censurar al perseverante por su “obstinación” o alabarlo por su “tenacidad”. Solo el punto de vista distingue entre el oportuno y el oportunista, entre el halago y la adulación, entre la dulzura y el empalago, entre el generoso y el manirroto…» 
Alex Grijelmo

Seguramente una de las metáforas y expresiones más certeras, precisas y sugerentes para describir cómo se ha desarrollado (cómo se desarrolla aún, en gran medida), y cuál ha sido el trabajo llevado a cabo por miles de profesionales del SNS durante las (largas) semanas en que hemos tenido (tenemos) que hacer frente a los efectos de la pandemia de la COVID-19, sea precisamente la que da título a esta entrada: “construir un avión en el aire…”

La frase transmite una idea bastante aproximada de la gran complejidad, del esfuerzo y de la (enorme) dificultad de llevar a cabo y realizar una tarea dura, inédita, desconocida -en tanto en cuanto no existían experiencias anteriores semejantes-, sin contar con instrucciones, manuales o guías de ayuda a las que recurrir; sin planos, brújulas ni cartografías previas (si acaso, -por encontrar algún símil semejante- con algunos esquemas parecidos a esos antiguos mapas romanos y medievales en cuyos bordes aparecía dibujada la imagen de terribles monstruos con una leyenda de advertencia: hic sunt leones -para señalar las tierras inexploradas- o hic sunt dracones, para los océanos sin límites). Mapas que reflejaban el temor y la atracción de los territorios incógnitos, (que muy a menudo son mentales). Sin embargo, esta terrible situación ha venido a demostrar la enorme capacidad de improvisación (a pesar de las connotaciones negativas del término), innovación y aprendizaje del sistema sanitario y, fundamentalmente, de su capital humano, un enorme ejemplo de compromiso, altruismo y dedicación entusiasta en su desempeño.

El científico y periodista Javier Sampedro, empleaba ya esta frase en un artículo publicado el pasado mes de marzo (Arreglar un avión en pleno vuelo): «La forma atropellada en que los investigadores están forzados a responder a esta crisis es como tratar de arreglar un avión en pleno vuelo, o peor aún: ‘Como arreglar en pleno vuelo un avión del que todavía están dibujando los planos’ (sic)».

A esto mismo se refería Juan Fernando Muñoz, subdirector general de Tecnologías de la Información del Ministerio de Sanidad, durante la presentación de los resultados del estudio nacional de seroprevalencia del SARS-CoV-2 (ver aquí el artículo publicado en The Lancet con material complementario adicional), cuando manifestó: «Tuvimos que hacer el avión mientras volaba”, aludiendo a la dificultad (crónica) de contar con los medios, los recursos y la disponibilidad de perfiles profesionales adecuados para enfrentar este tipo de situaciones imprevistas…

En el año 2000 una prestigiosa y reconocida agencia estadounidense de publicidad realizó un videoclip con un extraordinario anuncio para la empresa de tecnologías de la información EDS, en el que hacían realidad la metáfora de construir un avión en el aire:


 [Por cierto, esta misma agencia, Fallon ganó también en ese mismo año el premio al mejor anuncio emitido durante la SuperBowl con otro brillante videoclip: Cats Herder que se convirtió en un icono en el mundo de la publicidad.]
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Hablando sobre alguna de sus obras, la novelista Margaret Atwood señalaba con perspicacia: “en determinadas circunstancias, puede pasar cualquier cosa en cualquier lugar”. En cierta forma, algo así es lo que nos ha ocurrido de una manera repentina, casi sin darnos cuenta, en un abrir y cerrar de ojos. 

A ello se refiere la locución latina In raptu, in transitu, in ictu oculi… (‘en un instante, en un abrir y cerrar de ojos’), que alude al modo abrupto en que la muerte llega para reclamarnos y cuyo origen puede rastrearse en el pasaje bíblico:


«Ocurrirá en un abrir y cerrar de ojos, cuando suene la trompeta final, (…) los que hayan muerto resucitarán con cuerpos nuevos que jamás morirán; y los que estemos vivos seremos transformados» (I Corintios 15:52).

