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lunes, 26 de agosto de 2024

 Las corbatas de mi padre

«La muerte del padre opera vitalmente como tremendo sacramento existencial. Tras la desoladora aflicción inicial, presidiendo el duelo, va emergiendo poco a poco, como gracia del nuevo estadio, un coraje inesperado que transforma la pena originaria en definitiva inteligencia de nuestra condición mortal movilizando nuestra voluntad de vivir».

Javier Gomá Lanzón. ‘Inconsolable’. 2017

«Y aunque la vida murió/, nos dejó harto consuelo/ su memoria».

Jorge Manrique. ‘Coplas a la muerte de su padre’. 1476

 «…(aunque millares de personas orientan eficazmente su vida alrededor de sus corbatas…)»

  Georges Perec. ‘La vida instrucciones de uso’. 1978

Hace justamente ahora diez años en su blog «MEDICOACUADROS» Mónica Lalanda publicaba el post «Los botones de mi madre».  En estos días he recordado y releído esta emotiva entrada en la que explicaba algunas de las emociones y sentimientos experimentados mientras desmontaba la casa familiar tras el fallecimiento de su madre. El hallazgo de su caja/bolsa de botones le sirve para hacer un elogioso recuerdo como homenaje a las mujeres de su generación, al enorme papel que desempeñaron y a su trabajo abnegado e imprescindible aunque apenas reconocido en un tiempo gris y de obligado silencio.

El pasado 14 de agosto murió Paulino, mi padre. Como un aerolito, un golpe inesperado, una zanja oscura cavada por los heraldos negros, una pérdida irreparable, en suma... Fue una persona trabajadora y entusiasta, generosa, divertida y muy vitalista. Noventa y dos años (1931-2024) dan para mucho: con una escasísima educación reglada, (aprendió a leer en una finca mientras cuidaba cerdos), ejerció de albañil, chófer, asistente, mayordomo y ayuda de cámara, (¡de un marqués!), encargado y guarda (¡nada menos que de un castillo!) y, finalmente, fue un brillante y exitoso anticuario autodidacta, experto en cerámica y muebles de época, cuyas restauraciones fueron además ampliamente valoradas y reconocidas por una amplia clientela y por otros profesionales del oficio.

La primera foto con mi padre (1958)

Mientras acompañábamos a mi madre, revisando también viejas fotos, entre recuerdos y anécdotas familiares, resultaba inevitable que cualquiera de los cuatro hermanos o de los nietos mayores, sacara(mos) a relucir sus bromas, viejos chistes o chascarrillos, o formulase alguno de los escasos refranes que le oímos en alguna que otra ocasión, pero que constituían todo un compendio de filosofía práctica para la vida: «Dios aprieta pero no ahoga»; «El dinero no cae por la chimenea» y «No todo es soplar y hacer botellas»…

En su cuarto, primorosamente colocadas y en orden, guardaba 131 (!) corbatas, un complemento que hasta pocos días antes de su fallecimiento utilizó durante toda su vida, siempre con indiscutible elegancia, desde que aquel marqués a cuyo servicio trabajó le enseñara a hacer el nudo Windsor. Le gustaban las corbatas y presumía de su colección. Muchas de ellas se las habíamos regalado nosotros, claro.

Con mis hermanos -y con corbata- (h.1970)

Clasificadas y ordenadas por mis hermanas la relación era la siguiente:

 -     40 de ‘topitos’

-      38 de rayas

-       23 con animalitos y/o motivos de caza

-      12 de estampados ‘artísticos’ (incluyendo diseños de cachemir y otros)

-      10 de colores lisos

-         8 de cuadros escoceses

Confeccionadas en seda, lana o poliéster, había elegantes corbatas italianas, francesas, o inglesas informales de sport, de pala clásica (ancha), regular (standard) o estrecha (slim), correspondientes a distintas épocas y modas.

Se hicieron cuatro lotes para repartir entre los hermanos. (Siempre me había gustado una corbata verde con un estampado de vaquitas; la suerte quiso que estuviera en mi lote, con lo que podré lucirla recordando a mi padre).

Uno intenta buscar consuelo en asideros, referencias, ejemplos compartidos, señales, signos: pocos días más tarde del fatal acontecimiento volví a escuchar la lectura de un conmovedor monólogo dramático escrito y publicado por Javier Gomá Lanzón en 2017, en el que transmite su experiencia directa del duelo tras la muerte de su padre, ocurrida dos años antes. En ese monólogo («Inconsolable») explica el itinerario personal de la pérdida, desde la conmoción inicial hasta la aceptación y el duro aprendizaje de que «somos huérfanos condenados a producir huérfanos. La visión del ESPANTO. El tiempo no cura, solo distrae». (…) «El paso del tiempo, el acostumbramiento y el olvido. En suma: una pomada psicosocial para sanar una herida metafísica» (…) haciendo evidente en este caso «la falta de proporción entre enfermedad y remedio».

«Quizás el duelo no sea otra cosa que aprender a pensar en la pérdida de la persona amada sin pena y sin culpa».

Solo podremos salvarnos recuperando la cotidianeidad y la necesidad de vivir cada momento intensamente para recomponernos de un golpe de esta magnitud. Al final solo queda el ejemplo: «La muerte del padre es una experiencia personalísima en la biografía de cada cual, y al mismo tiempo –qué paradoja– la más común que existe».

