sábado, 18 de agosto de 2018

Respeto, compasión, empatía…

        Un médico venda el pie de un niño, mientras su hermano menor observa. [II Guerra Mundial, 1944]

Seguimos intentando desentrañar algunos de las ideas, elementos y componentes que incluye ese elusivo concepto que hemos dado en llamar humanización® de (en) la asistencia sanitaria…


Hablar de humanización supone, de hecho, toda una declaración de intenciones, y en cierta medida es comprometedor, pues nos interpela y reclama la dignidad intrínseca de todo ser humano, los derechos que de ella se derivan y la coherencia con los valores que se sienten como peculiares e inalienables de (en) toda persona. La humanización de la asistencia sanitaria tiene que ver tanto con la relación entre profesionales y pacientes que se establece en la práctica clínico-asistencial, como con diversas actuaciones y factores relacionados con el trato personal (cortesía), el respeto por los valores y la autonomía de las personas atendidas, el contexto en que esa relación se produce y las interacciones entre pacientes y profesionales en otros aspectos no solo cognitivos, sino también emocionales o afectivos.

Sostiene la filósofa Victoria Camps (vid. El gobierno de las emociones. Herder Editorial, 2011) que no hay razón práctica sin sentimientos o emociones. Nadie que no sea ajeno a la psicología o a las neurociencias discute ya esta tesis. Todas las ciencias sociales parten hoy del supuesto (…) de que somos seres emotivos –emocionales- y no solo racionales. Es en este sentido –afirma- en el que el gobierno de las emociones constituye (también) el contenido de la ética en tanto en cuanto consiste en la formación del (un) carácter (ethos) de las personas, de su forma de ser, de su actitud y su disposición para ser justas, prudentes, magnánimas, generosas, valientes o solidarias, sintiendo por tanto todos esos valores como algo propio que deben incorporar a su manera de ser y estar en el mundo.

Humanizar es, ya se ha dicho, una cuestión ética relacionada con los valores y –de acuerdo con el principio de beneficencia– supone la obligación moral de buscar el bien de las personas a las que se atiende. Humanizar las relaciones clínico-asistenciales consiste, por tanto, en impregnarlas de los valores y actitudes propiamente humanos, es decir, acordes con la dignidad humana, tratando a las personas con justicia (equidad), compasión y respeto.

El citado principio de beneficencia obliga a actuar en beneficio de la persona enferma (proporcionando un trato digno y respetuoso con sus decisiones autónomas) y a promover su bien. [Sería inseparable del principio de no-maleficencia en la medida en que algunos la consideran como la primera de sus obligaciones].

Todo ser humano tiene un valor y una dignidad intrínseca, por encima de cualquier circunstancia externa o personal. Esta dignidad nunca se pierde ni se deteriora; es un valor inherente a todo ser humano por el hecho de ser persona. La dignidad humana no puede quedar a merced de la opinión o consideración de los demás; es un valor en sí mismo que no puede ser cuestionado. Otro tema será dirimir aquellas situaciones en que la vida pueda resultar más indigna que digna, pero incluso esta posible delimitación habrá de venir avalada por una asunción previa de respeto, benevolencia y de justicia hacia los demás.

Las personas son un valor absoluto (no relativo) y un fin en sí mismas (no un medio): Decir esto equivale a decir que toda persona merece un respeto absoluto e incondicional, que tiene valor y no precioque no debe tratarse nunca como un mero medio sino siempre como un fin en sí misma, y que es alguien y no algo que se pueda manipular o instrumentalizar al antojo de nadie. [Esta no es sino una de las formulaciones del imperativo categórico kantiano: «Obra de tal modo que uses a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin y nunca simplemente como medio.»]

Toda persona es pues, origen y centro de valores morales: libertad (puede decidir por sí misma con autonomía), responsabilidad (puede responder de forma solidaria a los demás), singularidad (cada una es única, irrepetible, insustituible y necesaria en esta vida), etc. pero también de un sinfín de categorías que la definen como tal: racionalidad, actividad, unicidad, autonomía, sensibilidad, misterio, trascendencia, etc.

De hecho, puede decirse que la dignidad es lo más humano que tenemos y que somos; no respetarla es ir contra lo uno y lo otro, es decir, contra nosotros/as mismos/as. En este sentido, la persona enferma tiene una dignidad inviolable. Es más, por motivos de su especial vulnerabilidad su dignidad debe ser igualmente protegida, si cabe con más fuerza. No hacerlo supondría negar la condición y la valía de ser humano digno de existir y de ser a la persona enferma por motivos arbitrarios o, en todo caso, maleficentes e injustos. En el transcurso de la enfermedad poder vivir con dignidad y seguridad, significa que las personas enfermas se vean libres de abuso, explotación y/o malos tratos físicos o mentales; que reciban una atención acorde a su dignidad, que nunca variará, independientemente de la edad, género, patología, etc. u otras condiciones vitales; así como ser valoradas por sí mismas.

Si hubiera que destacar especialmente tres ideas básicas o principales que subyacen a la idea de dignidad y humanización de la asistencia sanitaria serían las de respeto, compasión y empatía. Veamos:

Respeto Del latín respectus (re-specere):
re: hacia atrás, de nuevo, intensamente 
specere: mirar, contemplar, observar.
«Volver a mirar», no quedarse con la primera mirada que hacemos sobre algo o alguien, revisar la primera idea que nos hacemos de algo y volver a mirarlo de manera atenta. Respetar es, pues, ‘tener miramiento’ y consideración por algo o alguien…

Compasión Del latín compassio, del vocablo griego συμπάθεια, compadecer, ‘acompañar en el dolor y en el sufrimiento’ (vid. Maben J et al. In praise of compassion. Journal of Research in nursing. 2009 Vol 15, Issue 1, pp. 9-13).
No es sinónimo de condescendencia ni significa (solo) sentir pena o lástima. En realidad consiste en un sentimiento de tristeza que se siente al ver padecer a otra persona y que impulsa a aliviar su dolor o sufrimiento, a remediarlo o a evitarlo en la medida de lo posible…

Empatía Del griego ἐμπαθής, «emocionado», participación afectiva de una persona en una realidad ajena a ella, generalmente en los sentimientos de otra persona.
Capacidad de percibir, compartir y comprender (en un contexto común) lo que otra persona puede sentir (vid. Davis CM. What is empathy and can it be taught? PHYS THER. 1990; 70:707-711).

