martes, 20 de noviembre de 2012

Desde el ‘sombrío país’ del cáncer

Cabeza (detalle). Museos capitolinos (Roma)


 “…hay que escapar del reino de la ilusión vana antes que de cualquier otra cosa”.
Mortalidad. Christopher Hitchens

En breve se cumplirá un año de la muerte del escritor británico Christopher Hitchens, como consecuencia de un cáncer de esófago.

Reconocido y considerado como un gran narrador, periodista, filósofo, humanista y, sobre todo, un gran provocador y temible adversario en multitud de polémicas de toda índole, aparecen ahora en forma de breve librito póstumo una serie de artículos sobre el curso de su enfermedad escritos para la revista Vanity Fair. Un texto cuya lectura seguramente puede resultar incómoda, difícil, dolorosa e incluso insoportable para algunos, debido a la frialdad y crudeza con la que el autor se enfrenta a su situación personal.

Mortalidad se encuadra entre esa clase de obras que convierten el dolor en literatura. Un testimonio duro, apenas esperanzado, pero enormemente lúcido y brillante. Se trata de la obra de un feroz escéptico, de un irónico racionalista a ultranza, un ateo militante que con sagaz y afilada prosa, describe de forma magistral  y pormenorizada su vivencia del cáncer y la inminencia de su muerte.

He aquí la narración inicial del diagnóstico y la llegada de Hitchens desde el país de los sanos a la frontera inhóspita del territorio de la enfermedad:

"Me he despertado más de una vez sintiendo que me moría. Pero nada me había preparado para la mañana de junio en la que, al recobrar la conciencia, me sentí como si de verdad estuviera encadenado a mi propio cadáver. Toda la cavidad de mi pecho y mi tórax parecía haberse vaciado y después llenado con cemento de secado lento. Me oía respirar débilmente, pero no podía llenar de aire los pulmones. Mi corazón latía demasiado deprisa o demasiado despacio. Cualquier movimiento, por pequeño que fuera, requería premeditación y planificación. Me exigió un esfuerzo extenuante cruzar la habitación de mi hotel de Nueva York y llamar a los servicios de urgencias. Llegaron con gran rapidez y se comportaron con inmensa cortesía y profesionalidad. Tuve tiempo de preguntarme para qué necesitaban tantas botas y cascos y tanto pesado equipamiento de apoyo, pero ahora que visualizo la escena retrospectivamente la veo como una deportación muy amable y firme, que me llevó desde el país de los sanos a la frontera inhóspita del territorio de la enfermedad. En unas horas, tras realizar una buena cantidad de trabajo en mi corazón y mis pulmones, los médicos de ese triste puesto fronterizo me habían enseñado unas cuantas postales del interior, y me habían dicho que mi siguiente e inmediata parada tendría que ser con un oncólogo. Alguna clase de sombra se proyectaba en los negativos".

La enfermedad fue detectada precisamente mientras el autor se encontraba en plena promoción de su obra Hitch-22, un libro de Memorias (Memorias del gran bocazas EL PAÍS 20-8-2011) que “se lee como una novela a partes ácida y a partes nostálgica que retrata a un tipo excepcional en su inquebrantable voluntad de cuestionarlo todo.”

Hitchens asume sin autocompasión, fría y dolorosamente, el papel de enfermo en cuyo dietario va anotando sus impresiones:

“¿Realmente no viviré lo suficiente para ver cómo se casan mis hijos?”
 “Quizá sea mejor dejar atrás lo antes posible las falsas esperanzas: esa misma semana me dijeron que mi tumor no tenía las mutaciones necesarias para recibir cualquier otra de las terapias “dirigidas” contra el cáncer que se ofrecen en la actualidad”.
 “Nadie quiere que le hablen de los incontables horrores y humillaciones menores que se convierten en hechos de la “vida” cuando el cuerpo pasa de ser un amigo a convertirse en un enemigo…”
 “No es divertido apreciar por completo la verdad de la tesis materialista que postula que no tengo un cuerpo, sino que soy un cuerpo”.
“Ser víctima del cáncer entraña una tentación permanente de mostrarse egocéntrico e incluso solipsista”.

En “Mortalidad” hay párrafos tremendamente duros sobre los tópicos que lleva aparejados el cáncer, (culpa, angustia e incertidumbre, personificación de la propia enfermedad, la conmiseración ajena, el imaginario bélico de lucha…), y sobre las dolorosas obligaciones y servidumbres a las que se enfrenta el paciente:

“El hecho absorbente de estar mortalmente enfermo es que dedicas mucho tiempo a prepararte para morir con un mínimo de estoicismo (y con provisiones para tus seres queridos), mientras que al mismo tiempo estás muy interesado en el asunto de la supervivencia. Es una forma especialmente extraña de “vivir” –abogados por la mañana y médicos por la tarde- y significa que uno tiene que existir –incluso más de lo habitual- en un doble marco mental”.