Nuestro padre ha tenido una buena muerte. Una muerte plácida y tranquila, en su casa, en familia, con los hermanos acompañando a mi madre en tan difícil trance. Ha muerto con 92 años, tras una larga decadencia y un progresivo deterioro cognitivo que no le impidió relacionarse con nosotros y reconocernos en todo momento. Y es que, como bien recuerda Javier Gomá: «la figura paterna conserva el colosalismo de antaño. Ese señor con el que el niño ha compartido casa y vivencias durante los primeros años de su biografía nunca deja de ser del todo una figura legendaria». En este sentido «los padres no son simplemente personas amadas, son [como] el último animal mitológico».

Concluye el monólogo recordando que, en última instancia, la vida no es sino «LA LENTA GESTACIÓN DE UN EJEMPLO PÓSTUMO. Toda nuestra vida se resume en una demorada preparación de la verdad que entregamos a quienes nos sobreviven. La palabra griega para designar ‘verdad’ es “aletheia” y significa literalmente no-olvido, “a-lethos”, es decir, recuerdo».

Finalmente, alcanzar una vida plena, colmada, ‘cumplida’, significa «aspirar a algún grado de excelencia personal para así cumplir con la máxima moral que dice: “vive de tal manera que tu muerte sea escandalosamente injusta”, en la medida en que esa muerte sea percibida «como un atropello, como un empobrecimiento estúpido del mundo». Así la de mi padre

Volviendo a las corbatas, apenas se produjo su fallecimiento, cuando le colocamos el traje que había de vestir como difunto, con la elegancia y el porte que le habría gustado en vida, tras ponerle una impecable camisa blanca, tuve muchas dificultades, me equivoqué  y tuve que repetir varias veces el nudo de la corbata que él mismo me enseñó a hacer un día, tal vez porque en ese momento yo tenía uno en la garganta…

In memoriam Paulino Gutiérrez Pérez.

Guadamur, 31 de diciembre de 1931-Guadamur, 14 de agosto de 2024

martes, 10 de agosto de 2021

Acuerdos, principios y otras imposturas…

           Amanecer (julio 2021)

«Son páginas los días de un libro misterioso.»

Felipe Benítez Reyes

«El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto son y de las que no son en cuanto no son.»

Protágoras

Disertaba Javier Gomá Lanzón, en un viejo artículo publicado hace unos años en el diario El País, sobre lo que significa y conlleva la expresión poner o «prestar atención», advirtiendo contra esos latosos inoportunos e impertinentes que (nos) asaltan y usurpan nuestra soledad, permutándola alevosamente por mortal aburrimiento, lo que califica incluso como ‘delito de lesa humanidad’. Recordaba, además, que «la condición de latoso no es exclusiva del individuo, sino que una densa trama de actos protocolarios a los que las expectativas creadas en la vida privada y profesional nos obligan a asistir usuran nuestro tiempo sin aparente beneficio de nadie, y así hartas veces es precisamente la propia sociedad la que se constituye en el más temible y alienante de nuestros time consumers.»

Coincidía en esto con la opinión expresada hace ya tiempo por el gran crítico George Steiner, fallecido hace apenas año y medio, en un breve librito (La barbarie de la ignorancia. Ed. Taller Mario Muchnik. Madrid, 1999), en el que sostenía que «a una obra se le debe atención, y la atención lleva a la reflexión…». De aquí que nadie debería, por tanto, importunar o distraer(nos) impunemente (d)el siempre escaso tiempo de que disponemos para atender al disfrute, contemplación o lectura atenta de la obra de arte, en tanto en cuanto revela cómo entendemos en lo esencial el mundo, aquello que nos hace precisamente (más) humanos o consideramos como valioso, bello o sublime, conceptos que -en palabras de Iris Murdoch- están a su vez relacionados con lo bueno y también, de diferentes maneras, con la idea de libertad. En una serie de agudos ensayos sobre filosofía y literatura publicados hace algún tiempo, (La salvación por las palabras. Ed. Siruela. Madrid, 2018), clama de hecho contra la gris monotonía de las cosas sin gracia –en el sentido amplio del término–.

Hasta hace unos meses, por razón de mi desempeño profesional me veía obligado con relativa frecuencia a asistir a un buen número de actos protocolarios o institucionales de esta naturaleza, con una notable y más que acreditada capacidad para ‘quitarnos la soledad sin darnos compañía’… gracias a latosos (y latosas) de toda clase y condición. No obstante, he de reconocer que en alguna ocasión ello resultaba sobradamente compensado con algunos otros que eran lo suficientemente emotivos y entrañables como para ‘reconciliarnos con el género humano’ por decirlo gráficamente.

En noviembre de 2019 tuve ocasión de asistir a la Mesa inaugural del 14º Congreso de pacientes con cáncer (último celebrado con carácter presencial) que, por diversas razones, resultó no solo (muy) entretenido sino, sobre todo, instructivo y aleccionador. En primer lugar, por las personas asistentes al mismo, encabezadas por mi amiga Begoña Barragán @BBarragan, siempre tan trabajadora y entusiasta; en segundo lugar por el original montaje y la escenografía del mismo, felizmente inspirada (y lograda con brillantes resultados) en el mundo del cine; y en tercer lugar por Ángel Rielo @angelrielo, la persona encargada de presentar y animar la ceremonia, que se definió a sí mismo como ‘feliciólogo’, cómico y ‘motivador de almas’.

En el trascurso del acto, este hombre citó los denominados “acuerdos toltecas”. Confieso que era la primera vez que oía hablar de este tema, y aunque inicialmente sonaba mucho a la espantosa (y pegajosa) jerga sensiblera y cursi de esos libros amarillos de aeropuertos y estaciones sobre autoayuda y crecimiento personal, me llamó la atención la seguridad, el convencimiento de sus palabras y la fuerza con la que transmitía su mensaje.

