jueves, 3 de enero de 2013

Lecturas e incertidumbres sobre lo público (IV)

En 1998, apenas cuatro años antes de su muerte, con una certera y casi profética visión, el prestigioso sociólogo Pierre Bourdieu escribía las siguientes palabras para justificar la recopilación, por orden cronológico, de una serie de intervenciones públicas en un breve libro de título estimulante: Contrafuegos. Reflexiones para servir a laresistencia contra la invasión neoliberal:

“Si me he decidido a reunir para su publicación estos textos (…) es porque tengo la sensación de que los peligros contra los cuales han sido encendidos los contrafuegos cuyos efectos querrían perpetuar no son ni puntuales ni ocasionales, y que estas reflexiones, si bien se hallan más expuestas que los escritos metódicamente controlados a las discordancias relacionadas con la diversidad de las circunstancias, podrían, no obstante, proporcionar armas útiles a quienes se empeñan en resistir al azote neoliberal”.

Han pasado varios años desde entonces y en estos momentos seguimos instalados en una crisis de dimensiones colosales, cuyo alcance y consecuencias finales apenas acabamos de entrever, mientras la versión más cruda e ideologizada de ese neoliberalismo tecnocrático, en nada ajeno a los orígenes y desarrollo de dicha crisis, sigue marcando en gran medida la agenda política y económica global…

Clamaba Bourdieu por el atronador silencio, -tanto de las ‘élites intelectuales’ como de la clase política-, ante el ascenso generalizado y desmovilizador de una estrecha visión economicista de la vida social, y la progresiva degradación de la virtud cívica que instauraba ese modelo:


“Carecen [los políticos] por completo de ideales movilizadores. Sin duda porque la profesionalización de la política y las condiciones exigidas de quienes quieren hacer carrera en los partidos excluyen cada vez más las personalidades inspiradas.
(…) y lo más conveniente, en cualquier caso, es asumir las apariencias (es decir, el lenguaje) de la racionalidad económica.
Prisioneros del estricto economicismo corto de vista de la visión del mundo del FMI (…) todos esos aprendices en materia económica omiten, evidentemente, tener en cuenta los costes reales, a corto y, sobre todo, a largo plazo, de la miseria material y moral que es la única consecuencia segura de la ‘Realpolitik’ económicamente legítima: delincuencia, criminalidad, alcoholismo, accidentes de tráfico, etc.”.

Es ahora cuando algunas de las (graves) consecuencias sobre la salud y la calidad de vida de la población comienzan a ser visibles: Impacto de la crisis actual en la salud y en los sistemas sanitarios (ver artículos y documentación).

Los peligros del individualismo

Llamaba la atención y se lamentaba el sociólogo francés acerca del papel que en los últimos años habían venido desempeñando en el mundo occidental determinadas corrientes de opinión, que acabarían finalmente imponiéndose con una progresiva sumisión a los valores mercantilistas de la economía (con predominio de la búsqueda de la eficacia y la eficiencia), frente a la lógica de los valores sociales (con la equidad como leiv motiv). Ello ha conducido al retorno de un individualismo a ultranza, que tiende a destruir los fundamentos filosóficos del Estado del bienestar, y en especial el concepto de responsabilidad colectiva, (en el accidente laboral, en la enfermedad y la miseria), una conquista fundamental del pensamiento sociológico y social en los últimos 125 años. 

Este retorno del individuo es también lo que permite censurar a la víctima, con la consiguiente culpabilización del sujeto, como (casi) único responsable de su situación y su desgracia, predicando además la obligación de ayudarse a sí mismo. Todo ello so pretexto de la necesidad, incansable e insoportablemente reiterada, de disminuir las cargas económicas y contribuir a la sostenibilidad, (palabra, idea y concepto tótem junto al de eficiencia) de los sistemas de protección social...

“Si una persona posee una cantidad tolerable de sentido común y de experiencia, su propio modo de llevar su existencia es el mejor, no porque sea el mejor en si mismo, sino porque es el suyo propio". [John Stuart Mill. On Liberty].

Tras esa retórica del individualismo, disfrazado con la idea de la superioridad de la autonomía moral, y a través de un discurso pretendidamente progresista que se ha prolongado hasta aquí, se esconde un grave peligro en el ámbito de la atención sanitaria y social en estos momentos de crisis.

La revista The Lancet advertía de ello hace unos meses en un editorial en el que se refería al ‘empowerment’ de los pacientes, (Patient empowerment─who empowers whom?), es decir, al proceso para ayudar a la gente a tomar el control y la iniciativa para resolver problemas y tomar decisiones relativas a la atención social y sanitaria, y al autocuidado o autogestión de su enfermedad:

“Critics worry that the proposed shifting of power, a concept in itself potentially threatening to medical professionals, could abrogate governments’ responsibilities to fund health systems sufficiently to manage the growing burden of chronic disease. Implementation of health-literacy programmes and promotion of self-managed care both face huge practical challenges, including how to reach the most vulnerable groups. The reality is that doctors have limited consultation time and resources, and not all patients can, or want to be empowered”. [Las negrillas son nuestras].

Sin embargo, este proceso, que afecta, modifica y altera la relación entre profesionales y pacientes, en estos momentos de crisis puede suponer el traslado de una excesiva responsabilidad a los pacientes, o el abandono a su propia suerte o desventura como “navegantes solitarios en el Mar de la Incertidumbre” (en afortunada expresión de J. Gérvas).