Hace unos meses, mi amigo Joan Josep Artells tuvo la gentileza de regalarnos la última obra de Salvador Giner, uno de los sociólogos más reputados de nuestro país, como es bien sabido: Ideas cabales, un conjunto de breves artículos, a modo de glosario, sobre conceptos, ideas o principios relevantes en nuestra cultura. Un volumen muy recomendable para los inciertos tiempos que corren ya que, como señala la contraportada del libro, su contenido elude todo dogmatismo; los artículos son más bien exploraciones documentadas y objetivas [con aparato bibliográfico incluido] que buscan profundizar en las ideas en distintos contextos y, sobre todo, mover a la reflexión. A modo de ejemplo, he aquí lo que explica y recoge S. Giner sobre los tres conceptos a los que nos hemos referido:

«Respeto: Derecho humano universal. Inviolable. Lo merecen en diferente medida hasta los delincuentes. Los más atroces entre ellos, como los nazis que juzgó el Tribunal de Núremberg, fueron tratados en él según ciertas normas mínimas de buena conducta jurídica. En ocasiones frecuentes, como en la de la ‘falta de respeto de un alumno a su maestro’, no suele ser grave. La distribución de mensajes insultantes en internet, anónimos o no, entraña falta de respeto y raya en la injuria, la calumnia y el infundio. El envío y distribución (anónimo o no) de calumnias es un delito. La transmisión de verdades dañinas para el receptor, o de datos fuera de contexto, también es perniciosa. R: Richard Sennett, ‘El respeto’.» [Otra referencia: Josep Maria Esquirol, El respeto o la mirada atenta].

«Compasión: Virtud cardinal. Tan esencial como la caridad. Sentimiento de piedad y fraternidad ante nuestros prójimos, así como ante los animales que padecen. La compasión se siente dentro del alma: es una emoción primaria, radical. Va más allá de la pena y la piedad por el sufrimiento ajeno. Aunque apiadarse por los demás, por un ser querido, de la compasión mana. Alguna religión, como el budismo, ha hecho de ella suprema virtud. Otra religión, la cristiana, ha uncido a su virtud cardinal de la caridad. De hecho, ningún análisis filosófico es capaz de trazar una línea nítida, divisoria, entre compasión y caridad. La gran virtud republicana, la fraternidad (o solidaridad), no deja de estar vinculada a la compasión, si bien es de raíz laica. Ser compasivo es inherente a ser humano.»

«Empatía: Acto de ponerse uno en el lugar del otro. Goza de enorme prestigio, y con razón. Es ardua y emocionalmente costosa. No obstante, su exceso es pernicioso y lleva a la pasividad, mientras que la compasión y la caridad genuinas (que incluyen empatía para serlo) no son nunca malas.»
________________________

Este post es la entrada número 300 del blog. Para ‘celebrarlo’, nada mejor que finalizar con una canción de la reina del soul Aretha Franklin, fallecida el pasado 16 de agosto víctima de un cáncer de páncreas.

La canción “Respeto” es, precisamente, ‘una de las más grandes canciones sobre los sentimientos femeninos que hemos conocido’… In Memoriam:



martes, 26 de junio de 2018

Sobre indumentaria profesional



Hace ya unos años, en los inicios de este blog, publicamos una entrada, (Batas blancas: atuendo y vestimenta sanitaria), en la que comentábamos un curioso trabajo aparecido en 2005 en el BMJ (Judging a book by its cover: descriptive survey of patients' preferences for doctors' appearance and mode of address) que recogía los resultados de una encuesta que pretendía conocer las preferencias de los pacientes con respecto a la indumentaria del personal médico, fueran de uno u otro sexo, y la forma de presentarse o dirigirse a ellos…

Más allá de interpretaciones antropológicas y de posibles contenidos simbólicos sobre la ropa, los uniformes y las vestimentas más o menos litúrgicas, (básicamente los símbolos no son sino formas de comunicación de mensajes sociales), decíamos entonces que: «En general se considera que un tipo de vestimenta formal es importante en la atención al paciente, y pueden imaginarse varias razones posibles: las expectativas de la sociedad, la tradición, la asociación de la apariencia con la competencia, la identificación de la autoridad, la evitación de apariencias que distraigan... Quizás esta tendencia hacia la vestimenta tradicional deriva de una combinación de factores sociales que se aplican a los "profesionales" o al "éxito" en general, y la vinculación histórica profunda de la indumentaria con la práctica médica, en particular.»

Y añadíamos: «Nos encontramos sin duda en un terreno ‘resbaladizo’ y cambiante, muy condicionado socialmente y relacionado con las ideas, los gustos y preferencias previas, la moda, los valores, la edad y el contexto cultural en el que nos encontremos.»

 Pues bien, en esta misma semana, un artículo de la revista Redacción Médica (¿Cómo debe vestir un médico? Mejor pijama o traje que vaqueros y zapatillas) se hace eco de un estudio transversal más reciente de ámbito nacional (EEUU) sobre este mismo asunto llevado a cabo en la Universidad de Michigan, para examinar las percepciones, expectativas y preferencias de los pacientes con respecto a la indumentaria de médicos/as, que revela que aquellos confían más o menos en ellos/ellas en función de la ropa que vistan.


El estudio, bastante robusto, publicado en BMJ Open, (Petrilli CM, Saint S, Jennings JJ, et al. Understanding patient preference for physician attire: a cross-sectional observational study of 10 academic medical centres in the USA), viene a demostrar que la apariencia física importa y que los pacientes juzgan a sus médicos/as (también) en función del atuendo que llevan en la consulta. La ropa influye en el nivel de satisfacción con la atención sanitaria recibida en más de un tercio de las personas encuestadas. En conclusión, las personas atendidas tienen expectativas y percepciones importantes acerca de la indumentaria médica que varían según el contexto y la región, por lo que el análisis de las medidas sobre el dress code de los médicos para mejorar la satisfacción de los y las pacientes parece importante.


Así, el personal facultativo ataviado con vestimenta informal, como camiseta, zapatillas deportivas y pantalones vaqueros, genera menos confianza entre las personas a las que atienden que quienes van vestidos con ropa formal o pijama sanitario. En todos los casos, tanto formales como informales, así como con el pijama, todas las personas encuestadas valoraban mejor a profesionales que, además, llevaban bata blanca.

El estudio confirma que el atuendo que mayor puntuación obtuvo (el preferido) fue el formal con bata blanca, seguido por el pijama con bata blanca y el formal sin bata, y que los resultados eran los mismos para ambos sexos.

«La vestimenta profesional en Wall Street, en el mundo jurídico-legal y en otros ámbitos es clara. Sin embargo, en Medicina el código de vestimenta es bastante heterogéneo y deberíamos asegurarnos de que nuestro atuendo refleje un cierto nivel de profesionalidad que tenga en cuenta las preferencias de los pacientes», refiere Christopher Petrilli, uno de los autores del estudio y profesor de medicina interna en la Facultad de Medicina de la Universidad de Michigan.