Al llegar a casa me vi casi en la obligación de hacer algunas averiguaciones sobre la cultura tolteca y este curioso asunto de los acuerdos. El origen se encontraba en una obra llamada Los cuatro acuerdos, publicada en 1997 por el "orador motivacional", escritor y cirujano (?) mexicano Miguel Ruiz y de la que al parecer ha vendido cerca de 4 millones de ejemplares, con textos y temas espiritualistas o neochamanisticos (sic).

[Información adicional (y absolutamente prescindible, por otra parte): Entre los pueblos nahuas precolombinos que habitaban en la altiplanicie de México y de América Central en la época de la llegada de los españoles, la palabra tolteca significaba alguien sabio que dominaba las artes y artesanías. Y la palabra ‘toltequidad’ equivalía a lo que hoy podríamos denominar como ‘alta cultura’. Tolteca era un gentilicio genérico, aplicado a todos los moradores de Mesoamérica. Deriva de la raíz Tol-, que significaba en su origen 'tallo, junco', de donde surgió el nombre de la ciudad de Tula o Tollan ('(lugar donde abundan) los juncos') y debido a la tradición cultural de esta ciudad tolteca (originalmente 'habitante de Tula') llegó a adquirir el sentido de 'persona instruida'. Las ideas toltecas recibieron el nombre tōltēcayōtl 'toltequidad' y se componían de fórmulas religiosas, artísticas y científicas que reflejaban la cosmovisión mesoamericana].

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 En fin, los llamados ‘acuerdos toltecas’ divulgados en su día por Don Miguel Ruiz (ver aquí su página Web con lo que parece un lucrativo y pintoresco negocio familiar a base de libros, cartas, sesiones de coaching, charlas y merchandising variado) son los siguientes:

1.    Sé impecable con tus palabras. Las palabras importan y son poderosas. Suele decirse que “hiere más una palabra que una espada”, se necesita saber usarla y comprenderla, hacerlo de forma asertiva y no usarla para herir. El politólogo Giovanni Sartori afirmaba: «Las palabras son nuestras gafas. Equivocar la palabra es equivocar la cosa». La precisión y el cuidado en la elección de nuestras palabras y expresiones nos lleva directamente a un estado de equilibrio y conformidad plena. Ello contribuye a frenar en el mundo la rueda del odio si, pese a todo, tratamos a las personas con respeto y consideración. Como dijo Shakespeare, “hay palabras que son puñales”, basta con asomarse a las redes sociales, pero también hay palabras que inspiran, acercan, animan y sanan. La palabra es sagrada y hay que aprender a usarla con unción y a callar cuando las palabras pueden lastimar a otros y contaminar un ambiente.

Entiendo que la idea también se refiere a ser respetuosos con la palabra dada y con los compromisos adquiridos, siendo coherente con lo que piensas y lo que haces.

2.    No te tomes nada personalmente. El mundo entero puede hablar sobre nosotros, pero si no lo tomamos como algo personal, seremos inmunes. Ignorando el juicio de los otros conseguiremos no dejarnos manipular y continuar libres. En el fondo, cada uno sabe bien quién es y cómo es en realidad, y nadie debe modificar esta percepción que cada uno tenemos de nosotros mismos, lo que supone directamente evitar enfados, estrés, dolor y cualquier otra sensación negativa para nosotros. Aquello que los otros dicen y hacen, las opiniones que manifiestan, todo sigue los acuerdos que ellos han adoptado consigo mismos y no con nosotros.

Cultivar esta actitud evita conflictos innecesarios y el hecho de sentirse ofendidos, con lo que no tendremos necesidad de defender nuestras convicciones. De este modo no haremos más grande alguna incómoda situación que en realidad es realmente pequeña.

3.    No hagas suposiciones. No prejuzgues. Tendemos a hacer suposiciones y juicios de valor sobre (casi) todo. Damos muchas cosas por sentado y creemos que lo que (pre)suponemos es cierto. Hacemos suposiciones sobre lo que los demás hacen o piensan nos lo tomamos personalmentey después, los culpamos y reaccionamos mal con nuestras palabras. Este es el motivo por el cual siempre que hacemos (pre)suposiciones, se suceden problemas. Hacemos una suposición, comprendemos las cosas mal, nos lo tomamos personalmente y acabamos haciendo un gran drama de nada.

Siempre es un grave error suponer que los demás saben lo que pensamos, que todo el mundo ve la vida del mismo modo que nosotros y que no es necesario decir lo que queremos de una manera asertiva. Harán lo que queremos porque nos conocen muy bien. Si no lo hacen, si no hacen lo que creemos que deberían hacer, nos sentimos heridos y pensamos: «¿Cómo ha podido hacer eso? Debería haberlo sabido». Suponemos que la otra persona sabe lo que queremos. Creamos un drama completo al hacer esta suposición y después añadimos otras más.

4.    Haz siempre lo máximo que puedas. Da siempre lo mejor de ti mismo(a). Limítate a hacer lo máximo que puedas en cualquier circunstancia de tu vida. Estés enfermo(a) o cansado(a), si siempre haces lo máximo que puedas, no te juzgarás a ti mismo(a) en modo alguno, no te harás reproches, ni te culparás o castigarás en absoluto. Si haces siempre lo máximo que puedas, nunca te recriminarás ni te arrepentirás de nada.