Fiel a sí mismo y a su trayectoria, excepcionalmente reflejada en sus recuerdos ('Hitch 22', la escritura o la vida EL PAÍS 16-12-2011), Hitchens critica acerbamente a los grupos religiosos, a los fanáticos y supersticiosos de las terapias milagrosas, de las dietas o de las plegarias. Llega incluso a citar con cierta sorna un estudio multicéntrico sobre los efectos de la oración de intercesión, publicado en 2006 en el American Heart Journal (Study of the Therapeutic Effects of Intercessory Prayer in cardiac bypass patients: a multicenter randomized trial of uncertainty and certainty of receiving intercessory prayer. Am Heart J. 2006 Apr;151(4):934-42).
“…en el lado de la continuación de mi vida hay un grupo de médicos brillantes y desinteresados y un asombroso número de grupos de oración”.

No hay resignación ni consuelo, pero tampoco desesperación, en la naturalidad con la que el escritor acepta su inevitable desaparición, al tiempo que nos devuelve una mirada aguda, certera, inteligente y culta sobre su condición de enfermo ante el vasto y sombrío territorio del cáncer, un país con sus reglas y lenguaje propio:

“El nuevo país es bastante acogedor a su manera. Todo el mundo sonríe para darte ánimos y parece que no hay absolutamente nada de racismo. Prevalece un espíritu en general igualitario y es obvio que quienes dirigen el lugar han llegado hasta allí a base de mérito y trabajo duro. Frente a eso, el humor es algo flojo y repetitivo, parece que casi no se habla de sexo y la comida es peor que la de cualquier destino que haya visitado nunca. El país tiene un idioma propio -una lingua franca que consigue ser insulsa y difícil y contiene nombres como ondansetrón, un medicamento contra las náuseas-, así como algunos gestos perturbadores a los que hay que acostumbrarse. Por ejemplo, un funcionario que acabas de conocer puede hundir abruptamente sus dedos en tu cuello. Así descubrí que el cáncer se había extendido a mis nódulos linfáticos, y que una de esas bellezas deformes -situada en mi clavícula derecha- era lo bastante grande como para verla y tocarla. No es del todo bueno que tu cáncer resulte «palpable» desde el exterior. Especialmente cuando, a esas alturas, ni siquiera se sabía cuál era la fuente primaria. El carcinoma trabaja astutamente desde el interior hacia el exterior. La detección y el tratamiento trabajan a menudo más despacio y a tientas, desde el exterior hacia el interior. Se hundieron muchas agujas en la zona de mi clavícula -«El tejido es la cuestión» es un eslogan de moda en la lengua local de Villa Tumor- y me dijeron que los resultados de la biopsia podrían tardar una semana”.

La escritura de Hitchens, cortante, incisiva, irónica y no exenta de ciertos rasgos de humor negro, transmite la constatación de su finitud y acabamiento, su inerme fragilidad y la sensación de indefensión ante el terrible potencial de la medicina moderna cuando describe los efectos secundarios y las consecuencias de la quimioterapia y radioterapia.

“La negociación oncológica es que, a cambio de al menos la oportunidad de unos cuantos años útiles más, aceptas someterte a la quimioterapia y luego, si tienes suerte con eso, a la radiación e incluso la cirugía. Así que ahí va la apuesta: te quedas por aquí un tiempo, pero a cambio vamos a necesitar unas cosas tuyas. Esas cosas pueden incluir tus papilas gustativas, tu capacidad de concentración, tu capacidad de digerir y el pelo de tu cabeza. Sin duda, parece un intercambio razonable. Desgraciadamente, también entraña afrontar uno de los clichés más atractivos de nuestro idioma. Lo has oído. La gente no tiene cáncer: se informa de que luchan contra el cáncer. Ninguna persona que te comunique sus buenos deseos omite la imagen combativa: puedes vencerlo. Está incluso en las necrologías de quienes pierden contra el cáncer, como si se pudiera decir razonablemente que murieron tras una lucha larga y valiente contra la mortalidad. No se oye cuando se habla de personas que padecieron del corazón o el riñón durante mucho tiempo”.

Sus recuerdos, apenas publicados un año antes de su muerte, revelan también para muchos una personalidad enormemente sugestiva, transgresora y auténtica, (Hitchens, tan listo y tan legal EL PAÍS 14-3-2012), que consigue atrapar y cautivar por su honestidad intelectual, la gran sinceridad de sus planteamientos, la fuerza de sus argumentos… y su elegante prosa.

“Mortalidad” ofrece así un relato conmovedor, en el que Hitchens narra su progresiva decrepitud, la disolución física, el deterioro y la conciencia de su propia pérdida y desaparición. Un relato en el que lógicamente se entristece y apena por no poder vivir más, por dejar a sus hijos, a su mujer y a sus amigos, pero en el que no muestra ningún afán de trascendencia ni tampoco aparece la angustia de vivir para siempre.

