miércoles, 28 de noviembre de 2012

Planes de privatización


Hay pocos temas que sean tan proclives al debate político e ideológico como la privatización y la externalización de los servicios públicos. Los argumentos de eficiencia, efectividad, calidad y satisfacción son usados de forma indistinta para defender o impugnar estas políticas.
J. R. Repullo

Con la (casi) perfecta e incontestable excusa de la crisis como argumento principal, siguiendo un guión preciso y una hoja de ruta perfectamente diseñada, a la que acompaña una falaz e insistente cantilena, (“la gestión privada es más eficiente, más eficaz”), que vienen repitiendo desde siempre, los gobiernos “liberal conservadores” de diferentes comunidades autónomas se han lanzado a una acelerada política de reducción y desmantelamiento del sector público a través de una serie de privatizaciones y fórmulas mixtas de colaboración público-privada en sus diversas variantes, (gestión indirecta, PPP, PFI, etc.), en la provisión de servicios públicos.

En el caso de los servicios sanitarios asistimos a constantes y reiteradas apelaciones a la supuesta superioridad de lo privado frente a lo público, a la aseveración de que el sistema privado es más eficiente que el público, o que los usuarios están “abusando” del mismo, lo que hace que el sector público sea lento, caro, insostenible y burocrático, frente al eficaz mundo privado.

¿Hacia donde vamos?, se preguntaba también hace unos días Vicente Baos @vbaosv  en su blog, y añadía: “La crisis económica, que para las administraciones públicas es una crisis de recursos económicos vía impuestos por la baja actividad económica y un alto coste de la financiación necesaria, supone la excusa perfecta para elegir entre dos caminos posibles: uno de ellos sería el análisis detallado y la modificación del sistema sanitario, en colaboración con los profesionales implicados y comprometidos con el sistema público, de las fuentes de ineficiencia y gasto superfluo; y el otro, el elegido por los actuales gobernantes impregnados de ideología neoliberal en lo económico y social, que opta por entregar a empresas con ánimo de lucro, en colusión con claros conflictos de intereses, la gestión de todo el sistema público”.

Pero lo cierto es que la evidencia revela que las empresas y la gestión privada no siempre se comportan mejor, -en términos de eficiencia productiva-, que las empresas y la gestión pública. La comparación basada exclusivamente en criterios como el beneficio o la rentabilidad del capital puede verse afectada por su estructura o su complejidad, o la atribución a la empresa pública de otras funciones u objetivos (redistribución, mantenimiento de empleo, cohesión social, política industrial o desarrollo regional, por ejemplo) Resulta también inapropiada en sectores o contextos no competitivos o caracterizados por la existencia de otros desequilibrios, “externalidades” o “fallos del mercado”, (características que impiden que el mercado actúe correctamente en la producción y la distribución de determinados bienes y servicios que se consideran bienes públicos o bienes tutelares, preferentes o de mérito).

En este mismo sentido se pronunciaba hace unos días Juan Oliva Moreno, Presidente de la Asociación de Economía de la Salud (AES), afirmando claramente que: "actualmente no se ha demostrado que la colaboración público-privada en la Sanidad tenga meyores ventajas¨. "No hay una evaluación de que la gestión privada sea más eficaz que la pública, ni viceversa".

Igualmente, la Sociedad Española de Salud Pública y Administración Sanitaria acaba de hacer público el documento Posicionamiento de SESPAS sobre las políticas de privatización de la gestión de los servicios sanitarios, en el que entre otras cosas se dice lo siguiente:

“El discurso de la superioridad de la gestión sanitaria privada frente a la pública se ha instalado como un lugar común en muchos de los discursos realizados por responsables sanitarios” (…)

“Sin embargo, la retórica, que insiste en afirmaciones del tipo “se ha comprobado que el modelo de concesión es más eficiente”  y ”da buenos resultados clínicos”, pese a su reiteración aun no se ha dotado apenas de evidencia que la sustente. Quienes en nuestro país aplican sus saberes e instrumental analítico a la evaluación de políticas sanitarias apenas pueden ir más allá de constatar que no se dispone de evidencia que apoye esas aseveraciones. En buena medida por insistencia demostrada por nuestras autoridades sanitarias en no hacer pública la información necesaria para verificarlas, lo que parece traducir un importante desinterés por evaluar estos modelos y un claro déficit democrático”.