Busca la excelencia sin dejar de ser humilde. Dar lo mejor siempre te saca adelante y te permite convertir en posibles muchos imposibles. Mientras los pesimistas se quejan, los optimistas mejoran el mundo. Mientras algunos(as) buscan excusas para no hacer algo, las personas excelentes ya lo han hecho.

       Citas latinas en el techo de la torre de Montaigne

5.   Sé escéptico, pero aprende a escuchar. En un libro posterior (El quinto acuerdo), Miguel Ruiz, junto a su hijo José Ruiz, desarrolló este otro acuerdo. Se trata de usar el poder de la duda para discernir la verdad, para tomar la suficiente distancia, no creerse todos los mensajes y hacer desaparecer las mentiras, respetando las historias que los demás eligen contarse (y contarnos). De alguna manera todo el mundo construye su historia y dice mentiras, y por ello es importante escuchar sin juzgar, buscando sinceramente comprender al otro(a) en su propia historia.

Acabemos. Siempre es oportuno recordar que conviene no distraerse y estar muy atentos(as) a posibles martingalas e imposturas… puesto que la duda es el motor del conocimiento. El propio Michel de Montaigne ejemplo de escepticismo avant la lettre hizo grabar en su torre la siguiente sentencia: Solum certum nihil esse certi, et homine nihil miserius aut superbius. (No hay nada cierto más que la incertidumbre, y nada más miserable y más soberbio que el hombre.)

Pues eso.

jueves, 27 de agosto de 2015

Humanizar la asistencia sanitaria

Una entrada de mi amiga Teresa Suárez Fernández, publicada previamente en dclm.es (23 de agosto)  y en El Porvenir de Castilla-La Mancha (24 de agosto), completada con algunos enlaces...

La estructura de la Consejería de Sanidad del Gobierno Regional [de Castilla-La Mancha], recientemente aprobada, incluye la creación de la Dirección General de Calidad y Humanización de la Asistencia Sanitaria, denominación en la que una palabra, la destacada en negrita, se lleva todo el protagonismo e induce a preguntarse si dicho nombre no resultará un poco rimbombante, grandilocuente o excesivo para un órgano directivo de esta administración o de cualquier otra.

Si la curiosidad les lleva a buscar el significado del término "humanizar" comprobarán que el diccionario de la RAE nos ofrece dos acepciones:

1. Hacer humano, familiar y afable a alguien o algo.
2. Ablandarse, desenojarse, hacerse benigno.

Aclarado el concepto, toca preguntarse si en Castilla-La Mancha ha existido la necesidad de ablandar, desenojar y hacer benigno o de hacer humano, familiar y afable a alguien o algo. Si tenemos en cuenta que Mª Dolores Cospedal, la anterior Presidenta, recibió en 2013 y 2014 el premio "Gente Sin Alma" (creado para "dar a conocer a las personas, instituciones o empresas que muestren mayor insensibilidad y ensañamiento contra la Ley de Dependencia y el aprovechamiento que de estas actuaciones pueden derivarse, y cuyas opiniones o actuaciones produzcan más desamparo y sufrimiento a las personas en situación de dependencia y sus familias") la cosa se aclara un poco.

Si además recordamos que, en 2014, el segundo premio recayó en José Ignacio Echaniz, anterior Consejero de Sanidad y Asuntos Sociales, queda patente que los más débiles y desfavorecidos de la sociedad castellano-manchega llevan cuatro años clamando por ese trato humano que se les estaba negando de manera sistemática.

Entre las causas de la deshumanización de la asistencia sanitaria se encuentran la "dictadura" de la tecnología que lleva a la cosificación del enfermo, el complejo mundo sociosanitario (masificación, despersonalización, burocracia), la súper-especialización, la aplicación de criterios mercantilistas a la gestión sanitaria (cumplimiento de objetivos, el negocio de la sanidad) y la negación del sufrimiento y la muerte que afecta por igual a pacientes familiares y profesionales ("El mayor tormento de Iván Ilich era la mentira, la mentira que por algún motivo todos aceptaban, según la cual él no estaba muriéndose, sino que sólo estaba enfermo, y que bastaba con que se mantuviera tranquilo y se atuviera a su tratamiento para que se pusiera bien del todo. Él sabía, sin embargo, que hiciesen lo que hiciesen nada resultaría de ello, salvo padecimientos aún más agudos y la muerte. Y le atormentaba esa mentira, le atormentaba que no quisieran admitir que todos ellos sabían que era mentira y que él lo sabía también, y que le mintieran acerca de su horrible estado y se aprestaran, más aún, le obligaran a participar en esa mentira"). [de Leon Tolstoi, La muerte de Iván Illich, cap. VII].

El lamento por esta deshumanización no es un fenómeno exclusivo de nuestra Comunidad Autónoma, sino universal, como universal es el deber de restitución que políticos y gestores deben asumir para asegurar que la asistencia sanitaria se preste priorizando el respeto a la dignidad humana. En ese sentido, que la palabra humanización aparezca en el nombre de un organismo oficial es toda una declaración de intenciones, de buenas intenciones.

Pero, ¿qué significa humanizar en el mundo sanitario? Según José Carlos Bermejo (Director del Centro de Humanización de la Salud de Madrid, Doctor en Teología Pastoral Sanitaria y Máster en Bioética) significa "hacer referencia al hombre en todo lo que se realiza para promover y proteger la salud, curar las enfermedades, garantizar un ambiente que favorezca una vida sana y armoniosa a nivel físico, emotivo, social y espiritual".