La encuesta, que se realizó a 4.062 pacientes de diez centros médicos, también refleja que la preferencia de los ciudadanos con respecto al atuendo de los facultativos que les atienden varía en función de si se trata de un centro de Atención Primaria, de la consulta de especialistas o de profesionales médicos/as de urgencias.

De esta forma, el 55% de las personas encuestadas prefiere que el médico/a que le atiende en su centro de salud lleve bata blanca, un porcentaje que asciende hasta el 72% de pacientes si se trata de la consulta de especialista en el hospital. Menos importancia le dan a este aspecto en urgencias, donde sólo el 44% de las personas encuestadas creen que el facultativo/a debería llevar la bata.

Sobre la metodología del estudio: entre junio de 2015 y octubre de 2016, se distribuyeron un total de 6.280 encuestas en 10 centros sanitarios docentes de los Estados Unidos, de las cuales se cumplimentaron y analizaron 4.062 (tasa de respuesta = 65%).

El cuestionario de la encuesta (elaborado a partir de una revisión sistemática previa que exploró el papel de la indumentaria de los médicos/as sobre las preferencias y satisfacción de los/las pacientes), constaba de 22 preguntas que indagaban la importancia que tenía para las personas entrevistadas el atuendo de los médicos/as, e incluía fotografías de un médico varón y de una mujer médica ataviados con variadas formas de atuendo, (un total de 7 posibilidades: casual, formal y con pijama sanitario, -en los tres casos con o sin bata-, y con traje), solicitándoles que pensaran en ellos en entornos sanitarios. El cuestionario se administró a pacientes adultos/as atendidos/as bien en consultas externas (ambulatorios/as) o ingresados/as en el hospital.

Para cada fotografía que se les mostró, las personas encuestadas calificaron mediante una escala de 1 a 10 (en la que 1 significaba “alguna preferencia” y 10 “máxima preferencia”), en  qué medida el médico/a que aparecía en ella transmitía la apariencia de tener los conocimientos necesarios para tratarle, si le parecía confiable, comprensivo o accesible, y cómo le hacía sentirse en general.


Las opiniones de las personas que respondieron sobre la importancia del vestido y de la bata blanca fueron agrupadas mediante una escala de Likert de 1 a 5 (en la que 1 significa “completamente en desacuerdo” y 5 significa “completamente de acuerdo”). La satisfacción de los y las pacientes se evaluó basándose en el grado de acuerdo con dos cuestiones: “La forma en que viste mi doctor/a es importante para mí”, y “La forma en que viste mi doctor/a influye en cómo de feliz me siento con la atención recibida”.

El análisis de las respuestas tuvo en cuenta la edad, el género, nivel educativo, raza y número de visitas previas al médico/a.

Los autores concluyen que aunque el atuendo del médico/a no puede reemplazar o suplir una excelente atención clínica, los datos obtenidos sugieren que puede influir en cómo los/las pacientes perciben el cuidado recibido y tal vez sobre lo dispuestos que están a confiar (o no) en sus médicos/as. En una época de centralidad y de satisfacción del paciente, el atuendo del médico puede ser un componente importante -y modificable- en la atención al paciente. Dado que existen percepciones y expectativas diferentes respecto al vestido médico por parte de los pacientes, -en función del contexto y de las diferentes regiones-, parece relevante matizar las medidas que tengan en cuenta y apunten a tales factores. En este sentido, parecen necesarios futuros estudios sobre la implementación de tales medidas en hospital, en consultas externas y en urgencias.

Finalmente parece que en estos confusos tiempos de imposturas y fake news, el hábito sí hace al monje...
_______________________

jueves, 12 de abril de 2018

SPQR (‘Los idus de marzo’)


               La morte di Cesare (c.1798) de Vincenzo Camuccini (1771-1884)

S.P.Q.R.: Acrónimo de Senātus Populusque Rōmānus ('El Senado y el Pueblo Romano')
“Es difícil dejar de convertirse en la persona que los demás creen que uno es.”
Thornton Wilder (1897-1975)

Conservo un viejo y (ya) gastado ejemplar de Los idus de marzo en una edición conjunta de Alianza Editorial y Emecé Editores en traducción de María Antonia Oyuela, con una amable dedicatoria de mi amigo (entonces compañero de trabajo) Ángel Amador Muñoz:

«Ahí, al otro lado de la calle, existe un mundo que late con fuerza, pero desgraciadamente solo pueden verlo aquellos que aprendieron a mirar.»
11 de julio de 1986
Publicada originalmente en 1948, he vuelto en estos días a esta excelente novela, con motivo de su lectura en una tertulia literaria: «Una ficción sobre determinados hechos y personas pertenecientes a los días postreros de la República Romana», así califica Thorton Wilder (1897-1975) su obra, que relata los últimos meses de la vida de Julio César, en el año 44 a. C.

En realidad no se trata propiamente de una novela histórica o una biografía novelada, sino la narración de un relato alegórico que, a partir de algunos hechos históricos, se abre a lo puramente literario para llevar a cabo una (magnifica y didáctica) reflexión acerca del carácter y de la condición humana. Aunque predomina el género epistolar, la novela está construida de manera fragmentaria a partir de diversos documentos apócrifos, cartas imaginarias, supuestos diarios personales, informes secretos, poemas, sátiras teatrales e incluso notas sobre las predicciones del colegio de augures y de los arúspices  basadas en la observación del estado de las entrañas de las aves, las señales del cielo, la conducta de  los animales y otros acontecimientos extraordinarios.


Partiendo de la versión parcial y necesariamente incompleta que cada texto representa, Los idus de marzo (nos) obliga a ensamblar un relato que, a pesar de los distintos estilos y puntos de vista, aparece contado con enorme verosimilitud a través de las imaginarias voces de los diferentes narradores. En este sentido, los principales personajes históricos que aparecen en sus páginas son los siguientes: 

Julio César, dictador de Roma. 
Clodia Pulcher, mujer extremadamente irascible, inteligente y fascinante; con su vida escandalosa personifica y hace patente el ridículo de la sociedad romana.
Publio Clodio Pulcher, su hermano, un auténtico truhán; sólo juega un papel menor.
Marco Tulio Cicerón, notable orador, estadista, teórico político, abogado y filósofo.
Julia Marcia, tía de Julio César.
Pompeya, segunda esposa de César.
Cornelio Nepote, biógrafo e historiador.
Cayo Valerio Catulo, conocido poeta latino enamorado de Clodia. (La novela incluye algunos de sus poemas, que aparecen según la traducción del propio Thorton Wilder).
Cleopatra, reina de Egipto y amante de César.
Cytheris, actriz de origen plebeyo, muy admirada por César; Marco Antonio fue su amante durante 15 años.
Marco Antonio, inicialmente es el amante de Cytheris; se encuentra y se enamora de Cleopatra en el transcurso de la novela.
Marco Porcio Catón, (Catón el joven) reconocido estoico, se convierte en líder de la oposición a la dictadura de César.
Servilia, ex-amante de César, hermanastra de Catón, madre de Marco Bruto.
Marco Junio Bruto, el más famoso de los asesinos de Julio César, sobrino de Catón.
Porcia, esposa de Bruto, hija de Catón.
Calpurnia, tercera esposa de César.
Suetonio, historiador y prominente biógrafo romano; su narración (histórica) del asesinato cierra la novela.