“…las estrategias de gestión sanitaria privada, especialmente las cada día más propugnadas de colaboración público privada, contrariamente a lo que publicitan sus defensores, no han demostrado  en la práctica ventajas que aconsejen su adopción. De un lado, las fórmulas  de concesión de obra pública han dado lugar a notables problemas financieros derivados de los mayores costes de financiación (Reino Unido) o a disfunciones asociadas a restricciones en la competencia en el mercado (Italia). Por otra parte, los modelos de concesión administrativa sanitaria (“modelo Alzira”) presentan más sombras que luces”.

Es este panorama 'privatizador', ya bastante generalizado, (La gestión privada de la sanidad se extiende en las autonomías del PP EL PAÍS 3-11-2012; Diez hospitales públicos, al mercado de una tacada EL PAÍS 26-11-2012), en alguna CCAA intentan desmarcarse con un discurso propio en el mantenimiento del sistema sanitario público: Andalucía defiende que la sanidad privada tiene más coste y peor resultado (EL PAÍS 13-11-2012).

Hay además algún aspecto que apenas se comenta en todo este debate. Aunque la mejora de la eficiencia es el principal argumento esgrimido en los procesos de privatización, jamás puede ser una excusa para que los gobiernos eviten sus compromisos y obligaciones. Cuando, de una forma excesivamente maniquea, se plantea la disyuntiva entre gestión pública y gestión privada, llama poderosamente la atención algo sobre lo que nunca se ha insistido lo suficiente: la confesión y el público reconocimiento de incapacidad o incompetencia para dirigir, administrar y gestionar de manera más eficiente los recursos públicos disponibles. A modo de resumen cabe decir que las fórmulas PFI (iniciativas de financiación privada) se plantean cuando escasea el presupuesto público, desplazando un gasto de inversión a un canon que pagará la siguiente generación. Cuando el sistema lleva aparejado una concesión administrativa para explotar y operar el servicio sanitario, (PPP o colaboración público-privada), es otro tipo de modelo. La situación podría definirse así: “cuando el gestor público renuncia a hacer gestión pública”; y por lo tanto es una buena manera de escapar de su responsabilidad, en la medida en que supone una dejación y renuncia a la obligación de gestionar los recursos que la sociedad pone a su disposición.

En estos días se convocan una serie de protestas generalizadas y una huelga en la sanidad madrileña en contra de las medidas de privatización contempladas en el denominado pomposamente Plan de Medidas de Garantía de la Sostenibilidad del Sistema Sanitario Público de la Comunidad de Madrid. El presidente regional ha asegurado que "no tiene ningún plan de acoso, ni de derribo contra nada" sino que su responsabilidad es "mantener en funcionamiento los servicios públicos extraordinarios que se han construido en los años de bonanza" y que ahora corren peligro por la crisis. (…) el eslogan de esta huelga, "y lo que está detrás de las movilizaciones sindicales", es "falso de toda falsedad" pues "nadie está privatizando ni va a privatizar" el sistema sanitario y va a mantener su carácter "universal, gratuito y de la máxima calidad". (EL PAÍS 27-11-2012)

Es curioso comprobar cómo se repiten los mismos argumentos en distintos lugares: Hace año y medio, ante la acusación de que las medidas de reforma sanitaria contempladas en la Health and Social Care Bill supondrán inevitablemente la privatización del NHS, el gobierno conservador del Reino Unido respondía que los servicios seguirán siendo financiados públicamente y seguirán siendo gratuitos en el momento de la prestación. Sin embargo, como concluían los autores del artículo Further privatisation is inevitable under the proposed NHS reforms. BMJ 2011;342:d2996. (17 mayo 2011): "The coalition governments repeated denials of NHS privatisation do not stand up to scrutiny. The public is being misinformed and misled about the objectives and consequences of the Health and Social Care Bill".

De cualquier forma, es seguro que todas estas experiencias, llámense de gestión indirecta, externalización o privatización, (la terminología es objeto de discusión), han de estar sujetas a unos exigentes mecanismos de regulación y control, con un grado de transparencia e independencia suficiente, que dificulten o impidan la existencia de conflictos de interés y los costes de interferencia e influencia política. En todo caso, debería seguirse un principio de complementariedad y congruencia, teniendo un carácter minoritario en relación con otras fórmulas de provisión pública o privada sin ánimo de lucro, de forma que los intereses por la rentabilidad y el beneficio no predominen a la hora de establecer o definir la orientación estratégica de las políticas públicas. (Porque cuando la sanidad se mide exclusivamente en términos de rentabilidad económica, deja de ser un servicio público para convertirse en un negocio…).