¿Cómo se humaniza la asistencia sanitaria? Respetando, en primer lugar, el hecho  de que cada persona es única e irrepetible y que, por tanto, responde de manera diferente a las crisis vitales. Reconociendo el protagonismo que tanto los pacientes como sus familiares tienen en los procesos asistenciales y que exige contar con una información clara y precisa que les permita comprender su situación, conocer las opciones terapéuticas disponibles y asumir sus responsabilidades, es decir, colaborar activamente en el restablecimiento de su salud.

Humanizar la gestión, humanizar las relaciones, humanizar los espacios, humanizar los tiempos…

Si, como afirma Bermejo, "humanizar la vida cuando ésta se presenta en situaciones de precariedad significa, ante todo, comprometerse por erradicar las injusticias, sus causas y sus consecuencias", podemos afirmar que los castellano-manchegos, tras las últimas elecciones autonómicas, demostramos nuestro firme compromiso por erradicar las injusticias votando por el cambio político; ahora le toca al gobierno actual erradicar sus causas, poniendo fin a la dura política de recortes que ha llevado al borde de la desesperación y la exclusión social a tantas familias, y sus consecuencias, devolviendo a las personas la fe en las instituciones.

Es un deber de los políticos, los profesionales, los pacientes y los familiares, trabajar conjuntamente para HUMANIZAR la asistencia sanitaria en la salud, en la enfermedad y, llegado el momento, en la muerte como etapa final de la existencia.
Teresa Suárez

lunes, 28 de abril de 2014

De la estupidez (y su abundancia)

Golf en el Empire State en construcción (1922)
 
En 1976, en una edición limitada reservada únicamente para sus allegados, el historiador económico Carlo M. Cipolla publicó un breve ensayo, de apenas treinta páginas, cuyo título dejaba poco lugar a dudas sobre el tema abordado: "Las leyes fundamentales de la estupidez humana". El inesperado éxito obtenido llevó a que algunas personas comenzaran a intentar conseguir el ensayo por medio de amigos y familiares de Cipolla. De este modo, se inició una creciente circulación en forma (semi)clandestina a través de fotocopias e incluso copias manuscritas del texto. Finalmente, y con el sugerente título de "Allegro ma non troppo", el autor decidió publicarlo en 1988 junto a otro curioso ensayo de tono humorístico (“El papel de las especias (y de la pimienta en particular) en el desarrollo económico de la Edad Media”). La traducción al castellano fue realizada poco después, en 1991. En estos tiempos difíciles y sombríos su lectura es más que recomendable, y en muchos aspectos resulta bastante reconfortante.

En la Introducción a "Las leyes fundamentales de la estupidez humana" el autor sostiene que, como cualquier otra especie animal, los seres humanos deben hacer frente a diferentes tribulaciones, temores, frustraciones, catástrofes, penas y adversidades. Sin embargo, tienen el exclusivo privilegio de tener que cargar con un peso añadido y una dosis extra de penalidades provocadas por un grupo no organizado de personas que, aunque carece de reglamentaciones, líderes o manifiestos formales, consigue ejercer un gran efecto con una coordinación increíble, como si estuviese guiado por una mano invisible: las personas estúpidas… 

El ensayo estudia el comportamiento, la (gran) abundancia y el enorme peligro que representan estos individuos para todos sus congéneres en general. Explica que este grupo de sujetos, distribuido de forma homogénea en la sociedad, es más peligroso que cualquier otro y, además, causante (por su estupidez) de la mayor parte de las desdichas pasadas y presentes que los seres humanos deben soportar. A continuación, Cipolla formula y desarrolla una serie de leyes fundamentales sobre el tema:

Primera Ley Fundamental: Siempre e inevitablemente cualquiera de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo.
 
Por muy alta que sea la estimación cuantitativa que se haga de la estupidez humana, siempre quedaremos sorprendidos de forma repetida y recurrente por el hecho de que personas que uno ha considerado racionales e inteligentes en el pasado resultan ser inequívocamente estúpidas. Es imposible atribuir un valor numérico a la fracción de personas estúpidas respecto del total de la población: siempre nos quedaremos cortos. Cualquier estimación numérica (digamos un coeficiente X), resultaría ser siempre una subestimación. Se trata de un hecho conocido desde muy antiguo: en el Libro del Eclesiastés (versión de la Biblia Vulgata antigua, la traducción del texto hebreo realizada por San Jerónimo por encargo del Papa Dámaso I en 382, y que fue confirmada en el Concilio de Trento como versión oficial de la Biblia de la Iglesia Católica), se dice: Perversi difficile corriguntur et stultorum infinitus est numerus (los malvados difícilmente se corrigen, y es infinito el número de los necios). Recordemos también que Baltasar Gracián, en un conocido aserto, señalaba: "son tontos todos los que lo parecen y la mitad de los que no lo parecen".

Segunda Ley Fundamental (o Ley de Hierro): La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de esa misma persona

No todos los seres humanos son iguales con respecto al grado de estupidez ya que unos son más estúpidos que otros. Esta condición vendría determinada genéticamente por la naturaleza, pero no está asociada a ninguna otra característica de raza, sexo, nacionalidad o profesión. 

Al parecer el profesor Cipolla realizó amplios estudios demográficos con diversos sectores y grupos de población. Afirmó haber comprobado que entre trabajadores manuales existía una fracción X de estúpidos y que esa fracción era mayor de lo que inicialmente esperaba, con lo que se confirmaba la primera Ley. Sospechando que podría deberse a una escasa formación o a situaciones de marginación social estudió muestras de trabajadores "de cuello blanco" y de estudiantes, comprobando que entre ellos se mantenía la misma proporción. Más sorprendido aún quedó al medir el mismo parámetro entre los profesores de universidad. Decidió por tanto ampliar sus estudios hacia algunas élites sociales, como las personas premiadas con el Premio Nobel. El resultado confirmó también esta Ley de Hierro: una proporción X de laureados con el Nobel son estúpidos.