Una cita esta, [“In momento, in ictu oculi, in novissima tuba.”]  de la que hizo uso el poeta británico John Donne en su Sermón XVII para el día de Pascua (1624): «…que será encontrado vivo sobre la tierra, decimos que habrá una muerte súbita, y una resurrección repentina; In raptu, in transitu, in ictu oculi» con el que viene a recordarnos la fugacidad y lo efímero de nuestras vanas presunciones.


Enlaza esta idea con las obras del género artístico denominado vanitasque resalta la vacuidad de la vida y la relevancia de la muerte como fin de los placeres mundanos a través de representaciones que pretendían «ponderar la brevedad de la vida, la muerte cierta y que todo se acaba; pintar el riguroso trance de la muerte y que la mayor grandeza para en gusanos; alentarnos en la santa limosna, y ejercicios de la Caridad para conseguir buena muerte», en palabras de Miguel de Mañara, aristócrata sevillano que hacia 1672 encargó al pintor Juan Valdés Leal una serie de obras para la iglesia y el Hospital de la Caridad de Sevilla, curiosamente pocos años después de la epidemia de peste bubónica que asoló la ciudad en 1649. Destaca sobre todo el díptico denominado Jeroglíficos de las Postrimerías, conformado por dos inquietantes pinturas situadas bajo el coro: In ictu oculi y Finis gloriae mundi. Con intención moralizante, estas obras debían servir a modo de prevención, instando a quien las contemplaba a priorizar la salvación de su alma, evitando con ello la condenación eterna.

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 Hace unas semanas el periódico nos regalaba un brillante artículo (otro) de John Gray (¿Otro apocalipsis?en el que –por si no lo habíamos comprendido aún- viene a dejar claro que gran parte de nuestra forma de vida anterior a la crisis sanitaria provocada por el coronavirus SARS-CoV-2 es ya irrecuperable. Nada volverá a ser como antes. Cambiarán muchas cosas, y cuanto antes lo entendamos y consigamos adaptarnos a esa “nueva normalidad” que conlleva este último apocalipsis, las consecuencias serán menos gravosas.

Llegué a los libros de John Gray gracias a un artículo (Descrédito de la profecía), de Antonio Muñoz Molina, que me descubrió a un autor fascinante cuya lectura resulta tan adictiva como desasosegante:

«Gray escribe de filosofía, de ciencia, de política internacional, pero la erudición histórica que sostiene sus argumentos tiene el filo cortante y visionario de la poesía. Su tema central son los variados espejismos de la modernidad y el progreso; el modo en que la superstición cristiana sobre el fin de los tiempos se transmutó desde finales del siglo XVIII en el sueño reiterado de una revolución que estableciera el paraíso terrenal, culminando la historia y aboliéndola; la funesta arrogancia humana de creer que el mundo fue creado para nuestro servicio y de que podemos controlar las consecuencias de nuestros actos y de nuestras invenciones tecnológicas.»

«…su mérito no está en ofrecer recetas sino en animarnos a ejercer la inteligencia en la vida práctica y a buscar formas decentes de vivir y de mejorar algo las cosas procurando no hacer daño con nuestro aturdimiento, teniendo una conciencia clara de nuestros límites.»


Muñoz Molina ha seguido recomendando fervientemente cada una de las obras posteriores de este controvertido, brillante (e indispensable) profesor de la London School of Economics, teórico y filósofo del pensamiento político.

En todo caso, a la luz de los acuerdos alcanzados por la UE hace apenas una semana, resulta sumamente instructivo leer este otro artículo suyo, aparecido originalmente en la revista New Statesman: Adiós globalización, empieza un mundo nuevo. O por qué esta crisis es un punto de inflexión en la historia, en el que afirma:

«Para salir del agujero vamos a necesitar más intervención estatal, no menos, y además muy creativa. Los Gobiernos tendrán que incrementar considerablemente su respaldo a la investigación científica y a la innovación tecnológica. Aunque es posible que el tamaño del Estado no aumente en todos los casos, su influencia será omnipresente y, de acuerdo con los criterios del viejo mundo, más intrusiva. El gobierno posliberal será la norma en el futuro próximo.»
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viernes, 9 de agosto de 2019