Y una última cosa, tampoco se puede olvidar que reducir el gasto no supone mejorar el sistema…
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Demasiado a menudo tiene uno la sensación de que algunos gobernantes actúan "a tontas y a locas" y se comportan como tales tontilocos. Y aunque no poseamos pruebas médicas de que estén locos, como dice John Carlin, (De políticos y de locos EL PAÍS 9-11-2012) la cuestión es, ¿estaríamos mejor si realmente lo fueran?
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Así está ahora mismo el patio en Madrid:

Privatizaciones y actos de fe (EL PAÍS 23-11-2012)
Sanidad pública (EL PAÍS 26-11-2012)
  
Una marea contra la privatización (EL PAÍS 26-11-2012)

Y recordemos por último, que la cosa viene ya de lejos:

Sanidad pública, gestión privada (EL PAÍS 19-3-2010)
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Actualización:

El diario EL PAÍS publica un artículo editorial sobre este asunto el jueves 29 de noviembre, en el que se alude precisamente a la dejación de responsabilidades de los gobiernos conservadores en la gestión sanitaria:

Rebelión blanca (EL PAÍS 29-11-2012)
Los planes de privatizar la gestión de centros amenazan la calidad de la sanidad pública

"Frente al mantra del PP [se refiere a las supuestas ventajas del modelo privado frente al público] cabe preguntarse si sus políticos no están haciendo dejación de su responsabilidad de gestionar correctamente los bienes públicos. Y dado que no está  probado, como defienden, que con menos dinero se pueda hacer más y, además, obtener beneficios privados, está más que justificada la alarma social que generan sus proyectos".

"...una cosa es fomentar la iniciativa privada y otra muy distinta jibarizar el Estado transfiriendo a aquella los supuestos excedentes públicos de un servicio esencial cuyos únicos beneficios debieran ser sociales".

domingo, 25 de noviembre de 2012

Cuestión de tamaño

Imagen virtual del nuevo Hospital de Toledo

“De todos los edificios de alguna importancia que salpican el corazón de las ciudades, el hospital es  sin duda, junto con la iglesia, el más antiguo”.
Jean Labasse
La ciudad y el hospital. Geografía hospitalaria (1982)

Sabemos que desde hace años la sanidad es un tema muy sensible, que afecta a toda la ciudadanía y que, por ello, es objeto de controversia y debate político. Con demasiada frecuencia los responsables políticos condicionan e intervienen en la gestión sanitaria de una forma excesiva –a veces lo hacen de manera atropellada-, con lo que la sanidad aparece como un campo para el enfrentamiento, trasladando una imagen muy poco profesional y demasiado politizada.

Surge en estos días una polémica a cuenta del tamaño ideal que ha de tener el futuro Hospital de Toledo, cuyas obras, iniciadas en 2006, llevan paralizadas desde hace meses en la capital de Castilla-La Mancha. Calificado por los actuales responsables sanitarios como un proyecto “desproporcionado”, “monstruoso” y como una “obra faraónica imposible de mantener”, tiene uno la desagradable sensación de que hay algo sospechoso en quienes se muestran demasiado vehementes sobre un determinado asunto y utilizan adjetivos demasiado gruesos:

La Junta rescinde el contrato de obras del hospital y convocará un nuevo concurso (diario ABC 26-1-2012) "...obra faraónica caracterizada por la barbarie en la gestión, que presupuestariamente no ha atendido el interés general, un auténtico esperpento".

El pasado mes de septiembre ya se anunciaba que: “[lo que pretende] la revisión del plan funcional del futuro Hospital de Toledo es hacer factible la consecución de un magnífico hospital en el menor tiempo posible, aunque no vaya a tener las mismas dimensiones que el anterior” [La redefinición funcional del nuevo Hospital de Toledo está a punto. La Tribuna de Toledo 15-9-2012].

¿Por qué se construye un hospital?

Parecía (parece) fuera de toda duda la necesidad de construir un nuevo hospital en la ciudad de Toledo, que tendría carácter de referencia regional para determinadas especialidades. Con una oferta históricamente insuficiente, Castilla-La Mancha dependió siempre para los casos más complejos de hospitales de fuera de la región (Madrid o Valencia).