Tercera Ley Fundamental (o Ley de Oro): A partir de un sencillo análisis de costes y beneficios, esta ley establece que todos los seres humanos están incluidos en una de las siguientes categorías: los incautos, los inteligentes, los malvados y los estúpidos. En un sistema de coordenadas, si representamos en el eje de abcisas el beneficio (ganancia), positivo o negativo, que obtiene el individuo y en el eje de ordenadas el beneficio (+) o perjuicio (-) que causa a los demás, podemos definir y estimar la posición de dichos tipos en cada cuadrante:


El incauto es aquel que se causa un perjuicio a sí mismo, beneficiando a otros. El inteligente es aquel que se beneficia a sí mismo, beneficiando al mismo tiempo a los demás, (en una estrategia que la teoría de juegos y la dinámica de grupos han denominado como win-win o juego de suma-no-cero). El malvado es aquel que persigue y obtiene un beneficio para sí mismo, perjudicando a los demás. La tercera ley fundamental explica expresamente que una persona estúpida es aquella que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener ningún beneficio para sí mismo e incluso incurriendo en un perjuicio.

Cuarta Ley Fundamental: Cipolla insiste en destacar el enorme poder de la estupidez. Los estúpidos son peligrosos y funestos porque a las personas razonables y sensatas les resulta difícil imaginar y entender un comportamiento estúpido. Una persona inteligente puede entender la lógica de un malvado ya que sus acciones siguen un modelo de racionalidad (aunque perversa) en la búsqueda de su beneficio. Las relaciones con un malvado son posibles ya que por lo general sus maniobras y sus maquinaciones pueden preverse y, en muchos casos, se puede preparar la oportuna defensa. Con una persona estúpida esto es absolutamente imposible. No existe modo racional de prever si, cuando, cómo y por qué, una persona estúpida actuará de una u otra manera. Frente a un individuo estúpido, uno está completamente desarmado.

La Cuarta Ley Fundamental afirma por ello que: Las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas. Los no estúpidos, en especial, olvidan constantemente que en cualquier momento y lugar, y en cualquier circunstancia, tratar y/o asociarse con individuos estúpidos se manifiesta infaliblemente como un costosísimo error.

Hay que tener en cuenta, además, que la mayoría de los individuos no actúa siempre de forma consistente. Bajo ciertas circunstancias una persona puede actuar inteligentemente y en otras actuar como un incauto. La única importante excepción a esta regla es la de las personas estúpidas que siempre muestran una fuerte tendencia hacia un comportamiento estúpido en cualquier actividad o empresa. Para los demás, puede calcularse su posición en el eje de coordenadas del gráfico anterior como una media de los resultados de sus acciones en términos de costes y beneficios causados sobre sí mismos y sobre los demás (es decir, unas veces actúan de forma inteligente y otras de forma estúpida). Teóricamente y de forma gráfica puede comprobarse que a lo largo de la línea roja que bisecta los cuadrantes opuestos se situarían los incautos y los malvados “perfectos”, es decir aquellos que con sus acciones siempre obtienen para sí mismos un beneficio igual al coste que originan en los demás. Por desgracia estos son relativamente escasos, siendo más frecuentes los que se encuentran a uno u otro lado de la línea. El gráfico permite comprobar que toda actividad representable a la derecha y arriba de la línea roja implica una redistribución con beneficio social neto, mientras que las actividades que caen a la izquierda o debajo de dicha línea implican pérdidas sociales netas.


Macroanálisis y Quinta Ley Fundamental: La persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe. El corolario de esta ley dice también: El estúpido es más peligroso que el malvado.

Como puede comprobarse en el gráfico anterior, la ley y su corolario tienen profundas implicaciones y derivaciones de naturaleza "macro". Si todos los miembros de una sociedad fuesen incautos o malvados perfectos, la sociedad quedaría en una situación de estancamiento pero no se producirían grandes desastres. Todo quedaría reducido a transferencias masivas de riqueza y bienestar. Pero cuando los estúpidos entran en acción las cosas cambian por completo. Las personas estúpidas ocasionan pérdidas a otras personas sin obtener ningún beneficio para ellas mismas y, por consiguiente, la sociedad entera se empobrece.

Tras realizar un estudio empírico de numerosas sociedades a lo largo del tiempo, el profesor Cipolla llega a la conclusión de que el coeficiente X es una constante histórica. El hecho de que unas sociedades prosperen y otras entren en decadencia depende exclusivamente de la capacidad de los individuos inteligentes para mantener a raya a los estúpidos. Más aún, en un país en decadencia el porcentaje de individuos estúpidos sigue siendo igual a X; sin embargo, en el resto de la población el autor observa, sobre todo entre los individuos que están en el poder, una alarmante proliferación de malvados con un elevado porcentaje de estupidez. Y entre los que no están en el poder, un igualmente alarmante crecimiento del número de los incautos. Tal cambio en la composición de la población de los no estúpidos es el que refuerza inevitablemente el poder destructivo de la fracción X y puede llevar al país (sociedad, región, etc.) a la ruina.