Aunque no se trata de una figura histórica real, uno de los personajes más importantes de la obra es Lucio Mamilio Turrino, amigo y antiguo compañero de armas de César, que vive jubilado en la isla de Capri; varios personajes le escriben trasladándole sus confidencias, pero él nunca responde.

Todos los documentos contenidos en la obra –advierte Wilder- son ficticios, fruto de la imaginación del autor, excepto los poemas de Catulo y la página final, extraída de las Vidas de los doce Césares, de Suetonio. Sin embargo, algunos de los hechos narrados,  que quizás pudieran parecer más sorprendentes, son históricos, como la visita de Cleopatra a Roma en el 46 a.C. (inmortalizada en la célebre película de Joseph L. Mankiewicz de 1963).


La novela transcurre en una etapa de cambios vertiginosos, tras las imponentes campañas de Julio César en Hispania, las Galias, Colonia y Egipto. En este momento César ha superado la conspiración de Pompeyo y los conservadores. Ha regresado vencedor y como Dictador dueño absoluto de Roma inicia una intensa tarea de reforma. Contra una oposición poderosa incrementa el número de senadores, instituye el reparto de tierras, amplía los derechos de ciudadanía, suprime la tortura e introduce cambios en el calendario para que nuestros días se regulen mediante una provechosa adaptación a los movimientos del sol y la luna.

El tiempo histórico de la novela es un momento en el que se está gestando un enorme cambio en la concepción del individuo, en la que éste se va desprendiendo progresivamente de la tutela de los dioses y de las viejas ceremonias romanas, haciéndolo cambiar drásticamente su forma de percibir el mundo.

Destaca el diario epistolar de Julio César dirigido a Lucio Mamilio Turrino, que dibuja la otra cara del hombre de acción, revelando a una persona reflexiva, amante de la poesía y la filosofía, convencida de poseer un gran destino que cumplir y al que se niega someter a las costumbres y creencias de su tiempo. Aparece como un librepensador algo escéptico y se muestra como un gobernante que intenta ganar para Roma los beneficios del libre albedrío. Se queja de haber heredado una gran carga de superstición e insensatez.

Algunas consideraciones adicionales sobre la novela y un buen análisis sobre la figura de Catulo, dividido, viviendo entre el amor y el odio, entre la atracción y el rechazo que siente por Clodia y César, puede leerse también aquí.

Aunque la novela narra los acontecimientos previos al asesinato de César el 15 de marzo del 44 a.C., se describen varios acontecimientos anteriores como si fueran contemporáneos a esa fecha. Así, la profanación de las ceremonias y los misterios de la Bona Dea por Publio Clodio Pulcher, el posterior divorcio de César de su segunda esposa Pompeya, y la puesta en circulación de dos poemas de Catulo sugiriendo que César y su jefe de ingenieros, Mamurra, eran amantes (y las posteriores disculpas de Catulo) se trasponen desde el 62 de diciembre a.C. hasta diciembre del 45 a.C. Además, muchos de los personajes que aparecen vivos en la novela, en realidad ya habían muerto antes del 44 a.C., incluyendo a Marco Porcio Catón (en el 46 a.C.), Catulo (en el c. 54 a.C.), Julia (en el 69 a.C.) y Clodio (en el 52 a.C.).

Una obra muy admirada y reconocida por Borges y García Márquez, quien afirmaba (ver aquí) que era una fuente deslumbrante de la grandeza y las miserias del poder.

Son muchos los temas que se abordan en la obra a través de las opiniones que expresan los protagonistas en sus cartas o diarios. En un breve prefacio introductorio el autor explica que la novela está dividida en cuatro Libros: «En cada uno de ellos se suceden los acontecimientos en orden aproximadamente cronológico. Los del Libro I abarcan el mes de septiembre del año 45 a. C. El Libro II, que contiene el material concerniente al estudio de César sobre la naturaleza del amor, comienza antes y atraviesa todo septiembre y todo octubre. El Libro III, que trata esencialmente de la religión, se inicia todavía antes y se prolonga a lo largo del otoño, para terminar con las ceremonias de la Bona Dea, en el mes de diciembre. El Libro IV, que compendia todos los aspectos de la meditación de César, particularmente los relativos a su propia persona en cuanto posible instrumento del «destino»-, empieza con los primeros documentos del volumen y termina con su asesinato.»

Hemos seleccionado y agrupado aquí algunos párrafos referidos a diversos asuntos que consideramos interesantes y reflejan bien la personalidad de los protagonistas de la novela con sus palabras y manifestaciones (según la voz que les atribuye Thorton Wilder).

Sobre el futuro, esa inaprensible dimensión temporal…

“El futuro es una dimensión que los seres humanos tenemos que manejar de alguna manera, al mismo tiempo que se nos escapa irremediablemente.”
(…) la anticipación del porvenir tiene un carácter tentativo y provisorio; tan racional es el intento de prever el futuro como la disposición de corregir nuestras previsiones contrastándolas con el pasado.”
(Daniel Innerarity. La sociedad invisible. 2004)
 “Sobre el futuro podemos saber muchas cosas excepto una: no podemos saber lo que sabremos en el futuro, pues si no, ya lo sabríamos ahora.”

(Karl Popper) 
“¿Qué es el futuro, al fin y al cabo, más que una estructura de expectativas y esperanzas? Reside en la mente. Carece de realidad.”
(J. M. Coetzee. Elizabeth Costello. 2003) 
En el transcurso de la historia el deseo de conocer el futuro ha sido, es y será, con toda seguridad, uno de los asuntos que más interés ha despertado en todas las sociedades y culturas sin excepción, en todas las épocas y en todas las latitudes.

Desde los astrónomos caldeos que escrutaban el cielo intentando averiguar en los astros el destino de los seres humanos, hasta los más modernos métodos de planificación o planteamiento estratégico, han sido numerosos los métodos, sistemas o procedimientos empleados en la predicción del futuro, bien mediante la observación e interpretación de diferentes fenómenos naturales, el empleo de distintas mancias o artes adivinatorias y el uso de todo tipo de sortilegios.

A lo largo de la novela se suceden los informes y los comentarios de César sobre el (ab)uso de las prácticas adivinatorias en Roma, llegando a manifestar:

«Gobierno a innumerables hombres, pero debo reconocer que soy gobernado por pájaros y truenos.»