Ejercicios de estío…


    Monumento a Eugenio D’Ors. Madrid
“No hay hechos sino interpretaciones… y esto es una interpretación.”
Friedrich Nietzsche
                                                                                                                                          
En estos días en que se habla tanto de cómo contar relatos, historias y metanarrativas, (o sea, el famoso y conocido storytelling aplicado al ámbito de la política, encuentro la oportuna cita de Nietsche de manera casual ojeando al azar un libro divulgativo sobre los llamados filósofos de la postmodernidad Gianni Vattimo, (de quien el diario EL PAÍS publicaba recientemente una interesante entrevista), y Jean-François Lyotard:

"A pesar de la nostalgia, ni el marxismo ni el liberalismo pueden explicar la actual sociedad posmoderna. Debemos acostumbrarnos a pensar sin moldes ni criterios. Eso es el posmodernismo", explicaba hace ya unos años el pensador francés, caracterizando la postmodernidad como la incredulidad ante los metarrelatos de la humanidad, entendiendo por metarrelatos «aquellas filosofías que pretenden abarcar la totalidad de la historia» e identificando cuatro grandes metarrelatos a lo largo de los siglos: el cristiano, el iluminista, el marxista y el capitalista…


Dicho esto, en busca de mayores síntesis y certidumbres (siempre revestidos de un saludable escepticismo, en tanto que virtud conducente a mayor conocimiento fiable, todo hay que decirlo), consulto el divertido glosario recopilado y ‘dedicado al intrépido lector’ por Salvador Giner con el acertado título de Ideas cabalesal que ya nos referíamos en esta entrada de hace aproximadamente un año.

El término Postmodernidad que aparece descrito en Wikipedia con tanta enjundia, es aquí definido como sigue:

«Apelativo híbrido dado sin ton ni son a la época de la modernidad avanzada, frecuentemente para indicar la presunta defunción de las ideologías clásicas (liberalismo, comunismo, anarquismo). Mentecatez de aquellos que no se han enterado de la vitalidad de la ideología en el mundo contemporáneo y de deshonestidad en quienes la conocen. El ‘postmodernismo’ es una charlatanería compuesta por la emisión de despropósitos sobre nuestro tiempo, definido éste como modernidad. No se sabe lo que es, salvo que con él se ha perpetrado una industria de habladores, escribidores y tertulianos mediáticos que dicen estar al día en cualquier cosa. Postverdad, o posverdad.»

Sobre el término Modernidad (en un tono algo más gamberro) Salvador Giner se limita a escribir: «La modernidad ha venido, nadie sabe cómo ha sido.»
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En fin, al hilo del paso de los días ha transcurrido ya algo más de un año desde que me incorporé en Madrid a este viejo caserón de la llamada Casa Sindical, hoy sede del Ministerio de Sanidad. [Por si alguien pudiera estar interesado, en este viejo noticiario de diciembre de 1952 (NODO 520 B min. 0:30 a 1:23) aparecen las obras de construcción de este singular (y feo) edificio].


Recién llegado al Paseo del Prado (en virtud de lo que algunos incluirían en el marco de la denominada “teoría del cisne negro”, esos sucesos extremadamente raros, atípicos, fortuitos e imprevisibles) me vi (casi) retratado en un viejo texto de Juan Benet que alguien me hizo llegar. Escrito en enero de 1981 y recogido en el libro “Páginas impares”, una memorable selección de artículos de prensa publicada en 1996, Benet definía a los Directores Generales como «esos hombres anfibios y fronterizos, con los brazos en la política y los pies en la ruda técnica». (Entre paréntesis: aunque siempre he considerado que la hibridación y los enfoques eclécticos, multidisciplinares y diversos son imprescindibles para intentar conocer mejor la realidad, debo reconocer que lo de anfibio y fronterizo me llegó al alma…). Observador agudo, de sutil ironía y caustica mordacidad, en ese mismo texto Benet se despachaba también a gusto con algunos otros personajes, como los periodistas, «que saben de todo un poco y  de nada mucho», y de los que llega a afirmar que, estando oscuramente relacionados con los políticos, vivían «al amparo de uno de los grandes fraudes sociomorales de nuestra época, el [supuesto] ‘deber’ de informar.»