Algunas ocupaciones o determinadas actividades parecen estar bien surtidas de la categoría de los estúpidos (cuando no de la de los malvados). Para comprobarlo basta con asomarse a las tertulias vociferantes que pueblan algunas cadenas televisivas, en las que cualquier idiota ruidoso pasa por ser un analista brillante, o echar un vistazo a los boletines oficiales que dan cuenta de los acuerdos y decisiones gubernamentales adoptadas. Tal vez algún ingenuo (o más bien incauto) pueda pensar que todas estas consideraciones son algo excesivas o exageradas, pero un somero repaso a las noticias diarias acabará sin duda de convencerle de lo contrario. Sonroja oír las declaraciones de algunos portavoces políticos o leer las notas de algunos gabinetes de prensa a sueldo del poder, que constituyen la prueba más evidente de la veracidad de las leyes.

A la luz del análisis de Carlo M. Cipolla conviene pues, extraer nuestras propias conclusiones aunque, como dijo alguien, a veces es inútil hacer cualquier cosa a prueba de tontos, porque los tontos son muy ingeniosos…

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Sobre el ‘Síndrome de Stendhal’ y otras mixtificaciones

                                     Basílica franciscana de la Santa Croce, en Florencia

La medicina ha avanzado tanto que ya nadie está sano.
Aldous Huxley

En Medicina un Síndrome (del griego συνδρομή syndromé, concurso), comprende una serie de síntomas y signos que existen a un tiempo y definen clínicamente un estado morboso determinado. El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española lo define como el “conjunto de síntomas característicos de una enfermedad” (DRAE, 22ª edición). Finalmente, según el Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, de la Asociación Americana de Psiquiatría, se trata de una “agrupación de signos y síntomas basados en su frecuente concurrencia, que pueden sugerir una patogenia, una evolución, unos antecedentes familiares o una selección terapéutica comunes”. (DSM IV, 2004).

El Síndrome de Stendhal (también denominado Síndrome de Florencia), es una [supuesta] enfermedad psicosomática que por lo general se manifiesta a través de un episodio que provoca una elevación del ritmo cardíaco, vértigo, confusión, e incluso alucinaciones, cuando el individuo está expuesto a una “sobredosis” de obras de arte, especialmente cuando éstas son particularmente hermosas o se muestran en gran número en un mismo lugar.

El epónimo procede del seudónimo del conocido escritor francés del siglo XIX Henri-Marie Beyle, Stendhal, autor de Le Rouge et le Noir”, y La chartreuse de Parme”, quien hizo una primera descripción detallada del fenómeno que experimentó en su visita, el 22 de enero de 1817, a la Basílica de la Santa Croce en Florencia, y que publicó en su diario de viaje “Roma, Napoli et Firenze. Journal d’un voyage de Milan a Reggio”.

Más allá de su incidencia clínica como posible enfermedad psicosomática, el síndrome de Stendhal se ha convertido en un referente simbólico de la reacción romántica ante la acumulación de belleza y la exuberancia del goce artístico y estético. La crisis se manifiesta con ansiedad repentina, sensación de ahogo y pérdida de todas las referencias espaciales:

“Sentado en un banco del púlpito de la iglesia desde donde podía contemplar el techo con la Virgen y las sibilas, su visión me proporcionó el mayor placer estético que había alcanzado hasta entonces en mi vida. Se me produjo una especie de éxtasis con la idea de encontrarme en Florencia y en la proximidad de unos hombres tan ilustres, [en la basílica están enterrados Dante, Miguel Ángel, Galileo y Maquiavelo, entre otros] llegando a alcanzar un estado emocional que nunca antes había sentido y que solamente es posible alcanzar con una satisfacción pasional. Noté que mi corazón latía apresuradamente, como si la vida se fuese alejando de mí. Salí de la iglesia y anduve unos pasos con miedo a caerme, por lo que me senté en un banco en la plaza de La Santa Croce para que me diese el aire fresco, con lo que volví a la normalidad”.

Aunque ha habido muchos casos de gente que ha sufrido vértigos y desvanecimientos mientras visitaban Florencia, especialmente en la Galleria degli Uffizi, desde el principio del siglo XIX en adelante, no fue descrito como un síndrome hasta 1989, cuando la psiquiatra y psicoanalista italiana Graziella Magherini observó y describió más de 100 casos similares entre turistas y visitantes de Florencia, la cuna del Renacimiento, y escribió acerca de él.

El libro publicado (Magherini, G. Síndrome de Stendhal. Ed. Espasa Calpe; Madrid, 1990) fue fruto de la observación de muchos años como psiquiatra a cargo del Servicio de Salud Mental del Hospital de Santa María Nuova de Florencia. Los turistas extranjeros llegaban al servicio de urgencias y, con frecuencia, los pacientes presentaban una descompensación mental aguda que se manifestaba en episodios súbitos y llamativos, cuyo estudio revelaba una estrecha relación con el viaje a la ciudad del arte.

La Dra. Magherini distinguió tres “tipos sindrómicos”: en un 66% de los pacientes identificó trastornos predominantes del pensamiento; en un 29%, trastornos predominantes de los afectos, y en un 5%, crisis de pánico o proyecciones somáticas de la angustia.

De acuerdo con la interpretación psicoanalítica de la Dra. Magherini, existirían dos facilitadores del síndrome. Por un lado, el estar ante la obra original, con la connotación y el significado que dicha obra o el autor pueden tener para el sujeto y, por otro lado, el hecho de que no exista una red simbólica que atenúe la experiencia, de ahí que los afectados sean siempre extranjeros. De esta manera, donde debería sentirse placer al contemplar la belleza, desaparece la función estética debido a la alteración del “marco fantasmático” del sujeto. Es decir, que el significante que debería sostener la significación fálica, se colapsa en función de su significación y se convierte en una presencia real.