«En estos últimos días he estado recibiendo algunos informes absurdos y sin precedentes de los destripadores de pájaros y de los investigadores del trueno.»

Y, sin embargo, César echa de manos el pasado [en una carta a Julia Marcia]:

«Me hablas del pasado. Yo no permito que mis pensamientos se detengan mucho tiempo en él. Todo lo que al pasado se refiere –absolutamente todo- me parece de una belleza tal como nunca volveré a verla.»

También una realista Clodia, poco proclive a creer en augurios, escribe a su hermano Publio Clodio Pulcher:

«Solamente los niños, los oradores políticos y los poetas hablan del futuro como si el futuro fuera una cosa que alguien pudiese conocer. Sin embargo, y por fortuna nuestra, nada sabemos de lo que reserva.»

Sobre la política y el ejercicio de gobernante…
[César]:

«En el arte de la guerra, y en las actividades de la política, nada emprendo sin una intención absolutamente determinada. Si surge algún obstáculo elaboro rápidamente un nuevo plan, cada una de cuyas consecuencias posibles preveo claramente.»

«Creo que únicamente una soledad existe en el mundo más grande que la del jefe militar o la del jefe del Estado, y es la soledad del poeta. Porque, ¿quién podría aconsejarlo en esa incesante sucesión de elecciones que es un poema? Es en este sentido que la responsabilidad significa libertad. Cuantas más decisiones se vea uno obligado a tomar por sí mismo, tanto mayor será la conciencia que tenga de su libertad para elegir.»  

«La condición de gobernante añade nuevos grados de soledad a la esencial soledad del hombre. Cada medida que tomamos, aumenta la extensión de nuestra soledad, y cada señal de respeto que llega hasta nosotros nos separa más de nuestros semejantes.»

«…soy un político: debo representar la farsa de la más rendida deferencia a la opinión de los demás. El político es un hombre que simula estar sometido a la universal necesidad de estima, pero no puede simularlo con eficacia, a menos de estar en realidad libre de ella. Tal es la hipocresía fundamental de los políticos…»

«No se gana la adhesión de un pueblo por el mero hecho de gobernarlo según sus intereses. Nosotros, los gobernantes, hemos de consagrar buena parte de nuestro tiempo a captar su imaginación.»

«En cierta clase de reformas las perturbaciones provocadas por un cambio gradual son casi tan graves como las que provoca una alteración drástica.»

«…solo hay un camino para saber lo que uno en realidad sabe, y ese camino es arriesgar, en un acto, las propias convicciones comprometiéndolas en una responsabilidad.»

«…uno no sabe lo que sabe –ni siquiera lo que desea saber- hasta que lo desafían y se ve obligado a hacer frente.»

(A su esposa, Pompeya):

«…deberé abrirte los ojos a las dificultades que entraña la administración de un mundo, a la medida en que un gobernante se ve obligado a transigir con la codicia de los hombres capaces, al antagonismo que no falta nunca entre los subordinados, a las diferencias que existen en los territorios de conquista reciente y los que están de tiempo atrás incorporados a la República, y a los procedimientos a que es necesario recurrir para ayudar a precipitarse en su propia ruina a los testarudos.»

Sobre la Poesía, la filosofía, el amor, la vida…
[César]:

«Ya decía Platón, aquel peligroso hechicero, que los mejores filósofos son los jovenzuelos en quienes apenas apunta el bozo.»

«…la poesía es el recurso natural del ocio forzoso.»

«…el logro supremo de la vida reside en el ejercicio de la libre elección.»

«No hay rapacidad comparable a la rapacidad de los privilegiados, que creen que sus ventajas les han sido conferidas por una inteligencia superior, ni amargura semejante a la de los desamparados, que se sienten específicamente omitidos.»

«Ya desde muy temprana edad estaba yo convencido de que los auténticos poetas e historiadores son los más valiosos ornamentos de un país, y esta convicción no ha hecho sino acrecentarse con el tiempo.»

«En la vida, el primero y el último maestro es el vivir mismo, con sus riesgos y sin reservas.»

«No soy amigo de la especulación, y desde la edad de dieciséis años he considerado a la filosofía con impaciencia, como un ejercicio intelectual, atrayente, pero estéril: cómoda evasión de los deberes que el inmediato vivir impone.»

[Clodia]:
«…es precisamente la poesía la que da a la existencia un aspecto más bello del que la existencia tiene: es ella la más seductora de las mentiras y el más traidor de los consejeros.»

«…jamás gobierno alguno podrá dar a cada hombre aquello que quizá lo hiciese dichoso, porque la discordia se sienta en el corazón del mundo y está presente en cada una de sus partes.»

«La poesía es un lenguaje aparte dentro del lenguaje común concebido para describir una existencia que no ha tenido realidad nunca y que no la tendrá jamás, y lo hace con imágenes tan seductoras, que todos los hombres se ven empujados a compartirlas y a verse distintos de lo que son.»

[Cicerón (sobre Cleopatra)]: «Tiene veinticuatro años y camina como si tratara de representar veinticuatro años.»

[Cytheris (a Lucio Mamilio Turrino, glosando su amistad frente al amor perdido de Marco Antonio)]:

«…esa amistad que nunca logré conocer con Marco Antonio, porque solo florece en los espíritus afines. (…) Durante quince años no tuve motivos para preguntarme por qué se vive y por qué se sufre. Debo ahora aprender a vivir sin la amorosa mirada de aquellos ojos en cuyo fulgor soñé morir.»

[Cornelio Nepote (sobre César)]:
«Los hombres de su especie tienen tal horror al pensamiento, que se jactan de poner en práctica resoluciones súbitas. Piensan salvarse así de la indecisión, pero en realidad solo se eximen de contemplar todas las consecuencias posibles de sus actos.»

«…sostiene que negar la propia animalidad es reducirse a ser la mitad de un hombre.»

[Catulo (a Clodia)]:
«No quiero saltar ninguna etapa en el aprendizaje de este mundo como lugar de sombras y de espanto.»

[Cicerón]:
«Pero si aceptamos una poesía basada en una secreta línea de pensamiento, (…) pronto nos veremos irremisiblemente condenados a lo Ininteligible, que habremos de admitir como una forma superior de la sensibilidad. (…) Pero esto es incoherencia. Esto es el elemento bárbaro y soterrado en nuestro interior, y con el cual Homero y todos los grandes poetas han trabajado y luchado desde hace seiscientos años por libertarnos. (…)
El mantenimiento de las categorías no significa solamente la salvación de la literatura, sino también la del Estado.»