Los estudios técnicos y los análisis realizados antes incluso de que se llevaran a cabo las transferencias sanitarias, concluyeron en una declaración del Pleno de las Cortes Regionales aprobada en sesión celebrada los días 10 y 11 de octubre de 2000:

Las Cortes de Castilla-La Mancha:

1)      Instan al Gobierno de la Nación para que dé una respuesta inmediata a las necesidades sanitarias de nuestra Región en el periodo pretransferencial.
2)      Instan al Gobierno de la Nación a que se comprometa a la construcción de los hospitales comarcales de Tomelloso, Villarrobledo y Almansa, y el nuevo hospital para Toledo, incluyendo en los Presupuestos Generales del Estado para el 2001 las cantidades suficientes para dicha construcción.

Desde el punto de vista arquitectónico y funcional un hospital es, sin duda, el edificio civil más complejo y sobre el que existe un mayor grado de incertidumbre con respecto al programa asistencial que debe desarrollar, así como las distintas variables que condicionan e influyen en su definición, planificación, programación funcional, diseño, construcción y equipamiento, tanto desde el punto de vista de la medicina y la atención sanitaria, como de la técnica, la ingeniería y otros sectores.

A la hora de planificar y diseñar un centro hospitalario conviene conocer cuáles son los intereses fundamentales de los cuatro agentes y protagonistas principales implicados en el mismo, ya que son los que van a condicionar su gestión posterior. La planificación hospitalaria debe intentar conciliar los intereses y las expectativas de esos cuatro agentes o grupos de interés: los ciudadanos (usuarios y enfermos), los profesionales, los gestores y los propietarios de la institución (bien la Administración Pública o el Sector Privado). Cabría considerar también en determinados aspectos el papel de la industria sanitaria, de la tecnología y otros servicios accesorios.

Los ciudadanos, pacientes y usuarios, (clientes en el caso de la sanidad privada), son además votantes y contribuyentes, (lo que en términos de sociología política se denomina electores cívicos). Su interés más valorado es la calidad aparente o calidad percibida. Desean, sobre todo, tener confianza en la institución y en sus profesionales, esperan ser bien atendidos, sin demoras, ser adecuadamente informados, participar en la toma de decisiones y evitar incurrir en costes añadidos.

Los profesionales, sobre todo en el sector público, están interesados fundamentalmente en la calidad científico-técnica. Aspiran a disponer de los mejores medios y recursos técnicos para la asistencia, (diagnóstico y tratamiento), la docencia y la investigación, en ocasiones más allá de consideraciones económicas de rendimiento o coste-efectividad. La motivación personal, el reconocimiento y la posibilidad de participar en la gestión, son elementos determinantes en el gobierno de los hospitales.

Los gestores sanitarios, administradores y directivos buscan sobre todo la eficiencia, a través de objetivos operativos, es decir concretos y cuantificados en términos económicos, de manera que se haga el mejor uso posible de las instalaciones y recursos disponibles, tanto personales como materiales.

Finalmente, los ‘propietarios del hospital, cuyo interés en el caso de la Administración es la prestación de un correcto servicio público y la cohesión social, respondiendo a las necesidades y demandas sanitarias de los ciudadanos. En el caso de las entidades privadas su objetivo fundamental es la rentabilidad económica de la inversión realizada.
Condicionantes del modelo hospitalario. Fuente: M. A. Asenjo Sebastián

¿Cuál es el tamaño óptimo de un hospital?

Hay que decir que aunque no existe una regla precisa ni un acuerdo definitivo sobre cuál ha de ser el tamaño y las dimensiones que debe tener un hospital, parece que el tamaño óptimo viene determinado por la interacción entre la accesibilidad de los pacientes a los que debe atender y la respuesta a las necesidades y demanda sanitaria existentes, lo que condicionará el volumen de actividad en función de los resultados clínicos que se pretendan, la tecnología disponible y la forma de trabajo de los diferentes servicios y unidades. Deben considerarse también las posibles economías de escala que puedan lograrse (John Possetts, Are bigger hospitals better? En: Hospitals in a changing Europe, WHO. European Observatory on Health Care Systems, 2002).

