lunes, 10 de diciembre de 2012

Lecturas e incertidumbres sobre lo público (III)

Disturbios en Grecia. Foto: Alexis Konstantinidis (EFE)
“…hoy por hoy, la llamada economía no es otra cosa que la política desnuda del gran capital, la de quienes no creen en la política a menos que les sirva para amasar más dinero con menos controles. Por lo demás, la mentira y el insulto continuado a la inteligencia se han convertido en una de las estrategias favoritas de quienes nos han conducido hasta aquí..."

En 1993 Hans Magnus Enzensberger escribía un opúsculo de título ciertamente poco tranquilizador: Perspectivas de guerra civil, en el que introducía el concepto de “guerra civil molecular” para referirse al fenómeno del vandalismo, la violencia urbana y los conflictos que se venían produciendo en el extrarradio de las grandes ciudades y en las metrópolis de Occidente. Escribía: “Poco a poco en la calle se va acumulando basura. En el parque aumenta el número de jeringuillas y de botellas de cerveza destrozadas. Por doquier las paredes se van cubriendo de graffitis monótonos, cuyo único mensaje es el autismo: evocan un yo que ya no existe. Los colegios aparecen con el mobiliario destrozado. Nos hallamos ante una declaración de guerra, aunque pequeña, muda, el urbanista experimentado sabe interpretarlo”.


Un trabajador social describía de la siguiente forma la situación existente entonces en los suburbios de París: “Han acabado destruyéndolo todo: los buzones, los portales, las escaleras de las casas. Han arrasado y expoliado la policlínica en la que están tratando gratuitamente a sus hermanos y hermanas menores. No aceptan norma alguna. Hacen añicos los consultorios de médicos y dentistas, y también destruyen sus propias escuelas. Cuando alguien les monta un campo de fútbol, deciden serrar los postes de las porterías”.



Enzensberger destacaba en este libro, escrito al hilo de la actualidad de hace casi 20 años: “Toda comunidad, incluso la más opulenta y pacífica, produce continuamente nuevas y concretas desigualdades agravios al amor propio, injusticias y frustraciones de todo tipo. Y a medida que aumentan la igualdad y la libertad formales de los ciudadanos, se incrementan también sus reivindicaciones”. Por eso, señalaba, “la violencia colectiva no es más que la reacción desesperada de los perdedores ante su situación económica sin futuro”.

No estamos ahora en esa tesitura, aunque muchas de las violentas escenas de protesta que se vienen sucediendo en algunos lugares en el transcurso de esta crisis, puedan recordar aquellos episodios.

Así, recordaba recientemente Manuel Vicent en una de sus habituales columnas: “Una masiva y hasta ahora pacífica rebelión se está desarrollando ante nuestros ojos. Nadie conoce la mano que en la sombra mueve los hilos y que a la hora de asaltar la calle pone de acuerdo a médicos, jueces, funcionarios, profesores, estudiantes, pensionistas, discapacitados y gente anónima en el paro, que se suma a las pancartas desde las aceras. Nadie acierta a descubrir dónde se encuentra el embrión de esta cólera colectiva”. (…)

“Habrá que imaginar que nada será igual después de esta crisis. Nada se tendrá en pie sin que esta rebeldía difusa de los jóvenes cree una nueva moral, otra justicia, un nuevo estilo de vida”.





 Y aunque uno no quiera ser presa fácil del clima de pesimismo ambiental, mucha gente sostiene que “la incertidumbre, la desesperación y hasta el miedo se están apoderando de nosotros, se cuela en nuestras conversaciones y está modificando nuestra manera de vivir”.

Javier Marías explicaba, con su acidez, socarronería y lucidez habitual, lo que han sido estos últimos doce meses de gobierno a nivel nacional: Cuando solo se sabe agravar (EL PAÍS SEMANAL 2-12-2012).

Empujados a situaciones límite y ante la injusticia, allí donde el Estado ya no ejerce su papel, le corresponde al individuo defenderse por su cuenta. Incluso Hobbes, teórico por excelencia del absolutismo político, quien concedía al Estado un ejercicio casi ilimitado del poder, admitía:

“Las obligaciones de los súbditos para con el soberano sólo tienen vigencia mientras éste pueda protegerlos por razón de su poder. Porque ninguna ley puede derogar el derecho natural del hombre a defenderse a sí mismo cuando nadie es capaz de hacerlo”.

Pocos meses antes de escribir este librito, en noviembre de 1992, Enzensberger había publicado un artículo titulado Compasión con los políticos, que merece la pena recordar hoy, a la luz de los acontecimientos presentes, para introducir ciertas dosis de ironía distante, relatividad y sensatez en el lamentable espectáculo que se desarrolla diariamente ante nuestros ojos.

El artículo, cuya lectura sigue siendo estimulante -aunque no sé si calificarla de divertida-, venía a ser un resumen algo exagerado de los rasgos que caracterizan a la denominada clase política: prevalencia de la mediocridad, incapacidad de juicio, pensamiento a corto plazo, aferramiento al poder, codicia, corrupción y arrogancia entre otros; y de lo desagradable que era pertenecer a una profesión que, por ejemplo, implica la necesidad de elogiarse a sí mismo (aguantando la vergüenza), o la humillación de tener que fingir (teatralmente) ser el autor de lo que otros han escrito. Todo ello mueve casi más a la piedad que al ensañamiento, sostenía Enzensberger, tras explicar brevemente el recorrido (carrera, sistema de reclutamiento, etc.) de cómo llega uno a convertirse en político: “Va siendo, por tanto, hora de hablar de la miseria de los políticos, en lugar de dedicarse a insultarlos”.