Sobre la práctica médica y el médico de César…

[César (previene a Cleopatra sobre los médicos en general)]:
«…cuídate mucho, sé prudente.
«Hiciste volver de tu puerta a mi médico. ¿No podías haber dejado que te viera? ¿No podías haber conversado con él un momento? Me dices que vuestra ciencia médica egipcia es diez mil años más antigua que la nuestra y que los romanos somos unos niños. Sí, sí, pero…Debo hablarte severamente: vuestros doctores tiene diez mil años de insensatez. Piensa, piensa por un instante en lo que es la medicina. La mayoría de los médicos son impostores. Cuanto más viejo y más venerado es un médico, tanto más ha de simular que lo sabe todo. Es natural que se pongan peores con el tiempo. Busca siempre un médico a quien los otros médicos aborrezcan. Busca a uno bien joven antes de que caiga en la insensatez. ‘Deedja’ [apelativo cariñoso], prométeme que verás a mi Sóstenes [el médico de César].

[Cornelio Nepote (refiere algunas confidencias de Sostenes, médico de César)]:

«Soy su médico. He asistido a ese cuerpo en sus convulsiones [recordemos que Julio César padecía crisis epilépticas] y he vendado sus heridas. Sé que es mortal. Pero nosotros, los médicos, aprendemos a auscultar los cuerpos de nuestros pacientes como escuchan los músicos las diversas liras que se les ponen en las manos. Y el de César, con su calvicie, con su vejez incipiente y cubierto con las heridas de muchas guerras, está transido de espíritu en cada una de sus partes. Sus poderes de recuperación son extraordinarios. La enfermedad significa desaliento, pero la dolencia padecida por César es la única que permite alcanzar un entusiasmo paroxístico y la que corresponde por tanto a su mentalidad.»

«De vez en cuando me permite que lo someta a determinados experimentos. Le impongo un ejercicio excesivo, luego lo obligo a reposar mientras realizo algunas observaciones, etc. durante una de estas inmovilidades forzosas me preguntó: ‘Si hubiese de escapar a una muerte violenta y viviese hasta una edad avanzada, ¿cuál de mis órganos fallaría primero y qué enfermedad me llevaría a la tumba?’ ‘Una apoplejía, Señor’, le contesté, con lo que pareció muy complacido. Yo sabía cuál era el fondo de su pensamiento, porque solo hay dos cosas que le inspiran terror: el dolor físico, para el que tiene una sensibilidad fuera de lo corriente, y la falta de decoro.»

«En otra oportunidad me preguntó si había algún medio o algún procedimiento por el que un hombre pudiese poner término a su vida rápidamente y sin efusión de sangre. Le expuse tres, y no dudo que a partir de ese día me ha considerado con particular gratitud y afecto.»

[Alina (esposa de Cornelio Nepote) con ocasión y hablando de la muerte de Catulo, opina sobre el médico de César]:

«Mi marido informó en seguida al Dictador de su traslado, y César le envió inmediatamente a su médico, un griego llamado Sóstenes, que es el joven asno más vanidoso que he conocido. No vacilo en afirmar que yo soy también un médico excelente. Paréceme éste un don que los Dioses Inmortales conceden a las madres. Pero el tal Sóstenes rechazó, uno tras otro, todos los remedios que desde tiempo inmemorial han probado su eficacia.»

«…y allí lo encontré desmayado en el suelo, sobre un gran charco de bilis [se refiere a Cayo Catulo] Mi marido envió de inmediato por Sóstenes, quien no tardó en llegar, y estuvo a su cabecera hasta su muerte, ocurrida una hora antes del amanecer.»

Sobre la religión, mitos, supersticiones, ritos y ceremonias…

[César (imagina cerrar las puertas de los templos)]:
«–con excepción de los de Júpiter- y precipitar a los Dioses a ese abismo del miedo y la ignorancia del cual surgieron, y a ese traicionero semimundo donde inventa la fantasía sus mentiras consoladoras.»

[César (imagina volver a escribir cuanto había escrito previamente)]:
«Y esta vez empezaba con el anuncio previo de que Júpiter no había existido nunca, de que el hombre está solo en un mundo donde no resuena otra voz que su propia voz: en un mundo que no es ni benigno ni hostil, sino solo como él sepa hacerlo.»

«¿…quién podría explicar todos los símbolos, las influencias y las manifestaciones de esa mezcla universal de terror y de júbilo que es la religión?»

«Las palabras ‘Divinidad’ y ‘Dios’ han estado en circulación entre los hombres desde hace mucho tiempo. Tiene un millar de significaciones, y cada persona admite varias.»

[César (a Lucio Mamilio Turrino)]:
«¿Acaso sé con certidumbre que no hay una inteligencia que trasciende nuestras vidas, y que no existe misterio alguno en el Universo? Creo saberlo. ¡Qué felicidad, qué alivio tan grande sería poder declararlo así, con una convicción absoluta! En tal caso, hasta podría desear vivir eternamente. ¡Qué terrible y glorioso sería el destino del hombre si, carente de toda orientación y consuelo, se viera obligado a crear con la sustancia de sus entrañas el sentido de su existencia y a establecer las normas que rigieran su vida!
Tu y yo decidimos, hace tiempo, que los dioses no existen.»

[Clodia (a César)]:
«Tú afirmabas que el universo no sabe que los hombres están viviendo en él.»

[César (a Lucio Mamilio Turrino, sobre los Misterios de la Bona Dea y los cambios que estos ritos y ceremonias provocan en las mujeres)]:
«Los Misterios, según tengo entendido, conjuran la esterilidad y previenen los partos monstruosos y catastróficos. Armonizan, y en cierto modo santifican, la vida de la mujer, sobre la cual hasta los más sesudos doctores confiesan saber muy poco. No es, pues, difícil entender que su influencia benéfica no se detiene allí, ya que con todo ello afirman la vida misma y aseguran la humanidad y la creación enteras. Poco puede asombrarnos entonces que nuestras mujeres regresen al hogar como seres de un mundo distinto y discurran en torno de nosotros durante un tiempo como radiantes extranjeras. Se les ha dicho que mantienen el curso de los astros y conservan en su lugar hasta las piedras de los pavimentos de Roma. Por eso, cuando al cabo de algunos días se entregan a nosotros, lo hacen con un orgullo no exento de desdén, como si los hombres no fuésemos sino instrumentos accidentales de su poderosa misión.»

«Me pregunto, perplejo, qué opinión puede tener de la mujer el hombre que no ha tenido la fortuna de vivir en la proximidad de grandes mujeres. ¡Qué tonta arrogancia debe inspirarle el mero hecho de ser hombre!»

«Lograr que cada mujer halle dentro de sí su propia diosa: tal debería ser el significado de los ritos.»
Terminamos con algunas de las versiones cinematográficas que han recreado el asesinato de Julio César.