En general, para definir el tamaño y dimensiones de un hospital, (lo que incluye no solo el número de camas sino, lo que es más importante, su estructura, organización y programa de funcionamiento, tecnología y cartera de servicios, etc.), deben tenerse en cuenta –como es obvio- los flujos de pacientes, el número de enfermos ingresados y su estancia media, la ocupación del hospital y el periodo de tiempo considerado. Es importante conocer la frecuentación hospitalaria (número de ingresos por 1.000 habitantes en un año) en la que influyen un importante número de factores, entre otros: estructura demográfica y cultura de la población, disponibilidad de servicios, proximidad del hospital, organización interna y relaciones entre los diferentes servicios y unidades, interrelación con la atención primaria, su carácter docente o no, etc.

El proceso clínico-asistencial y la estructura del hospital son interdependientes. El modelo sanitario y las necesidades de la población también. Es así como el tamaño del hospital repercute en la atención sanitaria, en la calidad y seguridad del paciente, en su viabilidad y sostenibilidad.

Finalmente, con respecto al diseño y estructura física del centro, es importante también recordar que el programa funcional es tan solo un instrumento, y de él no se deduce por tanto, la arquitectura definitiva del nuevo hospital, que debe integrar lo físico y lo sensorial, lo sanitario y lo social, los aspectos técnicos y la dimensión humana. En este sentido, algunas de las aseveraciones que se realizan sobre la superficie del hospital (“…coincide con la extensión del casco histórico de la ciudad”), sus dimensiones (el nuevo hospital de punta a punta ocupa un espacio como "desde el Puente de San Martín al Puente de Alcántara"), o sus características (“era escandaloso el lujo previsto, si lo comparamos con las necesidades reales”), parecen bastante fuera de lugar.

En el periodo en que se iniciaron las obras del nuevo Hospital de Toledo, se estaban desarrollando en España otros tres grandes proyectos de similar envergadura: El Hospital de ‘La Fe’ de Valencia, el Hospital Central de Asturias y el Hospital ‘Son Espases’, en Mallorca. A título informativo y a efectos de comparación incluimos algunas de las ratios constructivas de estos centros, que aportan datos interesantes:

(*) Datos del proyecto inicial

En estos proyectos ha sido el número de habitaciones individuales diseñadas –como una exigencia de mayor confortabilidad y calidad asistencial- y una mayor reserva para aparcamiento y espacios libres (incluidos en la superficie total), lo que ha determinado el mayor tamaño del hospital. Ello solo expresa un comportamiento sanitario diferente de la población y una forma diferente de resolver los problemas sanitarios planteados. Queda claro que se producen diferentes soluciones y concepciones arquitectónicas como respuesta a políticas sanitarias y fórmulas de gestión diferenciadas.
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Estas son algunas de las noticias aparecidas en días pasados, que aluden a la polémica suscitada en torno a este tema:




·         En una nota de prensa en la propia página institucional de la Junta de Comunidades, Luís Carretero [Director Gerente del SESCAM] afirma: “Es indignante el proyecto desproporcionado e irresponsable que se había diseñado para el nuevo Hospital de Toledo” 21-11-12



Bien, pues así están las cosas. El proyecto existente pretendía tener un alto reconocimiento por parte de los ciudadanos y el conjunto de la comunidad sanitaria, debido a la importante función cívica, social y sanitaria que desempeña, y a la singular misión encomendada por el Servicio de Salud de Castilla-La Mancha (SESCAM). La definición, dimensionado y diseño del proyecto nació como respuesta a un detallado Plan Funcional realizado a lo largo de dos años y en el que intervino un ingente grupo de profesionales de la gestión hospitalaria y de las diferentes áreas clínicas, organizados en comisiones técnicas. No fue fruto de la arbitrariedad o de la improvisación, como al parecer se quiere hacer ver. Conviene por tanto, reclamar algo más de rigor, cordura y racionalidad, evitando el oportunismo ramplón y la retórica política fácil disfrazada con supuestas razones y argumentos técnicos. Un reconocido arquitecto, autor de importantes proyectos sanitarios, recordaba lo siguiente a propósito de la construcción de los hospitales en un conocido texto de gestión sanitaria:

“Un edifico está en el lugar y crea al mismo tiempo un lugar. El olvido de este hecho, el ver el edificio únicamente como el resultado inmediato del plan funcional, supone ignorar qué es la arquitectura”. (José León Paniagua, La gestión de estructuras y espacio físico. En: Claves para la gestión clínica. McGraw Hill, 2004).
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martes, 20 de noviembre de 2012

Desde el ‘sombrío país’ del cáncer

Cabeza (detalle). Museos capitolinos (Roma)


 “…hay que escapar del reino de la ilusión vana antes que de cualquier otra cosa”.
Mortalidad. Christopher Hitchens

En breve se cumplirá un año de la muerte del escritor británico Christopher Hitchens, como consecuencia de un cáncer de esófago.