Reviste especial interés la descripción del aislamiento social al que se ven sometidos los políticos profesionales, y que explicaría en gran parte el alejamiento de la ciudadanía y la adopción de medidas contrarias al más elemental sentido común: “Hay una forma científica de tortura que se describe como deprivacion sensorial. En ella se priva al sujeto de experimentación, por ejemplo, mediante la reclusión en un tanque de agua, de toda percepción sensorial; la cámara en la que se le encierra es insonora, inodora y oscura; el tacto queda anulado por el entorno líquido. La analogía social de ese experimento sería el peculiar encapsulamiento que padece el político profesional. Cuanto más sube, más radicalmente se interrumpen sus contactos sociales. Lo que ocurre “fuera, en el país" le resulta prácticamente desconocido. No tiene idea alguna de lo que cuesta medio kilo de azúcar o una caña de cerveza, cómo se prorroga un pasaporte o se sella un billete de metro”.

Se explican así las pésimas valoraciones y el enorme deterioro de los políticos que desde hace tiempo se reflejan en las encuestas de opinión. Con estos antecedentes, si nos limitamos a lo que ocurre en estos momentos en el ámbito sanitario, no es de extrañar que alguien tan respetado y respetable en el sector como el profesor José María Segovia de Arana, (poco sospechoso por otra parte de ser un peligroso extremista), llegue a la conclusión de que 'los que manejan la política no están bien enterados de lo que están haciendo'.

En estos días se prolonga el motín en la sanidad pública de Madrid, tras el anuncio del Gobierno regional de sustituir el actual modelo público por un modelo privado poco transparente, cuyos resultados son bastante discutibles y que viene siendo cuestionado cada vez con más frecuencia: Un modelo en entredicho.

No son pocas las voces autorizadas que se alzan en contra de las medidas propuestas y de los recortes en todos los ámbitos: Los recortes no son las reformas que necesitamos. En algunos casos (…) los recortes en sanidad, educación o dependencia, responden a un intento interesado de privatizar parte de esos servicios públicos en beneficio de aquellos mismos que han hecho los recortes”, sostiene Antón Costas, catedrático de Economía Aplicada. Y añade: “Los recortes están fomentando un capitalismo depredador, basado en la concesión pública; eso sí con el aval del Estado”.

Sin embargo, no existe un debate racional y parece como si todo se redujera a una discusión semántica en la que desbaratar hospitales, privatizar centros de salud y cambiar de arriba abajo un modelo de gestión, fuera simplemente una cuestión nominalista o una trampa lingüística, como comentaba David Trueba (Automedicarse):

“Va funcionando la mar de bien parapetarse tras la aterradora situación de las cuentas públicas para justificar la degollina. Como si a estas alturas no supiéramos que los balances de cuentas sirven para tomar un camino pero también para tomar el contrario. La gestión sanitaria merece una reflexión más profesional que ideológica. Si fuimos capaces de ahorrar en gasto farmacéutico con apenas un gesto político en la anterior legislatura, carece de sentido el recargo por receta, contestado por el Gobierno central porque su presunto carácter disuasorio ya incluye, de por sí, un insulto al ciudadano. Los sanitarios asumen recortes, medidas urgentes de ahorro y mejora en la gestión. El consejero en cambio se ampara en su mayoría absoluta para mostrar las prisas por poner el negocio de la salud en manos privadas. Como si estas nunca fueran corruptas o malas gestoras; que pregunten en la CEOE”.

Y sin entrar en otro tipo de consideraciones éticas, ineludibles por otra parte en el ámbito de la gestión pública, resulta bastante desmoralizador asistir con nostalgia y desesperación, como escribe José Manuel Ribera Casado, (de quien tuve la suerte de recibir sus clases de Patología General), al desmoronamiento de un sistema que presumía de ser “uno de los sistemas sanitarios más envidiados y más equitativos del mundo”. (Sanidad, regreso al pasado. EL PAÍS 9-12-2012).

En otras latitudes también siguen provocándose nuevos ‘incendios’ en la sanidad pública. En las Cortes de Castilla-La Mancha, en esta misma semana, el Consejero de Sanidad y Asuntos Sociales acusaba a los médicos de realizar un exceso de indicaciones quirúrgicas para fomentar el autoconcierto y “operar más de lo necesario para cobrar peonadas”.

La noticia aparece recogida así, en la página institucional del SESCAM:

“El titular de Sanidad y Asuntos Sociales ha recordado que el modo de gestionar de los anteriores equipos de Gobierno hizo que se pagaran 200 millones de euros anuales a la sanidad privada porque el PSOE castigaba la eficiencia y premiaba el incumplimiento. En este sentido, el consejero ha definido el sistema de listas de espera del anterior Ejecutivo de Castilla-La Mancha como perverso, porque era inflacionista, fijaba un tiempo por ley muy exigente que requería una inyección masiva de dinero en el sistema a través de la actividad extraordinaria, las famosas ‘peonadas’, que suponían un gasto que triplicaba el coste de la actividad en jornada ordinaria. Con los altos incentivos para peonadas se fomentaba una mayor indicación, por encima de lo necesario que tenía como consecuencia que los niveles de rendimiento en jornada de mañana fueran muy por debajo del rendimiento en la jornada de tarde, ya que los profesionales obtenían mayores beneficios económicos. El sistema de retribuciones premiaba no cumplir objetivos, ya que quien tenía una lista de espera muy grande tenía el premio económico de las peonadas, con unos ingresos desorbitados. A los profesionales que cumplían, que hay muchos, por hacer bien las cosas se les castigaba porque no necesitaban actividad extraordinaria. Y, por si lo anterior fuera poco, la mala gestión provocaba que se recurriera de forma continua y exagerada a la actividad privada, ha detallado el consejero”.

En fin, sin comentarios: las declaraciones se contestan por sí solas recordando a Enzensberger.

Seguiremos atentos…
 

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