Desde la sexta planta del edificio de la antigua Casa Sindical sigo asomándome cada mañana hacia el Museo del Prado y contemplo desde la ventana del despacho el curioso y enigmático monumento a Eugeni D'Ors, obra de su hijo, el arquitecto Víctor D’Ors, y de los escultores Cristino Mallo y Frederic Marès. Inaugurado el 17de julio de 1963, su estructura consta de un muro chapado de granito al que se encuentra adosado un lienzo de piedra blanca de Colmenar con una larga inscripción que resume el pensamiento filosófico de D'Ors. En la parte de atrás, un medallón, obra de Marès, con el perfil del ilustre prócer, su nombre y las fechas de su nacimiento y muerte (1882-1954). Este medallón va colocado sobre un tapiz de ladrillo y sobre aquél en piedra de Colmenar se dice: «En memoria del Magisterio Orsiano dedica en 1963 Madrid esta fuente siendo alcalde el XVI conde de Mayalde».

Delante, la parte principal del monumento con un breve estanque, y en él dos figuras de bronce, obras de Mallo: una mujer con el brazo en alto, que representa el clasicismo, lo angélico, la cultura y la norma, apacigua o exorciza a un pequeño dragón o basilisco, que representa lo espontáneo, lo natural y lo demoníaco. El conjunto simboliza así la Sabiduría frente a la Ignorancia.

Dando fondo al estanque sobre el lienzo de piedra caliza se lee la citada inscripción orsiana a modo de resumen de su doctrina moral:



«Todo pasa: una sola cosa te será contada, y es tu obra bien hecha. Noble es el que se exige, y hombre tan sólo, quien cada día renueva su entusiasmo, sabio al descubrir el orden del mundo: que incluye la ironía. Padre es el responsable, y patricia misión de servicio, la política debe ser católica, que es decir universal; apostólica, es decir, escogida; romana, es decir, una. Una también la cultura: Estado libre de solidaridad en el espacio y de continuidad en el tiempo. Que todo lo que no es tradición es plagio. Peca la naturaleza; son enfermizos ocio y soledad. Que cada cual cultive lo que de angélico le agracia, en amistad y diálogo.»


El texto es lo suficientemente elocuente y representativo de los valores tradicionales de una cultura alineada con el rancio nacional-catolicismo entonces imperante, que establece una relación muy sólida entre el Bien, la Verdad y la Belleza. D’Ors condena la innovación y la transgresión, reivindicando el clasicismo, entendido como expresión de habilidad y orden, con matices de ironía, como única concesión a lo moderno.


Es significativo destacar el lugar elegido para emplazar el monumento, en el marco espacial que une la puerta de Velázquez del Museo del Prado (sobre el que precisamente Eugenio D’Ors escribió en 1922 una apasionada guía –de lectura muy recomendable- que es toda una teoría estética: Tres horas en el museo del Prado) con uno de los edificios de manifiesta orientación fascista que aún perviven en Madrid: este antiguo "edificio de Sindicatos", reconvertido actualmente en sede del Ministerio de Sanidad, en el que me encuentro. Para enfatizar los objetivos retóricos de Víctor D'Ors y las autoridades municipales franquistas de la época, el medallón con el perfil de Eugeni d'Ors da la cara al edificio de sindicatos, mientras la lápida mira hacia el Museo del Prado.

Así recogió el evento la prensa de la época: refiriéndose al interesado como maestro de la filosofía y de la crítica de arte...

En fin, para ampliar la información sobre este singular personaje, que «pasó de ser un nacionalista catalán radical en su brillante juventud a un falangista imperial en su decadente vejez», y de quien el pintor José Moreno Villa llegó a decir que era un espectáculo de farsantería y ejemplaridad” conviene acercarse a la excelente y minuciosa biografía de Javier Varela publicada en 2016 y ganadora del premio Gaziel de Biografías y Memorias.




En fin... y mientras tanto, aquí seguimos, convencidos de que conviene no rendirse al inmediatismo (suelo recordar con frecuencia aquello de que la inmediatez aplasta la visión estratégica) ni a una cierta política distraída
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