Reconocido y considerado como un gran narrador, periodista, filósofo, humanista y, sobre todo, un gran provocador y temible adversario en multitud de polémicas de toda índole, aparecen ahora en forma de breve librito póstumo una serie de artículos sobre el curso de su enfermedad escritos para la revista Vanity Fair. Un texto cuya lectura seguramente puede resultar incómoda, difícil, dolorosa e incluso insoportable para algunos, debido a la frialdad y crudeza con la que el autor se enfrenta a su situación personal.

Mortalidad se encuadra entre esa clase de obras que convierten el dolor en literatura. Un testimonio duro, apenas esperanzado, pero enormemente lúcido y brillante. Se trata de la obra de un feroz escéptico, de un irónico racionalista a ultranza, un ateo militante que con sagaz y afilada prosa, describe de forma magistral  y pormenorizada su vivencia del cáncer y la inminencia de su muerte.

He aquí la narración inicial del diagnóstico y la llegada de Hitchens desde el país de los sanos a la frontera inhóspita del territorio de la enfermedad:

"Me he despertado más de una vez sintiendo que me moría. Pero nada me había preparado para la mañana de junio en la que, al recobrar la conciencia, me sentí como si de verdad estuviera encadenado a mi propio cadáver. Toda la cavidad de mi pecho y mi tórax parecía haberse vaciado y después llenado con cemento de secado lento. Me oía respirar débilmente, pero no podía llenar de aire los pulmones. Mi corazón latía demasiado deprisa o demasiado despacio. Cualquier movimiento, por pequeño que fuera, requería premeditación y planificación. Me exigió un esfuerzo extenuante cruzar la habitación de mi hotel de Nueva York y llamar a los servicios de urgencias. Llegaron con gran rapidez y se comportaron con inmensa cortesía y profesionalidad. Tuve tiempo de preguntarme para qué necesitaban tantas botas y cascos y tanto pesado equipamiento de apoyo, pero ahora que visualizo la escena retrospectivamente la veo como una deportación muy amable y firme, que me llevó desde el país de los sanos a la frontera inhóspita del territorio de la enfermedad. En unas horas, tras realizar una buena cantidad de trabajo en mi corazón y mis pulmones, los médicos de ese triste puesto fronterizo me habían enseñado unas cuantas postales del interior, y me habían dicho que mi siguiente e inmediata parada tendría que ser con un oncólogo. Alguna clase de sombra se proyectaba en los negativos".

La enfermedad fue detectada precisamente mientras el autor se encontraba en plena promoción de su obra Hitch-22, un libro de Memorias (Memorias del gran bocazas EL PAÍS 20-8-2011) que “se lee como una novela a partes ácida y a partes nostálgica que retrata a un tipo excepcional en su inquebrantable voluntad de cuestionarlo todo.”

Hitchens asume sin autocompasión, fría y dolorosamente, el papel de enfermo en cuyo dietario va anotando sus impresiones:

“¿Realmente no viviré lo suficiente para ver cómo se casan mis hijos?”
 “Quizá sea mejor dejar atrás lo antes posible las falsas esperanzas: esa misma semana me dijeron que mi tumor no tenía las mutaciones necesarias para recibir cualquier otra de las terapias “dirigidas” contra el cáncer que se ofrecen en la actualidad”.
 “Nadie quiere que le hablen de los incontables horrores y humillaciones menores que se convierten en hechos de la “vida” cuando el cuerpo pasa de ser un amigo a convertirse en un enemigo…”
 “No es divertido apreciar por completo la verdad de la tesis materialista que postula que no tengo un cuerpo, sino que soy un cuerpo”.
“Ser víctima del cáncer entraña una tentación permanente de mostrarse egocéntrico e incluso solipsista”.

En “Mortalidad” hay párrafos tremendamente duros sobre los tópicos que lleva aparejados el cáncer, (culpa, angustia e incertidumbre, personificación de la propia enfermedad, la conmiseración ajena, el imaginario bélico de lucha…), y sobre las dolorosas obligaciones y servidumbres a las que se enfrenta el paciente:

“El hecho absorbente de estar mortalmente enfermo es que dedicas mucho tiempo a prepararte para morir con un mínimo de estoicismo (y con provisiones para tus seres queridos), mientras que al mismo tiempo estás muy interesado en el asunto de la supervivencia. Es una forma especialmente extraña de “vivir” –abogados por la mañana y médicos por la tarde- y significa que uno tiene que existir –incluso más de lo habitual- en un doble marco mental”.