La observación de los casos particulares ha permitido comprobar que durante la crisis aparecen historias de vida de la realidad psíquica profunda y despierta la vitalidad personal de la esfera simbólica. El viaje se convierte así en una oportunidad para el auto-conocimiento.

Los casos descritos se observaron en la práctica clínica ambulatoria. La referencia a Stendhal pretende hacer hincapié en que este tipo de viaje es un factor importante para la presentación de la crisis. Es una situación que el escritor y diplomático francés, distinguido fundador y prototipo de la figura romántica del turista viajero moderno, gran admirador del arte, describe con fascinación en algunas páginas de sus diarios.

Un buen número de psicólogos apuntan que este síndrome se produciría, al parecer, como consecuencia de la saturación de la capacidad humana para recibir impresiones de gran belleza artística en poco tiempo. No obstante, existen otros especialistas que no están tan convencidos de su existencia. Lo cierto es que el Manual Diagnóstico de Trastornos Mentales (DSM IV) no recoge esta patología.

Algunas de las referencias publicadas, que se pretenden más “serias” serían las siguientes:

·         Edson José Amancio E. Dostoievsky and Stendhal’s Syndrome. Arq Neuropsiquiatr 2005;63(4):1099-1103

El artículo comenta que el síndrome de Stendhal se produce entre los viajeros cuando se encuentran ante obras de arte de gran belleza. Se caracteriza por una percepción alterada de la realidad, trastornos emocionales y crisis de pánico y ansiedad con somatización. [Como ya se ha comentado antes] el perfil de los pacientes de este síndrome se describió originalmente entre individuos particularmente sensibles, admiradores de obras de arte: artistas, poetas, escritores y estudiantes de arte, entre otros. Según el autor, el escritor ruso Fiódor Mijáilovich Dostoievski sufría de epilepsia y habría evidencias (!) de que presentó los síntomas del síndrome de Stendhal al contemplar algunas obras de arte, en particular al ver la obra maestra de Hans Holbein, Cristo muerto, durante una visita al museo de Basilea, en Suiza.

                                                                                                                          Holbein: Cristo muerto (detalle)

·         Nicholson TRJ, Pariante C, McLoughlin D. Stendhal syndrome: a case of cultural overload. BMJ Case Reports 2009; doi:10.1136/bcr.06.2008.0317

En este artículo del British Medical Journal los autores describen el caso de un artista anciano que desarrolló una psicosis paranoica transitoria durante un viaje turístico-cultural a Florencia, ciudad de gran significado emocional especial para él. Desde entonces, ha tenido varias recaídas leves de las que rápidamente se ha recuperado.

·         Guerrero AL, Barceló Rosselló A, Ezpeleta D. Síndrome de Stendhal: origen, naturaleza y presentación en un grupo de neurólogos. Neurología. 2010;25(6):349-356

Este trabajo, realizado a partir de una encuesta a 48 neurólogos que visitaron Florencia con motivo de un curso de Neurohistoria, mostró que ninguno sufrió el Síndrome. Sin embargo, “un significativo número de ellos experimentó alteraciones parciales del afecto y uno de cada cuatro reconoció haber presentado una forma parcial del síndrome”. Lo más interesante del artículo es el recorrido que lleva a cabo sobre la concepción del viaje a lo largo de la historia y las vivencias del propio Stendhal y otros viajeros fascinados por objetos artísticos y lugares de singular belleza. Los autores revisan también algunas de las (supuestas) explicaciones (?) psicoanalíticas, biologicistas y reduccionistas de la percepción artística. En su opinión: “si conocemos la respuesta de nuestro cerebro ante el arte, podemos llegar a entender mejor su funcionamiento”.

En la XVI Sesión Científica de la Real Academia de Medicina del 19 de mayo de 2009, el Dr. Oscar Valtueña Borque dictó la conferencia ¿Existe realmente el Síndrome de Stendhal?  en la que sostiene que el supuesto síndrome no deja de ser una (ingeniosa) invención de la doctora Magherini, que ha sido ampliamente utilizada, y a la que –en un mundo dominado por la imagen- se recurre en numerosas ocasiones: desde el marketing publicitario y comercial (véase si no, un conocido anuncio del Audi A8 de hace unos años), hasta el cine (con una película del mismo título rodada en 1996 por el director italiano Dario Argento), o la televisión.

El Dr. Valtueña aventura una hipótesis plausible al famoso episodio de Stendhal (probablemente una subida pasajera de la tensión arterial) y se pregunta por qué la Dra. Magherini no cita a uno de los más distinguidos biógrafos del novelista francés, el también escritor Stefan Zweig. Este, afirma que Stendhal es un notable impostor: “Son pocos los escritores que hayan mentido tanto a sus lectores y más se hayan burlado del mundo como lo hizo Stendhal, con su innato placer de deslumbrar y su inclinación a la falsedad desde dentro de sus muros del puro fingimiento”.

De cualquier manera el Síndrome de Stendhal se ha convertido en una expresión del vocabulario común para describir una determinada sensación de malestar ante una obra de arte. El nombre ha llegado a ser una expresión que ha encontrado fácil acomodo en el lenguaje coloquial y periodístico. Sirva como ejemplo: Guardiola y el síndrome de Stendhal.

En todo caso, Florencia es una ciudad hermosísima y, tras pasar unos días en ella, resultaba inevitable hacer alguna referencia a este asunto…
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