Una última recomendación: No se pierdan a la historiadora Mary Beard contando la historia de Roma en unos espléndidos libros y en unos magníficos documentales…

miércoles, 7 de febrero de 2018

Lecturas para la humanización (V)


         Sesión fotográfica de Spencer Tunick. Plaza del Zócalo (Ciudad de México), 6 mayo 2007. AP Photo/Darío López-Mills
«Hace tiempo estaba indeciso, pero ahora ya no estoy tan seguro.»
Boscoe Pertwee
(citado por Umberto Eco en su libro ‘Kant y el ornitorrinco’)
Volvemos a refugiarnos en los libros…

He aquí unas nuevas sugerencias y propuestas de lectura que hacen bueno ese listado de razones por las que leer, recibido hace unas semanas a través de Twitter (vía @ValaAfshar):

Por qué leemos:

                                               1. Para aprender
                                               2. Para ‘escapar’
                                               3. Para confirmar [nuestras] creencias
                                               4. Para saber que no estamos solos
                                               5. Para encontrar nuevas ideas
                                               6. Para inspirarnos
                                               7. Para aprender a pensar
                                               8. Para permanecer abiertos al conocimiento
                                               9. Para atrevernos a soñar
       10. Para ganar coraje
       11. Para tener esperanza
       12. Para fortalecer convicciones
       13. Para aprender a escribir
       14. Para enamorarnos
                                             (...)

Cuatro libros de un autor fascinante: Guido Ceronetti

EL SILENCIO DEL CUERPO (1979)

Creo que fue un médico urólogo [Joaquín Fernández @joaquinuro] quien me habló en el SESCAM hace unos años de Guido Ceronetti, un escritor italiano entonces desconocido para mí, y me recomendó uno de sus libros: un texto deslumbrante aparecido originalmente en 1979 titulado El silencio del cuerpo, repleto de citas, pensamientos como relámpagos, aforismos que son auténticos latigazos y ácidas reflexiones sobre la práctica de la medicina. Sugerente y provocador, compuesto de manera desordenada y fragmentaria, el propio autor afirma (LOTE,nº 88 nov. 2004):

«La Medicina, que me ha intrigado por tantos años, frecuentándola las más de las veces en los libros y en temores obsesivos de salud, ahora escapa (tengo una percepción muy neta de esto) al control historiográfico y al especulativo; ¡imaginemos al ético! Todo aquello que puede hacer ahora el pensamiento agresivo, volcado a la comprensión, en la imposibilidad de hacer reentrar, de comprimir dentro de confines morales a su aterrorizante objeto, verdadero Leviatán, es fotografiar desde puntos diversos la sombra de funesto cometa sobre la tierra, distinto de los otros, nuestros Halley cotidianos, los Halley de toda hora, pero también confundido con ellos, a veces, en nudos de entrecruzamientos fatales en este globo silencioso.

Me espanta la pasividad de los cuerpos, de nuestras vidas infelices, de nuestros cuerpos mortales, bajo el azote de su deseo, de su omnipotencia jamás saciada, de su deseo de hacer todo aquello que ha decidido hacer por nuestro bien, sancionado como integral dependencia en pijama de campo de concentración.

No se cuentan sus roturas, sus violencias a la carne, sus demoliciones, sus quebrantamientos, sus destrozos de goznes, sus secuestros, sus extorsiones, sus captaciones de consenso, sus ríos de sangre blanca, negra y roja, sus devastaciones y su rapiña cósmica de dinero privado y público. El pensamiento no sabe en qué categoría del mal ni cómo digerir especulativamente tantos rescates pediátricos, tantos rescates oncológicos, geriátricos, obstétricos, cardiológicos, sembrados a ciegas dondequiera haya médicos, servicios sanitarios, hospitales, laboratorios de análisis, albergues para crónicos. A cada rescate médico (quizás atractivamente afectuoso, pero en el fondo brutal, siempre) corresponde una genuflexión de los omóplatos y de las vértebras mentales del cuerpo, la rendición inmediata del conjunto a la orden de ceder impartida a un punto, agredido, o supuestamente dispuesto a ser agredido en breve, por el dolor.»

A medida que se adentra en el libro uno va captando la descarnada lucidez y la enorme erudición del autor, auténtica revelación intemporal con una prosa incisiva que provoca auténticas sacudidas y fogonazos en la conciencia: «En estos orificios y cuchitriles que somos vive un rostro oculto que no se nos parece.»

Y (nos) advierte:

«(…) Quien desee convertirse en médico debe reflexionar antes de entrar en la profesión; ingrese sólo si está determinado a ser diferente y a adoptar diferentes principios y enseñanzas. De lo contrario, no lo haga.»

Enrique Vila-Matas, (vid. Ceronetti en persona, El País, 23 de febrero de 2010), lo considera como «experto en mundos borrados y creador cercano a Gadda, Manganelli y otros grandes raros de la escritura italiana del siglo pasado.» En este libro azaroso y poliédrico encuentro ecos y destellos que por su pesimismo recuerdan a E. M. Cioran, quien, en uno de sus Ejercicios de admiración y otros textos afirma sobre El silencio del cuerpo:

«...es indiscutiblemente el producto de una exigencia de pureza, prueba un innegable gusto por el horror: Guido Ceronetti parece un ermitaño seducido por el infierno. Por el infierno del cuerpo. Uno de los signos evidentes de que la salud falla es sentir nuestros órganos, ser consciente de ellos hasta la obsesión. La maldición de arrastrar un cadáver es el tema mismo de su libro.»

 A propósito del mismo libro, un auténtico rastreo por humores, digestiones, heces, úlceras, viscosidades, cavidades y contaminaciones del cuerpo, señala también Juan Malpartida (Nostalgia del cuerpo, ABC de las artes y las letras, 11 de noviembre de 2006): «A Ceronetti le hubiera gustado ser un médico de mediados del siglo XIX, cuando se descubrió la aspirina y aún era una profesión que atendía a la familia desde el parto al deceso; y por otro lado, también sueña con ser un consolador antroposófico (la verdad cura, ayuda).»

De la solapa de la edición italiana original:

En Il silenzio del corpo. Materiali per studio di medicina  Ceronetti recoge las observaciones que ha acumulado durante años alrededor de un tema que le fascina: el cuerpo. Atacado, seducido, descifrado, socavado, auscultado por doctores y poetas, por los chamanes y la pornografía, por filósofos y políticos, el cuerpo es quizás uno de los últimos enigmas que despiertan en todos una curiosidad invencible. Pero la dificultad surge del "silencio del cuerpo": un silencio que habla en otros idiomas distintos a los nuestros, y que sin embargo, tampoco son menos nuestros. Ceronetti es un maestro en escucharlos, explorando como un hábil flâneur los meandros de la historia de la medicina, impactando con aforismos definitivos, recortando imágenes de civilizaciones lejanas y cercanas, anotando las maravillas y los engaños de la filosofía. Así nació un libro aventurero, en conjunto enciclopédico y personal, que se puede abrir en cualquier punto encontrando una frase, un párrafo en particular, una historia que nos haga reflexionar y fantasear. De la Biblia a la sífilis, del lenguaje erótico a Jack el destripador, de los asilos a China, de los vampiros a los médicos del seguro: Ceronetti presenta sus temas como si tocara los pliegues de un gran abanico que no termina de abrirse. Y no estará seguro de querer cerrarlo en una serie de "explicaciones". De hecho, se declara inmediatamente "tan feliz de hurgar en el microcosmos humano (y gritarlo divino y trágico ante la estupidez y el silencio) como de no poder tomarlo con sus manos y definirlo, con absoluta certeza, salvar la divinidad-tragedia fundamental, nada».