Fiel a sí mismo y a su trayectoria, excepcionalmente reflejada en sus recuerdos ('Hitch 22', la escritura o la vida EL PAÍS 16-12-2011), Hitchens critica acerbamente a los grupos religiosos, a los fanáticos y supersticiosos de las terapias milagrosas, de las dietas o de las plegarias. Llega incluso a citar con cierta sorna un estudio multicéntrico sobre los efectos de la oración de intercesión, publicado en 2006 en el American Heart Journal (Study of the Therapeutic Effects of Intercessory Prayer in cardiac bypass patients: a multicenter randomized trial of uncertainty and certainty of receiving intercessory prayer. Am Heart J. 2006 Apr;151(4):934-42).
“…en el lado de la continuación de mi vida hay un grupo de médicos brillantes y desinteresados y un asombroso número de grupos de oración”.

No hay resignación ni consuelo, pero tampoco desesperación, en la naturalidad con la que el escritor acepta su inevitable desaparición, al tiempo que nos devuelve una mirada aguda, certera, inteligente y culta sobre su condición de enfermo ante el vasto y sombrío territorio del cáncer, un país con sus reglas y lenguaje propio:

“El nuevo país es bastante acogedor a su manera. Todo el mundo sonríe para darte ánimos y parece que no hay absolutamente nada de racismo. Prevalece un espíritu en general igualitario y es obvio que quienes dirigen el lugar han llegado hasta allí a base de mérito y trabajo duro. Frente a eso, el humor es algo flojo y repetitivo, parece que casi no se habla de sexo y la comida es peor que la de cualquier destino que haya visitado nunca. El país tiene un idioma propio -una lingua franca que consigue ser insulsa y difícil y contiene nombres como ondansetrón, un medicamento contra las náuseas-, así como algunos gestos perturbadores a los que hay que acostumbrarse. Por ejemplo, un funcionario que acabas de conocer puede hundir abruptamente sus dedos en tu cuello. Así descubrí que el cáncer se había extendido a mis nódulos linfáticos, y que una de esas bellezas deformes -situada en mi clavícula derecha- era lo bastante grande como para verla y tocarla. No es del todo bueno que tu cáncer resulte «palpable» desde el exterior. Especialmente cuando, a esas alturas, ni siquiera se sabía cuál era la fuente primaria. El carcinoma trabaja astutamente desde el interior hacia el exterior. La detección y el tratamiento trabajan a menudo más despacio y a tientas, desde el exterior hacia el interior. Se hundieron muchas agujas en la zona de mi clavícula -«El tejido es la cuestión» es un eslogan de moda en la lengua local de Villa Tumor- y me dijeron que los resultados de la biopsia podrían tardar una semana”.

La escritura de Hitchens, cortante, incisiva, irónica y no exenta de ciertos rasgos de humor negro, transmite la constatación de su finitud y acabamiento, su inerme fragilidad y la sensación de indefensión ante el terrible potencial de la medicina moderna cuando describe los efectos secundarios y las consecuencias de la quimioterapia y radioterapia.

“La negociación oncológica es que, a cambio de al menos la oportunidad de unos cuantos años útiles más, aceptas someterte a la quimioterapia y luego, si tienes suerte con eso, a la radiación e incluso la cirugía. Así que ahí va la apuesta: te quedas por aquí un tiempo, pero a cambio vamos a necesitar unas cosas tuyas. Esas cosas pueden incluir tus papilas gustativas, tu capacidad de concentración, tu capacidad de digerir y el pelo de tu cabeza. Sin duda, parece un intercambio razonable. Desgraciadamente, también entraña afrontar uno de los clichés más atractivos de nuestro idioma. Lo has oído. La gente no tiene cáncer: se informa de que luchan contra el cáncer. Ninguna persona que te comunique sus buenos deseos omite la imagen combativa: puedes vencerlo. Está incluso en las necrologías de quienes pierden contra el cáncer, como si se pudiera decir razonablemente que murieron tras una lucha larga y valiente contra la mortalidad. No se oye cuando se habla de personas que padecieron del corazón o el riñón durante mucho tiempo”.