El libro, inconcluso, finaliza con una serie de apuntes fragmentarios escritos en estallidos de energía y entusiasmo (según refiere su esposa, Carol Blue). Una muestra de imágenes, recuerdos, enigmáticas frases sueltas, fogonazos y destellos de inteligencia en el hilo de su pensamiento:  
                  
“Mañana de biopsia, me levanto y digo pase lo que pase este es el último día de mi antigua vida. Ninguna pretensión de juventud nunca más. A partir de ahora una ardua conciencia”.  

“Asombroso cómo han aguantado el corazón, los pulmones y el hígado. Habría estado más sano si hubiera sido más propenso a enfermar”.

“Ver el poema de Szymborska sobre la tortura y el cuerpo como un piélago de dolor”.

En un emotivo epílogo, Carol explica algunos de los momentos en que durante algo más de un año Christopher Hitchens habitó en ese ‘nuevo mundo’ que él mismo denominó como “vivir muriéndome”:

“…nunca perdió su carisma, en ningún terreno: ni en público, ni en privado, ni siquiera en el hospital. Convirtió su estancia en una fiesta, transformando la habitación esterilizada, fría, con fluorescentes, llena de zumbidos e iluminación intermitente en un estudio y en un salón. Su conversación ingeniosa no cesaba nunca.
Las interrupciones constantes, las exploraciones y los pinchazos, la toma de muestras, los tratamientos de respiración, el cambio de goteros: nada le impedía ser el centro de atención, expresar una opinión, desarrollar un argumento o hacer un chiste para sus “invitados”.

El resultado en fin, es una muestra de dignidad, un dramático y en ocasiones sobrecogedor testimonio de una experiencia definitiva acerca de la condición sufriente y mortal del ser humano.

Un pequeño libro necesario, instructivo y aleccionador para todos quienes se enfrentan y acompañan diariamente a ese catálogo de horrores que constituye la enfermedad, el dolor, la desolación y la muerte…
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Por cierto, el poema de Wisława Szymborska, premio Nóbel de literatura en 1996, al que se refiere Hitchens, es el siguiente:
TORTURAS

Nada ha cambiado.
El cuerpo es doloroso,
necesita comer, respirar y dormir,
tiene piel fina y, debajo, sangre,
tiene buenas reservas de dientes y de uñas,
huesos quebradizos, articulaciones dúctiles.
Para las torturas todo se tiene en cuenta.

Nada ha cambiado.
El cuerpo tiembla como temblaba
antes y después de la fundación de Roma,
en el siglo veinte antes y después de Cristo,
las torturas son como fueron, aunque la tierra ha menguado
y diríase que todo sucede a la vuelta de la esquina.

Nada ha cambiado.
Salvo el número de habitantes por metro cuadrado,
a las viejas culpas se suman las nuevas,
reales, imputadas, momentáneas y nulas,
pero el grito del cuerpo que las avala
era, es y será un grito de inocencia
según el baremo y escala seculares.

Nada ha cambiado.
Quizá los modales, las ceremonias y las danzas,
pero el gesto de brazos protegiendo una cabeza
sigue siendo el mismo.
El cuerpo se retuerce, forcejea para liberarse,
cae postrado, dobla las rodillas,
lividece, se hincha, babea y sangra.

Nada ha cambiado.
Salvo el curso de los ríos,
la línea de los bosques, costas, desiertos y glaciares.
Por esos parajes el alma yerra,
desaparece, vuelve, se acerca y se aleja,
ajena a sí misma e inasequible,
ora segura, ora insegura de su existencia,
mientras el cuerpo es, es y sigue siendo,
y no tiene donde cobijarse.

Del libro Hombres en el puente (1986)

4 comentarios:

  1. Estremecedor... como la vida, al fin y al cabo.
    Gracias por descubrirme el libro

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    1. Sí, es realmente duro, Miguel Ángel, pero merece la pena asistir casi en directo a esta extraordinaria muestra de valentía y lucidez. Gracias por tu comentario.

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  2. Algo leí sobre este autor en 2011 y ahora en 2012. Para mí desconocido, hasta el año pasado, las referencias estaban en Babelia (si no recuerdo mal) y ahora, con su muerte, en El País. Lo que más me llamó la atención fue el descarnamiento, y como dice Rodrigo, la desesperanza. No se aferra a ninguna eternidad ni deseo de transcendencia. Renuncia a todo tipo de religión, que a mí siempre me parece una necesidad inherente al ser humano, una característica antropológica más, con lo que el retrato que te queda de él es el del portador de una supermente que se autoabastece y para el que todo termina con la expiración. Me resulta admirable y desolador a la vez, sobre todo cuando desde esta profesión, en cuyo ejercicio he visto caer a tantos enfermos de cáncer, y en la que he visto callar a otros tantos, para no hacer sufrir a los propios. Y, de acuerdo con él, también hay enfermos terminales en otras enfermedades.
    Aunque me angustie, sé que no me resistiré a leer el libro.

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    1. Situaciones límite que nos enseñan a vivir nuestra propia vida con un mayor nivel de conciencia y a valorar más, (tal vez mejor), a quienes están (y a quienes ya no están) con nosotros, y a todo lo que nos rodea...
      Gracias por tu comentario, Vicente.

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