Algo que también está ocurriendo en el ámbito de los servicios sociales, como advierte Gregorio Rodríguez-Cabrero refiriéndose al imparable deterioro que se está produciendo en nuestro (todavía joven e incipiente) Estado de bienestar como consecuencia de los recortes económicos: “Vamos hacia un modelo de una mayor desigualdad, gestionado por un Estado asistencial que sobrecarga a la familia y que hace al individuo responsable último de los riesgos de su existencia” (El gran hachazo al bienestar. EL PAÍS 15-12-2012).

Al mismo tiempo, no deja de resulta paradójico comprobar cómo las medidas dirigidas a desmontar el Estado de bienestar se venden precisamente como las necesarias para garantizar su sostenibilidad.

Un nuevo año

Arranca 2013 con el intento gubernamental de maquillar la mala noticia de los datos del paro registrado en las oficinas de empleo que, a pesar del descenso del mes de diciembre pasado, nos sitúa en una cifra global de 4.848.723 personas. En términos interanuales el paro se ha incrementado en 426.364 personas, (sólo en Castilla-La Mancha se encuentran en paro un total de 262.340 personas, habiendo aumentado en 36.498, un 16,16% en el último año)

Resulta difícil no identificarse en estos momentos con uno de los capítulos del libro que comentamos, que recoge una intervención pública de Bourdieu en la estación de Lyon, con motivo de las huelgas de diciembre de 1995. En ella manifiesta su apoyo a una lucha “…contra la destrucción de una ‘civilización’ asociada a la existencia del servicio público, la civilización de la igualdad republicana de los derechos, derecho a la educación, la salud, la cultura, la investigación, el arte y, por encima de todo, el trabajo”. Hace un llamamiento a ‘rebelarse’ contra la certidumbre de los tecnócratas para “acabar con la tiranía de los expertos, estilo Banco Mundial o FMI”, que bien podría estar hoy representada por los dictados de la troika constituida por la Comisión Europea (CE), el Banco Central Europeo (BCE) y en Fondo Monetario Internacional (FMI).

Y, como si estuvieran escritos hoy mismo, he aquí algunos otros párrafos en los que habla de la catástrofe del desempleo:

“La precariedad laboral afecta profundamente a quien la sufre; al convertir el futuro en algo incierto, impide cualquier previsión racional y, en especial, aquel mínimo de fe y esperanza en el futuro que es preciso poseer para rebelarse, sobre todo colectivamente, contra el presente, incluso el más intolerable”.
(…) “…el paro destruye lo que toca, aniquila las defensas y las disposiciones subversivas de quienes lo padecen.”
(…) “…el paro aísla, atomiza, individualiza, desmoviliza e insolidariza.”

A lo largo de todos los ensayos critica el autor la estrechez de esa perspectiva neoliberal presentada como inevitable y sin alternativa posible. Una visión que impone “como obvio todo un conjunto de presupuestos: se admite que el crecimiento máximo –y por lo tanto, la productividad y la competitividad- es el fin último y único de las acciones humanas; o que es imposible resistir a las fuerzas económicas”.

El último ensayo, escrito en enero de 1998, y cuyo título es revelador [El neoliberalismo, utopía (en vías de realización) de una explotación ilimitada] explica algunas claves de esa supuesta superioridad teórica del neoliberalismo. Una utopía que, con la ayuda de la teoría económica en la que se ampara, llega a pensarse como “la descripción científica de lo real”. En realidad, –sostiene Bourdieu- es una pura ficción matemática basada en una gran abstracción que suspende las condiciones económicas y sociales de los dispositivos racionales y de las estructuras económicas y sociales que son precisamente la condición de su ejercicio.

El programa neoliberal tiende globalmente a ensanchar la brecha entre la economía y las realidades sociales construyendo así un sistema económico conforme a la descripción teórica, es decir, una especie de técnica lógica, que aparece así como una cadena inevitable de constreñimientos que arrastra a los agentes económicos.

“La utopía neoliberal suscita una formidable adhesión, la ‘free trade faith’, no solo en los que viven de ella materialmente, como los financieros, los patronos de grandes empresas, etcétera, sino también en quienes sacan de ella las justificaciones de su existencia, como los altos funcionarios y los políticos que sacralizan el poder de los mercados en nombre de la eficacia económica, que exigen la supresión de las barreras administrativas  o políticas que impiden a los poseedores de capitales la búsqueda puramente individual de la maximización del beneficio individual instituida en modelo de racionalidad, que quieren unos bancos centrales independientes, y que predican la subordinación de los estados nacionales a las exigencias de la libertad económica para los dueños de la economía, con la supresión de todas las reglamentaciones sobre todos los mercados, comenzando por el del trabajo, la supresión de todos los déficit y la inflación, la privatización generalizada de los servicios públicos, la reducción de los gastos públicos y sociales”.

En esta época confusa en la que a los recortes se les llama ‘ahorros’ y a la privatización se insiste en llamarla ‘externalización’ termina Bourdieu asegurando que “…la defensa del ‘interés público’ –quiérase o no- jamás saldrá, ni siquiera a costa de alguna falsedad en escritura matemática, de la visión de contable (en otros tiempos se habría dicho de tendero”) que la nueva creencia [neoliberal] presenta como la forma suprema de la realización humana.”

Un formidable librito de ensayos cuya intención es, al menos, “romper con la apariencia de unanimidad que constituye lo esencial de la fuerza simbólica del discurso dominante”. Muy recomendable en estos momentos de desamparo en los que todo parece derrumbarse alrededor y, al decir de Salvador Casado, “el ánimo de lucro está apolillando nuestros servicios públicos”.
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