Inevitablemente, tras la lectura  de este libro singular e imprescindible nos lanzamos a la búsqueda de otras obras del autor, encontrando otras tres joyas:

EL CANTAR DE LOS CANTARES (1975)

Considerado como un versátil y moderno polígrafo, filósofo, escritor, periodista, poeta, traductor y “sagaz cronista de hechos culturales y sociales”, Ceronetti se nos muestra como un sabio y lúcido exégeta capaz de traducir e interpretar tanto clásicos latinos como textos bíblicos y poetas modernos. Averiguamos que una de sus obras más celebradas es una versión del Cantar de los Cantares a la que añadió un ensayo en el que explica la gran variedad de resonancias que el texto bíblico propone y (le) sugiere.

 Atribuido a Salomón, el Cantar de los Cantares es probablemente el más importante y bello poema de amor de la historia, como dice la contracubierta de la edición en español de este libro: 

«Y sea cual sea el amor que celebre—el de Yahveh por su pueblo, como quiere la tradición hebrea; el del alma y su Dios, como quiso san Juan de la Cruz y la tradición mística; el carnal entre hombre y mujer, como parece imponerse en una lectura inmediata del texto—, jamás han sido encontradas palabras más bellas y más profundas, palabras que parecen adecuarse milagrosamente a cada una de sus diversas interpretaciones, incluso a aquellas incompatibles.»

En una reseña del libro, J. Antonio González Iglesias recomienda:
«Deben leer este libro los que todavía distinguen sexo y amor. Los que hablan de amor reproductivo o no reproductivo. Los que se plantean si Dios es masculino o femenino. Los que se angustian por tener que elegir entre Dios o la nada.»

EL MONÓCULO MELANCÓLICO (1988)

Un libro hermoso, brillante e inteligente, en el que Ceronetti, en una serie de breves y variados ensayos, explora aspectos esenciales de la experiencia humana a partir de obras de arte o acontecimientos históricos muy diversos.

La contracubierta dice que se trata de una suerte de De profundis melancólico lanzado por uno de los más singulares pensadores europeos. Nos hable—entre otras cosas—del Cristo de Grünewald, de un gerifalte maoísta ante la Maja desnuda de Goya, de Chagall, de los corrimientos de tierras de la Valtelina o del valor de la oración; ataque a Pedro Abelardo por su dureza y sequedad hacia Eloísa, rememore a Teresa de Jesús o recuerde la inhumanidad de la guerra civil española; observe a una mujer y a su hijo hambrientos en Biafra o la plenitud de un Rembrandt; se escandalice por la bomba atómica o por la dictadura de la Razón; su voz es siempre profética, resonante y esencial


Índice:
Grünewald, viaje al abismo
·        - Las manos y la catedral
·         - Dolor-Tiempo-Tánatos: La mujer en tres imágenes
·         - Sobre un desnudo fotográfico de 1930
·        -  A propósito de una pregunta de Yasunari Kawabata
(Esbozo interrumpido de una respuesta)
·        - El chino y la “desnuda”
·        - Leopardi y el gallo cósmico 
·        - Teresa de Jesús entre cielo y tierra
      (En el cuarto centenario de su tránsito: 1582-1982)
·         - La paz de Abelardo y el infierno de Eloísa
· Muerte de la plegaria 
(Reflexiones sobre el olivo expoliado)
·         - Poesía clara poesía oscura
·       - Memorándum por el cincuentenario de la Guerra Civil de España: 1936-1986 
       (Notas desparramadas, jamás utilizadas)
      - Valtelina 1987
Apoteosis (Recuerdo del 6 de agosto de 1945)


LA LINTERNA DEL FILÓSOFO (2005)

 Dice el editor a propósito de este libro:

«Es más fácil aceptar el crimen esporádico que la torpeza intelectual permanente», escribió una vez Guido Ceronetti. Y precisamente para luchar contra la torpeza intelectual, mantiene una batalla sin cuartel, combatiendo con las frágiles y potentísimas armas del pensamiento. Luchar contra la torpeza será, en este libro, interrogarse de nuevo sobre las Escrituras y los automóviles, recorrer las páginas vertiginosas de Schopenhauer y los amantes de Mayerling y su leyenda romántica, observar la filosofía de Spinoza desde un punto de vista heterodoxo y después definir el tango como «el más primitivo y el más refinado de todos los bailes», para terminar con Blake y la gnosis del tigre. Porque, si la condición humana puede simbolizarse perfectamente en el ojo del perro de Goya semihundido en la arena, solamente la lucidez dolorosa de una mirada que sea capaz de recoger hasta el fondo lo insensato y lo grotesco, la belleza y el humor, podrá iluminarnos.

Nuevamente el libro recopila una serie de ensayos breves en los que, con su clásico y habitual estilo erudito, profundo y provocador, Ceronetti aborda una gran variedad de temas:

- Acuérdate de nosotros, filosofía
- Último Spinoza mío 
Nota a “Último Spinoza mío”
- De Lev Šestov, “A propósito de la balanza de Job”
- Spinoza y el amor
- Un perro de Goya
- Sobre un pensamiento de Hugo
- Antipoesía del ego
- El automóvil y la carne
- Susurros ecofilosóficos
- Piovene y “Las Furias”
- Salmo 8 y Génesis 9 –Prospecciones
- Hombre pareja tango
- Juvenal y las mujeres
- Lutero y el lobo
- Mayerling develado- Sátira y la vida
- Ni Buda ni Satanás: Schopenhauer
Nota a “Ni Buda ni Satanás”
- “Pestis venérea”
- Gnosis del tigre: Blake y la revolución
      William Blake, “La tigre” 

En definitiva, un autor necesario, de quien algunos de sus compatriotas han dicho:

«Como es un sabio, Ceronetti es también un hombre libre».
(Pietro Citati, Il Corriere della Sera)

«La escritura de Guido Ceronetti es como la mano que agarra los mejores frutos de la vida».
(Antonio Gnoli, La Repubblica)
(Continuará…)