Sus recuerdos, apenas publicados un año antes de su muerte, revelan también para muchos una personalidad enormemente sugestiva, transgresora y auténtica, (Hitchens, tan listo y tan legal EL PAÍS 14-3-2012), que consigue atrapar y cautivar por su honestidad intelectual, la gran sinceridad de sus planteamientos, la fuerza de sus argumentos… y su elegante prosa.

“Mortalidad” ofrece así un relato conmovedor, en el que Hitchens narra su progresiva decrepitud, la disolución física, el deterioro y la conciencia de su propia pérdida y desaparición. Un relato en el que lógicamente se entristece y apena por no poder vivir más, por dejar a sus hijos, a su mujer y a sus amigos, pero en el que no muestra ningún afán de trascendencia ni tampoco aparece la angustia de vivir para siempre.

El libro, inconcluso, finaliza con una serie de apuntes fragmentarios escritos en estallidos de energía y entusiasmo (según refiere su esposa, Carol Blue). Una muestra de imágenes, recuerdos, enigmáticas frases sueltas, fogonazos y destellos de inteligencia en el hilo de su pensamiento:  
                  
“Mañana de biopsia, me levanto y digo pase lo que pase este es el último día de mi antigua vida. Ninguna pretensión de juventud nunca más. A partir de ahora una ardua conciencia”.  

“Asombroso cómo han aguantado el corazón, los pulmones y el hígado. Habría estado más sano si hubiera sido más propenso a enfermar”.

“Ver el poema de Szymborska sobre la tortura y el cuerpo como un piélago de dolor”.

En un emotivo epílogo, Carol explica algunos de los momentos en que durante algo más de un año Christopher Hitchens habitó en ese ‘nuevo mundo’ que él mismo denominó como “vivir muriéndome”:

“…nunca perdió su carisma, en ningún terreno: ni en público, ni en privado, ni siquiera en el hospital. Convirtió su estancia en una fiesta, transformando la habitación esterilizada, fría, con fluorescentes, llena de zumbidos e iluminación intermitente en un estudio y en un salón. Su conversación ingeniosa no cesaba nunca.
Las interrupciones constantes, las exploraciones y los pinchazos, la toma de muestras, los tratamientos de respiración, el cambio de goteros: nada le impedía ser el centro de atención, expresar una opinión, desarrollar un argumento o hacer un chiste para sus “invitados”.

El resultado en fin, es una muestra de dignidad, un dramático y en ocasiones sobrecogedor testimonio de una experiencia definitiva acerca de la condición sufriente y mortal del ser humano.

Un pequeño libro necesario, instructivo y aleccionador para todos quienes se enfrentan y acompañan diariamente a ese catálogo de horrores que constituye la enfermedad, el dolor, la desolación y la muerte…
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Por cierto, el poema de Wisława Szymborska, premio Nóbel de literatura en 1996, al que se refiere Hitchens, es el siguiente:
TORTURAS

Nada ha cambiado.
El cuerpo es doloroso,
necesita comer, respirar y dormir,
tiene piel fina y, debajo, sangre,
tiene buenas reservas de dientes y de uñas,
huesos quebradizos, articulaciones dúctiles.
Para las torturas todo se tiene en cuenta.

Nada ha cambiado.
El cuerpo tiembla como temblaba
antes y después de la fundación de Roma,
en el siglo veinte antes y después de Cristo,
las torturas son como fueron, aunque la tierra ha menguado
y diríase que todo sucede a la vuelta de la esquina.

Nada ha cambiado.
Salvo el número de habitantes por metro cuadrado,
a las viejas culpas se suman las nuevas,
reales, imputadas, momentáneas y nulas,
pero el grito del cuerpo que las avala
era, es y será un grito de inocencia
según el baremo y escala seculares.

Nada ha cambiado.
Quizá los modales, las ceremonias y las danzas,
pero el gesto de brazos protegiendo una cabeza
sigue siendo el mismo.
El cuerpo se retuerce, forcejea para liberarse,
cae postrado, dobla las rodillas,
lividece, se hincha, babea y sangra.

Nada ha cambiado.
Salvo el curso de los ríos,
la línea de los bosques, costas, desiertos y glaciares.
Por esos parajes el alma yerra,
desaparece, vuelve, se acerca y se aleja,
ajena a sí misma e inasequible,
ora segura, ora insegura de su existencia,
mientras el cuerpo es, es y sigue siendo,
y no tiene donde cobijarse.

Del libro Hombres en el puente (1986)
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